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Primeras páginas de 14, la autobiografía de Johan Cruyff

Primeras páginas de 14, la autobiografía de Johan Cruyff

Johan Cruyff fue todo un símbolo para el barcelonismo, un jugador mítico que siempre parecía ir por delante del resto. Planeta publica 14. La autobiografía, un libro que nos permite conocer un poco más al genio que convirtió en leyenda a la «Naranja mecánica».

 

Todo lo que sé lo he aprendido por experiencia y todo lo que he hecho, lo he hecho mirando al futuro, concentrándome en el progreso, lo que significa que no pienso demasiado en el pasado. Para mí, eso es completamente natural. Otras personas ya han escrito muy bien sobre los detalles de los partidos que he disputado; lo que a mí me interesa es la idea de fútbol. Mirar siempre hacia delante significa que me puedo concentrar mejor en lo que estoy haciendo y que solo miro atrás para ver qué puedo aprender de los errores. Esas lecciones se pueden adquirir en distintos momentos de la vida y no tienes por qué ver las conexiones hasta mucho después. Así que, aunque yo siempre avanzo, no siempre puedo mirar hacia atrás en línea recta. Lo más importante que he aprendido como jugador es que, por encima de todo, necesitas cuatro cosas: un buen césped, un vestuario limpio, jugadores que se limpien sus propias botas y que las redes de la portería estén tensas.

Todo lo demás, habilidades y velocidad, técnica y goles, viene después. Esta es la filosofía que define lo que siento por el fútbol y por la vida. Y la he puesto en práctica en todo lo que he hecho; ya fuera el Fútbol Total sobre el terreno de juego, mi familia o la Fundación lo importante ha sido siempre progresar y nunca jamás dejar de mejorar.

El fútbol ha sido mi vida desde siempre. Mis padres tenían una verdulería en Betondorp, a unos cientos de metros del campo del Ajax, De Meer, en Ámsterdam, así que era inevitable. Mi padre jamás se perdía un partido del Ajax y, aunque no haya heredado mi talento de él, sí que me transmitió su amor incondicional por el club. De hecho, de dónde procede mi talento para el fútbol es un misterio. Está claro que no lo aprendí de mi padre ni de mi abuelo, ya que nunca los vi jugar. Mi tío Gerrit Draaijer, el hermano de mi madre, había jugado algunos partidos de extremo izquierdo con el primer equipo del Ajax, pero eso fue en la década de 1950, cuando el club aún no era uno de los equipos más conocidos de Europa.

Mi padre me habló de jugadores como Alfredo Di Stéfano, que lo sabía todo acerca de cómo utilizar el espacio en el campo, así como Faas Wilkes, que era un regateador magnífico. Empezaba en el centro del campo y superaba a cuatro o cinco contrarios. Increíble. Wilkes había jugado en el Xerxes Rotterdam antes de irse al Inter de Milán, al Turín y al Valencia, y volver a Holanda mucho después. Fue entonces cuando comprendí lo que podía conseguir un holandés en el terreno de juego. Pero no teníamos televisor y no veíamos a muchos equipos extranjeros, así que durante la mayor parte de su carrera solo pude verlo muy de vez en cuando. En cuanto a Di Stéfano, no fue hasta 1962, cuando vino a Ámsterdam con el Real Madrid para disputar la final de la Copa de Europa, que pude verlo con mis propios ojos.

Para mí todo empezaba en la calle. La zona en la que yo vivía era conocida como la «aldea de cemento», un experimento de casas baratas realizado tras la Primera Guerra Mundial. Era una zona obrera y los niños pasábamos tanto tiempo fuera de casa como nos era posible; desde que puedo recordar jugábamos al fútbol donde podíamos. Ahí fue cuando empecé a pensar en cómo convertir las desventajas en ventajas. Descubrí que el bordillo puede no ser un obstáculo, sino que podía convertirlo en un compañero de equipo para el uno-dos. De modo que gracias al bordillo pude trabajar mi técnica. Cuando el balón rebota sobre superficies diferentes con ángulos extraños, tienes que reajustarte al instante. A lo largo de mi carrera la gente se ha sorprendido a menudo de verme chutar o pasar desde un ángulo inesperado, pero eso se debe a cómo me crie. Lo mismo ocurre con el equilibrio. Cuando te caes sobre cemento, duele y, por supuesto, no quieres que te pase. Así que juegas al fútbol procurando no caerte. Fue jugar así, intentando reaccionar ante la situación en todo momento, lo que desarrolló mis habilidades como futbolista. Por eso soy muy partidario de que los jóvenes jueguen al fútbol sin tacos. Ya no pasan en la calle las horas que pasaba yo, horas aprendiendo a no caerse. Démosles suelas planas y ayudémosles a aprender a mantener el equilibrio.

En casa, la vida era bastante sencilla, pero no me importaba. Crecí en un hogar familiar y cálido. Dormía en la misma habitación que mi hermano Hennie, que es dos años y medio mayor que yo. Cuando eres pequeño, esa es una gran diferencia. Pero yo me pasaba la mayor parte del tiempo por ahí jugando al fútbol, así que él tenía su vida y yo la mía.

Yo soy una combinación de mis padres. Mi carácter sociable procede de mi madre; mi ingenio, de mi padre, porque la verdad es que soy bastante ingenioso. Siempre ando al acecho para obtener la mejor ventaja, como mi padre, Manus. Mi padre era un bromista. Tenía un ojo de cristal y apostaba con la gente cinco céntimos para ver quién aguantaba más tiempo mirando fijamente al sol. Se tapaba el ojo bueno con la mano, se pasaba un minuto con el rostro apuntando al cielo y se embolsaba el dinero. Mi madre, Nel, era muy sociable. Para ella, todo giraba en torno a la familia. Tenía nueve hermanos y hermanas, así que además de nueve tíos y tías, también tenía docenas de primos y primas. Lo bueno era que si ocurría algo siempre tenías a alguien para ayudarte. Uno sabía de estufas, el otro dibujaba bien, así que siempre había alguien a quien recurrir cuando surgía cualquier problema. Pero en el fútbol estaba solo; al parecer, el interés que yo sentía los había pasado a todos de largo.

Fui a la escuela Groen van Prinsteren de Ámsterdam, que era una institución cristiana, aunque a mí no me educaron como creyente y había otras escuelas laicas en el barrio. Yo solo entraba en la iglesia para entregar algún pedido de parte de mi padre y, cuando un día le pregunté por qué tenía que ir al colegio con una Biblia en la mochila, él me respondió: «Johan, ahí se cuentan historias muy bonitas. Intento darte todo lo que puedo y, cuando seas mayor, tú mismo podrás decidir qué haces con ello».

Yo quería jugar al fútbol hasta en el colegio y desde muy pequeño empecé a ser conocido como el chico del balón. Cada día me llevaba la pelota a clase, la dejaba bajo el pupitre y me la pasaba de pie a pie durante toda la lección. A veces, el profesor me echaba porque molestaba. Lo hacía de forma tan instintiva que ni siquiera me daba cuenta de que no paraba de pasar el balón del pie izquierdo al derecho. Aparte de eso, no saqué mucho rendimiento a mi paso por el colegio, aunque lo que más recuerdo de aquellos años es que nunca hice novillos. Aunque no me entusiasmaba estudiar, sabía que era algo que tenía que hacer y lo hice hasta que fui lo suficientemente mayor para decidir por mí mismo que ya no quería hacerlo más.

En cambio, recuerdo como si fuera ayer la primera vez que fui al campo del Ajax. Creo que fue en 1952, así que yo debía de tener unos cinco años. Mi padre me preguntó si quería ir con él a entregar unas cestas de fruta para los jugadores que estaban enfermos o lesionados, así que lo acompañé con la bici hasta el club, muy emocionado por poder cruzar sus puertas por primera vez, y no para sentarme en las gradas. Fue entonces cuando conocí a Henk Angel, amigo de mi padre y encargado de aquello. Henk me preguntó si me apetecía echarle una mano y yo empecé al día siguiente. Así que con cinco años empezó mi vida con el Ajax. Recuerdo mi juventud con mucho cariño. Solo conocí amor. En casa, pero también en el Ajax. Gracias al tío Henk, que me permitía hacer todo tipo de trabajos menores en el estadio cuando acababan de plantar el césped o este estaba impracticable en invierno, pude pasar mucho tiempo en el club. Como recompensa, se me permitía jugar al fútbol en el vestíbulo y en los pasillos principales. También pasaba parte de las vacaciones de verano en casa de Arend van der Wel, un delantero del Ajax que se había convertido en amigo de la familia. Acababa de pasar del Ajax al Sportclub Enschede y vivía plácidamente en el campo. Allí fue donde recibí mis primeras clases de conducir, con siete u ocho años, sentado al volante sobre el regazo de Arend. También fue en el Sportclub Enschede donde conocí a Abe Lenstra, que era un auténtico icono de la época. Incluso, una vez, llegué a hacer unos toques con él durante un entrenamiento, algo realmente especial. Pero lo que más recuerdo de Abe es que siempre iba con un balón.

De pequeño veía mucho al tío Henk, en especial después de que muriera su esposa, ya que venía a menudo a comer a casa. Durante las comidas yo le escuchaba hablar de lo que ocurría en el Ajax conteniendo la respiración. También en esa época, cuando yo aún no era ni un adolescente, Arend van der Wel solía venir a comer a casa. Él era un jugador joven del primer equipo, pero vivía en Ámsterdam Norte, que le quedaba demasiado lejos para ir a casa después del trabajo y volver a tiempo para entrenar, así que comía con nosotros. De modo que desde muy pequeño, no solo pasaba todo mi tiempo libre en el estadio del Ajax, sino que el club estaba presente en nuestra casa y eso fue gracias al tío Henk, como siempre le llamamos incluso después de que se casara con mi madre tras la muerte de mi padre; y a Arend, de quien, desde los cinco años, aprendí todo lo que ocurría en el club, del vestuario al primer equipo. Me sentaba a escucharlos día tras día, absorbiéndolo todo como una esponja.

En cuanto fui lo bastante mayor, empecé a corretear por allí yo solo; también jugaba al fútbol en la calle con mis amigos, pero el estadio del Ajax se convirtió en mi segundo hogar. Estaba allí siempre que tenía un rato y nunca salía de casa sin el balón. A partir de los cinco años, cuando iba a ayudar al tío Henk al estadio, siempre llevaba también una bolsa con las botas de fútbol. Nunca se sabía cuándo les podía faltar un chaval para un entrenamiento o un partido de práctica y yo solía tener suerte, aunque a menudo solo porque les daba lástima. Yo era un saco de huesos, parecía una gamba, y se compadecían de mí, lo que en realidad significaba que, aunque yo no debía estar allí y no formaba parte ni siquiera del equipo juvenil, jugué con el Ajax desde muy pequeño. Otro ejemplo de algo en lo que siempre he creído y he intentado transmitir, que se pueden convertir las desventajas, como mi aspecto flacucho, en ventajas.

Me preguntan a menudo cuál es mi mejor recuerdo como futbolista. Sinceramente, no soy bueno con los detalles, ni siquiera de la primera vez que marqué un gol en casa con el Ajax después de convertirme en profesional. Lo que, en cambio, sí recuerdo con mucha claridad fue la primera vez que me dejaron pisar el terreno de juego con el campo lleno. No como futbolista, sino para pasar el rastrillo por el área pequeña. Yo tenía unos ocho años, mi padre aún vivía, a mí no me habían ni contratado pero ahí estaba, en el terreno de juego, frente a un estadio lleno, ayudando a que todo estuviera perfecto para el primer equipo. Es de esas cosas que no se olvidan. Mientras rastrillaba, me sentía responsable de proporcionar la superficie de juego perfecta para mis héroes. Como alguien que ha jugado, dirigido, visto y pensado sobre fútbol toda su vida, estoy seguro de que estas experiencias tempranas de ayudar a cuidar de las cosas, de aprender la importancia de mantener unos estándares, influyeron sobre la persona en que me convertí. Cuando me retiré de jugar y entrenar y creé la Cruyff Foundation para dar a los niños la oportunidad de jugar al fútbol, hicimos una lista de catorce cosas que todos debían respetar. La número 12 habla de la responsabilidad y el respeto por el terreno de juego y por las personas, y todo esto proviene de esa época de mi vida. Como he dicho, todas mis lecciones vitales las aprendí en el Ajax.

A pesar de haber sido un alumno mediocre, siento desde muy pequeño una gran afinidad por los números. Me interesa la numerología. Así que, por ejemplo, me casé con Danny el segundo día del duodécimo mes, diciembre. Dos más doce da el número de mi dorsal: catorce. El año era 1968, y seis más ocho también da catorce. No hay duda de por qué seguimos juntos tras cuarenta y ocho años. Nuestro matrimonio era dos veces bueno. Lo mismo pasa con mi hijo Jordi. Él nació en el 74 y yo en el 47. Ambos años suman once. Y su cumpleaños es el 9 de febrero y el mío el 25 de abril. Eso es nueve más dos y dos más cinco más cuatro. Ambos once.

Los números me fascinan y hasta se me da bien recordar números de teléfono. Mis amigos solo tienen que decírmelo una vez y ya no lo olvido nunca. Quizá por eso soy tan bueno en cálculo mental. No lo aprendí en el colegio, sino en la verdulería de mis padres. Cuando mi padre estaba haciendo entregas y mi madre cocinando, yo tenía que atender a los clientes. Pero como era demasiado pequeño, no podía usar la caja registradora. Así que aprendí a hacer las cuentas mentalmente y, como se me dio bien desde pequeño, eso debió de influir en mi fascinación por los números. Creo que en parte fue mi amor por los números, mi gusto por enfocar las cosas de una forma mental, lo que me hizo empezar a pensar más en los números en el fútbol, en cómo se puede sacar provecho del contrincante, en cómo se puede trabajar mejor con el espacio, como ya había hecho Di Stéfano. Así que, aunque mis padres no me dieron habilidades futbolísticas, sí que me proporcionaron una forma distinta de pensar sobre el fútbol. En lo relativo al entrenamiento físico que se requiere como futbolista, nunca me han gustado nada las carreras campo a través ni los balones medicinales que teníamos que usar en el gimnasio. Siempre que Rinus Michels nos llevaba al bosque a correr, intentaba adelantarme lo más posible y esconderme detrás de un árbol hasta que el equipo volvía a pasar por ese punto, con la esperanza de que nadie nos contara en el trayecto. Aquello funcionó bien durante un tiempo, hasta que Michels se dio cuenta de lo que hacía. Como castigo, tuve que realizar un entrenamiento disciplinario en la pista del bosque a las ocho de la mañana de mi día libre. Michels llegó en su coche a la hora en punto. Iba sentado al volante en pijama; bajó la ventanilla y dijo: «Hace demasiado frío para mí; me vuelvo a la cama». Y me dejó allí como humillación. Me uní oficialmente a los juveniles del Ajax en 1957, con diez años. Yo era un chaval flacucho cuando entré en el Ajax y estoy seguro de que si me hubieran fichado hoy en día me habrían hecho hacer todo tipo de rutinas de ejercicios. Pero no fue así, y yo las habría odiado. Lo máximo que hice fue pedirle a mi madre que me diera más judías verdes y espinacas, por el hierro. Por lo demás, me limité a hacer lo que había hecho siempre, que era dedicar todo mi tiempo libre a jugar al fútbol, tanto en el club como en la calle con mis amigos. Lo importante para mí no solo era jugar al fútbol sino divertirme con ello.

Más adelante, me pasó algo parecido cuando entrenaba a Frank Rijkaard, que siempre fingía una tos horrible cuando corríamos campo a través. Los jugadores solían dividirse en dos grupos y uno seguía al otro. Él se unía al segundo, dejaba que sus compañeros siguieran adelante y se sumaba al primer grupo cuando lo alcanzaban. Así siempre acababa con una vuelta menos que sus compañeros. Ningún otro entrenador se había dado cuenta, pero yo sí. Y me limité a pasármelo bien. Naturalmente, más tarde se lo dije, pero al mismo tiempo me reí mucho. Me encanta esa forma mía de ser, que le debo a mi padre, aunque en realidad también me parezco mucho a mi madre. Años después, cuando yo empezaba a salir con Danny, a veces me apetecía volver a casa más tarde de la hora fijada por Michels. Él siempre recorría Ámsterdam en su coche por la noche para controlar que los nuestros estuvieran aparcados en nuestras casas a la hora. Una vez cogí prestado el coche de mi padrastro y dejé el mío delante de casa. Michels sospechó algo y al día siguiente me amenazó con ponerme una multa. Yo, que aún vivía con mi madre, le dije: «Llama a mi madre, yo estaba en casa». Lo hizo y mi madre me siguió la corriente a la perfección, Michels tuvo que rectificar y mi madre y yo nos reímos a gusto más tarde.

Cuando entré en el equipo juvenil del Ajax con doce años, Jany van der Veen no solo me educó en el fútbol, sino también en normas y valores. Él fue el primero en el Ajax que me enseñó a elegir un camino y seguirlo. Él es otro ejemplo de cómo la vida en el Ajax compensó la educación que no recibí en el colegio. Jany siempre trabajó exclusivamente con los juveniles, pero las ideas con las que trabajaba venían de Jack Reynolds, que había sido entrenador del primer equipo en la década de 1940, y él las aplicaba a nosotros. Fue Jany quien nos enseñó a inventar juegos para trabajar en nuestros errores y poder ser creativos en nuestra práctica. De Michels aprendimos la disciplina, pero de Jany aprendimos a divertirnos. Cuando yo mismo me convertí en entrenador, llevé estas ideas al Barcelona. Como siempre digo, trabajar en fútbol no es trabajar. Hay que entrenar duro, pero también hay que divertirse.

Mis maestros en mi etapa juvenil fueron Vic Buckingham, que dirigió el primer equipo antes que Michels; Keith Spurgeon, que también dirigió el primer equipo una temporada, y, el más importante, Jany van der Veen, el entrenador del equipo juvenil. Van der Veen siempre insistía en un entrenamiento muy concreto, en el que las bases del fútbol constituían el centro de todo. Jugar partidos siempre se alternaba con el mantenimiento de los cinco aspectos básicos del fútbol: chutar, jugar de cabeza, regatear, llevar el balón y controlar y recibir un pase. De modo que siempre andábamos muy ocupados con la pelota. Esta forma de entrenar siempre ha sido la estándar para mí. Me hizo darme cuenta de que la forma más fácil suele ser la más dura. De modo que entiendo que dar un solo toque al balón es la forma de técnica más refinada. Pero para poder tocar el balón perfectamente una vez hay que haberlo hecho cientos de veces durante el entrenamiento, y eso es lo que hacíamos. Esa era la escuela de pensamiento del Ajax, que produciría jugadores que estarían entre los mejores del mundo en el aspecto técnico. En concreto gracias a las técnicas aparentemente sencillas de entrenamiento de gente como Van der Veen.

Pero él no era el único. También le debo algo a Vic Buckingham, que más tarde me hizo debutar con el primer equipo cuando yo tenía diecisiete años. Él tenía dos hijos de mi edad, que se sentían un poco perdidos en Ámsterdam, y como mi madre trabajaba de limpiadora en casa de los Buckingham, yo también iba mucho allí. Así es como aprendí inglés. No en el colegio, sino charlando mucho con la familia Buckingham. Así es como se hacían las cosas en el Ajax: se cuidaba de los pequeños del equipo y se procuraba que se comportaran como era debido. Y en cuanto a los futbolistas, cuando empecé con el primer equipo, Piet Keizer me hizo de mentor. Él tenía casi cuatro años más que yo y, cuando llegué, llevaba tres temporadas en el primer equipo. Yo fui el segundo jugador después de Piet a quien el Ajax ofreció un contrato de verdad, y noté que él se preocupaba por mí. Por ejemplo, se encargaba de que yo estuviera siempre en casa a las nueve y media para que Michels no me sancionara.

Aunque fue Buckingham quien me dio un puesto en el primer equipo, fue con Michels, que lo sustituyó en 1965, con quien creé el lazo más especial. Fue Michels quien protegió al equipo del resto de la estructura de gestión del club, que era completamente amateur. Cuando llegó Michels, estábamos cerca de la cola en la clasificación de liga y él intentó protegernos de lo que ocurría fuera del terreno de juego para asegurarse de que todos nos concentrábamos en jugar mejor y pensar en el juego con más claridad; fue él quien llevó al Ajax a la cima de su juego. El vínculo que creamos en el Ajax es una de esas cosas difíciles de expresar con palabras, porque se convirtió en parte de mi vida fuera del club. Mucho después, cuando yo ya tenía hijos, él se disfrazó de Santa Claus para una fiesta infantil en nuestra casa. Pero mi hija Chantal lo reconoció. Aún puedo oírla diciendo: «Eh, tú no eres Santa Claus, tú eres tío Rinus».

Yo tenía dieciocho años cuando llegó Michels; era el más joven del equipo, pero él me llevaba aparte para hablar sobre la táctica. No lo hacía con nadie más y fue mediante esas conversaciones como se formó nuestro vínculo. Hablábamos de cómo podíamos mejorar si hacíamos ciertas cosas y, ahora lo sé, fue en esas conversaciones donde se desarrollaron las ideas que darían forma al juego único del Ajax que surgió a finales de la década de 1960, mientras el resto de los clubes hacían lo que siempre habían hecho. Él me explicaba cómo quería jugar y qué había que hacer si algo iba mal. Henk Angel, Arend van der Wel, Jany van der Veen, Rinus Michels, Piet Keizer y mucho otros ayudaron a definir aquello en lo que me convertí. Incluso, en determinados momentos importantes de mi vida, fueron más allá de sus obligaciones para apoyarme también fuera del terreno de juego. Pero fue Michels quien, tras la muerte de mi padre, me llevaba al médico porque en casa ya no teníamos coche. Más adelante surgieron desencuentros entre Michels y yo, pero nunca destruyeron para mí la imagen del hombre que estuvo siempre a mi lado cuando yo no era más que un chaval y le necesitaba de verdad.

Mi padre murió en 1959, cuando él tenía cuarenta y cinco años y yo doce. Fue el día en que me dieron el diploma de la escuela primaria. Me enteré de su muerte durante la fiesta posterior. Después de aquello, el Ajax empezó a tener un papel aún más importante en mi vida, porque ya no tenía un padre en casa al que recurrir. Supimos que había muerto de un ataque al corazón porque tenía el colesterol demasiado alto. Su muerte nunca me ha abandonado y, a medida que me iba haciendo mayor, se fue reforzando en mí la sensación de que lo que le había pasado a él me pasaría también a mí. Durante mucho tiempo pensé que nunca llegaría a cumplir los cincuenta. Por eso no me sorprendí demasiado cuando, casi a la misma edad que mi padre, cuando entrenaba al Barcelona, desarrollé problemas cardíacos; estaba más o menos preparado para ello. Pero había una gran diferencia: treinta años después, la ciencia médica fue capaz de salvarme.

Mi padre está enterrado, igual que mi madre, en el cementerio del este de Ámsterdam, que está justo al lado del antiguo estadio del Ajax, y no mucho después de enterrarlo empecé a hablar con él siempre que pasaba a pie, en bicicleta o en coche cerca del cementerio. Lo hice durante mucho tiempo tras su muerte. Al principio le hablaba de la escuela, más tarde, cuando ya jugaba en el Ajax, sobre todo de fútbol: de que el árbitro era un idiota, de mis goles, ese tipo de cosas. Con los años, nuestras conversaciones fueron cambiando, pero nunca cesaron. Siempre iba a hablar con él para pedirle consejo cuando tenía que tomar decisiones difíciles: «¿Tú qué opinas, papá?». Y a la mañana siguiente me levantaba y sabía lo que tenía que hacer. Sigo sin tener la más mínima idea de cómo funciona eso, pero él estaba allí siempre que he tenido que tomar una decisión, y después de hablar con él siempre he sabido exactamente lo que tenía que hacer.

Para entonces yo tenía poco más de veinte años, seguía viviendo en Ámsterdam, acababa de casarme y jugaba regularmente con el primer equipo. Las cosas iban bien, pero en aquella época había muchas broncas en el Ajax y a mí me inundaban las dudas sobre algunas cosas, incluso sobre la ayuda que parecía que me proporcionaba mi padre. Yo no soy muy religioso y empecé a preguntarme cómo sucedía eso. Al fin y al cabo, nadie ha vuelto jamás de la muerte. Fue entonces cuando puse a mi padre un poco a prueba. Le pedí que me parase el reloj si él estaba cerca de mí, en la forma que fuese, para demostrar que realmente estaba ahí y que me oía. Puede ser casualidad, pero a la mañana siguiente mi reloj estaba parado. Mi suegro tenía una relojería y un relojero le echó un vistazo ese mismo día; no encontró nada raro, y al rato volvía a funcionar. A la mañana siguiente, la misma historia: otra vez se me había parado el reloj. Fui de nuevo a la tienda y una vez más tampoco encontraron nada anormal. Esa noche le dije a mi padre que me había convencido de que podía oírlo todo. Al día siguiente mi reloj funcionaba y no ha vuelto a pararse desde entonces. Sigo usándolo todos los días.

Después de la muerte de mi padre, mi madre tenía que ganar dinero y, gracias a la estrecha conexión que teníamos con el club a través de mi padre y el tío Henk, así como por el hecho de que yo estaba por allí todo el día, el Ajax cuidó de mi familia. Una de las cosas que hicieron fue contratarla para que limpiara los vestuarios y también le consiguieron un trabajo como limpiadora de la casa del entrenador inglés del Ajax en ese momento. Fue gracias a esta conexión tan estrecha como yo conseguí entrar en el equipo juvenil. Y unos años después, cuando mi madre se casó con el tío Henk, quien seguía trabajando en el club y se convirtió en un segundo padre para mí, mi conexión con el Ajax se completó del todo.

Aunque mi madre ganara dinero, no nos sobraba para ir de vacaciones, así que me pasaba todo el año en De Meer, incluso cuando ya había acabado la temporada. Fuera el mes que fuera, yo siempre estaba allí jugando al fútbol. En verano, cuando finalizaba la temporada de fútbol, en el Ajax se jugaba al béisbol, y eso también se me daba muy bien. De hecho, fui catcher del equipo nacional holandés hasta los quince años. También era el primer bateador, y era tan pequeño que nunca podían meterme tres strikes. Así que a menudo conseguía cuatro bolas y a la primera base.

El béisbol me permitía centrarme en muchos detalles que después resultarían muy útiles para mí en el fútbol. Como catcher eres tú quien determina el lanzamiento del pitcher porque él no tiene una visión global del campo y, en cambio, tú sí. Aprendí que tienes que saber a dónde vas a lanzar la bola antes de recibirla, lo que significaba que tienes que tener una idea clara del espacio que te rodea y de dónde está cada jugador antes de lanzar. Ningún entrenador de fútbol me dijo jamás que tenía que saber a dónde iba a pasar la pelota antes de recibirla, pero tiempo después, cuando ya jugaba al fútbol profesionalmente, las lecciones aprendidas en el béisbol, como concentrarme en tener una visión de conjunto, surgieron en mí de manera natural y se convirtieron en mi mayor virtud. El béisbol es el típico deporte que puede hacer surgir el talento en los entrenamientos, porque tiene muchos paralelismos con el fútbol. Por ejemplo, la velocidad de arranque, deslizarse por el suelo, orientación espacial, aprender a anticiparse a los movimientos y mucho más. Son los mismos principios que aplica el Barcelona en sus ejercicios de control y pase en los rondos, que son, a su vez, la base de su estilo tiki-taka.

Estoy seguro de que a mí me funcionó, porque seguí profundizando en el béisbol más adelante, lo que significa que como entrenador pude transferir con éxito muchos consejos del béisbol al fútbol. Lo mismo ocurre con la costumbre de intentar anticiparse, algo que también me enseñó el béisbol. Siempre estás ocupado tomando decisiones entre el espacio y el riesgo en fracciones de segundo. Para ser bueno en béisbol hay que puentear el espacio entre el corredor y la base, y mandar allí la pelota antes de que llegue el corredor. También me enseñó pensamiento táctico: tomar la decisión correcta y llevarla a cabo técnicamente bien. No fue hasta más tarde que uní todo esto para crear mi visión de cómo debería jugarse al fútbol. En aquel momento, absorbí todas estas lecciones sin prestar atención al conjunto. Solo era un chaval que llevaba encima un balón todas las horas que pasaba despierto.

Mi época con el equipo juvenil del Ajax, entre los doce y los diecisiete años, fue un periodo muy bonito, porque no había nada en juego. Todos me ayudaban a mejorar y yo aún tenía que conseguir alguna cosa. Solo después, cuando empecé a hablar de táctica, primero como jugador y más tarde como entrenador, comprendí la importancia de aquello a lo que me había expuesto e hice la conexión entre lo que ocurría ante mis ojos, por ejemplo, un partido contra el Real Madrid, y lo que había vivido de niño. Y como lo había absorbido todo de forma inconsciente, siempre mirando, siempre escuchando, me desarrollé muy rápido como futbolista. También ayudó el hecho de que durante mucho tiempo jugué para dos equipos distintos. Incluso después de debutar con el primer equipo como jugador del Ajax cuando tenía diecisiete años, seguí jugando de portero con el tercer equipo. Aquello me encantaba. Además era realmente bueno e incluso un año llegué a ser el portero suplente del Ajax en la Copa de Europa, porque en aquella época solo se permitía tener a un sustituto en el banquillo.

Michels y Jany también nos enseñaron que teníamos que hacernos fuertes psicológicamente. Aún recuerdo el primer truco mental que usó Jany conmigo cuando yo solo tenía quince o dieciséis años, a las órdenes de Vic Buckingham y, más tarde, con Rinus Michels. Van der Veen vio que yo tenía que jugar media parte con los juveniles y, al día siguiente, ser sustituto del primer equipo y, a veces, tener minutos de juego. Aquello me hacía sentir que, como había jugado con el primer equipo, tenía la obligación moral de ser el mejor de los jóvenes. Así es como pensaba que había que jugar y en cada partido intentaba acercarme más a ser el mejor, fuera cual fuera el equipo con el que jugase. La gente decía que yo hablaba demasiado y eso les molestaba, no hacían más que decirme que me callara. Yo estaba en el estadio todo el día cada día, así que cuando tuve la oportunidad de jugar no me resultó extraño porque había conocido a esos jugadores durante la mitad de mi vida. Yo solo era un chaval pasándoselo bien y durante los primeros quince años de mi vida no hubo ni filosofía ni análisis. Solo me divertía. No tenía sensación de fracaso. Tomaba las cosas como venían y eso me encantaba.

En 1965, unos meses después de mi debut, el Ajax me ofreció mi primer contrato. Fui el segundo jugador que firmó a tiempo completo con el Ajax después de Piet; el resto del equipo aún eran jugadores a tiempo parcial, pero yo seguía haciendo chapuzas, viviendo mi vida. Me pasaba la mayor parte del tiempo en la calle con el balón y no fue hasta que conocí a Danny que me abrí una cuenta corriente y empecé a planificar las cosas. Firmé el contrato en presencia de mi madre y cuando salimos de la oficina le dije inmediatamente que había limpiado los vestuarios por última vez el día anterior. No quería que tuviera que entrar a trabajar en la habitación que yo acababa de ensuciar. Ella seguía lavándome a mano la equipación en casa porque no teníamos dinero para una lavadora. Tuve que ahorrar durante unos meses para comprarla.

Hoy en día puede ser difícil llegar a comprender que lo que se suele denominar un «jugador estrella» tuviera que llevarse a casa la equipación sucia para lavarla, pero estas experiencias te forman. Te enseñan a cuidar la ropa, te enseñan a limpiarte las botas y te forman como persona. Más tarde, como entrenador, intenté transmitir esto a los jugadores jóvenes. Con el mensaje subliminal de que, si eres tú quien limpia tus propias botas, sabes qué tacos llevas debajo y acabas conociendo mejor cuanto te rodea. Como entrenador también esperas proporcionar a tus jugadores sensibilidad social. Si veía que algo no estaba funcionando, cuando era entrenador del Ajax y después del Barcelona, hacía que dos o tres jugadores limpiaran el vestuario para reforzar su sentimiento de responsabilidad. He descubierto que este comportamiento es importante en el fútbol porque pones en práctica fuera del terreno de juego algo que has aprendido en él. Pero eso lo descubrí mucho después. Aunque yo lo convirtiera en virtud, el simple hecho de que tuviera que lavar el equipamiento en casa dice mucho de lo poco profesional que era la organización del Ajax hacia 1965, mi segundo año en el primer equipo.

Como Piet Keizer y yo éramos los únicos jugadores profesionales a tiempo completo, solo podíamos entrenar con todo el equipo por las tardes, porque todos los demás tenían otros trabajos, como, por ejemplo, llevar un estanco. Durante el día solíamos ser unos siete en el estadio y a última hora de la tarde aparecían otros a entrenar unas horas si les apetecía. Pero aquello no duró mucho. Especialmente después de que Vic Buckingham acabara su segunda etapa como entrenador en enero de 1965 y fuera sustituido por Rinus Michels.

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Autor: Johan Cruyff. Título: 14. La autobiografía. Editorial: Planeta. Edición: Papel y kindle

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