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Carta a Antonio Gala

Querido Antonio Gala:

“Es éste un libro de buena fe, lector”, comienza diciendo Montaigne en sus Ensayos. Ésta es una carta de buena fe, de muy buena fe. Te llamo “querido” aunque creo que sólo te he visto una vez en mi vida, en el curso de Literatura, prensa y poder organizado por la AEPI (Asociación de Escritores y Periodistas Independientes) en verano de 1995. Fue un curso maravilloso y muy interesante, impactante, de grandes figuras del periodismo y de la literatura. Pero aunque no te conozco apenas sí que te he leído, que tal vez sea la forma más profunda del conocer —yo estoy tentado a pensarlo—. Te he leído mucho, sobre todo últimamente, cuando decidí escribirte esta carta.

Como me ocurre en ocasiones, al principio leo un libro o a un autor, varios textos, y luego me apetece escribir sobre él. En tu caso me apeteció escribirte una carta porque tú, también en 1995, si no me equivoco, escribiste una colaboración periodística, me parece que en El País Semanal, titulada Carta a los herederos, que en un momento no me llamó la atención, pero que muchos años después sí que lo hizo.

Compré ese libro de artículos, publicado por Planeta, en una librería de viejo, hace unos años, y ahora sí que me ha interesado, ahora sí que lo he leído, mejor dicho lo estoy leyendo: ya lo voy terminando. Yo soy uno de esos “herederos” de los que hablas en tu libro, y supuestamente ya he heredado la tierra, el mundo, mal que bien, mejor o peor, como muy acertadamente decías en tus artículos.

Aparte de este libro me estoy asomando a muchos otros tuyos, disfrutando y aprendiendo de tu prosa rica, elegante, estilosa y profunda. Con garbo. Dices cosas, las dices muy bien y con muchos matices. Eres elegante al decirlas. También irónico, y puedes ser sarcástico, pero creo que siempre auténtico. Para mí eres un gran escritor, si me permites esta pequeña lluvia de elogios. Un gran escritor por lo que escribes, por cómo lo escribes y por todo lo que has escrito.

Cuando tenía 18 o 19 años, que es cuando publicaste tu Carta a los herederos, yo no estaba maduro para disfrutarla, para aprovecharla, y eso que era un gran lector y ya quería ser escritor, pero ahora sí que he sentido curiosidad por ella y la estoy leyendo con mucha atención y detenimiento, subrayando frases y párrafos. Por eso, en parte, te escribo.

Pero también te escribo porque hace bastante que no sé de ti. Sé que estás enfermo, y me han dicho que has dejado de escribir; te he visto en algunos vídeos y he leído algunos artículos sobre ti, recientes. Después de tantos años viéndote en los medios te extraño un poco, aunque por una rara razón te siento presente, te intuyo, en algún lugar, observando, muy vivo y activo, pero de otra manera, diciéndole a alguien, a algunos privilegiados, el fruto de tus observaciones y donaires, ahora que el resto carecemos de obras nuevas tuyas.

Pero tampoco importa mucho, querido Antonio, que no escribas ahora, o que no publiques, porque has escrito mucho —no demasiado, sin embargo, porque todo lo que voy leyendo tuyo es interesante—, y aquel que quiera, puede encontrar tus libros en muchas partes, como los encuentro yo, desde librerías de viejo a Internet, pasando por librerías de nuevo, por supuesto, que seguro que conservan tus libros, no todos, imagino, porque son muchos.

Tuviste un éxito enorme. Fuiste como un huracán, teniendo en cuenta todo lo que escribiste, lo que publicaste, los premios que ganaste, todos los ejemplares que vendiste, tus apariciones en los medios, tus conferencias… Un huracán de literatura y de sensibilidad, de inteligencia. Al final, supongo, un huracán de humanidad. Un huracán de poesía.

Me gusta leerte: te siento vivo. Vivo y airado, en ocasiones, pero siempre muy dueño del idioma, de tu idioma, de tu lengua literaria, y de la literatura en general, siempre, que amas. O eso creo.

Empecé leyendo especialmente Carta a los herederos, y antes El manuscrito carmesí, que también me atraía, puesto que yo he escrito algunas novelas históricas y el género me interesa. Pero luego he ido abriendo el abanico y he abierto muchos más libros tuyos, como Charlas con Troylo, La soledad sonora, Paisaje con figuras Leo por aquí y por allá, sin detenerme mucho en ningún libro. Como bastantes de los libros que tengo lo son de artículos, leo artículos sueltos, buscando tu prosa, tu estilo, lo que decías y cómo lo decías, tu personalidad. Tu personalidad literaria y cómo se expresaba en el papel.

Leo por ejemplo tu artículo “Los ojos de Troylo”, publicado originalmente en Sábado Gráfico el 20 de septiembre de 1975, y que ganó el Premio César González Ruano de Periodismo.

Sí, empecé con Carta a los herederos, porque yo me siento uno de esos “herederos” de los que hablabas hace más de 25 años. Y fíjate que, aparte de la literatura, aparte de que me siento escritor, y que esto puede ser una herencia una vez que se ha logrado, que no es fácil, algo tan importante para mí y que siento que me ha costado muchos años —convencerme a mí mismo principalmente—, no siento haber heredado nada. Aunque si lo pienso sí que me siento heredero de los campos y de los árboles, de los cielos y de los mares… Por supuesto, no soy propietario de nada, pero de algún modo soy “dueño” de todo. Y digo “dueño” en un sentido muy particular, como te puedes imaginar. En el sentido, quizá, que tú utilizabas en tu “Carta”: “Heredaréis la tierra, mal que bien la heredaréis”, venías a decir, muy sabiamente. La tierra pasará de nuestras manos a las siguientes, y nuestras manos más bien pertenecen a la tierra que al revés. Yo me siento pertenecer a la tierra, a los cielos, a los árboles, a los mares.

También he de decir que me siento heredero de todos los escritores que en el mundo han sido, que en la Historia han sido. Si reflexiono un poco sobre ello me doy cuenta de que esto es así.

Nos aconsejabas mucho en Carta a los herederos, y pienso que esos consejos no eran los más adecuados, naturalmente, para ganar dinero, para ser grandes empresarios u hombres de negocios, pero sí para ser hombres y mujeres plenos, llenos, honestos, dignos, dispuestos a hacer de este mundo algo mejor, algo mucho mejor.

En mi opinión todo el trabajo está por hacer, querido Antonio, y no sé cuánto de él hemos hecho ya. Me parece que muy poco. Dediqué mi vida, en lo esencial, a la escritura. Tú me puedes entender muy bien. Otros la han dedicado a muchas otras actividades, y considero que desde cualquier parcela se puede trabajar por un mundo mejor. Tenías razón en que nosotros éramos los “herederos”. Ahora hay otros. El testigo pasó a nosotros, la “antorcha”, de la que hablaba Cela en su “Carta a los jóvenes escritores” en el sentido literario; ahora nosotros debemos cuidarla y no estropearla, para pasarla a la siguiente generación.

Cuando vi los primeros artículos de esta serie, como te he dicho, tenía 19 años, quizá 18, y estaba en COU. Me gustaba mucho la literatura, escribir, el tenis… salir con amigos, o con mi novia y buscar con ella en las librerías los libros que más me gustaban. No supe apreciar entonces el bello gesto que tuviste con nuestra generación. Pero aunque los artículos suelen pasar y ser volanderos, los libros quedan, o quedan más, y el que recogía esos textos llegó a mí. Gracias a él se me ha ocurrido escribirte esta carta, que debo cerrar porque ya va larga.

Te deseo lo mejor a ti, que te lo mereces tanto. Te doy las gracias por todo, por tu vida y por tu obra. Al final un escritor no está ni sano ni enfermo, ni vivo ni muerto. Simplemente está, en su obra. Simplemente es. Y gracias a eso yo te encontré, y te encontrarán otros en el futuro, no importa cuántos giros den los astros en el Universo, cuánta distancia recorran. Te deseo mucha felicidad, y también bienestar, paz, la compañía de los mejores libros, de las mejores gentes y de tus más queridos paisajes.

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