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Clara Janés, la pluma incognoscible

Clara Janés, la pluma incognoscible

Imágenes cortesía de la RAE.

Cuando se leen sus versos, las palabras desaparecen, las letras dejan de ser trazos, el papel es cada vez más blanco, se torna transparente, se hace ceniza de tiempo. El acto de leer transformado en un espacio enorme: algo así como una galería de arte sin obra. Suelos de madera oscura con olor a Oriente, paredes de claro mármol pulido. No hay nada allí salvo una enorme crisálida. Cuelga de las nubes o el cielo. Un capullo de electro que brilla como el diamante. Acapara la mirada. Porque dentro ocurre el milagro. El Arte abrazado por la seda del silencio.

En sus poemas se puede intuir el movimiento sinuoso de las palabras bajo esa membrana suspendida. Los textos se convierten en serpientes sobre lechos con la fragancia del sudor de los cuerpos, en estelas de luz que no ocurren, en una danza de derviches que giran y giran y giran hasta el éxtasis o el miedo. Así lo hace:

No quiero verme,
desvíame el espejo
y que refleje sólo
otro reflejo.
Y cruza este
con los sables
de nuevos reflejos.
Pronto aparecerá
una irisación
y con ella la nada.
Y yo
sabiendo que
la forma no es real,
incólume,
estaré dentro,
permaneceré inaccesible
a la mirada.

El primer sonido de Clara Janés: una voz que acuna y canta; la primera imagen de Clara Janés: una melena blanca y unos ojos intensamente azules. La sensación que llega sobrecoge: es estar ante un coro de vestales cautivas del fuego; pasear bajo la llamada a la oración cuando Estambul retumba y la ciudad se paraliza; tener miedo ante una pizarra en la que está escrita con tiza una ecuación; sentir cómo el Ganges vibra ante la suma de otro cuerpo sin vida; notar el movimiento calmado de un sacerdote cuando, tras la confesión, dibuja una cruz en el aire con la palma de su mano derecha y el cuerpo del piadoso ya está limpio.

La escritora, que nació en 1940 en Barcelona, ocupa un sillón en la Real Academia de la Lengua, ha recibido el Premio Nacional de Traducción y ha firmado una cantidad prácticamente incontable de libros con su obra. Hija de un poeta y editor, nieta de un novelista y traductor, Clara Janés durmió junto a 25.000 libros desde el día en que se le abrieron los pulmones. Su destino —porque en su caso el don de la escritura es místico— es el de alumbrar lo oscuro del mundo con la llama de su palabra.

Y sin embargo, no había una clara vocación poética en ella —más allá de unos balbuceos adolescentes— hasta que, ya en la facultad, los versos de Juan de la Cruz en la voz de José Manuel Blecua se le mostrasen como una revelación. Resulta hermoso imaginar la escena: esas clases atestadas. Humo de cigarrillo. La voz del filólogo resonando en las paredes. Aquellos versos: “Allí me hirió el amor / y el corazón me sacaba”. Y todo estuvo hecho. De pronto en ella la necesidad de traspasar el velo que lo cubre todo no para quitarlo, sino para escribir bajo él, con la visión exacta de las cosas.

Se convierte en una intérprete de ese lenguaje antiguo de la Verdad y se lo entrega a los lectores para que estos sientan, acaso como en un leve susurro en lengua extraña, el pálpito de lo real frente al que el cuerpo sucumbe.

Paso a paso

La niña que será —que es, aunque no lo sabe— Clara Janés camina por la calle. Paso a paso. Un pie detrás de otro. El izquierdo adelanta de nuevo al derecho. Un pie detrás de otro. Paso a paso. Ese ritmo —un pie, el otro, el otro, el otro— está en el origen de sus poemas: la autora catalana comenzó “andando versos” más que escribiéndolos.

Ha contado en decenas de ocasiones cómo sus primeras palabras poéticas, iluminadas desde aquel “no saber sabiendo” que la pone al cobijo de la espiritualidad de Juan de la Cruz y otros maestros, nacieron con el ritmo de su caminar en la calle: “mi arranque poético (…) nacía de mi biorritmo, hijo de la respiración —inspirar y espirar— a la que se ajusta el latido, fruto de la misma vida”, ha escrito en el epílogo de la antología Movimientos Insomnes.

De allí hasta esas clases de Blecua hay un lapso en el que Clara no busca jamás en el espejo la imagen de un vate. El poder poético no obstante va creciendo dentro. La muerte de su padre, uno de sus poemas que llega a manos de Gerardo Diego y otra serie de circunstancias que resuenan bajo el eco de aquellas clases de la facultad hacen que por fin aparezcan los primeros textos con la vocación de conformar una voz poética que se concreta en Las estrellas vencidas, su primer libro, publicado en el año 1964.

De nuevo estoy
lanza a ser,
sin tiempo.
Infinitos instantes
delante de mis ojos
me dicen
que respiro.
Y me quedo
en el aire,
silenciosa,
rodeada de luz,
sin presentir siquiera
algún vago destino…
Columnas de presencia.

Y mi cuerpo indolente
que recibe su peso
triste,
mudo.
Tanto ser que se impone
negando
ese morir
en el silencio.
Y aunque no quiera siento,
y aunque me rocen mundos
permanezco callada.
Aquí estoy, sí,
aun
en mi total ausencia.

Una poesía compleja, tallada por la mirada que busca dentro de sí misma efigies inamovibles a la vez que se deleita con aquello que transmuta; una poesía que renueva constantemente los saberes innatos y trata de revelarlos mientras los oculta. Así el carácter místico que la crítica ha atribuido, desde siempre, a la obra de la escritora catalana.

Son, las siguientes, palabras de la investigadora Gemma Gorga, de la Universitat de Barcelona, en un artículo titulado Ecos sanjuanistas en la última obra de Clara Janés. En este texto, Gorga genera una suerte de poética de la autora de Huellas sobre una corteza que la pone en el otro lado del espejo: “¿Y cuál es el sentido de este universo que, pieza a pieza, va a levantar Clara Janés ante los ojos del lector? A pesar del riesgo simplificador que implica toda definición, podríamos decir que su obra es una búsqueda de la esencia del ser. Ella misma define su poesía como un proceso de indagación en lo real y de ahondamiento en el ser. Esta decantación de materiales y este afán de desnudez colocan su obra al lado de la mejor poesía mística de todos los tiempos. Sus textos revelan una impregnación muy profunda no sólo de la mística que florece en la España de la Edad de Oro, sino también de la que llega de Oriente, en especial del sufismo”.

Janés ha conseguido mirar con los ojos de aquel que ve el mundo a través de sus sombras, que toca la piel para sentir el latido de un corazón gastado, que comprende los sentimientos amor o miedo como sustancias elementales no de la vida humana, sino del sentido único del universo. La autora se convierte en un imán capaz de recrear nuevos significantes para acariciar la esencia de ese todo ilimitado que se concreta en cada cosa, en cada gesto, en todas y cada una de las palabras de un poema como este:

Ser o no ser
y más allá del ser
ese que yace:
amor sin concreción,
imposibilidad pura,
tránsito,
huida estática,
cenital belleza,
nada lo roza,
cae y se eleva.

Pero los sueños...

La obra de Clara Janés reside en un espacio insólito. Sus libros se conforman como un coro de ecos en susurro, fulgores delicados que abrasan el conocimiento y lo exponen a una nueva realidad. Todavía más profunda, todavía más exacta y difusa. Es esa “hipótesis infinita de un instante en que todo se explica y todo se hace difícil”, como reflejó el hispanista Chiappini en El fuego invisible.

Vuelve a la imagen esa crisálida que se rompe y de la que sale una mujer de cabellos canos, ojos azulísimos y hablar sereno que casi se quiebra al final de cada enunciado. Danzan sus versos como en un bailar sagrado que conecta con los dioses del tiempo. Evoluciona su poesía a la luz de maestros como Quevedo, Lorca, Eliot, Holand… y todo ello con ese sabor a bruma de éxtasis, a suspiro de orgasmo, a ecuación pétrea, a noche, a silencio.

Janés, como un demiurgo que ordena lo tangible y lo intangible, escribe versos que crean un único libro sagrado, una obra de vida que busca desentrañarlo todo, aprehenderlo todo, adquirir una conciencia absoluta sobre lo que ocurre, lo que se siente y lo que se vive en el tiempo pasado, en el momento presente y en el sueño del futuro.

Mi mano
volverá a enderezar para ti
los trayectos migratorios,
establecerá las coordenadas
y las abscisas de tu vórtice.
Y leeremos el mundo
con firmeza y suavidad,
con la fuerza delicada del lazo
que nos sostiene.
Somos ese fondo unido
que duda y no conoce la duda;
tierra fértil
para el desequilibro
que es la vida;
y en aire perseveramos.

Y así ansiaba el cazador de altura
convertir en energía toda materia.
Y así por el intelecto excedemos.
Ama y acoge en tu seno las palabras
y las cifras que hacen castillos en el aire.
Ama y ofréceles cobijo,
sujétalas.

La cifra del anhelo

Ciencia, naturaleza y erotismo son tres de los pilares donde se asienta la intuición creativa de Clara Janés. “Lo erótico entra en conexión con lo sagrado, existente ya en su mundo, y la sexualidad se vuelve trascendente”, explica el poeta Jaime Siles en el trabajo introductorio de Movimientos insomnes. También él asegura: “[para su proyecto] necesita apoyarse en el pensamiento poético de los científicos [estableciendo con los poetas y los místicos] un diálogo capaz de llegar a construir un modo de interpretación de lo impenetrable”.

Así, la poesía de Janés se depura más y más hasta convertirse en esencia destilada de ella misma abrazada a todo aquello. Por eso sus textos suenan a sopor, incertidumbre y certeza en una aleación singular y única y crean un espacio incómodo y sacro en el que apenas queda contemplar, dejarse embaucar por el misterio latente en cada página. Romper el espacio, la vida, el cuerpo, los recuerdos, el tiempo… ir más adentro.

Vámonos más adentro
y con la hojarasca confundidos
dejemos que la noche arrastre
el río clamoroso de los alientos
y la blancura de la comunión
no atenazada por los grillos
que encadenan la oscuridad,
confundidos ya en esa desmateria
que se impone
como amapolas en la losa,
entramado de raíces que se aman
y mutan en clamor incesante
que gira con el cosmos
y se expande.

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