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Conduce mi coche

Conduce mi coche

Una amiga me dijo que no conocía mayor alivio que abandonarse al llanto, mientras su madre o un amigo la sostenía en un abrazo. Todos necesitamos que nos sostengan en algún momento, que alguien sea nuestro cuerpo cuando el propio necesite andamiajes. Sostener también significa que nos conduzcan, confiar en alguien que nos lleve allí donde queremos ir pero uno mismo no puede llegar.

Nos sobran los motivos para delegar el pilotaje: agotamiento, desorientación, borrachera emocional… Las causas pueden ser múltiples, pero rara vez reconocemos nuestra impotencia. La prudencia, virtud a menudo olvidada, consiste en reconocer nuestros propios límites, aquello que puede hacer un cuerpo, hecho de fibras emocionales tejidas por la memoria. Siendo prudentes, quizá sea más correcto escribir que rara vez somos dueños de nuestro porvenir. Casi siempre somos llevados, aunque uno mismo esté al volante.

"En el libro y en la película el protagonista estudia el papel de Tío Vania en el asiento trasero de su coche mientras es conducido por una mujer, parca en palabras"

Somos conducidos, moderada o absolutamente, por la inercia de un gesto, una infidelidad, una canción de la adolescencia o la búsqueda del placer (analgésico de todo lo que sigue doliendo). Sería pretencioso afirmar que somos dueños de nuestro destino, pero también sería cobarde negar nuestra capacidad de decisión o nuestra responsabilidad moral. Acaso nuestra máxima aspiración sea apropiarnos del pasado, conducirlo sin rencor hasta nuestro presente, para después alcanzar cierta reconciliación entre el dolor y el deseo.

Algo así le sucede al protagonista de Drive My Car, la reciente ganadora del Oscar a la mejor película extranjera, dirigida por Ryūsuke Hamaguchi. La película está basada en el cuento de Haruki Murakami, que tiene el mismo título y se encuentra recolectado en el libro Hombres sin mujeres, publicado por Tusquets. Cuento y película difieren en muchos puntos, algunos importantes, pero intento ser infiel a mi lectura de Murakami y sostener que la mejor forma de interpretar una obra de arte es creando otra. Hamaguchi ha sido fiel a esta idea. El arte como historia de diversas copias donde se nos derrama nuestra interpretación. Nuestro pasado inflamado por la imaginación.

"Lo vivido se abre por las rendijas del presente, y recuerda a su mujer, fallecida de forma inesperada"

En el libro y en la película el protagonista estudia el papel de Tío Vania en el asiento trasero de su coche mientras es conducido por una mujer, parca en palabras y de quirúrgico manejo del automóvil. En el cuento el protagonista es actor y en la película es director de teatro. Esta diferencia es importante: el protagonista en la película es conducido y conduce a los actores, mientras que en el cuento es simplemente conducido por la chófer y adquiere mayor protagonismo la resonancia de su pasado.

En ese intervalo dilatado de la carretera, mientras repasa la obra y el mundo atraviesa la ventanilla, lo vivido se abre por las rendijas del presente, y recuerda a su mujer, fallecida de forma inesperada y de la que conocía sus aventuras amorosas con otros actores. La ama, más allá su muerte, a pesar de sus traiciones. El protagonista rinde fidelidad al recuerdo de las infidelidades sufridas, donde el amor se sobrepone a los delirios corporales de la que fue su mujer.

El cuento y la película pueden leerse como un tímido alegato de una moral poliamorosa, aunque sea asimétrica, porque el protagonista no fue capaz de aventurarse más allá de la monogamia. Sin embargo, aceptó que su mujer explorase otros cuerpos, como fibras que hagan sonar su propia historia. Su mujer inventaba cuentos en medio del coito, y aquí el director de la película une el cuento «Drive My Car» con otro que forma parte de la colección, «Sherezade» (una mujer que solo crea historias tras la llegada del orgasmo). El protagonista acepta la infidelidad de su mujer en aras de la búsqueda creativa, que no es diferente de la búsqueda de la salvación propia. Amar es aceptar la constante búsqueda de la persona amada, aunque su búsqueda nos duela.

"Sostener el amor sin atravesar sus contradicciones acabaría con su potencia. Hamaguchi y Murakami son fieles a las paradojas del deseo"

Hay detalles importantes que Hamaguchi sombrea, pero hubo uno concreto que me arañó: el amante busca al viudo, y no al revés, como sucede en el cuento. Esta adaptación resta la intencionalidad del protagonista por resucitar a su mujer a través de las palabras de su amante. No obstante, película y cuento convergen en la dificultad de amar a otra persona, más allá de los abismos que encierra, como en este caso, la infidelidad de su mujer que retorna con fuerza tras su muerte.

Sostener el amor sin atravesar sus contradicciones acabaría con su potencia. Hamaguchi y Murakami son fieles a las paradojas del deseo, Drive My Car narra el amor desde la fidelidad a esa multitud que habita en nosotros. Amar significa estar dispuestos a ser conducidos y confiar en la persona que nos lleva. Nadie puede asegurar cuál es la dirección adecuada, como revivir a su amor mediante conversaciones con su amante. Protagonista y amante se sostienen y conducen, porque siguen abrazando a la misma mujer que amaron.

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elenaclasica
elenaclasica
2 años hace

Queridísimo y admirado Sergio:

Fantástica y perturbadora reflexión nos traes. Sin duda, la historia de Murakami y su homónima cinematográfica, nos sitúan en la intrigante metáfora que nos apuntas: la de la compañera conductora, ¿conductoras de trayectos las compañeras de vida? ¿Conducimos nuestra propia vida? ¿Dejamos que nos conduzcan?
El maravilloso relato de Murakami, donde Kafuku necesita reencontrarse con su amada esposa fallecida, y para acercarse a ella no dudará en reconstruir su imagen a través de las palabras de su amante Takatsuki, del último de sus amantes, todavía enamorado de ella, nos sitúa en un plano mítico, profundamente espiritual y literario. Resuena el dolor más profundo, la herida abierta en el corazón de Kafuku, ¿por qué ese hombre? ¿Por qué precisamente ese hombre que no era un ser tan profundo y trascendental como su esposa muerta?

Varios temas que necesito compartir contigo, Sergio, para conocer tu opinión se me agolpan en la mente, así, la pérdida de autonomía de Kafuku como conductor, no tanto por su discreto alcoholismo, sino por sus problemas de vista, simbolizan quizás la incapacidad de dirigirse hacia un lugar por sí mismo, sin la compañía de su compañera-esposa. Entendamos, pues, el auto, el coche, el “car” como un carro antiguo y mitológico, como trasunto de la propia persona, del ser humano, del hombre varón en este caso, zarandeado por una serie de caminos que se presentan ante él como una encrucijada, y el miedo a la esfinge. ¿No será acaso Kafuku-Edipo el que ha de superar la pérdida de su esposa, de la que exhibe tal dependencia como de una madre, guiado por la mano de su hija, ya ciego y atormentado? Recordemos un más que perturbador detalles: Kafuku encuentra la fecha de nacimiento de Misaki coincidente con la de su hija fallecida a los pocos días del nacimiento. ¿Ha reencontrado a su hija simbólica? Vuelvo a encontrar muchas resonancias de la tragedia griega en este punto, y mira por donde, casualmente, Misaki busca la fecha de nacimiento de Kafuku, resultando que tenía la misma edad que su padre, padre al que por cierto, su madre le reprocha, no las habría abandonado si ella hubiera sido una niña más mona, ¿se deja sentir de nuevo cierta reminiscencia del incesto simbólico relativo a la tragedia de Sófocles?

Vaya, vaya, así las cosas, pareciera que Kafuku debe salir de Tebas_Ginza dirigido y agarrado a la mano de su hija para que lo guíe por un camino por que él ya no sabe conducir.
Son ahora Kubrick y por supuesto Arthur Schnitzler con su Traumnovelle, los que se me aparecen en el momento insuperable para los personajes protagonistas masculinos, en el que Albertine-Alice confiesa su atracción todopoderosa que un hombre ha ejercido sobre ella. Esa visión de la mujer que siente un deseo irrefrenable y poderoso por otro hombre que no es su marido y la confesión de esta misma pulsión es la que conduce a Kafuku a intentar entender qué virtudes, qué secreto encanto podía ejercer Takatsuki sobre su esposa. La extensión de su herida buscando el secreto y la imposibilidad de encontrarlo por su parte, nos conduce junto con Kafuku a la conclusión en la boca de Misaki: quizás es que no ejercía ninguna verdadera atracción, por eso se entregó a él, hay cuestiones que solo una mujer puede entender, sugiere Misaki, dejando en mi opinión, a Kafuku más estupefacto y perplejo que nunca. Bellísimo el papel, desde mi punto de vista, que Murakami ofrece a la mujer conductora, conductora de un auto y conductora de vidas, en su brillante inteligencia y en su amplitud de miradas, matices y sensibilidades.
Fantástico es también el recuerdo de El último tango en París de Bertolucci, donde Paul- Marlon Brando, pregunta desconcertado a su mujer muerta y de cuerpo presenta, “¿quién coño era?”, después de descubrir que había tenido un amante, perspectiva que le ofrece una visión totalmente novedosa e inesperada de su mujer.

Cómo no recordar la novela Licht de Christoph Meckel, traducida como El día intacto a nuestra lengua, y que supone una conmoción en su protagonista al descubrir una carta en la que su mujer le escribía a su amante. En ella descubre a otra mujer desconocida, y más allá del dolor, necesita seguir reconstruyendo su imagen con la lectura de las cartas a su amante.

La llave de Tanizaki ofrece una vuelta de tuerca a todo este asunto del descubrimiento del amante de la esposa, pues ambos cónyuges juegan al juego literario del despiste para irse conociendo de una manera inusitada, novedosa, extraña, fingidamente descuidada, reveladora y plena de sentido del humor.

Muchas son, sin duda, las recreaciones de delicado pero insoslayable tema del incesto en la literatura y el cine, no puedo dejarme en el tintero la bellísima creación de Spike Lee, Oldboy, versión de la película de Park Chan-Wook, que procedía, al mismo tiempo, del manga de Minegishi. En ella, la terrible venganza que alguien por razones oscuras del pasado quiere ejercer sobre el protagonista es el encuentro sentimental con una mujer que resultará ser su hija. Max Frish en Homo Faber nos ofrece un relato trágico sobre el encuentro con un destino escrito y todopoderoso en el que el personaje masculino conocerá a una joven que le conducirá al conocimiento de su propio yo olvidado y de la que irremediablemente se enamorará, resultando ser, por supuesto, su propia hija.

Historias que se cruzan en mi cabeza y que me hacen estremecerme con esta historia breve y aparentemente sencilla, y sin embargo, repleta de reminiscencias míticas, literarias, cinematográficas, filosóficas, -y de esto tú sabes mucho, querido Sergio-, así como de sensaciones humanas profundas como las cicatrices del alma.

No podría despedirme sin acordarme de Ana Ozores, la Regenta, cuya infidelidad a su marido, don Víctor Quintanar, trastocó también a otro hombre: el magistral, don Fermín de Pas, enamorado de ella, que no podía dejar de preguntarse por qué había caído en los brazos de un similor, un hombre que se había revolcado en todos los cuerpos de las mujeres frívolas de Vetusta, por qué precisamente Ana Ozores había entregado su virtud y grandeza de espíritu.
¿Por qué? Don Fermín no lo sabemos, pero me he encantado escuchar la respuesta de Misaki, que creo que es tan amplia que podría contemplar perfectamente a estos personajes también.

Sergio, gracias infinitas, por este potencial de posibilidades que nos ofreces y por el banquete artístico al que siempre me invitas a participar. Querido amigo, es un privilegio. Mis respetos y un abrazo enorme.

Última edición 2 años hace por elenaclasica
Juan
Juan
2 años hace

Sergio Antoranz te lleva de la mano a sitios donde sólo un buen escritor tiene acceso