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Soy lo que me rodea

La editorial leonesa Eolas, con la intención de dar a conocer a autores extranjeros poco conocidos en España, inaugura su colección Anfitriones con esta antología bilingüe Y el lugar era agua de la obra poética de Lorine Niedecker (1903-1970).

Niedecker vivió durante la mayor parte de su vida en una cabaña sobre la isla fluvial de Black Hawk, en Fort Atkinson, Wisconsin, EE.UU. Apartada, aunque no ajena, del bullicio intelectual de las vanguardias artísticas norteamericanas, dedicó, sin que sus vecinos lo supieran, toda su existencia a la poesía. Y es precisamente en este enlodazado, antipoético escenario del marjal, en los terrenos inundables del río Rock, aislada, barruntando, sufriendo cíclicamente las consecuencias de las riadas estacionales, donde se da el caldo de cultivo para que surja una poesía del lugar personalísima, libre, libre de las urgencias del tiempo y del espejismo de la fama; una poesía por momentos (como describe la traductora Natalia Carbajosa en la introducción) “cuasi-orgánica”, dotada de una materialidad que nos recuerda al agua: las palabras, los versos se van arrastrando como el agua arrastra el lodo, flotan, se aceleran, se remansan:

       al alzar el vuelo

goteo de ala

descenso de algas

por el agua

suave

y severa 

Como en el famoso epitafio de Keats (y a esto se hace alusión en las utilísimas notas a los poemas que añade la traductora al final del libro), ¿no fue escrito también en el agua el nombre de Lorine Niedecker? Esta sensación de futilidad de la fama se deja entrever en su poesía (“¡tu nombre! / Renombre / aquí / en mi umbral / ­­—un mísero chirrido vespertino”), y se comprende cuando uno atiende a su biografía (hábilmente trazada en la introducción): en una sola ocasión decide Lorine abandonar la casa familiar en Black Hawk para zambullirse y, acaso, formar parte del ambiente intelectual del Nueva York de los años 30 donde bullía la segunda generación de modernistas americanos. Fue invitada por el poeta objetivista Zukofsky quien se convertirá en su mentor literario; pero esta aventura neoyorquina concluye cuando Niedecker queda embarazada de Zukofsky y este insiste en que aborte. A raíz de este suceso ella decide volver a recluirse en su isla fluvial donde, salvo en contadas ocasiones, pasará el resto de sus días. Con este retorno al aislamiento Lorine se está alejando, también, de tres anhelos que, inevitablemente, afloran en los versos de esta antología: el reconocimiento literario, el amor y la familia, el hijo que no tuvo: “Brindis para tres, la familia / junto al grifo del baño. / Corelli—Paul, chiquitín, / ¿barriguita?—¡ring, ring! / […] Que yo oiga: buenas noches.”

En el marjal de Black Hawk esperan, sí, un padre asediado por las deudas y una madre sorda e “infestada de oscuridad”; y es con estas mimbres con las que Niedecker construirá, sin caer en la autocompasión, gran parte de su corpus poético: “Adiós a las lilas de la entrada / y a todo lo que planté para la vista. / […] Desperdicié en el agua mi vida entera. / Mi hombre sólo tiene barcas rotas. / Mi hija, escritora, se sienta y flota.”

Flota. En efecto, la autora parece estar diciéndonos que, al final, la escritura salva; pero el lector no puede evitar preguntarse también si al hablar de la madre, no está realmente mirándose hacia dentro: ¿qué hará ella con su vida entera? Dicho esto, sorprende, sin embargo, comprobar que no estamos ante una poeta confesional que nos habla de su dolor: el uso de la ironía, los juegos fónicos que nos remiten al folclore, la equiparación de lo trascendental con lo irrelevante, con lo prosaico, la antítesis, la elipsis, el concebir el poema como un objeto… diluyen cualquier atisbo de patetismo. Hay, quizás, una serena aceptación, ¿resignación?, de la realidad que le ha tocado vivir (“Lodo de nenúfares / Mi vida”).

Concluiré mencionando las tres virtudes que, a mi entender, convierten a Lorine Niedecker en una poeta única: el aislamiento (que la aleja del ruido y la distracción de la fama), la lentitud (que le concede el temple para que se obre el poema) y la condensación (donde las palabras no se escriben, se destilan): “¿Qué dirían si supieran / que me paso dos meses con seis versos / de un poema?”. Y “Aprendí / a sentarme en mi escritorio / y condensar // No me cesarán / de esta / condensación”.

No quisiera terminar sin resaltar el impecable trabajo de traducción que ha realizado Natalia Carbajosa, habiendo resuelto con mucho tino los (casi) intraducibles juegos fónicos y ambivalencias que tanto le gustan a Niedecker; a este respecto, la edición bilingüe, el tener siempre a mano el texto original en inglés, es imprescindible.

Observemos ahora cómo

el rojo Marte

ascendente

recorre las ciénagas y esclusas

de mi mente

con las personas

en el filo

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Autora: Lorine Niedecker.  Título: Y el lugar era agua. Editorial: Eolas poesía. Venta: Amazon

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