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Como un iceberg perdido en el océano

Como un iceberg perdido en el océano

Leo este libro que suena a charla de bar y se me enmudecen los ojos. No quiero leer más, pero lo hago: el impulso es similar al que sucede cuando escuchas, en la cafetería, una confidencia con emisor y receptor ajenos. Sabes que no es correcto, que no es justo «penetrar» en una vida ajena, pero es imposible cerrar los oídos. Y, si cabe, dejas de remover el café —la cuchara rompe contra la taza con demasiado estruendo— para escuchar cada detalle, para entender la vida de los otros.

A veces sucede que esa vida de los otros es casi un calco de la propia. Ocurre en este libro. Breve, quizá incluso inmaduro, pero cierto. Porque hay un momento en el que te das cuenta de que nada está funcionando como debiera, porque el contacto con los otros se ha reducido a una pantalla, porque todo hace ruido, molesta.

Una mujer joven vive cerca. Demasiado cerca. Demasiado joven

“En una habitación del quinto piso del hotel apago todo / y los focos comienzan a hacer ruidos metálicos. / En casa siempre algún chasquido o un mínimo susurro / se escucha. Una sola vez / sentimos el silencio”.

Una vez me perdí en Madrid. Llevé la provincia conmigo en un tren o un coche compartido, no lo recuerdo, y todos los planes de los cuatro días siguientes—-entrevistas, comidas, paseos con amigos— se desmoronaron como los planes de excursión ante la inminencia de la lluvia.

Estar solo en esa gran ciudad fue comprender el ruido. De pronto, las infinitas calles de tiendas, el vértigo de los colores —¿azul, rojo, amarillo?— del metro, el abanico abierto de librerías repletas de tesoros inalcanzables, se convirtieron en un pequeño infierno personal. Estuve solo y con demasiado tiempo que matar. Comprendí el ruido. Lo que horas antes se antojaba oportunidad tornó, sin quererlo, en miedo.

Todo era molesto, todo una amenaza.

Le ocurre a Sofía de la Vega. Quizá ella lo explica mejor en La idea es vivir cerca, pero no encima (Liliputienses, 2019), un libro en el que escribe:

“Desde chica estar rodeada por grupos / me da miedo. Cuando es de noche, en la cama / no dejamos que ningún pie esté fuera de ella. / En realidad yo rezo o pienso que las sombras / extrañas son Dios. / Estamos todos tristes / porque no se puede escapar”.

Un ruido del que no se puede escapar. Eso nos ocurre: vivimos hiperconectados, el móvil en la mano a cada rato; contactamos con amigos perdidos en la más remota de las distancias, hablamos y hablamos y hablamos, con unos y otros, en la puerta del trabajo, en los comercios… pero, en realidad, una soledad como tangible se nos instala dentro. Y el estrépito de la vida, que antes podría parecer un leve rumor, nos destroza los tímpanos.

La soledad, el ruido y el contacto en la distancia son La idea es vivir cerca, pero no arriba, una colección de poemas de esta joven voz, la de Sofía de la Vega, cuyos versos fluyen como el propio pensamiento, un monólogo interno en el que el mundo de esta argentina confluye con los de otros compañeros de generación, con el objeto último de construir una defensa: la definición de la propia persona, perdida a veces en este mundo de velocidad y ocasiones perdidas.

Porque como tantos otros, Sofía sobrevive al escándalo gracias al refugio luminiscente de la pantalla, una vida simulada en la que el límite del ordenador o del teléfono móvil se convierte en una frontera oscura. Más allá de eso, que casi se nos ha impuesto, reina el ruido.

Iceberg

Estoy hablando por teléfono con un amigo

que vive a 1.200 km de mi casa.

En Tucumán casi siempre se cumplen

las 12 horas de luz y 12 de oscuridad. En verano

amanece antes pero no somos como Islandia

donde hay días enteros luminosos o negros.

Le cuento que estoy interesada en las pinturas

de icebergs. Mi curiosidad empezó con un novio

que pintaba cuadros de 15×15 donde los hielos

eran rosados y lilas, a veces también celestes.

Eso lo hacía especial, como la quietud

en la que vivíamos. El único hielo que me gusta

es el que pongo para enfriar el té, se ríe

mi amigo. El té es agua sucia dicen

los médicos nutricionistas, pero llega una edad

en que la leche te hace doler

la panza. Nunca entendí por qué las cosas

que nos hacen bien de chicos son malas

de grandes. Es como si fuéramos

mini-personas y después macro-personas distintas,

por eso se puede aprender cualquier idioma

hasta los seis años. Después no podemos pronunciar:

un oiseau né en cage pense que voler est une maladie.

Me gustan los icebergs porque fueron gotas

de lluvia o algo así que se volvieron gigantes donde

está el futuro del agua potable.

Elizabeth Bishop dice que es mejor ser iceberg

que barco, aunque ello signifique el fin del viaje.

El hielo en mi memoria es ese amor

que veía el congelamiento de las cosas.

La imagen fija de lo que perdimos:

las fotos que no nos pasamos, el pelo de nuestros perros,

el libro que le regalé y empezó a leer,

los vasos de Coca aguados,

la pintura de un paisaje pequeño y gris,

la cama que sigue destendida

y no es de ninguna de nuestras casas.

La sensación es esa: la de parecerse a ese núcleo de hielo flotante, solo, desquiciado y al que evitan todos. Permanecer así hasta que en el horizonte asome un barco para centrar en él nuestra esperanza y que el silencio deje de hacer ruido. Y, mientras, asentar los pies gracias al cable del teléfono.

También la familia, la maternidad y la duda sobre Dios están presentes en La idea es vivir cerca, pero no encima como lo están en las conversaciones de parque los viernes por la tarde, un rato antes de la cena. Porque son esos asuntos, los que jamás tendrán respuesta cierta, sobre los que bascula todo, los que mantienen erguido el iceberg, perdido y solo ante el bramido del océano.

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Autor: Sofía de la Vega. Título: La idea es vivir cerca, pero no encima. Editorial: Ediciones Liliputienses. Venta: Casa del Libro

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