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Crónica de una muerte por coronavirus

Crónica de una muerte por coronavirus

Hay un poema de Ángel González titulado «Primera evocación» que cuenta cómo la guerra se percibe siempre ajena y remota («lejos —nos dicen— y pequeña —no hay por qué preocuparse»), hasta que un día se cuela por el balcón de tu casa y cubre el territorio de cadáveres. El poeta dibuja la evocación desde los ojos de su madre, que vive con un miedo tenue la llegada de ese episodio que llaman «guerra», propio de otras naciones, de sociedades mucho menos avanzadas que la de aquella España de principios de siglo. Pero llegó, y además se llevó por delante al hermano mayor del poeta, asesinado, y también al mediano, en el exilio. Los ojos de su madre seguían viendo la guerra con miedo, pero ya no lejana. El martes pasado, el discurso que Macron le ofreció a la nación francesa para afrontar la crisis del coronavirus apareció repleto de referencias bélicas, alusiones a la batalla que les queda por librar, e incluso concluyó con una afirmación rotunda: «Estamos en guerra sanitaria». Desde la España de complejo y pandereta se criticó el discurso del presidente galo. Creen que comparar el ínclito COVID-19 con algo tan crudo como la guerra es cargar la situación con un dramatismo innecesario.

"Yo también veía la llegada del coronavirus lejana, propia de otro lugar y otro tiempo. Sin embargo, la noche del martes pasado se llevó por delante a una persona querida"

Hablemos de dramatismo. Como la madre del poeta, yo también veía la llegada del coronavirus lejana, propia de otro lugar y otro tiempo. Sin embargo, la noche del martes pasado se llevó por delante a una persona querida. No era alguien con el que mantuviese un contacto constante, pero sí el suficiente como para saber que deja a mi familia tocada y casi hundida. Por supuesto que me atrevo a plantear el símil bélico: mi gente ha vivido una odisea terrible, inimaginable. Primero, porque dejaron en el hospital a un anciano con una dolencia respiratoria y se marcharon de allí con la incertidumbre propia de una enfermedad desconocida. Hasta su fallecimiento, el paciente vio pasar sus días aislado en una habitación, suplicando que le dejasen ver a sus hijos y nietos, preso de una asfixia terrible. Murió solo, no han podido velarlo en el tanatorio como todo familiar debiera y, para colmo, al entierro sólo dejaron que acudiese la familia más cercana, apenas una docena de seres humanos que ni siquiera podían abrazarse por temor al contagio.

"Sí, me temo que sí es una guerra. Si alguien cree que este lenguaje le otorga un dramatismo exagerado a la situación, que se acerque a esas familias que ven morir a sus seres queridos"

Por tanto, sí, me temo que sí es una guerra. Si alguien cree que este lenguaje le otorga un dramatismo exagerado a la situación, que se acerque a esas familias que ven morir a sus seres queridos con un estrés postraumático que casi supera en gravedad a la propia sintomatología de la enfermedad, y entonces me cuente si la exageración está en el lenguaje o en la ingenuidad de esta sociedad de Instagram y memes. Que los sanitarios cuenten cómo reaccionan los enfermos al verse solos, aislados por el contagio. Que les muestren cómo decaen, cómo se marchitan, cómo mueren angustiados, vacíos. Claro que es una guerra, y más le vale a la sociedad tomárselo como tal, con sus precauciones y su temor, o rápidamente se multiplicarán por miles los casos similares al que ha cruzado este texto. Y lo que ahora suena, como en el poema de Ángel González, lejos, muy lejos, pronto se habrá colado por el balcón de cada casa.

Vídeo: Primera evocación, de Ángel González

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