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Crónica verista y emotiva del franquismo

Crónica verista y emotiva del franquismo

Encarecía Baroja la conveniencia de que la novela anotara con precisión algún dato que sirviera para plasmar de forma rotunda el sabor de época. Este atinado criterio parece seguir Manuel Gutiérrez Aragón al referirse varias veces, nada más comenzar Rodaje, a un asunto que puede parecer lateral en la trama general de su novela, el realismo. Acerca de semejante cuestión —“el sano realismo frente a las recetas narrativas mágicas”— disputan el protagonista, Pelayo Pelayo, guionista de cine, y su compañero de vivienda, Santiago Toxa, abogado laboralista, alias el Gran Manitú. El cine, zanja el también fortuito director cinematográfico Pelayo, no cambiará a la gente, a nadie le interesa ver dos veces la misma realidad y, además, el cine no es la revolución. Arte, testimonio y compromiso constituyen datos esenciales de época que proporcionan ese sabor de algo característico a una anécdota emplazada en la interminable crisis final del franquismo.

Enseguida el argumento de Rodaje empieza a anudar una clara y compleja peripecia, pero ya tenemos en ese dato, que se diría secundario y que Gutiérrez Aragón ha dejado caer con suma malicia narrativa, la peculiaridad de un momento histórico específico: ahí se revela un motivo —auténtico conflicto temático— central de aquel desconsolado tiempo, la alianza de las fuerzas del trabajo y de la cultura, dicho con terminología marxista habitual entonces, para cambiar el mundo y el compromiso de los creadores en la lucha contra la dictadura. Va mucho más lejos de una observación verista: es el quicio en el que gira la novela.

"Uno de los momentos estelares de la novela se encuentra en la excursión de Pelayo por el reino de la clandestinidad homosexual"

El contexto histórico revelado en dicho apunte se colma con una historia narrativa de enjundia novelesca y a la vez representativa. La acción externa se ciñe a un solo espacio, Madrid, y dura poco: seis días de extrema tensión pública por el juicio sin garantías al torturado dirigente del PCE Julián Grimau, su previsible condena a muerte y la ominosa ejecución de la sentencia. Pelayo y el Gran Manitú aprestan su obediencia comunista para una movilización a favor del reo en sus respectivos ámbitos profesionales. El desalentado ir y venir de uno y otro, sobre todo del cineasta, permite recrear plurales situaciones de aquellas fechas. Tan variadas como estas: escenas del rodaje de El verdugo, asociadas a las reservas de la izquierda sobre la falta de compromiso de su director, Luis García Berlanga; asambleas de protesta de gente del cine apadrinadas por el beligerante Juan Antonio Bardem; activismo judicial contra la pena de muerte; elaboración de una más de las contestatarias listas de abajofirmantes; la represión policial con presencia del funesto comisario Conesa; la cinefilia de Azorín…

Todo real, documental. Y junto a esta clase de materia, la recreación imaginativa pero verista de la vida que fluye en los personajes o en la calle. Pelayo pasa apuros en el reparto de propaganda subversiva, trastea el inacabado guión de su película, sostiene tratos picarescos con el productor Midas Merlín, da trabajo a la puerta giratoria del Café Comercial, se refugia en el mugriento cine Carretas, se aísla en un prostíbulo para trabajar… También vive una doble historia sentimental que da a Rodaje la condición de tierna y triste novela de amor.

Gutiérrez Aragón lleva a cabo una plena asociación de lo público y lo privado por el modo en que esto potencia aquello; por la manera como realidad y ficción se imbrican. Salta a la vista la minuciosidad de los detalles costumbristas: el ambiente de la siniestra Dirección General de Seguridad en la Puerta del Sol, el domicilio de Bardem en el antiguo Campo de las calaveras, la topografía urbana con el nombre exacto de sus calles (“la esquina de Cardenal Cisneros con Eloy Gonzalo”) y de los comercios (las cafeterías Linz, Gijón, Teide, La Mallorquina, con el precio del café crema, a “peseta con cincuenta”), los corresponsales de prensa extranjeros, comentarios artísticos (en opinión de un actor petulante, “eso es el realismo social, camarada director, sentimientos y retortijones de tripas, besos y gases”) y hasta el día exacto, el 20 de abril, en que ABC recoge en solo unas líneas de la página 52 la condena a pena capital de Grimau.

"En esta cuarta entrega narrativa de Manuel Gutiérrez Aragón desde que renunció a continuar con su trabajo cinematográfico, ha consumado una peculiar novela histórica"

Pero este noticierismo adquiere una dimensión plenamente artística gracias a cómo el autor lo vivencia y subjetiviza. Uno de los momentos estelares de la novela se encuentra en la excursión de Pelayo por el reino de la clandestinidad homosexual, el mencionado cine cercano a la Puerta del Sol. Parte en el recorrido por la sala de un impulso costumbrista que detalla su distribución y se remonta a la antigua sala de espectáculos que fue. Sigue con el ajetreo erótico de los adictos a sus sesiones dobles. Se amplía con el bucle que forman el desenfreno sexual y las películas que se proyectan. Este espléndido pasaje, de admirable descriptivismo, y otros de la novela la convierten, sin perder su categórico valor documental, en un relato que trasciende las anécdotas y se dispara hacia la metáfora; en una historia simbólica de héroes fracasados.

En esta cuarta entrega narrativa de Manuel Gutiérrez Aragón desde que renunció a continuar con su trabajo cinematográfico, ha consumado una peculiar novela histórica. Su retrato colectivo capta con alto voltaje literario una impresión valleinclanesca de época, la de un Madrid absurdo, aunque no brillante porque en este momento prevalece la huella existencialista de esa “ciudad de más de un millón de cadáveres (según las estadísticas)” del famoso poema de Dámaso Alonso que no por casualidad se repite un par de veces en el libro. Los trazos de la comedia enmarcan la tragedia y ello aporta a Rodaje una andadura de insuperable fluidez y una rotunda fuerza comunicativa. Si el drama de la violencia justiciera franquista que atraviesa todo el relato lo permitiese sin parecer una boutade o, peor, un sarcasmo, diría que Rodríguez Aragón ha escrito una novela de aliento poético. Tal efecto se produce por el talento del autor y por su determinación sin complejos para galvanizar el relato objetivo —el dichoso realismo— con aventuras privadas y frescura emotiva.

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Autor: Manuel Gutiérrez Aragón. Libro: Rodaje. Editorial: Anagrama. Venta: Todostuslibros y Amazon.

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