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‘Chantaje contra una mujer’: Cuando el teléfono suena

‘Chantaje contra una mujer’: Cuando el teléfono suena

Chantaje contra una mujer (Experiment in Terror, 1962) comienza de manera insuperable. Una cámara aérea sigue el coche descapotable de una atractiva mujer con pañuelo para retener el cabello en el aire del viaje, una mujer que en la noche cruza el Golden Gate en San Francisco. Brillan las luces en la noche californiana, retratadas en un brillante blanco y negro, preciso, elegante, depurado, obra de Philip Lathrop, un magnífico director de fotografía. Mientras, oímos, en tanto que desfilan los títulos de crédito, la subyugante banda sonora de Henry Mancini, un prodigio de vanguardia a la hora de provocar emociones fundidas con las imágenes, como ya hiciera para Hawks en Hatari! y Su juego favorito. La mujer —digamos ya que posee el encanto, la belleza, el atractivo anguloso de Lee Remick—, Kelly Sherwood, llega a su domicilio en un barrio residencial, una calle sin salida, al otro lado del Golden Gate. Se abre la puerta del garaje y, ya en el interior, la puerta se cierra, la oscuridad se cierne sobre ella, sorprendida, y de repente, surgiendo de esa opresiva oscuridad, unas manos le atenazan el cuello, le tapan la boca y susurran amenazas. Blake Edwards, un conspicuo maestro de la comedia, filma esa secuencia en primeros planos que agobian a Remick tanto como al desprevenido espectador, abriendo la puerta a un elegante, pausado y sofisticado psycho thriller en el que Lee Remick es la pieza a cobrar si no cumple lo exigido: robar cien mil dólares del banco en que trabaja como cajera. La amenaza se extiende a la suerte que correrá Toby, una juvenil Stephanie Powers, la adolescente hermana de Remick, con la que convive.

"El teléfono se convierte, pues, en el hilo conductor del relato no solo en la relación de Kelly Sherwood con su némesis, sino en la de ésta con Ripley y en la de éste con sus agentes, a través de una tupida red de conexiones telefónicas"

Edwards entiende a la perfección el relajado pero inteligente guion que le ofrecen The Gordons. No conozco ningún otro crédito de guion que atribuya la paternidad del mismo a un grupo, una razón social, o en este caso a un matrimonio: Mildred & Gordon Gordon, que adaptan su novela Operation Terror. Podrían haber optado por una apuesta suspensiva del tipo hitchcockiano o un itinerario de negrura moral tipo Fritz Lang, o por la brutal violencia del Sam Fuller de Los sobornados o La casa de bambú, pero lo que proponen es dinamitar todas esas posibilidades abriendo otros campos por completo inesperados. Kelly Sherwood desoye la amenaza, y con enorme valor contacta con el FBI. A partir de ese instante, el agente John Ripley, un sobrio y sutil Glenn Ford, teje toda una red de vigilancia y supervisión de Miss Sherwood y de su hermana Toby. La tensión del relato, que Edwards filma sin trucos, con enorme precisión y claridad, se asienta en que el misterioso y amenazador delincuente conoce todo de su vida y circunstancias y, pese a la vigilancia de Ripley, una y otra vez, su voz asmática y cruel conecta por teléfono para persistir en amenazas, descubrir añagazas, desvelar cómo él, a su vez, la vigila sin piedad con el objetivo colateral de Toby como señuelo.

El teléfono se convierte, pues, en el hilo conductor del relato, no solo en la relación de Kelly Sherwood con su némesis, sino en la de ésta con Ripley y en la de éste con sus agentes, a través de una tupida red de conexiones telefónicas. El guion de los Gordon gira siempre en lo inesperado, como ocurre con la misteriosa aparición de una sensual dama, Nancy Ashton (Patricia Huston) que comparece en la oficina de Ripley pidiendo consejo e hipotética ayuda para una amiga relacionada con un tipo muy peligroso. El hilo Ashton acaba conectado con la trama Sherwood y, en una secuencia de pesadilla, asistimos a una cita inquietante, ahora sí un momento Hitch, Lang o Fuller, en el taller vivienda de Miss Ashton, que se dedica a fabricar maniquíes. Edwards filma de manera a la vez barroca y abstracta ese lugar en el que la realidad parece esconderse en la apariencia inanimada de los modelos. El guion explora todas las posibilidades del género, incluido un misterioso soplón con visos de supuesto periodista de escándalos, Popcorn (Neg Glass), que oye lo que no debe y saca provecho de ello, una incursión en el submundo de la jungla urbana de San Francisco. O un extravagante club nocturno abierto a toda fauna urbana, con chicas montadas en trapecios voladores, citas inesperadas que llevan a donde no se quiere ir y confusión de encrucijadas.

"La película se disfruta plano a plano, con la credibilidad mágica de todo el reparto, la fisicidad de los escenarios de la brumosa San Francisco y la vida cotidiana atrapada en lo imprevisto"

En esa imprevisibilidad del guion, The Gordons revelan la identidad del amenazante, un ex convicto Red Lynch, con una compleja y peligrosa relación con las mujeres. Chantaje contra una mujer se convierte así en una partida de ajedrez entre Kelly Sherwood, Ripley y Lynch en el que éste siempre lleva la iniciativa. Chantaje contra una mujer presenta una galería fascinante de personajes femeninos, una especialidad de Edwards, que brindó a Lee Remick su inolvidable personaje de Días de vino y rosas, ya que a Kelly y a Miss Ashton, capaz de provocar sin ambages una cita con Ripley, debe añadirse la de Lisa Soong, una mujer china-americana, encarnada de manera fascinante por Anita Loo, relacionada sentimentalmente con —y leal a— Lynch, que trata con amor al enfermo hijo de Soong.

El tercio final de Chantaje contra una mujer se centra en aquella partida de ajedrez, con Toby como rehén, un tigre gigante de juguete como clave, el Fisherman’s Pier, del puerto de San Francisco, un abandonado almacén y el estadio de béisbol durante un partido entre los míticos San Francisco Giants y Los Angeles Dodgers. Filmada mayoritariamente de noche, negando cualquier historia de amor entre Remick y Ford, relajada en ritmo pero exigente en las apuestas morales que propone, la película se disfruta plano a plano, con la credibilidad mágica de todo el reparto, la fisicidad de los escenarios de la brumosa San Francisco y la vida cotidiana atrapada en lo imprevisto, porque vivir siempre es una aventura peligrosa.

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Experiment in Terror (Chantaje contra una mujer, 1962). Producida y dirigida por Blake Edwards. Guion de The Gordons, Mildred y Gordon Gordon, adaptando su novela Operation Terror. Fotografía de Philip H. Lathrop, en blanco y negro. Música de Henry Mancini. Montada por Patrick McCormack. Interpretada por Lee Remick, Glenn Ford, Stephanie Powers, Ross Martin, Ned Glass, Anita Loo, Patricia Huston, Roy Poole. Duración: 123 minutos.

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