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Cumplida venganza

Cumplida venganza

Cultura y/o turismo

Se hacen eco en El País de los resultados de un estudio realizado por la consultora Ernst and Young, a expensas de la Agrupación Europea de Sociedades de Autores y Compositores, acerca del modo en que la crisis derivada de la pandemia coronavírica afectó a los sectores culturales a lo largo de 2020. Las conclusiones son tan previsibles como nefastas: en toda Europa, las artes escénicas han padecido un menoscabo del 90% de sus ingresos y en el ámbito musical ese porcentaje llega al 76%. En total —sumando otras áreas menos castigadas, como las artes visuales o la literatura—, los déficits suman 199.000 millones de euros en todo el continente. Reparo en una frase del artículo, que firma Carlos Marcos: «En total, las pérdidas de las industrias culturales en 2020 son del 31%, peores resultados incluso que las de la industria del turismo y similares a las del transporte aéreo.» Quiere el azar que caiga también en mis manos el borrador de un manifiesto con el que un colectivo que aglutina a trabajadores de la cultura alza la voz por el, a su juicio, escaso apoyo que el Gobierno de España está prestando a su sector y cuyo texto encabeza el titular «España deja fuera del rescate a la cultura y al turismo de negocios y eventos». La afirmación, de entrada, es discutible. El paquete de ayudas con el que aquí se pretende paliar el desastre en el microcosmos cultural es uno de los más completos de la Unión Europea, y esta misma semana distintos medios internacionales se hacían eco de la «excepción española» y ponderaban que en nuestros pagos se mantuvieran abiertos los teatros o los museos, a diferencia de lo que ocurre en otros países de la Unión; cosa distinta es que cualquier iniciativa se acabe quedando corta ante las dimensiones colosales del desastre, pero tan pertinente como hacer constar lo segundo es tener en cuenta lo primero. De todos modos, lo que menos me convence es esa querencia por vincular la cultura al turismo, al de eventos y negocios o al de cualquier otra índole, porque entiendo que en esa identificación radica parte del problema que afecta a las disciplinas artísticas e intelectuales. Desde que las circunstancias de la vida me han venido conduciendo por los derroteros de eso que hemos dado en llamar gestión cultural, he defendido que las políticas culturales no deben supeditarse de ningún modo a las líneas estratégicas que definen las acciones turísticas, y aunque tenga amigos y gente muy próxima que opina lo contrario y cuyos argumentos puedo entender de primeras, sigo pensando que se comete un error garrafal al establecer una suerte de matrimonio de (falsa) conveniencia entre lo que persigue en primera instancia un beneficio económico —la atracción de capital externo a un determinado territorio— y lo que, a mi entender, debería perseguir otras cosas —la forja de un pensamiento crítico, la toma de conciencia respecto al propio lugar en el mundo, el conocimiento de aquello que configura nuestra humanidad— por encima de cualquier otra finalidad espuria y por más que el éxito en la consecución de esos objetivos pueda conllevar efectos de otro tipo. Al igual que ocurre con la educación y la sanidad, la inversión en cultura no puede tener en cuenta su posterior repercusión en las arcas públicas, sino el valor que la cultura tiene per se, su condición de elemento indispensable para tratar de aproximarse a la complejidad de cuanto nos rodea, para adquirir una cierta noción de quiénes somos, para conectarnos con aquellos que estuvieron aquí antes y con los que vendrán después. Cuando un festival, una programación teatral o un concierto se evalúan no a partir de su pertinencia o su razón de ser en el lugar donde se llevarán a cabo —es decir, al modo en que su celebración redundará en el disfrute o el conocimiento de la ciudadanía a la que se dirigen en primera instancia—, sino atendiendo a los ingresos que puede generar su proyección turística, se cae en el error de desdeñar lo sustancial para primar sobre ello lo epidérmico, dando pie a un efecto tan nocivo como perverso que tristemente hemos visto repetirse en estos meses: si la cultura se rige por criterios comerciales, han de ser éstos los que de manera efectiva marquen la pauta; dicho de otro modo: si se cancela la actividad comercial, hostelera, turística, es lógico que la cultural se cancele del mismo modo o, cuando menos, se postergue. En las ocasiones en que he asistido a alguno de los debates que en estos meses pandémicos se han celebrado en torno al futuro de la cultura, me ha sorprendido que ninguno de los agentes implicados cayera en lo obvio: son las políticas turísticas las que deben decidir si dentro de sus parámetros incluyen o no las políticas culturales, nunca al revés. Defender lo contrario sería como sostener que el valor de la Alhambra de Granada deriva de los ingresos que genera su taquilla, y no del hecho de ser la Alhambra de Granada.

Escurridizo Desiderato

"Tengo muchas ganas de leer esta novela, aunque no sé si estará a la altura esta otra historia, la de la búsqueda del autor por parte de quien soñaba con convertirse en su editor"

En junio de 2013, cuando Jorge Salvador Galindo —heroico responsable de la editorial Pez de Plata— trabajaba realizando informes de lectura para un poderoso grupo editorial, cayó en sus manos un manuscrito firmado por un autor argentino del que no tenía ninguna referencia y al que tampoco consiguió rastrear en las procelosas aguas de Internet. La novela lo entusiasmó de tal modo que permaneció enfrascado en ella toda la noche y al día siguiente se puso a redactar el consiguiente parte, en el que recomendaba fervientemente la publicación de esa obra que consideraba magistral y emparentaba la prosa de aquel perfecto desconocido con las de Isaac Asimov, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges o Ray Bradbury. Pese a que en el informe especificó que el libro encajaba en cualquier sello del conglomerado que tuviera un perfil literario, y por mucho que destacara que su publicación constituía un reto, los responsables no le hicieron caso. El texto, no obstante, continuó dando vueltas en su cabeza, y tres años después —cuando su propia editorial había cogido cierta velocidad y andaba buscando autores con los que ir afianzando su catálogo— se decidió a escribir a aquel escritor casi anónimo, un tal Adrián Desiderato del que seguía sin tener la menor noticia, pero cuyo correo electrónico figuraba en la primera página del manuscrito. No obtuvo respuesta, ni en esa ocasión ni en las muchas en que, durante los meses y años sucesivos, escribió a aquella dirección sin recibir más contrapartida que el silencio. En diciembre de 2018 se lo empezó a tomar en serio. Dado que el sobre en el que le habían remitido el manuscrito llevaba un matasellos de Argentina, contactó con los escritores Matías Néspolo y Tatiana Goransky por ver si ellos le podían ofrecer alguna pista. No fue el caso. Tampoco otras autoras como Leticia Sánchez Ruiz o María Ruisánchez, que tenía familia en Buenos Aires, atinaron a aportar ninguna luz. Transcurrió casi un año hasta que, en una entrevista radiofónica, Galindo mencionó el nombre de Desiderato, el enlace del podcast llegó a Twitter y allí lo pinchó un usuario que pidió amistad en Facebook al editor para ponerlo en contacto con otra persona que lo condujo primero hasta una compañía de teatro y después a un cine de barrio. No localizó allí a Desiderato, pero sí a su hija Maia, y comenzó a dibujarse un futuro para aquel manuscrito que había permanecido relegado más de un lustro. La novela de Desiderato se titula DOM y llegará a las librerías a finales de este mes. Yo tengo muchas ganas de leerla, aunque no sé si estará a la altura esta otra historia, la de la búsqueda del autor por parte de quien soñaba con convertirse en su editor, que espero que Galindo escriba algún día, para solaz y disfrute de los aficionados a los enigmas literarios.

La derrota de don Carnal

"Un virus ha derrotado por sorpresa a don Carnal, concediéndole a doña Cuaresma un reinado que ya resulta excesivo"

En los tiempos anteriores a la peste, era éste un mes agitado por las resonancias festivas de los bullicios carnavaleros, preludio profano y gamberro de esa adusta cuaresma con que el catolicismo disfruta recordándonos que sólo una penitencia adecuada nos salvará de nuestra irreprimible afición al pecado. Quizá la contraposición más célebre entre ambos extremos sea la que plasmó, en una de las obras más gozosas de nuestra literatura, un tipo que respondía por Juan Ruiz y que llegó a oficiar nada menos que de arcipreste en la localidad de Hita. Uno de los pasajes más célebres del Libro de Buen Amor es el que, parodiando los cantares de gesta de su tiempo —hablamos de un texto escrito en la primera mitad del siglo XIV—, relata la encarnizada batalla que libran don Carnal y doña Cuaresma. Se cuenta allí cómo, el jueves anterior al Miércoles de Ceniza, doña Cuaresma reta a su oponente —al que se presenta como un ser mundano y sanguinario— a una batalla que tendrá lugar al cabo de una semana y a la que don Carnal acude acompañado de un ejército compuesto por cabras, bueyes, cerdos, gallinas, cabras y becerros. Doña Cuaresma, por su parte, comparece respaldada por un séquito de verduras y mariscos. El primer combate se salda con un empate técnico y don Carnal, satisfecho por ese resultado provisional, organiza a la noche un banquete que los sume a él y a sus combatientes en una modorra que se revela nefasta, porque doña Cuaresma aprovecha la situación para asaltar los dominios de su enemigo y hacerle prisionero. Al pobre don Carnal lo obligan a confesarse y le imponen una condena que lo fuerza a ayunar y abstenerse de cualquier clase de placeres mientras su némesis se dedica a ir por ahí presumiendo de su victoria e impeliendo a sus fieles a que no se pierdan ni uno solo de los oficios religiosos correspondientes. Al cabo de cuarenta días, y pese a la dieta estricta a la que sus carceleros someten a don Carnal —a quien sólo permiten comer lechuga, alcachofas y lentejas—, éste consigue escaparse y reúne de nuevo a su ejército. Las ansias de revancha son tan grandes que doña Cuaresma acepta que su reinado ha concluido, saca del armario sus mejores galas y, ataviada con ellas, se encamina hacia Jerusalén en la noche del Viernes Santo. Al día siguiente, Sábado de Gloria, don Carnal desfila por la ciudad subido a un carro musical que es la expresión de su triunfo. Por muy sacerdote que fuese, no se esfuerza demasiado el Arcipreste de Hita en disimular su predilección por el vitalismo desenfrenado de don Carnal antes que por el misticismo envarado de doña Cuaresma. Mucho tenemos que agradecer al bueno de Juan Ruiz que, tantos siglos después de su paso por el mundo, aún continúe sacando una sonrisa a quien se detiene en las estrofas que escribió, sobre todo en esta época en la que ha sido un virus quien ha derrotado por sorpresa a don Carnal, concediéndole a doña Cuaresma un reinado que ya resulta excesivo y tras cuyo derrocamiento deberemos tomarnos —es nuestra obligación moral, qué duda cabe— cumplida venganza.

 

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