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Crónicas de Danvers (XXIII): Natalia

Crónicas de Danvers (XXIII): Natalia

Es muy temprano y Natalia sale del cuarto de Álvaro sin hacer ruido para dirigirse al suyo, al otro lado del pasillo. Sonríe para sus adentros porque le parece mentira tener que esconderse así, como si fuera una niña, cuando ha ido al campo de los Robles como la novia de Álvaro. Por lo visto sus tíos son muy tradicionales, porque a pesar de tener clarísima su situación sentimental les han adjudicado habitaciones separadas, aunque una al lado de la otra. Decidieron ir a la montería en el último momento, como “presentación oficial”, y avisaron ayer tardísimo, pero Mercedes se lo imaginaba y lo tenía todo previsto. Parece una maravilla de señora esta tía Mer. Álvaro la adora y ella tiene ganas de conocerla mejor.

En un par de horas se despertarán todos y comenzarán a servirse los desayunos. Sabe que ya no va a poder volver a dormir, así que se abriga y se dirige al pabellón de caza, a ver si hubiera alguien despierto o una cafetera manejable.

"Ni siquiera se lo había contado a su familia y se iban a enterar en un rato, al llegar a la montería"

Sale por la puerta trasera de la casa grande sin hacer ruido y cruza el pequeño arbolado hacia el pabellón. No hay nadie todavía, sólo se ve una furgoneta blanca aparcada en la entrada de la finca. Dentro, en la cocina, todo está dispuesto para servir el desayuno y Natalia encuentra al fondo del armario una vieja cafetera italiana. Se hace con ella, y con el café humeante en las manos da una vuelta por el comedor, mira las mesas preparadas y coge un puñado de nueces y pistachos de una de las tablas en la que se servirán los quesos. Se sienta en una de las mesas, y sonríe recordando cómo salió corriendo del Milford aquella tarde para buscar a Álvaro, que pasaba por la puerta, cómo lo llamó con un “¡perdona!”, y cómo él se quedó parado en mitad de la calle Juan Bravo, mirándola intrigado, tratando de ubicarla. Sonrió, desconcertado, y ella, acelerada y nerviosa, le recordó lo de Primor y la notita en el bolso. Tras la vergüenza y las risas, siguieron caminando hasta un viejo bar de la calle Goya, de donde salieron abrazados a las dos de la madrugada para no volver a separarse. Había sido todo rapidísimo, pero estaba segura de lo que estaba haciendo. Y le parecía increíble la casualidad de que Álvaro fuera precisamente el señor con el que su tía le había presionado para quedar, el mismo de aquella cita fallida en el Amparito. Ni siquiera se lo había contado a su familia y se iban a enterar en un rato, al llegar a la montería. Iba a ser un momento interesante, sí…

"Natalia coge otro puñado de pistachos y se sienta con ellos en la mesa de antes, la más cercana a la cocina, para reflexionar sobre lo que acaba de ver"

Se toma el café, los pistachos y las nueces, limpia las cáscaras y se levanta para volver a la casa y darse una buena ducha. Fuera, al cruzar, escucha unos sollozos ahogados y se acerca a la furgoneta blanca. Apoyados en ella, un gitano ya mayor, pero muy guapo, rodea con sus brazos a una señora de la que sólo alcanza a ver el grueso abrigo y el pañuelo con el que se cubre la cabeza. Ella llora, y él la consuela como puede, pero a Natalia le parece ver una lágrima silenciosa deslizándose por su mejilla. Por puro respeto a la intimidad de la pareja, deja de mirar y cuando se quiere dar la vuelta para marcharse, un brillo súbito al fondo le llama la atención: parece que hay otro espectador de esta escena tan íntima, uno que desde luego no muestra ningún pudor, porque parece que la estuviera grabando con un teléfono. Instintivamente, decide protegerlos y entra de nuevo al pabellón haciendo ruido para llamar su atención. La pareja se separa de inmediato y enseguida oye cómo la furgoneta se aleja.

Natalia coge otro puñado de pistachos y se sienta con ellos en la mesa de antes, la más cercana a la cocina, para reflexionar sobre lo que acaba de ver. No sabe quiénes eran, y a ella era imposible verle la cara, aunque juraría que el pañuelo con el que se cubría era un carré de Hermés.

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