El protagonista, Robert Jordan, es un estadounidense que llega a España para volar un puente. Una misión clara, sencilla y aparentemente urgente. Pues bien, Hemingway consigue que la preparación para dinamitar un puente ocupe una cantidad de páginas suficiente para construir diez puentes nuevos y todavía sobre material para una glorieta. Jordan pasa el tiempo pensando. Piensa sobre la guerra, sobre la muerte, sobre España, sobre el amor, sobre el honor, sobre la vida, sobre los caballos y probablemente sobre la calidad nutricional del chorizo serrano. Si existiera un campeonato olímpico de monólogo interior, este hombre volvería a casa con tres medallas de oro y una crisis existencial. Y luego está el diálogo. Ah, el diálogo. Hemingway decidió reproducir el castellano traduciendo literalmente expresiones al inglés y el resultado tiene un encanto muy peculiar: los personajes hablan como si hubieran aprendido español con un manual del siglo XVI encontrado debajo de una cabra. Cada dos páginas alguien suelta un juramento o una construcción extraña que pretende sonar española y acaba pareciendo el primo lejano de un traductor automático con fiebre. Los guerrilleros merecen un capítulo aparte. Son un grupo que debería estar organizando operaciones militares, pero da la impresión de que llevan semanas acampados discutiendo quién tiene el trauma más profundo. Nadie toma una decisión sin abrir antes un debate filosófico digno de un congreso universitario. Pablo cambia de opinión tantas veces que parece un político en campaña electoral. Pilar habla con una autoridad tan aplastante que uno sospecha que podría conquistar media península simplemente mirando mal a la gente. Y los demás orbitan alrededor de ambos esperando que ocurra algo mientras el lector empieza a calcular cuántas páginas faltan. La naturaleza ocupa un lugar fundamental en la novela. Hemingway describe montañas, bosques, ríos, amaneceres y atardeceres con una pasión casi religiosa. Al principio resulta evocador. Después es agradable. Más tarde empieza a cansar. Finalmente uno mira por la ventana de su casa y piensa: “Por favor, que no haya otro pino”. Si alguien hiciera un videojuego basado en esta historia, el 90 % consistiría en caminar lentamente entre árboles mientras aparece en pantalla el mensaje: “Pulsa X para reflexionar sobre la condición humana”. La acción llega con cuentagotas. Cuando parece que por fin va a pasar algo importante, Hemingway decide que es el momento ideal para insertar cuatro páginas sobre el significado del sacrificio o una conversación acerca del destino de España. Es como ver una película de acción en la que, justo antes de la explosión, el director pausa la imagen para emitir un documental sobre la reproducción del liquen. Y sin embargo lo más sorprendente es la solemnidad. Todo tiene una importancia cósmica. Nadie puede simplemente beber un vaso de vino: hay que convertirlo en una meditación sobre la fraternidad universal. Nadie puede montar un caballo sin que parezca que está participando en un ritual místico. La novela tiene el sentido del humor de una piedra funeraria. Todo es trascendente, todo pesa, todo simboliza algo. Hasta el puente parece sufrir ansiedad por el significado de su propia existencia. Los defensores de la obra dirán que precisamente ahí reside su grandeza: en la profundidad psicológica, en el análisis del compromiso político, en la exploración del miedo y la muerte. Y tienen razón. Pero una cosa es explorar el alma humana y otra instalar un campamento permanente dentro de ella y no salir jamás. Además, Hemingway parece convencido de que la mejor forma de demostrar que un personaje es valiente consiste en hacerlo hablar durante cuarenta páginas sobre el valor antes de mover un dedo. Si Proust hubiera escrito una novela bélica, probablemente habría sido más dinámica. También hay que admirar la capacidad del autor para estirar el tiempo. Un solo día puede ocupar una cantidad de páginas que desafía las leyes de la física narrativa. Es una especie de agujero negro literario donde cinco minutos contienen una reflexión, tres recuerdos, dos descripciones del paisaje y una discusión existencial sobre la libertad. El lector entra con la ilusión de asistir a una operación de sabotaje y sale con un máster en introspección alpina. Eso sí, Hemingway escribe muy bien. Y ese es el problema: escribe tan bien que consigue que sigas leyendo incluso cuando llevas veinte páginas viendo a un hombre tumbado entre arbustos pensando si la vida tiene sentido. Es un talento perverso. Es como un chef extraordinario que cocina una lechuga hervida con tanta elegancia que acabas felicitándolo mientras masticas tristeza. La novela está llena de momentos memorables, imágenes poderosas y personajes que dejan huella. Pero también está llena de silencios interminables, repeticiones, solemnidad excesiva y una lentitud capaz de hacer parecer frenético un campeonato de ajedrez entre tortugas. En definitiva, Por quién doblan las campanas es una obra maestra… de la paciencia lectora. Un libro que promete dinamita y entrega filosofía; que anuncia una misión suicida y ofrece un retiro espiritual en la montaña; que presume de guerra y termina pareciendo un club de lectura con armas largas. Es posible que sea una de las grandes novelas del siglo XX. También es posible que necesite un editor armado con unas tijeras industriales. Porque el puente acaba explotando, sí, pero mucho antes ha explotado la resistencia mental del lector, que después de cientos de páginas comprende por fin por quién doblan las campanas: doblan por cualquiera que haya decidido empezar esta novela un domingo por la tarde creyendo que iba a leer una aventura trepidante. Ahora, eso sí: lo mejor de esta novela es que muchísimo peor, falsa y grotesca es la película. Aunque tuviera a Ingrid Bergman y a Gary Cooper dentro.
Si alguien quisiera demostrar que una novela puede convertir una guerra civil en una excursión interminable por la montaña con gente filosofando sobre absolutamente todo, bastaría con entregarle For Whom the Bell Tolls, de Ernest Hemingway. Lo que empieza prometiendo explosiones, tensión y guerrilleros jugando al escondite con el fascismo acaba pareciéndose más a una reunión de senderistas deprimidos que han descubierto el vino peleón y la metafísica.
La fama de Hemingway como maestro del estilo sobrio es incuestionable. El problema es que, en esta novela, esa sobriedad se convierte en una dieta extrema: pocas emociones visibles, muchas piedras, muchos árboles y conversaciones tan largas que uno empieza a sospechar que el verdadero enemigo de la República no era Franco, sino el aburrimiento.
"Piensa sobre la guerra, sobre la muerte, sobre España, sobre el amor, sobre el honor, sobre la vida, sobre los caballos y probablemente sobre la calidad nutricional del chorizo serrano"
Luego está María, el interés romántico. La velocidad con la que ambos se enamoran haría sonrojar a cualquier guionista de telenovela. Se conocen prácticamente por la mañana y por la tarde ya parecen una pareja que celebra sus bodas de plata. Todo ocurre con una intensidad tan desproporcionada que uno imagina la conversación en puro diálogo Hemingway:
—Hola, guapo.
—Hola, pequeña.
—Creo que eres el amor de mi vida.
—Perfecto. De aquí a la eternidad.
—Eso es de Norman Mailer, me parece.
—Norman ni caza ni pesca. Le faltan cojones para escribir una novela tan buena como la mía.
—Oh, cariño. Bésame.
—Vale.
—La tierra se ha movido mientras me besabas.
—Naturaca, como dicen los milicianos de Madrid. Soy dinamitero.
La química entre ambos, para resumir, tiene la misma naturalidad que una paella con kétchup en un restaurante español de Chicago. Hemingway intenta transmitir un amor absoluto en mitad del desastre bélico, pero el resultado es tan empalagoso que parece que alguien ha mezclado pólvora con azúcar glas.
"Es como ver una película de acción en la que, justo antes de la explosión, el director pausa la imagen para emitir un documental sobre la reproducción del liquen"
"La novela tiene el sentido del humor de una piedra funeraria. Todo es trascendente, todo pesa, todo simboliza algo"
"En definitiva, Por quién doblan las campanas es una obra maestra... de la paciencia lectora. Un libro que promete dinamita y entrega filosofía"

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