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Cuando un jaque mate ganó una guerra

La anécdota me apareció cuando buscaba información para el artículo del mes anterior, y me pareció demasiado buena para limitarla a una nota, sin más. Juzguen ustedes mismos.

Les pongo en antecedentes: Siglo XIII, pulso político entre el Sacro Imperio Romano (básicamente, Alemania, Austria, la mayoría de Europa central y territorios de los Países Bajos, Italia y la Francia actuales), imperio digo que se considera heredero político del Imperio Romano de antes, el del “Rosa Rosae” y todo eso; y el Papado, que se considera heredero espiritual no sólo del Imperio Romano, sino del mundo entero (que es lo que tiene tener línea privada y exclusiva con Dios). Busquen el conflicto entre gibelinos y güelfos si tienen más curiosidad sobre el tema.

En 1220 ocupa el cargo de Emperador (que es electo, no hereditario) el rey de Sicilia Federico II de Hohenstaufen. El Papa Honorio III está más que escamado con su elección (ya tuvieron rifirrafes más que serios con su abuelo Federico Barbarroja, también emperador) y pone como condición para el visto bueno de la elección que Federico II participara en una Cruzada para defender los Santos Lugares (el reino de Jerusalén, vamos). Federico lo va retrasando hasta que, en 1225 y casado con Yolanda de Jerusalén, obtiene derechos sobre el trono del pequeño reino. Ya saben, por el interés te quiero Andrés y todo eso… Por fin en 1227 (cuando el nuevo Papa Gregorio IX lo ha excomulgado por incumplir su promesa solemne) parte con un ejército rumbo a Tierra Santa, pero una epidemia diezma su ejército y Federico II ordena dar media vuelta. Gregorio IX dice que hubieran tenido que seguir enfermos o no, que más enfermo estaba el santo Job, y como no se cortaba un pelo, el hombre, y no se puede excomulgar dos veces ¡lo declara el Anticristo y proclama Cruzada contra él! Los reyes europeos, sin embargo, no están por gaitas, le dicen al Papa “no te pases” y a Federico “vete ya antes que le dé algo a este histérico”. Todo ello en lenguaje muy fino y diplomático, claro.

Así que nos encontramos, en Septiembre de 1228, a Federico II desembarcando en el puerto de Acre con un reducido ejército (que es lo que tiene el haber pasado por una epidemia de peste, que se te mueren soldados). Por suerte para su causa, la situación en el lado musulmán no está para tirar cohetes, precisamente: el Sultán Al-Kamil Muhammad al-Malik (sobrino del legendario Saladino) tiene sus propios disidentes internos en Siria y Mesopotamia, soplan vientos de guerra civil y pelearse con un nuevo ejército de bárbaros cristianos, como que no le viene muy bien, precisamente. Pero este “bárbaro” es diferente: con la inestimable ayuda del maestre de la Orden Teutónica, Hermann von Salza propone acuerdos diplomáticos en lugar de liarse a espadazos sin más, como era la norma hasta entonces. Ambos monarcas firman una tregua de diez años que incluye libre acceso a los peregrinos a los Santos Lugares de sus respectivas religiones: para los cristianos, Nazaret, Belén y Jerusalén (excepto a la Cúpula de la Roca, lugar sagrado de los musulmanes). Las murallas de Jerusalén no serán reconstruidas para que no sea una ciudad estratégica sino santa, como debe ser. ¿Y el control político de tales lugares? Pues para sorpresa de todos Federico II propone jugárselo a una partida de ajedrez con Al-Kamil.

Juzguen el pasmo del musulmán, experto jugador por cierto. ¿Es que este bárbaro le quiere retar al pasatiempo por excelencia del mundo islámico? ¡Es como si alguien quisiera discutirle de agua al patriarca Noé! Así que aceptó el trato. Claro, en aquellos tiempos no había internet, así que no podía googlear y descubrir que Federico II mantenía en su corte de Sicilia una selecta corte de filósofos y eruditos, que él mismo había escrito varios libros (de notable calidad) y que era un maestro jugando al ajedrez. Así que sorpréndanse poco si les digo que Federico II ganó la partida, y con ella, la ciudad santa. Federico II hizo valer su derecho de matrimonio y se coronó rey de Jerusalén el 18 de marzo de 1229.

Sorpréndanse aún menos si les digo que tal acuerdo no satisfizo a nadie: El Papa dijo que sus acciones no podían calificarse de “Guerra Santa” porque el emperador seguía excomulgado, y por lo tanto el tratado de paz firmado no era válido. Los cristianos de Tierra Santa no querían un rey “extranjero” y argumentaron que no es válido ni cristiano pactar con los infieles sin que se vierta la sangre… Más o menos lo mismo que afirmaron los musulmanes, que qué es eso, de ceder Jerusalén así, por las buenas. Vamos, que en 1244 Jerusalén pasó de nuevo a depender de los seguidores de Mahoma (y aún tardó mucho, la verdad). No ha vuelto a ser cistiana, pero no desesperen, que el heredero legítimo del trono es nada menos que nuestro rey Felipe VI, y el día menos pensado (tal y como están las cosas en los despachos de los que nos mandan) igual nos plantamos con los legionarios y la cabra a imponer orden entre moros y judíos. Que tan herejes son unos como otros, pardiez…

Si quiere reproducir la partida entre Federico II y Al-Kamil, según la tradición el cristiano jugó con blancas y el musulmán con negras. Y tenga presente las reglas del ajedrez medieval:

Peones, Caballos y Roques (Torres) mueven igual que hoy en día

Alfil. Mueve un máximo de tres (sí TRES) casillas en diagonal en cualquier dirección. Puede pasar por encima de otras piezas, como el caballo.

Alferza (actual Reina). Mueve una casilla en diagonal en cualquier dirección. En su primer movimiento puede mover dos casillas (como el peón) y saltar por encima de otras figuras (como el caballo)

Rey. Mismo movimiento que hoy en día, pero a un rey no se le hace jaque mate ¡Qué es esto de querer matar a un rey! La partida termina cuando el Rey no puede moverse. El “Rey ahogado” de hoy en día.

En la mayoría de Europa no se practicaba el enroque, pero en la corte de Sicilia sí, así como en el mundo musulmán. Así pues, puede utilizarlo en la partida sin mayores escrúpulos de conciencia.

Y juegue con cuidado ¡La apuesta es la ciudad más santa de todos los tiempos!

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