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¡Cómo hemos cambiado!

Justo el año de la invención del ya legendario Seat 600, lo que supuso el primer síntoma de la aún lejana y muy ansiada democratización del país (nuestro primer plan de desarrollo sobre ruedas, que lo llamaron algunos), Carmen Martín Gaite, treintañera nacida en Madrid, con mucho carácter y con ganas de comerse el mundo, obtenía el siempre ansiado Premio Nadal que, por entonces, gozaba de un enorme prestigio y era la pieza más codiciada por los escritores.

La novela se publicó al año siguiente, en enero de 1958, en los talleres tipográficos Ariel de la calle Berlín de Barcelona. No haría falta recurrir a la prensa de la época, ni a las reseñas de entonces de las revistas especializadas y de los suplementos culturales para poder imaginar el impacto que tuvo una obra en la que, en principio, nada se dice en contra del Régimen, que contaba con una censura férrea y un ejército de voluntarios para delatar a los colegas del oficio. Y, sin embargo, Entre visillos, por muchas y variadas razones, es uno de los más finos alegatos contra la vida pacata y muda que alentó el franquismo con su narcotizadora doctrina. Pero vayamos por partes.

"Pablo Klein es, sin duda, el personaje masculino de mayor relieve. Un personaje que se anticipa, en décadas, a lo que habría de venir después con la posmodernidad y la crisis de valores. Es una especie de Meursault en versión española."

Para empezar, la obra transcurre en una pequeña ciudad de provincias que no llega a nombrarse a lo largo de estas páginas (258 en la primera edición de la colección Áncora y Delfín, 303 en la que ahora, 60 años después, sale a la luz). Un lugarón en donde se pueden apreciar de manera más nítida las diferencias entre las distintas clases sociales. Decía cierto conocido mío que en los pequeños pueblos es donde mejor se pueden apreciar los grandes odios. Y es cierto. La autora, a lo largo de la obra, va ofreciéndonos pistas, añadiendo elementos para que el cuadro, de matiz impresionista, surja ante nuestros ojos y se convierta en verosímil: un centro de enseñanza secundaria destartalado, alejado del pueblo, en donde sólo acuden quienes se lo pueden permitir, un casino provincial en donde centenares de pares de ojos observan hasta el más mínimo detalle en los bailes, una pandilla de jóvenes que ante la inactividad y la apatía que cunde a su alrededor tiene que inventarse una vida, buscar un modo de evadirse de la realidad que le circunda, muchachas bonitas que sueñan con huir a la gran ciudad y que para ello no tienen otro remedio que pasar por la vicaría y buscar un hombre que las mantenga, etc. Se trata, en suma, de una novela, hasta cierto punto, coral, donde destacan algunos personajes que calan hondamente en el lector. Y personajes, sobre todo, femeninos, como Elvira o la pequeña Natalia, que, a pesar de su juventud, descuella por su gran personalidad.

Pablo Klein es, sin duda, el personaje masculino de mayor relieve. Un personaje que se anticipa, en décadas, a lo que habría de venir después con la posmodernidad y la crisis de valores. Es una especie de Meursault en versión española —inteligente, brillante, pero sin ganas de actuar— en medio de una sociedad abúlica y adormilada de la que terminará por contagiarse. Un profesor de alemán que regresa, muchos años después, sin que sepamos del todo las razones, al lugar donde pasó su infancia. En suma, podemos imaginar que es el personaje que habla por boca de la propia autora de la novela. Un joven desencantado que, al final de estas páginas, decide marcharse a Madrid y rehacer su vida, no sin antes echar un último vistazo a lo que deja a sus espaldas con cierta melancolía. Martín Gaite le inyecta un cierto misterio al personaje no tanto por las afirmaciones que hace de él sino, sobre todo, por las múltiples insinuaciones que va plasmando en su obra. La madre de Julia aún recuerda la imagen de un muchacho paseando de la mano de su padre, quien lo lleva a todas partes, ambos mal vestidos, y “ni siquiera estaba claro que la madre de aquel niño hubiese estado casada con el señor Klein”. Pecado de lesa humanidad en una anquilosada ciudad de provincias y en esa época concreta donde las apariencias tanto cuentan y el hábito aún hace al monje.

"A los nuevos lectores de esta novela, que sigue conservando la frescura, la fuerza y el misterio de antaño, les llamará la atención todo ese despliegue de palabras y expresiones difíciles de encontrar hoy en día."

Sorprende, bien entrado el siglo XXI, cierto vocabulario que la autora emplea en estas páginas (donde abundan los laísmos hasta hacerse un poco molestos al oído) que ya ha quedado obsoleto. A los nuevos lectores de esta novela, que sigue conservando la frescura, la fuerza y el misterio de antaño, les llamará la atención todo ese despliegue de palabras y expresiones difíciles de encontrar hoy en día: como el acto ponerse de largo por parte de las muchachas, los retratos ovalados, los biombos de avestruces, la radio que preside el salón, el costurero, la butaca de orejas, la lámpara en forma de quinqué o la mesa camilla cubierta de tela rameada; sin contar con los inevitables guateques y la música del picú, el tocadiscos de entonces. Es cierto que hemos cambiado (¡Cómo hemos cambiado!, cantaban en su día Presuntos Implicados). Pero, como aquellos muchachos que retrata la Gaite, aún existe gente capaz de dar la vida por un sueño, y también quienes, cruzados de brazos, deciden dejarse arrastrar por ese río Leteo que nos conduce al más absoluto de los olvidos.

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Autora: Carmen Martín Gaite. Título: Entre visillos. Editorial: Destino. VentaAmazon y Fnac.