Hay libros que te cambian la vida y libros que te la alargan sin permiso, y Las uvas de la ira es el segundo caso: seiscientas páginas que se sienten como un viaje cutre en camión por Oklahoma con la calefacción rota, sin radio y con un tío predicándote al oído. Steinbeck tenía una idea buenísima, la de que los pobres lo pasan mal y los ricos son unos sinvergüenzas, y la despachó tan bien en las primeras cincuenta páginas que lo lógico habría sido cerrar el libro, darse un abrazo y marcharse a casa. Pero no, el autor decidió que una idea tan buena merecía repetirse doscientas veces, con distintas voces, en distintos estados de ánimo y, cuando ya no quedaba nadie a quien convencer, en capítulos poéticos para que la mala conciencia llegara también a las tortugas.
Los personajes son otro festival. Ma Joad es tan santa, tan firme y tan perfecta que da ganas de pedirle que se equivoque aunque sea una vez, con la sal o con el cambio de la compra, por higiene narrativa. Tom Joad pasa de matón con prontuario a Che Guevara de Oklahoma en el tiempo que tarda un capítulo en cambiar de página, sin pasar por ninguna fase intermedia, como quien se saca el carnet de líder moral por correspondencia. El predicador Casy aparece, suelta la doctrina, se hace matar con una puntualidad exquisita y deja el testigo para que el protagonista lo recoja y lo agite con furia. Es uno de esos grandes personajes de la literatura universal con un contrato que dice «morirás en el momento en que dejes de ser útil». Y los abuelos caen como moscas, sin drama, con eficiencia de ERE.
El simbolismo, por supuesto, no es simbolismo; es un lanzamiento de yunques. Hay naranjas quemadas con queroseno, fruta que se pudre en el árbol, uvas que se llenan de ira, tormentas, inundaciones, tierra seca, tierra mojada… Si Steinbeck hubiera tenido un símbolo más, habría necesitado un camión adicional para transportarlo. Uno quiere que el autor le deje respirar, descubrir algo por sí mismo, sentir un poquito de misterio, pero no: te lo explica todo, te lo repite, te lo pone en cursiva en el alma y luego te pregunta si lo has entendido. Sí, Juan, lo he entendido, lo entendí en la página cincuenta y en la ciento cincuenta y en la trescientas, y sigo entendiéndolo, gracias, déjame en paz. Coño.
Y el final, ay, el final. Tras ochocientas penurias y un par de funerales, el autor cierra el libro con una escena tan simbólica, tan brusca y tan inexplicable que parece que le dijeron «tienes un minuto para terminar» y respondió con lo primero que se le vino a la cabeza. Lo dejan a uno plantado en la última página como un invitado al que han echado de la fiesta sin avisarle. Se dirá que es profundo. Yo digo que es profundo igual que lo es un bache: te sacude, te deja descolocado y no tienes ganas de repetir la experiencia.


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