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Carmen Juan: contra el monstruo que te habita

Carmen Juan: contra el monstruo que te habita

Fotos: Sara J. Trigueros.

Voz como de letanía antigua. De pronto, se intuyen ecos: las palabras y la mujer que las ostenta se han resguardado en una catedral secreta. El ambiente es de sagrario; el silencio, una imposición que nace automática. Se escucha el verso.

Y no es posible entender, no cabe en la cabeza que esos poemas, que la herida que supura en esos poemas, estén escritos por unas manos menores de 24 años. Manos de mujer palabra, mujer libro que soporta en el estómago una llaga.

Ambas conviven: la mujer poema y la llaga. Los versos percuten como llamando a una muerte precoz, de niña, porque ha estado siempre ahí, en los últimos límites de cada perfil, en el día a día.

CUERPO-NAUFRAGIO

Como carroñeros rescatan mi cuerpo
mal sepultado junto a las rocas. Les habla
de conciencias tranquilas que abandonaron
de padres que supieron amar
de hermanos cautivos aún en algún útero
remoto, pero
nadie escucha. Es porque las cicatrices nuevas
consienten.
Dicen que no hubo nunca un Gran Dolor y
oigo voces que cuchichean, los pescadores dicen
                                               no puede ser verdad
                                               no puede
                                               no
pero las heridas jóvenes insisten.
No fue nada ni hubo nunca un Gran Dolor
que atravesara a oscuras el pasillo, los
pulmones,
el desvariado amor que fue lo único
que sangró cuando la estaca.
                                               No fue
                                               no hubo
dicen las marcas ignorantes de dientes de leche.
Son brechas
descendientes de otras brechas
que no supuran por miedo o qué sé yo, por
puro agotamiento, pero que saben
y callan, que nacieron
del vientre frío de la guerra.

Querían, los pescadores, sacar
algo bello de mi cuerpo. Creyeron
haber hallado magia, mitología, y no hay sino
antigüedad comprimida, los restos
de una embarcación que osó
cruzar este Leteo
este destino naufragio del que
quisiera salvaros advirtiendo:
                                               no lo toquen siquiera
                                               no suelten amarras
                                               no se alejen del puerto
pero el aliento apenas escapa de los labios y
nadie escucha porque las heridas jóvenes
son siempre las más rojas, las más hermosas, y
ellas cantan que
no fue nada, no hubo un Gran Dolor
habitándome entre los huesos.

Y atraviesan la carne con un corte limpio
muestran
la competencia esperada
de quien lleva siglos alimentando a sus hijos
a base de los hijos del océano. Buscan oro, fuego
o el mismísimo Origen, el sentido de la vida, y
no hay sino
algas podridas que protegen la costra
sal apelmazada que protege la costra
fósiles de moluscos que protegen la costra
para que no se abra, para que no vuelva
a gotear la historia.
Las grietas selladas no se defienden, preferirían
permanecer enterradas
silenciar esa canción que sus herederas
ignoran, pero
nadie escucha y
las heridas jóvenes entonan
los pescadores las aman
nadie
nadie escucha.

Hay algo de redundancia en la estupidez
humana.

Pero Carmen Juan (Alicante, 1990) no tiene una tormenta en los ojos. Su cara es una iluminación casi constante. Sonríe de un modo inevitable: como el segundero del reloj recorre una y otra vez la misma vuelta para sumar minutos a las horas. Su voz aquella que es letanía y sagrario, recuerden es dulce néctar siempre, pero lo es más todavía cuando por la boca se le escapan nombres de libros, autoras, editoriales… Maravillas entre las que vive, por las que vive. La palabra es su alimento; su casa, un muro infranqueable de libros.

Un hogar repleto de mundos

En la ciudad de Alicante hay un Aleph, un lugar que es todos los lugares. Las hojas de la Historia componen allí todas las historias. Es una librería, una de esas de las de toda la vida, de las de “aquí, hija mía, compré yo mis primeras novelas, encontré los primeros libros de poemas”. Entre otros, ella, Carmen Juan, está tras el mostrador.

Uno entra en Ochenta Mundos y se pierde entre palabras: libros y libros y libros construyen las murallas de esta fortaleza, el arquetipo del deseo. Allí se esconde o reina esta poeta joven, ávida lectora, alianza de amor con las leyendas, con los poemas de mujeres y hombres que admira, que lee y recomienda la dueña de estos versos:

De modo que el discurso es el siguiente:

soy demasiado joven para agitarme en el aire
pañuelo de despedida blanco como las palmas
de las niñas blanco

soy
demasiado joven para no ser valiente
demasiado joven para no ser estúpida
demasiado joven para no estar maldita

soy
demasiado joven
para no dar de comer a la bestia
para no alimentar desde estas manos blancas la
psicopatía

Vendrán la enfermedad y el castigo.
Ella (yo) estará esperando

Si alguien quisiera inventar la librera perfecta, en Carmen Juan tendría el patrón con el que vestir el ingenio. Además del bicho, de la herida y de la bestia, en su cuerpo residen:

  • La mirada (azul) de quien todavía no se ha tomado el primer café. Esto es, como entre el letargo y la alarma por las luces nuevas.
  • Las manos en ofrenda. Porque vender libros no es comercio, sino entrega.
  • Brazos que abrazan, que dan calor, que invitan al retorno y a la hoguera. Un hogar incluso en la distancia.
  • La voz del sosiego, la voz dulce letanía y sagrario, una vez más, y lo siento que brinda sombra, que sacia sedes y alimenta a los que olvidan hacia dónde han de caminar, en esto de los libros.
  • Una presencia, en fin, como de madriguera, de espacio seguro, el interior de un cuerpo en el que apetece estar, a pesar de la herida.
Pero los versos...

Pero ese calor con el que obsequia la joven poeta alicantina en el cuerpo a cuerpo se disipa en los versos. Tomar en las manos Amar la herida (La Bella Varsovia, 2014) supone lanzarse a un tanque de nieve tras desprenderse de la ropa. El libro, un breve compendio de poemas que se hizo con el VII Premio de Poesía Joven Pablo García Baena, es duro, hostil. Un golpe tan similar como distinto al de muchas otras voces jóvenes que hablan del cuerpo-naufragio, del cuerpo-herida, del cuerpo-mancha que no seca y que marca hasta la fecha de la muerte.

Su obra es tan generacional como exclusiva: dignifica los límites de su materia, aunque sea la materia de todos (más bien de todas) aquellos que fueron niños raros, hombres y mujeres raros en batalla, que no supieron ser chiquillos ni ahora ni en la hora de la siesta, que olvidaron que la belleza es más cuando no se espera otra cosa mejor, cuando se acepta la cicatriz y el óxido.

Los poemas de Amar la herida tienen la vocación de ser aguja que teja la crisálida al ritmo de la música, de trasladar a la oruga a su otra vida tras el reposo de las vísceras. Por eso dice:

Las niñas eran niña
pudor
mujer
silencio.

Nosotras olfateábamos el proceso de
descomposición
de las sangres nuevas, limpias.
Por qué el cambio, por qué
los labios cerrados. Nos frotábamos la
adolescencia contra
los dedos, buscando.

Incluso entonces olíamos distinto.

Hay una niña que llora. Mientras, en el parque todos juegan y la miran de reojo

“La mayoría de adultos quiere recordar su infancia como el mejor momento de su vida, pero no está bien obviar la parte mala de la infancia”. Lo dice la poeta. Lo cuenta con calma en una antigua entrevista de Literal Forest. Su libro es un retrato a plumilla sobre ello: escribe a propósito de la infancia con el tono dulce y susurrante de alguien a quien le han azotado en la garganta, pero aún quiere consolar a sus hijos: sabe del dolor y no lo esconde, pero tampoco lo condena porque hay un más allá de todo aquello. Porque hay que amar la herida, porque hay que lamer la sangre para que cure y que la cicatriz sea solo recuerdo.

Ella es la niña que se rasga las rodillas; la que siente el bocado interno de la bicha y lo acepta; la que se mira al espejo y se cuenta que poco es lo fácil, pero que la respiración es automática y, pese a todo, los huesos se ensanchan y se sigue viviendo, más allá de los (in)felices primeros años.

Amar la herida está dividido en tres partes: La batalla, La herida y La Muerte. La palabra encarna el tiempo, y al final el capítulo último no es la (mal llamada) muerte, sino la vida: el cuerpo enhiesto sobre todos los vencidos. El delito, la culpa y la condena no llevan a la rendición, no, pues todo se transforma en victoria entre las páginas del libro, aunque estén impregnadas por el tono de bandera blanca de las capitulaciones. Porque al final nadie se rinde, porque nadie acaba con su vida por lo que es antiguo, porque, al cabo, no van a morir ni aquellos que se asustan con la lluvia, sino que van a asomarse (y a asumirse) en el espejo del agua, con la cabeza intacta.

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