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De boinas, hormas y paletos

De boinas, hormas y paletos

“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, / y un huerto claro donde madura el limonero”; cantaba Machado en uno de sus poemas. La mía son remembranzas de hombres tocados con boinas, una garrota en sus manos sarmentosas, y mujeres vestidas con batas y mandiles con decenas de bolsillos, de los cuales bien sacaban un moquero, bien un albaricoque o un caramelo de Hellín con los que aliviar la gusa. Todos ellos sentados en la pareta encalada. A sus espaldas, la rambla, y allá, al fondo, la peña blonda que le daba nombre a la aldea, Peñarrubia. Los varones mayores se calaban una boina, que sólo se quitaban en la iglesia y si entraban a casa ajena, como señal de respeto. Llevaban en sus frentes la parte superior más blanca que la inferior, dado que la primera no sufría los embates del sol.

Pasaban su existencia a la intemperie, faenando en labores de una dureza extraordinaria. Recolectaban esparto, con el que se elaboraban canastos, cuerdas y suelas de calzado. Cogían espliego, que llevaban a los alambiques, en los que se destilaba su esencia, muy apreciada en cosmética y farmacia. Levantaban hormas, muros de piedra seca, con las que aterrazaban terrenos en pendiente, contenían la tierra, controlaban la erosión y amortiguaban el daño producido por las inundaciones, ya que la sucesión de hormas escalonadas hacía disminuir la velocidad de las aguas, evitaba que los nutrientes fueran arrastrados y drenaba el agua de manera natural por sus huecos.

Recuerdo haberme pasado horas admirando su arte al devastar las piedras con su piqueta de doble filo, uno vertical y otro horizontal, encajarlas dando golpes de precisión con una maceta sin usar ni una pizca de cemento ni argamasa.

"Contemporáneamente a mi marcha forzosa al pueblo, empecé a darme cuenta de que en televisión no paraban de proyectarse películas de las que ahora llamamos españoladas, en las que se parodiaba a hombres cubiertos con boina"

Mi Maestro, que en sus tiempos de ocio ejercía además de padre mío, nos insistía en que todas las personas mayores debían ser tratadas de usted, indistintamente de cuál fuera su condición social. “El usted lo llevan de serie. El don, como nos enseñó Cervantes, hay que ganárselo: se lo merecen los que son bachilleres. Don Quijote lo era”. Nunca comprobé la cita, pero si lo decía mi Maestro…

De esos hombres con boina y esas mujeres con mandiles aprendí lo que no está en los escritos, a pesar de que muchos eran analfabetos, por no haber tenido la oportunidad de ser escolarizados. De ellos recibí normas de urbanidad, qué plantas son comestibles y cuáles venenosas: “Fíjate si el baladre (la adelfa) es malo que las cabras, que ramonean tó lo que encuentran, no se acercan a él”. Su forma de afrontar una vida llena de penurias, faenando de sol a sol, sin estridencias ni alharacas, con educación y respeto, fue senda por seguir.

Hombres emboinados como Antonio el de Aurelio, Amable, Segura, Braulio, Lozano, Adolfo, Pistolo y tantos otros cuyo nombre han borrado las arenas de mi memoria, llenaron el vacío que me dejaron los abuelos que no conocí. Ellos fueron los mejores mentores que pude tener en mis nueve primeros años, hasta que la despoblación forzó a cerrar la escuela de la aldea y hubimos de desplazarnos al pueblo cabeza de la comarca, Elche de la Sierra. Allí el uso de la boina no estaba tan extendido, pero se mantenía entre algunos mayores. Usaban más la gorra campera, con una pequeña visera. Los que faenaban en el campo o conducían tractores y maquinaria pesada se protegían de la inclemencia solar con gorras con visera más larga, semejantes a las que los yanquis llaman de béisbol, y se ve que para el espécimen que han votado para dirigirlos desde la Casa Blanca son el último grito de elegancia, incluso vestido de etiqueta.

Contemporáneamente a mi marcha forzosa al pueblo empecé a darme cuenta de que en televisión no paraban de proyectarse películas de las que ahora llamamos “españoladas”, en las que se parodiaba a hombres cubiertos con boina: los convertían en el paradigma del zafio. La boina era el atributo esencial para detectar a un cateto, a un paleto, a un gañán más bruto que un arao. Para mí las películas de un Paco Martínez Soria con boina, haciendo de un cenutrio maño, basto pero noble, no tenían ni pizca de gracia. La misma que el Alfredo Landa de Vente a Alemania, Pepe y Cateto a babor.

"Empecé a reconciliarme con la cultura española al mismo tiempo que descubrí a Miguel Delibes. Sus El camino, El disputado voto del señor Cayo y su inmensa Los santos inocentes les devolvieron a las gentes del agro su dignidad"

En los años 60 empezó a despoblarse el campo. Todos querían trasladarse a las grandes urbes, en las que se veían forzados a vivir en barriadas anodinas. A fin de asimilarse a su nueva vida, no tuvieron empacho en renegar de sus orígenes, no sólo abominando de los que llevaban boina, sino también ridiculizándolos. Comenzó a gestarse la sociedad urbanita que nos asola, que piensa que la leche y los huevos nacen envasados ya en los estantes del súper. Que se deja los higadillos en el “gastro” de moda comiéndose unas gyozas desaborías, un sushi que sabe al idem de la Susi o una hamburguesa del buey que acompañó al Niño Jesús en el pesebre. Que va al pueblo mirando a los de allí por encima del hombro, vestido como Rambo en la jungla. Que pone una crítica en sus redes si se encuentra una boñiga de burro o una catalina de vaca o si el gallo canta o las cabras balan. Que mira con asco a los aldeanos que se jalan una de rabo de cerdo, otra de oreja, dos de criadillas y un bocadillo de guarreta. Que renuncia a saborear esas delicias y se va a la casa rural a comerse una  pizza congelada.

Las películas que antes mencioné me incordiaban. Las consideraba una injuria, una falta de respeto a mis viejos con boina. Ninguno de ellos era tan patético como los Martínez Soria y Landa emboinados. Al contrario: eran ejemplo de sabiduría y de saber estar. No se merecían ese desprecio.

Empecé a reconciliarme con la cultura española al mismo tiempo que descubrí a Miguel Delibes. Sus El camino, El disputado voto del señor Cayo y, sobre todo, su magistral, su inmensa Los santos inocentes les devolvieron a las gentes del agro su dignidad. No se recataba en pintar sus muchas sombras y aristas, pero lo hacía con respeto. Nadie mejor que él ha sabido devolver al campo lo que éste nos ha dado.

Doy gracias a la vida por haber descubierto lo fabulosamente buen actor que era Alfredo Landa (lo había admirado ya en El crack, de Garci) saboreando cada uno de los planos que rodó para Mario Camus junto a los también descomunales Paco Rabal y Terele Pávez en la película Los santos inocentes, estrenada en 1984. Por cierto, tanto Paco el Bajo como su cuñado Azarías se cubrían con gorra campera, evolución de la boina, mientras que el señorito Iván (un excepcional Juan Diego) iba a cabeza descubierta. El susodicho señorito Iván usaba a Paco el Bajo como perro de caza, un perrillo faldero que, incluso con la pierna escayolada, le traía las perdices a su amo, con un menosprecio y una falta de consideración apabullante. Intentó hacer lo mismo con su cuñado Azarías, algo retrasado, pero éste lo puso en su sitio (colgando de un árbol) cuando el señorito se extralimitó.

Tal vez llevados por el descrédito que los neourbanitas otorgaron a los que se tocaban con boina, nadie, al menos por el sur, lleva ya esa prenda: arrastra quien la porte aún el estigma de cateto. Aunque los actuales paletos ya no viven en pueblos, sino en zonas metropolitanas.

Mis viejos de la aldea, cuando les preguntaba por qué no edificaban en el cauce de la rambla que dividía Peñarrubia en dos, seca la mayor parte del año, me respondían: “El agua tiene sus escrituras. Va a pasar siempre por donde una vez ha pasado. Más vale dejarle paso libre”.

"Los nuevos catetos y paletos ya no viven en pueblos: se han trasladado a las ciudades. Es más difícil localizarlos, porque ya no llevan boina"

Habito una ciudad, la séptima de España, dicen, donde se han construido urbanizaciones, avenidas y centros comerciales en el cauce de ramblas. Cuando llueve con la furia torrencial con la que periódicamente suele hacerlo en esta desolada región, todo se inunda, causando enormes daños materiales. Los iluminados políticos (más amigos de llenarse los bolsillos con comisiones y prebendas que interesados en velar por el bien común) y sus votantes, que se sacudieron el pelo de la dehesa para no ser tomados por rústicos, han demostrado ser más catetos que los de pueblo permitiendo esos disparates urbanísticos. Y votando lustro tras lustro a los que se forraron consintiéndolos.

El agua tiene sus escrituras y siempre las reclama. La que presume de ser la tercera ciudad en importancia de España y las localidades aledañas disculparon que se construyera a pajera abierta, aun usurpando cauces de ramblas y barrancos. Consintieron que, mientras 232 de sus vecinos perecían ahogados y poblaciones enteras eran arrasadas por la furia del temporal, el máximo dirigente al que habían votado escurriera el bulto engolfándose en un reservado y culpando, después, a tó dios sin asumir ninguna responsabilidad. Dispensaron que toreara a la ciudadanía parapetado en su escaño y que gentes de su misma facción, cómplices por inacción u omisión, sigan cortando el bacalao en esa comunidad: hasta encabezan las encuestas para las próximas elecciones.

¿Y la capital de la nación? La que todos consideran lo más de lo más en vida urbana, ejemplo de refinamiento, faro en el que todo quisque debería mirarse, ha dado la sensación de ser una panda de Pacos el bajo lamiendo las botas de los señoritos Ivanes del momento, muy pocholos, chulapos y castizos, por supuesto. Tras haber sufrido devastadores incendios aún pasean bajo palio a la señorita Ivana de turno, vestida de Isa la exploradora, que recortó lo indecible en prevención de incendios y maltrató a bomberos forestales. A alguien que los chulea usando expresiones indignas de un representante público. Uno con boina no consentiría jamás que le soltaran “chao, pescao” o “un bulo como el culo” cuando le pidiera cuentas a un prócer.

Por no hablar de los que aceptan que el responsable del perfecto mantenimiento de las estructuras ferroviarias del país, otrora alcalde de la decimotercera población más grande del país, siga viviendo del erario público con la muerte de 45 ciudadanos a sus espaldas. Sin pedir perdón ni asumir responsabilidad ninguna.

Según el diccionario de la RAE, el término “paleto” se aplica a una persona rústica y sin habilidad para desenvolverse en ambientes urbanos. “Cateto”, a su vez, se asigna a una persona pueblerina o palurda.

Los nuevos catetos y paletos ya no viven en pueblos: se han trasladado a las ciudades. Es más difícil localizarlos, porque ya no llevan boina.

Mis viejos de aldea habrían corrido a garrotazos a quienes mandaron no respetar las escrituras del agua, se lavaron las manos ante tragedias que costaron vidas de sus administrandos o descuidaron los montes haciéndolos presas de las llamas. Y sin quitarse la boina.

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Manu
Manu
6 horas hace

La boina se lleva dentro, luego sale o no… no es mío, es del gran Josele Santiago. Viene bien para glosar este estupendo artículo, enhorabuena!

John P. Herra
John P. Herra
6 horas hace

Echaba de menos los escritos, disruptivos, como dicen ahora, de este autor. No siempre estoy de acuerdo con él, y mucho menos con considerar que las pelis de Paco Martínez Soria, que era un actor como la copa de un pino, fuesen denigratorias, pero son mayores mis coincidencias que mis discrepancias.

He vivido en grandes ciudades, en ciudades provincianas, pueblos y aldeas, pero siempre me he considerado ‘de pueblo’. Nunca he encontrado en gente de ciudad la discreción, la paciencia ante la mezquindad y las dificultades, el discernimiento y la felicidad de la gente de campo. No serán gente leída, pero llevan encima un carácter curtido y refinado a durante siglos. Les he visto razonar sin doblez y sin perder las formas de una manera que ya quisieran muchos. Siempre con los pies en el suelo. Cretinos los hay en todas partes, pero el cretino es mucho menos habitual en un medio dónde no puedes aparentar lo que no eres por mucho que te empeñes.