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Coda a la escritura de una novela

Coda a la escritura de una novela

Viajaba en un tren a Barcelona. Mi madre acababa de morir. En dos cuadernos marrones había comenzado a detallar la acción de cada capítulo de una novela que narraría las complejidades de mi amistad con mi amigo poeta. En cierto sentido, la novela sería una venganza contra mi amigo, del que me había distanciado; o no contra él, sino contra la parodia en que se había convertido nuestra amistad con el paso del tiempo. A nuestro presente de cálculo le opondría el germen de una convivencia gratuita y desinteresada, una amistad tristemente juvenil. De eso trataría la novela.

Viajaba en tren a Barcelona, mi madre había muerto dos meses atrás, y yo quería tener claro qué sucedería en cada capítulo de una novela que se anunciaba larga. Un novelista me había confesado la manera de componer del novelista serio: todo debía haber sido calculado antes de comenzar. Y yo dediqué un año a los borradores de cada capítulo en mis dos cuadernos marrones, maduraba los giros de la acción y sus implicaciones en una trama global. Incluso rellené fichas con rasgos de los personajes, como los novelistas. Sería mi primer libro pensado previamente en todos sus detalles. Pero entonces me sentaba a escribir y… me ganaba el aburrimiento, un aburrimiento primitivo, nada salía. ¿No era un error de la especie narrar un pasado muerto con una forma también muerta, tristemente premeditada? Me obsesionaba una frase leída en Doris Lessing: “Cuando la trama, el modelo y la vida interior de un libro están tan claros para el lector como para el propio autor, quizá haya llegado la hora de echar a un lado el libro, como si ya hubiera pasado su momento, y empezar algo nuevo”.

"La escritura modificaba el curso de la vida y sólo había que dejar que ese curso nos encontrara"

Nada podía salir de un libro como el mío. Y volví a quedar con mi amigo, con el que apenas mantenía el contacto por entonces. Quería sacudirme mi plan con su presencia, pero también escuchar su voz y conocer el efecto que en él tendrían mis desesperadas intenciones. Nos emborrachamos juntos. Volvíamos a ser los amigos de siempre. Me sorprendió que recordara aún menos que yo de nuestra vida común. Apenas la conciencia de una manera de hablar entre nosotros. Ningún dato relevante. Y de nuevo perdimos el contacto.

Entonces, en aquel tren a Barcelona, con un ruidoso grupo celebrando un viaje de empresa, sin premeditarlo y sin resistirme al impulso surgió la voz de mi madre, mi madre despertándose tarde y pidiéndome a gritos que le llevara el desayuno en el año previo a que mi amigo y yo nos hiciéramos inseparables.

Yo había regresado a Madrid con el rabo entre las piernas, después de mi fracaso en los estudios en una ciudad donde tampoco había sabido ganarme la vida. Tenía veintitrés años y me iba a tocar cuidar de mi madre en su larga y tediosa enfermedad. De eso empecé a escribir. Sabía que pronto iba a conocer a mi amigo poeta y que la vida se disociaría entre la sordidez cotidiana en casa de mi madre, a la que odiaba con una injusticia de cuidador, y la revolución del mundo compartido con mi amigo poeta, mundo que sólo existía en nuestras cabecitas culturizadas. Pero en aquel tren ruidoso escribía sobre mi madre y mi hermano, con el que entonces tuve que competir por el cariño materno. Y de vuelta en Madrid, cada mañana, en una biblioteca pública, seguía escribiendo mi novela sobre mi madre y mi hermano, maravillado de un mundo que era el verdadero tema de la novela. Escribir sobre lo que no había previsto en mis cuadernos marrones se me hacía natural y gozoso. Cada frase era un descubrimiento de algún secreto escondido en la escritura y en mi propia memoria: el tema que yo buscaba en el nuevo libro con una nueva estructura más compleja. Y mi amigo no aparecía. Llevaba escritas cien páginas de la novela de mi madre y mi hermano, y nada se sabía de mi amigo. Pero las formas de la novela eran las formas de mi propia vida. La escritura modificaba el curso de la vida y sólo había que dejar que ese curso nos encontrara.

"Y entonces, de una manera natural, como segregado por la narración, con lentitud emergió mi amigo, y con él los demás personajes"

Y entonces, de una manera natural, como segregado por la narración, con lentitud emergió mi amigo, y con él los demás personajes. A todos comprendía. Atrás quedó la tonta idea del libro como venganza. Y volví a verlo. Y comenzamos a quedar. Y la escritura corrió paralela a la recuperación de una amistad en su esplendor, a la vez vieja y nueva, una impugnación del sentido del tiempo.

Ahora sólo quedaba que mi amigo leyera la novela. ¿Cómo iba a reaccionar a mi desesperado reclamo de amistad, ahora que no era necesario? ¿Se enfadaría? E Incluso, desde una perspectiva estrictamente literaria, ¿le decepcionaría el resultado? Pero de esto no puedo hablar yo, sino él, y quizá lo haga o prefiera olvidarlo.

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Autor: Carlos Pardo. Título: Lejos de Kakania. Editorial: Periférica. Venta: Amazon

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