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Cleopatra manoseada

La historia es la propaganda de los ganadores. Esta es una frase que no sé quién escribió, pero que se adapta perfectamente a la tesis que persigue este artículo. De hecho, es adaptable ya desde el principio de la historia, allá por el 51 a. C., año en el que dio comienzo el reinado de Cleopatra en Egipto tras la muerte de su padre. Roma, la cultura hegemónica, acabó odiando a la reina egipcia por ser la cabeza visible de un país opulento y tradicionalmente peligroso, y también, claro, por haberse levantado junto a Marco Antonio contra el poder establecido en la República. De ahí, de la crónica romana, es decir, de la crónica de los ganadores, nace la primera leyenda de Cleopatra: mujer aprovechada, mezquina, rastrera, capaz de todo por alcanzar el poder. Que los cronistas árabes e incluso el propio Plutarco se refiriesen a ella como una erudita de tronío ya importaba poco. Había un ganador, y él decidía qué partes de la historia se podían coger.

"El relato de aquella Cleopatra es el relato de la sociedad imperante entonces, la que caminaba junto al movimiento contracultural, pacifista y liberador que acabaría imponiéndose"

Pero volviendo a la edad contemporánea, que es lo que nos ocupa, lo cierto es que su mito se sigue manoseando, claro, en función de los ganadores. Véanse por ejemplo los años sesenta del siglo pasado, donde el auge aperturista, la explosión del feminismo, la desacralización del sexo y tantos otros factores convirtieron a Cleopatra en una mujer bellísima, libertina sin connotaciones peyorativas, de algún modo libre en su sensualidad, frente a la esclavitud general a la que había sido sometida la mujer a lo largo de los siglos. Así la presenta el cine, punta de lanza de la cultura de masas, con una Liz Taylor extraordinaria, los ojos claros observando la cámara bajo el flequillo raso que pasaría a la historia. El relato de aquella Cleopatra es el relato de la sociedad imperante entonces, la que caminaba junto al movimiento contracultural, pacifista y liberador que acabaría imponiéndose, más allá de la cultura hippie, del Mayo del 68, y todo aquello que hoy parece haber envejecido mal.

"La Cleopatra de Liz Taylor ya no es libre, es un pobre trozo de carne cosificado"

El caso es que volví a escuchar el nombre de Cleopatra hace unos días, cuando me enteré de que se habían organizado protestas para impedir que fuese la actriz Gal Gadot quien le diese vida. ¿El motivo? Cleopatra era una mujer negra, y su actriz luce demasiado pálida. Es decir, censuran a Cleopatra por blanca, cuando no se tiene certeza del color de su piel y, además, era de ascendencia macedonia. Más allá del acto, que puede ser hilarante o no, lo cierto es que la nueva Cleopatra que terminará imponiéndose, acabe como acabe esta película, es el triunfo de un nuevo modelo social. Un proyecto de sociedad buenista, basado en estándares de una moral férrea pero acartonada, con reminiscencias de viejas taras que preferimos olvidar. La Cleopatra de Liz Taylor ya no es libre, es un pobre trozo de carne cosificado. La vieja reina ya no es una mujer astuta de origen griego, sino una mujer negra hija de perdedores y maltratada por la sociedad machista del Egipto previo al anno domini. Es el relato que impera, y es el relato que perdurará. Caiga quien caiga.

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