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Creo que soy yo (Tiempos de coronavirus 19)

Creo que soy yo (Tiempos de coronavirus 19)

No sé ya cuándo fue y tampoco importa. Tal vez ni lunes ni sábado, quizá un octavo día que se ha incorporado a la semana y que con infinitas pero muy semejantes variaciones se repite hasta el fin de los tiempos. Tras esperar en una larga cola de androides mudos una buena rebanada del día alguien preguntó desde detrás de un mostrador:

—¿Quién es el siguiente?

—Creo que soy yo.

"¿Tanto he cambiado, tanto ha pasado desde que no pronuncio una letra? ¿Alguien se ha apoderado de mí?"

Mientras salían los sonidos de estas cuatro palabras se iba apoderando de mí una inquietud desconocida: ¿es esta mi voz? No la reconocí. Ya de nuevo en la calle no me atreví a repetir la frase no fuera que surgiera distinta a la anterior, se recupera la «auténtica» o saliera otra nueva. ¿Tanto he cambiado, tanto ha pasado desde que no pronuncio una letra? ¿Alguien se ha apoderado de mí?

Se me ha olvidado el pañuelo, me dije, pero lo que de mi boca salió fue “zapia ahaztu zitzaidan”. ¿Cómo, pero si no sé hablar en euskera?

Seguí andando para que nadie sospechara mi estupefacción. Intenté que el taconeo de los zapatos siguiera resonando entre el silencio neutro de la mañana. Daba vueltas a esa transformación hasta que caí que el juego de pañuelos que tenía me los había regalado Iñaki la última vez que estuve en Bilbao. ¿Y eso justifica…?

“Estos zapatos me siguen rozando”, volví a decirme mientras amoldaba el paso a una pequeña herida en el dedo índice del pie izquierdo, pero surgió esto con una voz hasta ahora desconocida para mí: “Aquestes sabates em segueixen fregant”. Me paré, miré hacia todos los lados: nadie. No puede ser, es imposible, no estoy enfermo. ¿A qué viene esto? ¿Quizá porque los compré en Barcelona en febrero?

Corrí y corrí olvidándome de la ampolla y cuando entré en casa cerré con llave por dentro, la segunda vez que lo hacía desde que llegué a esta casa hace cuatro años. Me volvía a duchar, me puse un pijama comprado en Madrid y no fui capaz de poner la televisión ante el miedo de enfrentarme a cualquier catástrofe.

"Muchos años después, oculto en un cajón entre facturas, cartas y recortes de periódico apareció este texto escrito en latín"

Comí una hora antes de lo habitual, me encerré en mi habitación, bajé la persiana y encendí una lamparita para leer que me hiciera olvidar la pesadilla. “Durante mucho tiempo, me acosté temprano”. Tenía que ser En busca del tiempo perdido”. Pero lo que mis ojos leían fue “Longtemps, je me suis couché de bonne heure”.

Encendí las luces de la lámpara, me acerqué al salón y miré por la ventana por si me encontraba algo que explicara lo que me estaba ocurriendo. Nada. Nadie. Me había quedado sin batería, así que tampoco podía utilizar el móvil.

Encendí una radio pero de allí no salía ni un rumor. Tampoco respondía el ordenador. Corrí hasta enfrentarme al espejo del cuarto de baño y creo que me desmayé.

Muchos años después, oculto en un cajón entre facturas, cartas y recortes de periódico apareció este texto escrito en latín. Sí, yo sabía latín, esa lengua muerta que fue mi pasión durante tanto tiempo. Temblando, cogí ese papel, lo acerqué a la llama de un mechero y me quedé mirando, aterrado, cómo ardía.

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