Tan solo diez relatos, de entre los casi mil presentados al concurso, han conseguido llegar hasta aquí. Estos son los finalistas que compiten por los premios del concurso de relatos #historiasdeescritoras, patrocinado por Iberdrola y dotado con 2.000 euros en premios. El fallo del jurado, que está formado por Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y Leandro Pérez, será anunciado el viernes 27 de marzo. El primer premio está dotado con 1.000 € en metálico. El premio para los dos ganadores del segundo es de 500 € en efectivo.
A continuación ofrecemos los 10 relatos que optan a los premios. En este enlace puedes consultar las bases del premio. Gracias a todos por participar.
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1
Título: Mi primera colada
Autor: Leslie Ángulo Pérez
Tenía quince años cuando mi madre me enseñó a poner una lavadora. Lo primero es ordenar las piezas: la ropa blanca aquí, la negra allá; un montoncito para las de color más claro, otro para las oscuras. Entre cargas leía Cumbres Borrascosas. Por entonces podía ordenar perfectamente el mundo en estas categorías: blanco y negro, bien y mal, correcto e incorrecto. Emily Brontë llegó para derrumbar eso. En mi huida por la cocina me llevé por delante a Hareton, que estaba ahorcando a una camada de cachorros en el respaldo de una silla de la entrada… Sentí dolor. Un dolor nuevo. No uno punzante. Disperso. Uno que no sabía muy bien localizar, puesto que no provenía de un solo sitio. Esquirlas de dolor. Semillas que Emily plantaba.
Todavía hoy, al recordar, me paralizan.
Necesitaba ordenar: «la ropa blanca no se mezcla con la negra», repetía mi madre. Yo había aprendido que el amor era bueno, el amor era blanco, pero sin bondad ya no me parecía inmaculado. ¿Dónde colocar a Heathcliff? ¿En qué cesta a Catherine? Aquella misma Catherine que dijo una de las cosas más bellas sobre el alma (el alma, ¡esa cosa prístina!): «De lo que sea que estén hechas nuestras almas, la suya y la mía son lo mismo». Sin embargo, no escogió a Heathcliff. ¿Cómo ordenar el mundo entonces, si blanco y negro ya no significaban bien ni mal? Manchas por todas partes. Madre se habría horrorizado.
Recordé a Platón y aquello que en la escuela veníamos discutiendo sobre una posible unidad entre lo bello, lo verdadero, lo bueno y lo justo. Heathcliff era bello. No era ningún héroe. Hacía del amor su crueldad. De repente, los griegos se me antojaban ingenuos. Tampoco podía identificarme con Catherine, puesto que aún el mundo no tenía para mí más matices que blanco amor y negro odio. Una carga difícil para esta lavandera recién estrenada.
Emily Brontë me hacía habitar una casa donde las puertas no conducían a habitaciones, sino a precipicios. Y los precipicios, a los quince años, son tan atractivos como peligrosos: una se asoma aunque sepa que puede perder algo.
Vi a mi inocencia alejarse en caída libre sobre un abismo de colores.
Cumbres Borrascosas fue mi puerta de entrada al mundo. Un mundo desordenado, incoherente. Un mundo sin redención ni consuelo. Mi primera incomodidad.
Aquella mañana metí a propósito mi pañoleta roja en la colada de la ropa blanca. Fue más curiosidad que rebeldía. Cuando el tambor se detuvo, vi a Emily sonreír ante la visión de Madre sujetando en la mano su nueva camisa rosa.
Ni bella ni justa.
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2
Título: En la orilla del mar de Plata
Autor: Raquel Roldán
En la orilla de Mar del Plata, la madrugada del 25 de octubre de 1938 parecía suspendida entre la bruma y el presentimiento. El mar respiraba hondo, como si supiera que esa noche no sería una más. Alfonsina Storni caminó hacia las olas con la serenidad de quien ya ha dialogado demasiado con sus propias sombras. El viento enredaba su cabello y traía ecos de sus versos, aquellos que desafiaron moldes y quemaron silencios.
Había amado con fiereza y escrito con una lucidez que incomodaba. Había puesto en palabras la herida y la rebeldía, la ternura y el filo. Pero también cargaba un cansancio hondo, un dolor físico que avanzaba como marea inevitable. Días antes, en un poema que parecía despedida, escribió: “Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame”. No era solo un ruego: era una rendición poética ante la fatiga del cuerpo y del alma.
Esa noche el mar no rugía; sus olas parecían extenderse como brazos antiguos. Alfonsina avanzó, paso a paso, mientras la ciudad dormía ajena a su decisión. No hubo dramatismo, sino una quietud casi sagrada. La espuma besó sus tobillos, luego sus rodillas; el horizonte se desdibujó en un gris suave. La luna, cómplice muda, temblaba sobre la superficie oscura.
Dicen que el mar la recibió con la misma intensidad con que ella había vivido. Que en el instante final no hubo estruendo, sino una fusión lenta entre carne y agua, entre mujer y eternidad. Su cuerpo se volvió silencio; su voz, marea.
Desde entonces, cada vez que el océano golpea la costa, parece recitarla. En la sal queda la memoria de aquella poeta que no aceptó límites y que, aun en su despedida, dejó un canto. Y cuando la bruma cae sobre la playa, el viento parece repetir su verso más íntimo, como si el mundo entero la arrullara al fin: “Voy a dormir…”
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3
Título: El reino bajo la moqueta
Autor: Javier Ignacio Gallardo Torrás
Leí Olvidado Rey Gudú en una pensión donde el agua caliente funcionaba por turnos y las paredes eran tan finas que uno podía seguir la conversación del vecino sin proponérselo. Yo tenía treinta y pocos años y una idea bastante pobre de lo que era el mundo: creía que el mundo era lo que cabía en una oficina con fluorescentes y máquina de café.
El libro no era mío. Lo encontré en la repisa común del pasillo, entre un manual de contabilidad y una novela romántica con la portada doblada. Alguien lo había dejado allí, grueso, serio, con ese título que parecía una advertencia. Lo abrí por curiosidad y lo primero que sentí fue frío.
No un frío real. Un frío del Norte.
Yo no había estado nunca en el Norte, pero reconocí algo inhóspito y verdadero en aquellas páginas. El Reino de Olar empezaba a expandirse mientras yo esperaba que se secara la toalla. Un rey crecía y se endurecía mientras el vecino discutía por teléfono con su exmujer. Había una niña sureña astuta, un hechicero viejo, criaturas que habitaban el subsuelo con reglas propias. Y, sin embargo, lo que más me inquietaba no era la magia, sino la lógica implacable de los deseos.
Leía por la noche, sentado en la cama estrecha, con los pies apoyados en la maleta. Cada vez que cerraba el libro para dormir, la habitación parecía más pequeña. Como si Olar necesitara espacio y estuviera dispuesto a conquistarlo.
Al tercer día dejé de bajar al bar de la esquina. Prefería quedarme leyendo. El cuarto día bajé tarde, casi por obligación, y el camarero me soltó:
—¿Dónde te metes? ¿Estás malo o qué?
Le dije que no, que estaba en guerra. No supe explicarlo mejor.
En el trabajo, mientras revisaba contratos, pensaba en el misterioso Norte, en la estepa del Este, en el Sur exuberante que limitaba la expansión del reino. Pensaba, sobre todo, en esa criatura del subsuelo que imponía reglas invisibles al destino de los hombres. Empecé a sospechar que en la oficina también había una criatura así. No la veía, pero dictaba horarios, ambiciones y pequeñas traiciones.
Una tarde me sorprendí trazando un mapa en una hoja en blanco. No era el mapa exacto del libro; era el plano de mi propia vida, con fronteras mal defendidas y territorios que nunca me había atrevido a explorar. Me dio vergüenza. Doblé el papel y lo guardé en el bolsillo interior de la chaqueta, donde uno guarda lo que no quiere que le registren.
No conocí a Ana María Matute. Nunca la vi en persona. Pero hubo un momento, hacia el final del libro, en que tuve la sensación incómoda de que ella sí me conocía a mí. De que sabía exactamente qué parte de mí estaba dispuesta a convertirse en piedra con tal de reinar sobre algo, lo que fuera.
Gudú crecía. El reino se expandía. Y yo, en aquella pensión con olor a lejía, entendí que la ambición no siempre es un grito; a veces es un susurro persistente que te convence de endurecerte un poco más cada día.
El día que terminé la novela, la devolví a la repisa común. Me quedé mirándola unos segundos, tentado de llevármela. No lo hice. Me pareció que el libro no pertenecía a nadie, que era una especie de animal salvaje que se deja ver en ciertos pasillos y luego desaparece.
Esa noche soñé con un reino que avanzaba sobre una ciudad de oficinas idénticas. No había sangre ni espadas; solo alfombras grises que se extendían como la estepa. Desde el subsuelo, alguien reía con paciencia.
A la mañana siguiente pedí el traslado. No fue un gesto heroico. Fue más bien un movimiento mínimo, casi doméstico, como cambiar un mueble de sitio. Nadie entendió la urgencia. Yo tampoco del todo.
A veces pienso que exagero, que ningún libro puede alterar una vida de manera tan silenciosa. Entonces recuerdo el frío del Norte, la astucia de la niña sureña, la criatura que dicta reglas sin mostrarse. Recuerdo que el reino de Olar no era un lugar lejano, sino una metáfora obstinada de lo que somos capaces de hacer cuando confundimos fuerza con grandeza.
Sigo viviendo de cosas prácticas. Pago facturas, compro pan, respondo correos. Pero desde aquel invierno en la pensión sé que bajo cualquier suelo —el de una oficina, el de una casa ordenada, el de una biografía correcta— puede latir un reino dispuesto a expandirse.
Y que no siempre conviene dejarlo ganar.
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4
Título: La palabra que despierta la memoria
Autor: Mireya Aguinda
La primera vez que escuché el nombre de Yana Lucila Lema fue en una tarde silenciosa, cuando la lluvia caía sobre los techos de zinc como si la tierra estuviera recordando algo antiguo. En la mesa había un libro delgado, de páginas suaves, como si guardara dentro un secreto. Lo abrí con curiosidad, sin imaginar que en esas hojas no encontraría solo poemas, sino una puerta.
Durante mucho tiempo nos dijeron que nuestra lengua era apenas un eco del pasado, un murmullo que debía quedarse en la intimidad de la casa o en las conversaciones entre abuelos. En la escuela aprendíamos otras palabras, otros relatos, otros nombres que parecían más importantes. Y así, sin darnos cuenta, la voz de nuestros mayores empezó a volverse cada vez más baja, como si el mundo moderno no tuviera lugar para ella.
Pero aquel libro decía lo contrario.
Las palabras de Yana Lucila Lema no nacían del silencio, sino de la memoria. Cada verso parecía caminar por los senderos de los Andes, cruzar ríos fríos, subir montañas antiguas y volver a sentarse junto al fuego donde las abuelas cuentan historias cuando cae la noche. No era una poesía distante ni encerrada en una torre de marfil: era una poesía que respiraba tierra, comunidad y tiempo.
Comprendí entonces que escribir en kichwa no era solamente un acto literario. Era también un acto de resistencia.
Durante siglos, muchos pueblos indígenas han guardado sus historias en la oralidad, en la voz viva que pasa de una generación a otra. Las palabras viajaban de boca en boca como semillas llevadas por el viento. Sin embargo, cuando esas voces encuentran la página escrita, ocurre algo poderoso: la memoria se vuelve visible, permanece, se niega a desaparecer.
Eso es lo que hace Yana Lucila Lema.
Sus poemas no solo nombran la tierra, el agua, la montaña o el viento; también nombran la dignidad de un pueblo que sigue vivo en su lengua. Leerla es escuchar muchas voces al mismo tiempo: la voz de la niña que aprende las primeras palabras de su abuela, la voz de la mujer que defiende su identidad, la voz de la comunidad que insiste en existir en medio del ruido del mundo moderno.
Mientras avanzaba por las páginas, tuve la sensación de que cada poema estaba tejido como un poncho: hilo por hilo, recuerdo por recuerdo. En esos versos no hay prisa. Hay una paciencia antigua, la misma con la que se cultiva la tierra o se cuida una semilla esperando la lluvia.
Tal vez por eso su poesía tiene algo profundamente humano. No intenta imponer una verdad ni levantar discursos grandilocuentes. Simplemente recuerda algo esencial: que la lengua es una forma de mirar el mundo.
Cuando una lengua desaparece, no se pierden solo palabras. Se pierde una manera de nombrar la lluvia, de comprender el tiempo, de entender la relación entre las personas y la tierra. En cambio, cuando alguien se atreve a escribir en esa lengua, cuando la convierte en literatura, esa lengua vuelve a respirar.
Yana Lucila Lema lo sabe. Sus poemas son como semillas sembradas en la memoria colectiva. Algunas germinarán lentamente; otras lo harán de inmediato. Pero todas contienen una promesa: que las nuevas generaciones puedan encontrar en ellas un espejo.
Quizá esa sea la verdadera fuerza de su obra.
No escribe solo para el presente. Escribe también para quienes vendrán después.
Para la niña que un día abrirá un libro y descubrirá, con sorpresa, que la lengua de sus abuelos también puede habitar la poesía. Para el joven que pensaba que la literatura pertenecía a otros mundos, otras ciudades, otras historias. Para todos aquellos que necesitan recordar que la cultura indígena no es una sombra del pasado, sino una raíz viva que sigue creciendo.
Cuando cerré el libro, la lluvia continuaba cayendo sobre los techos. Todo parecía igual, y sin embargo algo había cambiado.
Las palabras de Yana Lucila Lema habían dejado una huella silenciosa, como cuando la tierra bebe agua después de una larga sequía.
Entonces comprendí algo que antes no había entendido del todo: la literatura también puede ser un acto de regreso.
Un regreso a la memoria.
Un regreso a la lengua.
Un regreso a la dignidad de nombrar el mundo con nuestras propias palabras.
Y quizá, en ese gesto sencillo y profundo, se encuentre el verdadero poder de una escritora: recordarnos que mientras una palabra siga viva, también lo estará la historia de quienes la pronuncian.
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5
Título: El parto de una escritora
Autor: Cristina Hontanilla
Cuando nos conocimos en Madrid, yo pesaba noventa y cuatro kilos y tenía ocho años más que él, un barón escocés con más deudas que sangre real en el título de su familia. Nublada por aquel físico de vikingo del norte con mirada eléctrica que contrastaba con su tez morena, me subí con miedo a un barco que sabía hundido antes de zarpar.
Dos países, dos culturas, dos idiomas y casi dos lustros separaban nuestros puertos, y también nuestras intenciones en aquella travesía. Las mías, que hubiera apostado que alguien como él no se fijaría nunca en alguien como yo, no eran otras que un hombre me quisiera más de lo que yo lo hacía. Las de él, con los bolsillos rotos en un país extranjero pretendiendo ser quien no era, abusar de quien confundía con facilidad cualquier atención con un rescate.
Mientras él invirtió horas en el gimnasio esculpiendo el cuerpo que usaba como su herramienta de estafador, yo llevaba demasiado tiempo diluyéndome en mis propias sombras. Tenía los dedos gastados de escribir palabras ajenas para gloria de otros, y mi frustración aumentaba en silencio, alimentada por el miedo a mi propio talento, si es que lo había. En mi mente convivía con un cementerio lleno de relatos huérfanos que era incapaz de parir. Y cuando él apareció detrás del escaparate digital con la promesa de amor, cometí el error de buscar en la validación ajena la tinta que necesitaba para escribir mi propia historia.
Fue un naufragio lento; el mar se filtraba cada día por las grietas de un barco con destinos diferentes. Yo, sin descanso, achicaba agua con las manos que debía usar para escribir.
Ahora, mientras tecleo este relato en el que barajo la memoria con la invención, me doy cuenta de que no puedo ni revisar los cuadernos que escribí estando con él porque no existieron, como tampoco existió el amor. En lugar de escritos, conservo un sinfín de aprendizajes que aquella relación me tatuó en las entrañas. Fue esa tinta impregnada en la piel la que usé para dar vida a la protagonista de mi primera novela de ficción, que hoy camina a su tercera edición.
En aquel tiempo aprendí que el sexo puede ser un idioma incomprensible aunque se hable con destreza, si detrás de los besos solo hay intereses ocultos y adicciones a la vista que preferí no ver. Él también me enseñó la verdad tras la mentira: se puede sostener la mirada a quien duerme a tu lado mientras se diseña una estafa y cómo, a veces, abrir las puertas de par en par a una casa indefensa puede acabar en un corazón desahuciado.
Aprendí, ya sí escribiendo, a barrer mis propios restos, y con la ayuda de unas amigas que hubieran quemado Escocia entera para alumbrar mi vuelta a casa, descubrí que la pena compartida es la mejor artillería para recobrar el aliento. Aliento que soplé sobre un bolígrafo con la tinta seca de años de abandono y, por fin, me senté a escribir ligera, como Cristina Hontanilla.
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6
Título: Recuperar la luz
Autor: María Paz Rincón Sánchez
Hace un montón de años leí una novela policiaca de la que no recuerdo ni el título ni el autor. Era una de esas ediciones baratas de segunda mano, con páginas amarillas y lomo roto. En medio de la trama —un asesinato en una casa antigua, sospechosos victorianos, no sé—, el detective, un tipo culto y algo melancólico, citó de pasada unos versos de Elizabeth Barrett Browning. Algo sobre amor y encierro, no recuerdo exactamente. Me llamó la atención porque no pegaba nada con el crimen, pero ahí estaba: un nombre que sonaba lejano y luminoso. En esos años no había internet; busqué en mi enciclopedia Larousse; encontré solo unas líneas escuetas sobre su vida recluida y su poesía. Pero la vi —no como una figura del siglo XIX en un libro de texto, sino como una llama que ardía en la penumbra de su habitación. Me fascinó su voz. Me enamoré de su coraje callado, de cómo convertía el dolor en versos que aún hoy me erizan la piel. Cerré el libro y pensé: esta mujer soy yo, o podría serlo.
Luego la vida —con sus prisas, sus pérdidas, sus habitaciones propias— la borró. La olvidé durante más de cuarenta años. Hasta ahora. Una prestigiosa revista lanzó su convocatoria: “Una mujer escritora”. Me apetecía presentarme y empecé a pensar en varias escritoras que me fascinaban como Safo, Christine de Pizan o María de Francia. Daba vueltas en la cabeza a cómo enfocar un relato protagonizado por una de ellas. De pronto, sin saber por qué, como un fogonazo, me acordé de Barrett. La habitación de Wimpole Street volvió a iluminarse en mi memoria. Elizabeth regresó, no como un recuerdo borroso, sino como una urgencia. Supe que ella tenía que ser la protagonista.
Porque ella también fue olvidada, encerrada, herida. Y porque, como yo ahora, encontró la manera de volver a la luz. Se llamaba Elizabeth Barrett Moulton-Barrett. Nacida en 1806, poeta desde niña, genio que su padre quiso apagar. Edward Moulton-Barrett era un tirano de ojos fríos y corazón de hierro. Prohibió a sus once hijos casarse, como si el amor fuera una traición a su propiedad. A Elizabeth, la mayor, la condenó doblemente: la encerró en su cuarto del número 50 de Wimpole Street, Londres, envuelta en mantas y opio, enferma de un mal que nadie supo nombrar del todo. Los pulmones, la columna, el alma. Una inválida de treinta y nueve años que solo vivía para escribir y para el padre que la adoraba y la asfixiaba al mismo tiempo. Esa herida era profunda, una grieta que nunca cicatrizó del todo: el amor filial convertido en cárcel.
Pero entonces llegó la carta. Un día de enero de 1845, Robert Browning, poeta admirado y diez años menor, le escribió simplemente porque sus versos lo habían deslumbrado: “Amo tus poemas, señora Barrett, con todo mi corazón”. Comenzó así, con tinta y distancia. Ciento noventa y cinco cartas después, el amor ya no cabía en el papel. Robert entró en aquella habitación prohibida como un rayo de sol que nadie había invitado. Le habló de Italia, de luz, de vida. Ella, que apenas podía levantarse de la cama, sintió que su cuerpo despertaba.
El padre lo intuyó. La furia silenciosa, las amenazas veladas. Pero Elizabeth ya no era la niña obediente. El 12 de septiembre de 1846, con una doncella como testigo y un perro llamado Flush como único equipaje, se casó en secreto. Esa misma tarde huyeron. París primero. Luego, Italia. Y allí, en el país del sol y la luz, ocurrió el milagro. Florencia la recibió como a una hija pródiga. El aire tibio del Arno, los cipreses, el olor a jazmín y a piedra antigua. El cuerpo de Elizabeth, que había sido prisión, se volvió ligero. Dejó atrás el opio y las mantas. Caminó. Respiró. En 1849 nació su hijo, Pen, y ella escribió los Sonnets from the Portuguese, esos versos que aún me hacen temblar: “¿Cómo te amo? Déjame contar las maneras”.
La mujer enferma, la hija rota, se convirtió en esposa libre, madre, poeta viva. Italia no solo curó su cuerpo, sanó la herida del padre, la convirtió en poesía. Murió en 1861, en su casa de Casa Guidi, con Robert a su lado y la luz toscana entrando por la ventana. Nunca volvió a Inglaterra. No lo necesitó.
Ahora, mientras escribo esto para el concurso, entiendo por qué la recuperé. Porque yo también estuve encerrada en habitaciones propias, olvidada de mí misma. Porque una mujer escritora no es solo quien publica; es quien, aun herida, elige la luz. Elizabeth me enseñó que el amor verdadero —ya sea de un hombre, una mujer o de las palabras— siempre encuentra la grieta por donde entra el sol. Y yo, como ella, he vuelto. Llevando en el pecho esa luz toscana que no se extingue, y la certeza de que escribir es, al fin, elegir vivir.
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7
Título: La niña que no supo cruzar el mar
Autor: Paqui Rodríguez Extremera
El invierno en Buenos Aires no se parecía en nada al de Madrid; carecía de ese frío seco que afila los recuerdos. Elena se ajustó el pañuelo sobre los hombros y contempló la página en blanco. A sus espaldas, en la penumbra del cuarto, creyó escuchar una risa menuda, un tintineo de voz infantil que conocía mejor que la suya propia. Era ella. Era Celia, con sus rizos rebeldes y esa mirada preguntona que siempre parecía saber demasiado. La niña que había nacido para salvarla del aburrimiento se había convertido con los años y la distancia, en un fantasma que le reclamaba la verdad.
— ¿Por qué ya no juegas conmigo, Elena? —pareció susurrar el aire húmedo de la habitación.
Elena cerró los ojos con fuerza. No era falta de ganas; era el peso de las maletas que nunca terminaba de desempacar. Había pasado décadas construyendo un refugio de papel para miles de niños españoles, dibujando una infancia de sol y travesuras mientras ella, la mujer detrás del nombre, aprendía a caminar de puntillas por su propia vida. Celia era el espejo de lo que ella no pudo ser: una niña que preguntaba « ¿por qué?» sin miedo a las represalias, una voz que no necesitaba esconderse bajo el manto de la corrección o el exilio.
Elena recordaba el Madrid de los tranvías y de las tertulias en el Lyceum Club Femenino, aquel ateneo de mujeres sabias que la guerra había dispersado como hojas secas. Allí no era solo la madre de una criatura de tinta; era una intelectual que soñaba con leyes, con amores prohibidos y con una libertad que no cabía en los cuentos. Todavía podía sentir el humo de los cigarrillos de Victoria Kent o el roce de las faldas de Maruja Mallo al pasar. En su cabeza resonaba el murmullo de mujeres que querían comerse el mundo, un ruido que, en su cocina de Buenos Aires, era sustituido por el goteo rítmico de un grifo que no cerraba bien. Ese grifo era su reloj de arena.
Elena pensó que, al marcharse, no solo dejó atrás su casa en Chamartín; también dejó a la Elena que se atrevía a mirar de frente a la vida. Entendió que Celia había sido su escudo, pero también su dulce condena. El público adoraba a la niña risueña, pero ignoraba a la mujer que volcaba su verdadera alma en los borradores de Oculto sendero.
Aquella tarde, mientras el sol argentino se ponía sobre un horizonte ajeno, Elena miró la libreta que descansaba sobre la madera gastada del escritorio, la que había comprado en una librería de la calle Corrientes. Estiró los dedos agarrotados y se frotó las manchas de tinta —esas que en Madrid parecían medallas y en Buenos Aires solo eran suciedad—. Después tomó su pluma con firmeza y comenzó a escribir. Las letras eran soldados en retirada sobre el papel amarillento, mientras los acentos eran clavos en el ataúd de su antigua vida. Cada palabra escrita en el exilio pesaba como si el océano Atlántico se hubiera filtrado entre la pluma y el papel. Sabía que aquel relato no sería como los anteriores. Ya no importaba si esas páginas se publicaban o si terminaban alimentando las llamas de una estufa en la capital argentina. En ese rincón de papel, Elena ya no tenía que pedir permiso para existir. Ya no le debía nada a las editoriales ni a los lectores que buscaban solo la moraleja. Se lo debía a la mujer que habitaba en el doble fondo de sus maletas, las mismas que habían guardado sus deseos más profundos.
Pasadas dos horas, sus párpados eran dos fardos de plomo. Elena dejó la pluma sobre el escritorio, cerró el cuaderno y se miró las palmas de las manos, manchadas de una tinta que ya no sabía a gloria, sino a despedida. Al otro lado de la ventana, Buenos Aires seguía rugiendo con un acento que nunca sería el suyo. Se giró hacia la penumbra del cuarto y, por un instante, vio a Celia sentada en el borde de la cama, balanceando las piernas con la impaciencia de quien tiene toda la eternidad por delante. Entendió entonces que la pequeña nunca se fue con ella: la niña no supo cruzar el mar; se había quedado allí, guardando el portal de la calle Bravo Murillo, esperando un regreso que Elena Fortún ya sabía imposible. Apagó la lámpara, aceptando que su patria no era un mapa, sino esa estela de palabras que, al menos por una noche, la devolvían a casa. Por primera vez en años, Celia y ella durmieron en paz.
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8
Título: Hilos cotidianos
Autor: Enrique Pulido Martínez
Crecí rodeado de libros. Las estanterías de mi hogar rebosaban de novelas que yo, por entonces, ignoraba. De vez en cuando me detenía ante los lomos, seducido por títulos sugerentes que me incitaban a perderme entre sus páginas mientras fantaseaba con aventuras, vidas ajenas y paisajes remotos.
Sin embargo, rara vez me sumergía en ellas de forma convencional. Solo en momentos de tedio y curiosidad hojeaba algún ejemplar, saltando directamente a las últimas páginas. Leía el final y, desde allí, emprendía un viaje inverso: desandaba los párrafos intentando descifrar el porqué de aquel desenlace. Persistía en la lectura hasta que el tiempo transcurrido me obligaba a abandonar un relato que, de manera inesperada, comenzaba a atraparme. Devolvía el libro cuidadosamente a su sitio con la promesa de volver; una promesa que casi nunca cumplía.
Fui, durante mucho tiempo, un lector de finales. Pero el universo de los libros seguía ahí, acechando, y yo sabía que tarde o temprano caería en las redes que iba tejiendo a mi alrededor. Así llegaron las primeras lecturas de fantasía juvenil, repletas de épica y asombro, que me descubrían espacios donde mi imaginación podía ensancharse más allá de lo cotidiano.
Pero la vida transcurre y te lleva por senderos insospechados o, en ocasiones, previamente desestimados. Mis ojos regresaban, cada vez con más frecuencia, a la biblioteca familiar. La observaba con curiosidad casi adulta, buscando un eco que las gestas fantásticas ya no lograban despertar. Entre aquellos estantes asomaba, de forma recurrente, una obra que parecía invitarme a una existencia desconocida que me alentaba a una nueva forma de mirar. Y un día, embriagado de curiosidad, decidí abrirla.
Al adentrarme en aquella novela, sentí cómo me instalaba lentamente en la piel de sus personajes a través de una lectura pausada, ajena a los grandes giros. Me vi recorriendo un sendero que desembocaba en una dimensión nueva: el mundo interior del personaje. Aquel libro me invitó a viajar por la ‘intrahistoria’, a observar una vida tejida con hilos cotidianos que escondían una riqueza insospechada. Me reveló la opresión silenciosa de los años cincuenta sobre mujeres que buscaban su lugar en un mundo que ya les había asignado un guion. Me hizo comprender que en lo más pequeño están las historias que componen la verdadera Historia. Me mostró, en definitiva, una realidad que, hasta entonces, estaba velada para mí: el mundo de Carmen Martín Gaite. Aquel hallazgo fue la llave: la primera de otras tantas novelas que me mostraron que ninguna vida es pequeña. Gracias a ella, aprendí a transitar por nostalgias ajenas, a compartir aflicciones extrañas y a observar la sociedad desde ángulos que mi propia mirada, hasta entonces, ignoraba.
Carmen sostenía que las cosas deben contarse como se recuerdan: sin artificios y con la autenticidad de la experiencia vivida. Es esa misma experiencia la que he intentado plasmar aquí, respetando la arbitrariedad de mi propia memoria; un humilde homenaje a las palabras que, a través de Entre visillos, me enseñaron a habitar nuevas vidas y a descubrir la belleza en los pliegues de una existencia, en apariencia, gris.
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9
Título: El origen del monstruo
Autor: Jesús Navarro Lahera
Admito que he perdido el sueño muchas veces al leer el libro, y también que es posible que no crean lo que me dispongo a escribir. Sin embargo, y aunque suene extraño, puedo prometerles que todo ocurrió así en aquella noche fría y tormentosa en la que, tanto para mi satisfacción como para la de quien supuestamente lo creó, nació un monstruo que siempre será recordado.
Solo llevaba una semana trabajando en esa mansión de las afueras. Realizaba labores cómodas, entre ellas servir bebidas al grupo de aristocráticos bohemios que estaban pasando allí unos días. No obstante, aquella noche por la tormenta mis servicios habían acabado pronto, y cuando me disponía a quitarme el uniforme de camarero, entre el retumbar de los truenos, escuché retazos de una conversación que me pareció interesante.
—¿Entonces pensáis que es buena idea? —preguntó uno de los jóvenes que estaban alojados en la casa, seguramente el más rico de todos, a tenor de las vestimentas que llevaba esa noche y los días previos—. Perfecto, pues mañana a la hora de la comida compartimos lo que hayamos escrito.
—Una noche es muy poco tiempo —comentó otro.
—No será que tienes miedo a quedarte en blanco —dijo una de las dos chicas que completaban el grupo—. Y yo que creía que a los poetas no les pasaba eso.
Y entonces el cielo se iluminó por un relámpago y comenzó a caer un intenso aguacero, cuyo repiqueteo contra las paredes de la casa me impidió oír nada más. Pero la lluvia no evitó que ese grupo tan peculiar siguiera su tertulia en la terraza, donde estaban todos a resguardo del agua, y eso provocó que aumentaran mis ganas por averiguar de lo que hablaban.
Ya con mi ropa de calle, me dispuse a acercarme a hurtadillas hasta una de las ventanas desde las que podría escucharlos, y al ir a abrirla me pareció ver algo extraño en la calle. Al principio pensé que se trataba de un oso, porque era muy grande, y además me dio la impresión de que se escondía detrás de un árbol, aunque luego, y aguzando mucho la vista, me percaté de que se trataba de un hombre.
Juraría que iba ataviado con una capa que le cubría de los pies a la cabeza. Sus brazos eran muy largos, y aún más sus piernas, ya que de pronto echó a andar hacia la espesura del bosque y desapareció en unos segundos de mi vista. Y justo en ese instante el grupo de jóvenes entró en la casa.
Me agaché, y gracias a tener delante una mesa con utensilios de cocina no me vieron. A quien sí pude ver yo fue a una de las chicas, la que tenía la tez muy pálida, que, al dar las buenas noches al resto, y comentar que iba a beber un poco de agua, comprendí que se trataba de la misma que había dicho esa frase relativa al miedo.
—Recordad, historias oscuras y tenebrosas, que causen horror y espanto —escuché que decía uno de los jóvenes antes de marcharse con los demás a sus habitaciones.
Me quedé muy quieto, esperando que la chica que estaba en la cocina no sintiera mi presencia, pero me sorprendió mucho que, en lugar de ir a beber, se dirigiera a las escaleras que llevaban a la planta baja. Así que no lo dudé y me dispuse a seguirla, y me sorprendió que, tras abrir la puerta principal, saliera a la calle pese a la tormenta.
Reconozco que al asomarme fuera pensé que había perdido la cabeza. El viento arreciaba y la lluvia caía con fuerza, haciendo que no se viera con claridad, y que las ramas de los árboles se agitaran hasta dar la sensación de ir a romperse. Además, lo que más me extrañó, es que caminaba como ausente. Y de pronto se detuvo, miró hacia el bosque y echó a correr.
Entonces recordé al hombre enorme que había visto solo un rato antes. Se había ido justo por la zona en la que se había adentrado la chica, por lo que abrí la puerta y me lancé tras ella. Llegué a los árboles absolutamente empapado. El agua me corría por la cara. Aun así, y por muy oscuro que estaba, creí distinguir que algo se movía a unos metros, y, tratando de no hacer ruido, me acerqué. Hasta que la vi, justo delante de un destartalado cobertizo.
Recuerdo que traté de tragar y no pude al darme cuenta de que no estaba sola. A su lado se encontraba ese hombre enorme vestido con una capa, y además la agarró del brazo y ambos desaparecieron en el cobertizo.
No supe qué hacer. Esperé como unos veinte o treinta minutos, inmóvil bajo la lluvia. Y al final opté por aproximarme. Lo hice despacio, arrastrando los pies por el fango creado por la abundante agua que había caído, y me detuve cuando oí a la chica dar las gracias.
—A ti, por escucharme —dijo una voz muy bronca.
Y de pronto por la puerta salió a toda velocidad el hombre grande. No me vio, y se alejó corriendo, pero yo a él sí, y, más que su envergadura, lo que me heló la sangre fue su rostro cubierto de cicatrices.
Entré deprisa al cobertizo y me encontré a la chica, de pie, temblando, con el pelo revuelto. Sin pensármelo ni un segundo, fui hacia ella, la sostuve para que no se cayera y le pregunté qué le había pasado.
—No hable de esto con nadie —contestó de forma atolondrada.
—Pero ¿qué le ha hecho?
—Nada. Solo me ha contado una historia terrible. —Y luego se echó a llorar mientras balbuceaba—: Tengo que escribirla.
Entonces, no sé por qué, me reí, y ella me miró, boquiabierta, y le dije:
—Mi secreto tiene un precio, ¿señorita?
—Me llamo Mary. ¿Y usted?
—Seguro que no se olvidará de mi nombre —le respondí tendiéndole la mano—. Víctor, Víctor Frankenstein.
***
10
Título: Hasta el fondo
Autor: Javi Caballero Núñez
Soy Alejandra Pizarnik y esta es mi séptima nota de suicidio. La primera la escribí con diez años. Un género aparte, sobre el que empecé a construir mi identidad literaria, a la vez que cristalizaba mi personalidad límite. Fue el día en que mi madre, poniéndome junto a mi hermana delante del espejo del salón, me zarandeó con fuerza los brazos y me dijo, convencida, que le había salido defectuosa. Crecí escuchando los horrores de los campos de concentración, los rezos en ídish de mi padre y los tangos de Gardel. Me imaginaba que los nazis vendrían a buscarme cualquier noche, que mi madre les abría la puerta y les hablaba de mis crisis asmáticas y mi tartamudez mientras los otros asentían complacidos. Luego me enteré que nuestro vecino Arno había sido médico en el III Reich, y que había rehecho su vida como carnicero y astrólogo amateur.
¿Qué no dirán de mí? Trastornada, con tendencia a engordar, a la bisexualidad, incapaz de terminar nada: ni los estudios, ni la terapia psicoanalítica, ni las relaciones sentimentales; mujer. En la adolescencia fui adicta al Vauquita de Capuchino, y me salían granos por toda la cara, y me masturbaba compulsivamente con un calzador dorado mientras leía a Baudelaire y Rilke.
Me recordarán como la niña perdida, cuando en verdad soy la voz que se encuentra y se conoce a sí misma y se rebela contra la realidad adulterada. La puta que los parió. Lo inexplicable es cómo alguien puede ser normal en este mundo enfermizo.
Deberíais probar a haceros cortes en los brazos, o a hincharos de pastillas para adelgazar, o a escribir como si el lenguaje fuera un cuchillo y vuestro corazón un papel en llamas. Una vez, en París, vendí mi mejor poema por un piolincito rojo y una nube con forma de sandía. Ya veréis lo rápido que se convierten las víctimas en verdugos, según la Torá.
¿Quién entiende la existencia? Estoy tan cansada del porvenir. Desde hace tiempo no consigo mantener una conversación sin sentir el viento en las ventanas, la soledad de los semblantes y las lámparas, o que la tierra tiemble bajo mis pies en cuanto piso la vereda sombría. Últimamente sueño con cocodrilos y escolopendras, con chinchulines y anillos de compromiso. He conocido a muchos pintores y escritores que les pasaba lo mismo. Sin embargo a ellos se les permite desvariar, incendiar las alfombras, los estanques, cagarse en las palanganas y los descansillos, inventar anagramas y bombas atómicas; en cambio a nosotras se nos exige el mayor recato, o enseguida nos colocan la camisa de fuerza.
¿Cuántas cosas para obviar; a que sí? ¿Habéis entrado en un psiquiátrico alguna vez? Es como bucear en un charco de agua turbia y notar los pececillos nadando alrededor, y no saber si te viene el choque por encima o por debajo, y si lo que brilla al otro lado del cristal es la luz del sol o el silencio de las profundidades. Ya me gustaría poder conocer más. Aunque no sé si serviría de algo. Solamente quería encajar, pero me cansé. Y a pesar de que a menudo me convenzo de que las dictaduras interiores son reflejo del rechazo asimilado, el color ocre es el más difícil de extender sobre la superficie lisa.
Qué le vamos a hacer. Hoy las calles me parecen de mentira, como si las atravesara un relámpago artificial y me llevaran directamente hacia los paisajes de mi infancia. Debería asumir el desasosiego, pactar una tregua con el atardecer, romper las etiquetas, los informes, o renovar ese presentimiento estrambótico de que mi autoestima tampoco depende de mí. Quizá en el jardín botánico o en algún rincón de la Chacarita, los gorriones y las palomas se reúnan en este instante para quebrar sus alas, y, de un modo efectivo, se dediquen a importunar a los amantes y a los turistas. Hay tanta gente que me quiere y no me puede entender. ¿Dónde habré puesto la tiza? Con tantos cajones resulta imposible elegir.
Ahora que lo pienso, la única razón para quitarme la vida es la misma que los otros me dan para prorrogarla. Y todo porque me gustan los números redondos (y los tranvías), porque los compuestos me traen mala suerte (eso lo sé) y los decimales me recuerdan a animales mutilados, como los pollos y los chanchos que exhiben en los vidrios de las carnicerías. Cincuenta somníferos serán suficientes o no. No obstante, lo tengo decidido. Voy a quemar esta nota. En su lugar dejaré mi cuerpo vacío, habida cuenta que:
no quiero ir
nada más
que hasta el fondo


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