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Cómo escribí Palacios, hangares y cuevas, doce museos en Europa

Cómo escribí Palacios, hangares y cuevas, doce museos en Europa

Palacios, hangares y cuevas no es un libro sobre museografía, arquitectura o historia del arte. Debe de parecerlo, porque desde su publicación algunas personas me piden mi veredicto sobre la función y el destino de los museos en nuestra sociedad tecnológica, me interrogan sobre las cualidades constructivas de los edificios que los albergan, o me reclaman mi opinión sobre el modo más apropiado de contemplar una obra de arte. Palacios, hangares y cuevas no es un libro técnico o especializado, tan sólo prefigura el intento de un asiduo visitante de museos por comprenderlos. Las obras de arte, ya lo sabemos, invocan significados que no se hallan explicitados en las mismas: hay que desplegar un poco de audacia o invertir unos cuantos minutos en mirar o en informarse para descubrir que la grandeza de muchos artistas se cifra en un dominio abrumador de la técnica, pero también y sobre todo en el hecho de que supieron deslizar significados valiosos bajo la composición material de sus obras. Respecto a los museos ocurre una situación parecida: el modo en que estos recintos exponen sus colecciones, los énfasis que realizan sobre las mismas, la ocupación del espacio en la arquitectura que los alberga o la coherencia de sus acciones se relaciona inevitablemente con el legado que ponen a nuestra disposición. Si uno pretende comprender por qué le ha fascinado un museo, está obligado, una vez que amaina la emoción de la visita, a realizar una pequeña reflexión sobre el modo en que ha sido estimulada su mirada. Porque los museos ponen a nuestra disposición capas de tiempo histórico que apelan a nuestro pasado como especie; presentan ante nuestros ojos audaces modos de transmitir contenidos específicos sobre la realidad; realizan una crítica sobre la actividad humana en todas sus esferas; reactivan nuestra sensibilidad ensanchándola; producen singulares conexiones entre conceptos y teorías; rescatan los momentos más sublimes de la creación humana, etcétera.

"¿Cómo escribí Palacios, hangares y cuevas? La coherencia señala que para escribir un libro sobre museos europeos hay que quemar muchos kilómetros"

Palacios, hangares y cuevas intenta hacer emerger algo de todo esto. Siempre he creído que la contemplación de una obra de arte no debería finalizar en esas emociones visuales tan efímeras. La emoción que nos produce lo bonito, lo armonioso, lo desmesurado, lo cruel, lo irritante o lo estridente no debería desvanecerse tan rápidamente que quede aislada para siempre de su recorrido intelectual. A destapar algunos de los significados que los museos ponen a nuestra disposición he dedicado los últimos años de mi vida. Necesitaba explicarme a mí mismo los museos europeos que más me gustan, sentir que el caudal de sentido que tratan de construir llegaba hasta mi conciencia y desplegaba allí las consecuencias apropiadas.

"A mí nunca me ha gustado viajar y, además, redacté la mayor parte del libro durante el confinamiento de 2020"

¿Cómo escribí Palacios, hangares y cuevas? La coherencia señala que para escribir un libro sobre museos europeos hay que quemar muchos kilómetros. A mí nunca me ha gustado viajar y, además, redacté la mayor parte del libro durante el confinamiento de 2020. Pero antes de sentarme a escribir sí que había pasado largos ratos de pie, en muchos museos de la Europa occidental —más de los que aparecen en el libro—, mirando obras que me interpelaban por razones que no eran evidentes, examinando los detalles más significativos, tratando de abarcar con la razón el motivo por el cual esa disposición material ejercía una suerte de hipnotismo sobre mí. Escribí mi libro en una especie de remanso de paz, en las anchas horas de quietud que la pandemia trajo a nuestras calles. Fue una casualidad: yo me disponía a conciliar la escritura con las obligaciones laborales cuando un virus cerró las puertas de nuestras casas. No se me podría haber ocurrido mejor modo de reactivar las emociones que había sentido en mis visitas a los museos que ser encerrado a cal y canto en mi propio domicilio. En esos días, me di cuenta de que, mientras no terminara el trabajo, no sentiría deseos de regresar a los museos. El encierro pandémico no me transmitía una ansiedad por volver a atravesar Francia o Italia en busca de esos cuadros o de esas esculturas. No quería viajar otra vez. Sólo quería desmigar el recuerdo de la emoción sentida en los museos, así que miraba mis fotos en el móvil, releía los catálogos, investigaba en algunos libros, y toda esa actividad concentrada y un poco laboriosa me servía de preparación para clarificar lo que tenía que decir. De cada museo manejaba una idea con la que pretendía explicarlos. Para el Louvre, por ejemplo, elegí la idea de la totalidad, una exageración entresacada de la película Francofonía, de Sokurov, pero sí cierta —para mí, al menos— por la sensación de desorden, de sobreestimulación, de caos sublime que el gran museo francés siempre me ha suscitado. Para la casa-museo de Anne Frank, escogí la idea de hiperlugar, una especie de reformulación doméstica del Aleph borgiano: un lugar de lugares que concentraba en el mismo espacio las distintas dimensiones temporales de una vida. Para las cuevas parietales opté por trabajar la idea de la incertidumbre. Así hasta doce museos europeos.

En aquellas largas semanas de confinamiento terminé las visitas a los museos más queridos de Europa que había iniciado años atrás. El recorrido quedó completo.

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Autor: Roberto Valencia. Título: Palacios, hangares y cuevas, doce museos en Europa. Editorial: La navaja suiza. Venta: Todostuslibros

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Eugenia
16 ddís hace

Me quedé con ganas de más!! Quedo con “sabor a poco”… pero lo que leí, lo disfrute, gracias!