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Cuando duele el tiempo

Cuando duele el tiempo

La ópera prima de Quique Fernández explora el amor en dos circunstancias muy diversas: la de un matrimonio mayor que ve cómo el lazo que les une se tensa en esos momentos en los que toca preguntarse si vivir así ha merecido la pena, y la de Amaia, su hija treintañera, que está en conflicto con su propia identidad sexual.

En este making of Quique Fernández cuenta cómo escribió Los buenos años (Adel).

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No hay literatura sin cicatrices. Escribir una novela como Los años buenos tiene mucho de exponerse al dolor, de habitar los personajes hasta sentir sus miedos, sus sonrisas, su sangre. Aquí no hay fuegos de artificio que traspasen la tinta para zarandear al lector y dejarlo exhausto. He huido de los planteamientos efectistas, he querido plasmar una historia que podría ser la de cualquiera de nosotros. Cotidiana, pero no anodina. Melancólica, pero con resquicios para un horizonte mejor.

Confieso que siempre hay algo personal en lo que escribo: una anécdota, una escena en concreto, las obsesiones de un personaje… Pero en Los años buenos, al igual que en el resto de mis obras, he pretendido huir de la autoficción. Prefiero que la imaginación sea el principal alimento de mi literatura.

"Hablar de lo efímero de nuestra existencia o de las heridas del paso de los años conlleva un riesgo: caer en el exceso de clichés y lugares comunes"

Me he fijado, por supuesto, en otros autores que han tratado temas similares. Algunos ejemplos son Sara Mesa, Andrés Neuman o Alejandro Zambra. No quiero decir que mi novela tenga similitudes con las de estos escritores, pero sí que me sirvieron de inspiración durante el proceso, sobre todo a la hora de aproximarme a asuntos tan complejos como los conflictos familiares, el sentimiento de culpa o el transcurso del tiempo.

Creo que fue precisamente esto último lo que me supuso un mayor esfuerzo. El tiempo es una de las temáticas que más han trabajado los escritores a lo largo de la historia. Hablar de lo efímero de nuestra existencia o de las heridas del paso de los años conlleva un riesgo: caer en el exceso de clichés y lugares comunes. Como era consciente desde el principio, traté de evitarlo ya en la fase de planificación. Para ello construí a los personajes de la manera más verosímil de la que fui capaz, profundizando, sobre todo, en sus contradicciones.

Rara vez las personas actuamos de la forma que en realidad pretendemos. El instinto nos envenena y nos empuja a tomar decisiones. Después, al haberlas meditado, quizás no nos reconozcamos en ellas. Es ahí cuando hacemos daño y cuando sentimos dolor, y es en esa mezcla de emociones en la que suelen encontrarse mis personajes.

"El proceso de escritura me llevó alrededor de año y medio, dedicando aproximadamente un par de horas al día, cada día de la semana"

Y hablando de ellos, lo cierto es que fue un precioso experimento adentrarme en la mente de personajes tan diferentes a mí: un matrimonio sexagenario y una chica de treinta años que ha entrado en conflicto con su identidad sexual. El trabajo de planificación resultó extenso porque temía caer en incoherencias o actitudes inverosímiles. No escribí la primera frase hasta después de un año perfilando a los personajes, creando la estructura que sujetaría la trama y pensando en el tono que tendrían los dos narradores de la novela. Consideré necesario emplear un juego de voces que dotase de mayor profundidad a la historia, que la tensión no supurase sólo en las acciones de los protagonistas, que también se pudiese reconocer en sus palabras y pensamientos.

Una de mis obsesiones es que el estilo de los narradores esté siempre relacionado con la trama y los personajes. En Los años buenos no he querido utilizar un registro demasiado pomposo ni preñado de imágenes poéticas. Esto se deja ver especialmente en los capítulos de Inés y Óscar (el matrimonio mayor), pues al enfrentarse a las dificultades propias de su edad (los achaques de salud, el propio desgaste de la relación, la figura del cuidador), me pareció necesario emplear un tono más seco y directo, que las escenas hablasen por sí mismas, ya que en ciertos casos eran de por sí lo bastante duras como para adornarlas. Mientras tanto, en los capítulos de Amaia (su hija), sí que me concedí algo más de libertad, usando una verborrea propia de su situación y momento vital.

"Esto es lo que me ha funcionado a mí, pero cualquier otro escritor podría recomendar un método totalmente distinto. En realidad, lo importante empieza ahora"

En cuanto terminé de trabajar todos estos detalles, comencé con el proceso de escritura. Me llevó alrededor de año y medio, dedicando aproximadamente un par de horas al día, cada día de la semana. Las correcciones me ocuparon tres o cuatro meses, ya a un ritmo más pausado. Por último, una vez Adel Editores se interesó por mi manuscrito, invertimos otros tres meses en mejorar ciertos aspectos, hacer pruebas para la portada, etc.

Aunque la constancia y la rutina son esenciales para escribir una novela, pienso que cada cual posee sus técnicas y sus tiempos. Esto es lo que me ha funcionado a mí, pero cualquier otro escritor podría recomendar un método totalmente distinto. En realidad, lo importante empieza ahora: el momento en el que el lector se adentrará en Los años buenos y la hará suya.

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Autor: Quique Fernández. Título: Los buenos años. Editorial: Adel. Venta: Todos tus libros.

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