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Cervantes y las cervantas

Inma Chacón y José Ramón Fernández han escrito y publicado un texto dramático titulado Las Cervantas (Antígona ediciones) basado en una idea original de Gracia Olayo a partir de sucesos de la vida de Miguel de Cervantes. El texto, encargado por la Biblioteca Nacional de España para conmemorar el cuatrocientos aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes, se estrenó el año pasado en el Festival de Teatro Clásico de Alcalá de Henares, y fue después representado en la sala Max Aub de Las Naves del Matadero/El Español, en el Festival de Teatro Clásico de Cáceres, en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, en la Mostra Internacional de Teatro Cómico e Festivo de Cangas y el Festival de Teatro Clásico de Alicante.

Dirigida por Fernando Soto, Las Cervantas está interpretada por Gracia Olayo, Sole Olayo, Clara Berzosa, Irene Ruiz y Yaël Belicha, con música original y en directo a cargo del violonchelista José Luis López.

Las protagonistas en una de las presentaciones. Foto de Francis Villegas

Las Cervantas se basa en una historia real. En la noche del 27 de junio de 1605, en Valladolid, junto a una casa a orillas del río Esgueva, donde vive Cervantes con cinco mujeres apodadas las “Cervantas” (su esposa, dos de sus hermanas, su sobrina y su hija), un caballero es herido de muerte y pide auxilio a gritos. El herido muere en casa de una vecina, sin haber querido aclarar los hechos. El alcalde –que encuentra un papel en el bolsillo del difunto y se lo guarda sin enseñarlo– interroga a la familia Cervantes para encubrir al asesino enlodando el sumario y, junto a otros testigos, enviará a la cárcel al escritor, a una de sus hermanas, su sobrina y su hija, que regresarán a casa bajo un arresto domiciliario que durará seis días. Hace calor, por las ventanas se cuela el olor nauseabundo del Esgueva. Mientras las Cervantas esperan ser interrogadas, preparan sus declaraciones y las posibles contradicciones en las que puedan incurrir.

Conoceremos así a las mujeres que vivieron con el autor de El Quijote e influyeron en su literatura, sus miedos, sus fortalezas y sus modos de enfrentarse a la vida en una época donde una mujer libre, que sabía leer, resultaba sospechosa. El marido, hermano, padre, tío, está en la habitación de al lado, tratando de escribir una novela en la que unos perros discuten justo en la esquina de aquella casa, la casa de las Cervantas.

LAS MUJERES DE CERVANTES

Por Gracia Olayo

Hace seis años, leyendo las aventuras de El Quijote, ese personaje que contempla la vida como un desafío, inquieto, audaz, curioso y transgresor, me surgió la necesidad de conocer mejor al autor de la novela más ensalzada de la Historia de la Literatura y, sobre todo, a su entorno familiar. Así comenzó el proyecto en el que me he sumergido cada vez que mi trabajo de actriz me ha dejado un espacio y un tiempo, a veces escaso y otras, demasiado largo, para investigar sobre uno de los más grandes genios de nuestra cultura. Empecé por recopilar información sobre su biografía y, en los primeros textos que leí, me encontré con un término que no había visto nunca, que luego comprobé que se repite en muchos estudios sobre el escritor, un término cuya interpretación me pareció que tenía bastantes tintes machistas. Me refiero al término “Cervantas”, atribuido a las mujeres que acompañaron a Cervantes y vivieron con él. Mujeres muy mal tratadas por la historia, consideradas barraganas, fáciles, con una moral y una conducta que se alejaba demasiado de los cánones y los comportamientos de las mujeres de su época.
Después de un recorrido bibliográfico, enfocado hacia la vida de Cervantes, me di cuenta de que siempre quedaba un poso negativo sobre la figura de las mujeres de su familia, en parte debido a que habían recurrido en varias ocasiones a exigir una compensación económica a determinados nobles que les prometían matrimonio y, después de enamorarlas, rompían su compromiso.

"Las mujeres que vivieron con el autor de El Quijote tuvieron mucho que ver en su genialidad, en su forma de expresarse y en los planteamientos que defendía."

Descubrí también que estas mujeres, bastante desconocidas por la mayoría de los lectores de Cervantes, sabían leer y escribir, eran independientes económicamente, libres, reivindicativas y listas. Mujeres que conocían sus derechos y cómo reclamarlos. Y decidí desviar la investigación hacia ellas.

El ambiente en que vivían las “Cervantas”, un término despectivo por el que se las empezó a conocer en Valladolid, me evocó ese otro mundo femenino reflejado por García Lorca en La casa de Bernarda Alba. Sin embargo, así como esta obra representa la represión y las ansias de libertad de unas mujeres encerradas y sometidas por los condicionamientos sociales, en un ambiente gris y constreñido, en el mundo de las “Cervantas” el canto a la libertad me pareció un grito alegre y esperanzado, donde predomina el humor, la ironía, la ética, la justicia y la búsqueda de la igualdad. Valores que predominan en la obra de Cervantes.

Poco a poco me fui dando cuenta de que las mujeres que vivieron con el autor de El Quijote tuvieron mucho que ver en su genialidad, en su forma de expresarse y en los planteamientos que defendía. Y pensé en la posibilidad de darlas a conocer mejor. Las veía hablando, defendiéndose de sus detractores, riéndose entre ellas, cosiendo por encargo o enamorando a los pícaros de alta alcurnia, que no podían casarse después con las que no pertenecían a su clase. Las veía vivas, en un siglo XXI donde aún existen muchas “Cervantas”, muchas mujeres que sufren la discriminación por el mero hecho de serlo, y necesitan que sus voces se oigan, claras y fuertes, amplificadas y reconocibles. Las veía como esas “bernardas” de Lorca, que gritan su desesperación en las voces de otras, en los labios de las que nos empeñamos en que sobrevivan y se liberen de sus ataduras, en los de aquellas que pueden representarnos a todas. Es decir, las veía subidas a un escenario, redimiendo su nombre y reivindicando su trayectoria vital. Ya no como barraganas, casquivanas, mujeres de vida fácil, o sospechosas de buscar el interés en sus relaciones con los hombres, sino mujeres que necesitan ocupar su lugar en el mundo y reclaman que se les reconozca.

Para realizar este sueño, siempre pensé en dos nombres, uno masculino y otro femenino. Dos personas que coinciden en la misma sensibilidad, con matices diferentes, pero complementarios. Dos escritores que podían redimir con su pluma a las mujeres de Cervantes y darles vida en una obra dramática. Un hombre y una mujer con nombres propios, en los que pensé desde el principio, Inma Chacón y José Ramón Fernández, a los que admiro y respeto por su trayectoria profesional, pero, por encima de todo, por su trayectoria personal. Dos personas sensibles, amigos de verdad, a los que podía confiar mi sueño, porque estaba segura de que sabrían transmitir lo que sentían esas mujeres, sus contradicciones, sus alegrías, sus miedos y sus esperanzas.

Y, efectivamente, así lo hicieron, y no puedo estar más agradecida ni admirarles más. Escribieron el texto a dos manos, a dos voces y a una sola alma, con una sintonía en la que resulta difícil distinguir dónde empieza y termina cada uno, o qué palabras han salido de una pluma o de la otra. Una simbiosis perfecta que nos ha sorprendido a todos.

Como he dicho antes, hacía seis años que yo había empezado a interesarme por las mujeres que vivieron con el autor de El Quijote, y a soñar con un texto dramático que les permitiera dignificar el apodo con el que muchos las conocieron y las despreciaron. Pero no fue hasta el cuarto centenario de la muerte de Cervantes cuando el sueño pareció que podría convertirse en realidad. La Biblioteca Nacional de España, para conmemorar el aniversario, pensó en encargarle un texto a José Ramón Fernández, y él, enseguida recordó el proyecto del que yo le había hablado tantas veces, junto a Inma Chacón. Y los dos se pusieron manos a la obra y escribieron Las Cervantas.

A partir de un hecho real, –la aparición de un caballero herido de muerte, pidiendo auxilio en el inmueble donde vivía Cervantes con dos de sus hermanas, su hija bastarda, su sobrina, bastarda también, y su esposa– los autores han conseguido construir una dramaturgia sólida, capaz de atraer la atención, sencilla, ágil y amena, utilizando ingredientes que van desde la intriga –a modo de thriller–, a la ironía, la comedia y el drama. Una combinación que refleja la vida como es: una convivencia a veces fácil y otras no tanto, a veces expansiva y otras constrictiva, a veces cómplice y otras cargada de recelos, a veces cobarde y otras echada para adelante, pero siempre, siempre, tragicómica.

Y también, como en la vida misma, desde el principio de este proyecto he tenido a mi lado a mi hermana Sole, participando activamente, con mi mismo entusiasmo, buscando, encontrando, implicándose, alentando mi sueño desde dentro, con la misma pasión y la misma entrega que yo, protegidas por un ángel que nos mira, nos sonríe y nos impulsa allá donde vamos. Gracias, hermana, porque sin ti nada es posible.

Mi agradecimiento también a la Biblioteca Nacional de España, que, con su encargo, dio el pistoletazo de salida para que este texto se materializase; al Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, que creyó en nosotros sin haber leído todavía una línea. A los Festivales de Teatro Clásico de Alcalá y de Cáceres, sin los que no hubiéramos podido producir el montaje para su estreno, y a toda la compañía que lo puso en pie, un equipo de personas que se metieron de cabeza en el proyecto, con valentía y con compromiso, en unos tiempos en los que la locura del teatro –bendita locura–necesita de mucho amor y mucho humor.

Y a Dulce, por supuesto.

PERSONAJES
Andrea de Cervantes: Cercana a los 60 años. Hermana de Miguel de Cervantes. Tiene una hija ilegítima de Nicolás de Ovando.
Magdalena: Cercana a los 50 años. Hermana de Miguel de Cervantes. Ha hecho los votos de beata y lleva hábito.
Catalina de Salazar: Cercana a los 40 años. Mujer de Cervantes. Natural de Esquivias.
Constanza de Ovando: Entre 25 y 30 años. (Bastarda). Hija de Andrea de Cervantes y de Nicolás de Ovando
Isabel de Cervantes: 20 años. (Bastarda). Hija de Miguel de Cervantes y de Ana de Villafranca, una tabernera de Madrid
Miguel de Cervantes: Personaje ausente. Permanece en la habitación de al lado.
Gaspar de Ezpeleta: Personaje ausente. Caballero de Santiago. Llega malherido a la casa y lo acoge una vecina de la familia Cervantes.

Portada del libro de Las Cervantas

Y ya, a modo de invitación a la lectura de la obra, este es mi prólogo a Las Cervantas.

EL AMOR, LAS MUJERES Y LA VIDA

Acudo al título de un libro de poemas de Mario Benedetti, que le da la vuelta al ensayo de Schopenhauer, El amor, las mujeres y la muerte, en el que ellas no salen muy bien paradas, porque a diferencia del filósofo alemán, Benedetti muestra que el amor, como fuerza de la vida encarnada por las mujeres, es lo único importante para enfrentar la muerte. Y para enfrentar también la vida cuando esta viene con dobleces y esquinas y cuando el engaño, los intereses creados y la corrupción son algunos de los elementos contra los que luchar.

“¿Y quiénes son Las Cervantas?”, exclama Catalina –mujer de Cervantes– casi al final de la obra, para responderse: “¡Las que se vieron envueltas en un negocio que sirvió de tapadera de unos truhanes!”.

Este es el tono que va adquiriendo, a medida que se avanza en la lectura, la obra escrita a cuatro manos por Inma Chacón y José Ramón Fernández, titulada Las Cervantas, debido al nombre que se le dieron en la época a cinco mujeres que tenían con don Miguel vínculos de sangre y que compartían con él su casa en Valladolid: Andrea y Magdalena, sus hermanas; su mujer, Catalina; su sobrina Constanza, hija bastarda de Andrea; e Isabel, una hija –también bastarda– que tuvo Cervantes con una tabernera de Madrid.

El autor de El Quijote es el nexo de unión de esta historia de mujeres que, aunque ausente de los acontecimientos que ellas viven y sufren, se apasionan y se retratan a sí mismas, está no solo en la habitación de al lado, donde pasa sus horas de trabajo –se deduce que está escribiendo El coloquio de los perros, una de las novelas ejemplares–, sino también por las referencias a su pensamiento crítico y adelantado a su época como evidencia en todas sus novelas. La figura de Miguel de Cervantes es un buen pretexto, igual que Dulcinea, la dama de quien está enamorado Don Quijote, que nunca aparece en la novela, ya que solo está en la imaginación del caballero andante, basada en Aldonza Lorenzo (una labradora quien sí existe, pero que tampoco aparece).

La acción de Las Cervantas se desarrolla entre la noche del 27 de junio y el 8 de julio de 1605, cinco meses después de publicar su obra cumbre. Son doce días de sofocante calor castellano en que transcurren los acontecimientos –reales– de la muerte de un caballero ocurrida en el inmueble de las protagonistas, que sufren la inquisición del poder, que no solo pretende encubrir al culpable por ser persona noble, sino que busca, en el juicio a las mujeres, aplastar su condición feminista, avant la lettre, por ser leídas y libres. Aquí está de nuevo el miedo atávico del hombre ante esa condición de la mujer que no se deja doblegar y que sabe defender sus intereses como persona comprometida con su tiempo, como dos siglos más tarde abanderarían las sufragistas inglesas cuya reivindicación principal era que las mujeres votaran en las mismas condiciones que los hombres, y que el Parlamento británico aprobaría cuarenta años más tarde. Las otras reivindicaciones de igualdad educativa, de trabajo y salario aún continúan batallándose hoy.

"Doscientos años se adelanta Cervantes a la lucha por la igualdad entre los sexos."

Las Cervantas, como he dicho al principio, tiene en todo momento el tono reivindicativo de unas mujeres que no están dispuestas a ser menos que los hombres. Ellas son mujeres instruidas, que leen (en una de las escenas se describe a Andrea “que está con un libro abierto”), que conocen la obra de su pariente, y la conocen al dedillo puesto que han leído los manuscritos de algunas de las novelas ejemplares que Miguel de Cervantes escribiría entre 1590 y 1612, y que en conjunto publicaría en 1613, porque en un momento, Catalina exclama: “¡No! Yo quiero ser la pastora Marcela, La gitanilla, La Galatea, la inteligente Camila y la Dulcinea que enamoró al Caballero de la Triste Figura”.
Otro caso evidente de la libertad que proclama Cervantes ocurre en la figura de esta inteligente Camila, esposa de Anselmo en el capítulo de “El curioso impertinente” del Quijote, empeñado en cortarle las alas poniendo a prueba, a base de trampas, su bondad y su lealtad y que Catalina recuerda en esta alocución, que continuará Andrea, trayendo entre ambas parte del discurso de libertad de la pastora Marcela. Las Cervantas han hecho suyo este episodio feminista por excelencia de El Quijote, el de la pastora Marcela (léalo completo el lector curioso en los capítulos XII, XIII y XIV de El ingenioso hidalgo), quien por no amar al desgraciado Grisóstomo, este, enloquecido de amor no correspondido, se suicida. Mientras sus amigos lo están enterrando, la valiente Marcela se presenta en el sepelio y suelta un discurso que no tiene desperdicio, no solo porque hace valer su condición de mujer libre, sino también por la coherencia de no estar obligada a amar a la persona de quien no está enamorada. Doscientos años se adelanta Cervantes a la lucha por la igualdad entre los sexos, en lo que pudiera ser el primer discurso feminista de la historia:

“Por el amor que me mostráis, decís, y aun queréis, que esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama”.

Un enfrentamiento a los tabúes culturales que aún no se han desterrado por completo y que en Las Cervantas cobra de nuevo ese aire gramsciano que el filósofo italiano cargó de sentido político en esta sentencia: “Instrúyanse, porque necesitaremos de toda nuestra inteligencia; conmuévanse, porque necesitaremos todo nuestro entusiasmo; organícense, porque necesitaremos de toda nuestra furia”. Así es esta familia, que al final del embrollo tienen que hacer los baúles para viajar durante varias jornadas en carreta hacia Madrid; que defienden la libertad y la honra y que gritan, como la pastora Marcela, sin cortapisas: “Libre nací. Libre es mi condición. Y ni el alcaide, ni el alguacil, ni el juez… ni la mismísima historia… podrán sujetarme”.

Inma Chacón y José Ramón Fernández, tanto monta, monta tanto, han escrito al alimón un texto que, no tengo duda, pasará a la historia del teatro por su dimensión narrativa y la calidad de sus diálogos, porque en las dos horas aproximadamente que puede durar la representación (una hora la lectura del libreto), nos envuelven con el pulso de una época, el valor de la palabra, la dicotomía entre gañanes y cultos, entre poder y sensibilidad. Con Las Cervantas, estos dos escritores de la obra, a los que es imposible adivinar quién dijo qué y en qué momento, construyen un sólido edifico dramático que es también una celebración de la literatura en libertad, y eso, en los tiempos que corren, se hace cada vez más ser necesario.

El personaje de Isabel, interpretado por Clara Berzosa,

 

 

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