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Como su ritmo no hay dos

Un «amulatamiento cultural», precioso y preciso sintagma para dar cuenta de un género musical que hace estragos con las caderas, sale del centro mismo del cuerpo, y transmite su energía a las extremidades del globo entero, de Gijón a Sídney. La salsa, eso que no puede faltar para mojar pan. Un mestizaje que salta de la vieja contradanza, se afina con el danzón, pasa por el mambo, el son cubano, el chachachá, el merengue y desemboca en los ritmos del barrio periférico latino de la gran urbe, donde nace la salsa, en “esa caldera del diablo” que se baña entre el Hudson y el East River… “¿La salsa?, ¿La salsa? No chico, eso no es serio. ¿Tú me quieres entrevistar o envenenarme la sangre hablando de eso? ¿Quién dijo que la salsa existe? (…) La única salsa que él [Tito Puente] conoce es la de los espaguetis…”. Quien habla es Mario Bauzá, el padre del afrocuban jazz, y abronca a Leonardo Padura, que casi se queda sin entrevista por el atrevimiento. ¡La salsa, vade retro!

"Más que Los rostros de la salsa, este libro debería titularse Los rastros de la salsa, pues lo que aquí interesa es el devenir de este género musical"

Más que Los rostros de la salsa, este libro debería titularse Los rastros de la salsa, pues lo que aquí interesa es el devenir de un género musical que se escapa de los estertores de los años sesenta y aterriza bien entrados los años ochenta, hasta hoy, que sigue abriendo brechas en el parqué de los clubes y en el porqué de las fiestas, reguetón mediante. En 1997, Leonardo Padura (La Habana, 1955) ya había sacado en Cuba una edición de este libro, a la que siguió una mexicana dos años más tarde, pero ahora afina la propuesta y la completa con una nueva entrevista a su amigo Rubén Blades, a lo que hay que añadir el repaso a las novedades de los últimos veinte años de producción musical caribeña (ya sabemos que en estas circunstancias lo caribeño también ronda por las calles de Nueva York y, cómo no, en cada uno de los barrios de las metrópolis y aldeas de América o de la Europa mediterránea, por más que sea en La Negra Tomasa madrileña donde prende el fuego salsero, el movimiento cultural más importante del Caribe en el último tercio del siglo XX). Se nota que Padura no ha dejado nunca de ser periodista.

"De ahí al trasunto pornográfico del reguetón va un paso, pero es un paso entre la libidinosidad adolescente y la pasión adulta que sí aventura la salsa"

De Bauzá y Chano Pozo a los hermanos Palmieri, recalando en Willie Colón y amarrando en Rubén Blades, Juan Luis Guerra y Óscar d’León, tras la recuperación de Celia Cruz por parte de la disquera Fania, todo bulle y ofrece bulla. Letras como novelas, o más bien como periódicos, crónica de sucesos de la vida en la gran ciudad, como señala Willie Colón («Pedro Navaja» y esas sorpresas que te da la vida, o más bien va ser la vida la que te da sorpresas… erigida como la primera canción feminista del género porque la prostituta —atención, spoiler— mata finalmente al chulo). De ahí al trasunto pornográfico del reguetón va un paso, pero es un paso entre la libidinosidad adolescente y la pasión adulta que sí aventura la salsa. Nació en Nueva York, pervive en Cali y en los trombones de fuego que insuflaron violencia callejera a lo nuyorican, desde el boogaloo de Ray Barreto a las aportaciones de Tito Puente, Joe Cuba o Chocolate, así hasta trece testimonios que responden a la pregunta inicial de qué es la salsa. Habrá que concluir que es el gueto hecho música, porque ya se sabe que, como advierte el padre del detective Mario Conde y Premio Princesa de Asturias de las Letras, “los barrios pijos no dan música popular”. Pero la bailan. Y cómo. Si el blues tuvo un hijo y se llamó rock’n’roll, lo caribeño tuvo un bastardo nacido en el gueto y se le conoce como salsa. Salió dulce, de ahí el grito de guerra de Celia Cruz antes de ponerse tremendamente sandunguera.

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Autor: Leonardo Padura. Título: Los rostros de la salsa. Editorial: Tusquets Editores. Venta: Todostuslibros y Amazon.

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Bixen
11 meses hace

La salsa (me encanta su baile) nace de las guarachas. Mi abuelo cantaba «María Cristina», de Ñico Saquito, con lo que conllevaba. «Cruz de navajas», interpretada por la Reina de, no tiene resquicio… ni parangón, fuera del olimpo. ¡Assúcar!