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De pueblo (VII). Queta y las alfombras de serrín de Elche de la Sierra

De pueblo (VII). Queta y las alfombras de serrín de Elche de la Sierra

Don José, nuestro maestro, al que los de Franco no dejaron ejercer porque defendió la República, nos repetía al Chache y a mí una frase de un tal Max —no el de los hermanos Marx ni el rojo— Aub: “Uno es de donde estudia su bachillerato”. Mama no me dejó ir nunca a las Escuelas ni mucho menos al instituto. Como tenía el Down, la probeticha tenía miedo de que los chiquilletes la tomaran conmigo. No me conocía: cada vez que alguien me llamaba mongólica o subnormal, me tiraba a por ellos y los arañaba como gato en celo o les arrancaba un puñao de pelos tras tomarles la medida con lo que Papa llamaba la guantá del huertano: que ni falta cara, ni sobra mano. A trompazos me tuve que ganar que me dejaran ser como me saliera de la flor.

Hube de apañarme con lo que me enseñara don José y lo que me contaban la Mari Carmen, la Mónica y la Ana Gema, mis amigas del alma, que eran muy listas y sí que pudieron ir al instituto. La Antoñica, el Ino y el Goli, mis vecinos, también me ayudaron prestándome libros —algunos guarros y tó— para que pudiera aprender lo que a don José no le dio tiempo a enseñarme. Y con lo que aprendí de la Pili en la Asociación y de mis amigas del Biberón voy más que apañá: la Esmeralda dice que sé más que un catedrático. Como el Peribolo, que no necesitó pisar una universidad para saber más que mil doctores.

"Soy de Elche de la Sierra, encrucijada de caminos y antesala de los pueblos albaceteños y jienenses de la Sierra del Segura. Que mi pueblo no llama la atención de primeras. Más bien, parece soso"

Yo me plantaba en el instituto cada vez que organizaban algo: una fiesta en la París, una función de teatro en el Aguado o una rondalla —un barbas de Nerpio, el Raimundo el Blasi, había sido tuno en sus años golfos, y enseñaba a los zagales a tocar la bandurria, la guitarra o el laúd; yo me hice una experta con las postizas y la pandereta—. La Ana Gema, la Tito y la María Jesús hicieron una obra muy graciosa de Arniches, en las que salían el Paco Pepe y el Sergio de Nerpio y a mí sus profesoras, la Adela y la Marivi, más majas que el sol, me dieron un papelico para que saliera vendiendo verduras voceando mis nabos y puerros. Hicimos una gira por tós los pueblos de la sierra —Yeste, Letur, Molinicos, Riópar, Ayna y fuimos hasta el mismo Albacete—. Nuestros paisanos se morían de risa y nos llamaban los cómicos: más agradecíos. Y aunque no era del instituto, como si lo fuera: me dejaron ir a sus viajes a Cazorla con don José Antonio Alemán para buscar flores y yerbas y hacer un herbario, ver ciervos, corzos, tejones y hasta un lobo; al Romea de Murcia para ver Luces de Bohemia con un actor muy famoso de los que salía en Estudio 1 —preciosísimo tó— y hasta su viaje de 3º de BUP a Salamanca, Galicia. Si hasta entramos en Portugal. Fue la primera vez que muchos subimos a un ascensor: en Lisboa nos pasamos toa la noche en el ascensor del hotel. Allí muchos vimos el primer negro de nuestra vida: en Portugal había muchos de sus colonias y por entonces aquí sólo se veían en ciudades.

Ya os he contao que soy de Elche de la Sierra, encrucijada de caminos y antesala de los pueblos albaceteños y jienenses de la Sierra del Segura. Que mi pueblo no llama la atención de primeras. Más bien, parece soso. Como todo lo que no nos entra al principio por los ojos, necesita tiempo y limpieza de alma para captar lo bonico que es.

Está enclavado en una hoya, cobijado por la Peña de san Blas y el pequeño macizo en el que se abre la Cueva de la Encantada. El antiguo caserío se encaramaba a una colina, formando el pintoresco Barrio de los Altos, donde casas humildes, encaladas las más, dan testimonio de la arquitectura serrana, tan austera como estas duras tierras de frontera.

"Quizás lo que más llame la atención al forastero sea la iglesia que parece unir con su abrazo los barrios altos y bajos, toda una señorona de piedra que se viste de oro viejo al atardecer y nos besa si la vemos de lejos"

Es una bendición recorrer sus arterias de agua; como si sus ciecas cantaran. En la Poza nace el Arroyo. Los elcheños han sabido mimar sus aguas para regar sus huertos y sacar frutas y hortalizas, cuyo sabor nos hace reconciliarnos con nuestra infancia. Cuando pruebas una verdura o una fruta amamantada con nuestras aguas te jiñas en los esjraciaos que crían hortalizas y demás en invernaderos y las venden en los supermercaos de pueblos grandes o capitales: saben al corcho que las envuelve. Donde esté un tomate de esos negros que criamos aquí para últimos de julio o agosto, de una carnosidad, aroma y sabores que te ponen el cuerpo jacarandoso… O échate al coleto uno de los de Lietor: verás ángeles al comerlo.

En el Lavadero Viejo nace también un agua prístina. Mama me contaba cómo debía lavar allí la colada entera, llenándose las manos de sabañones por lo fría que estaba el agua y la dureza del frotar sobre esas pilas de piedra. El ayuntamiento lo ha arreglao y lo ha dejao que ni piripintao.

Quizás lo que más llame la atención al forastero sea la iglesia que parece unir con su abrazo los barrios altos y bajos, toda una señorona de piedra que se viste de oro viejo al atardecer y nos besa si la vemos de lejos.

En el patio del Colegio de Cristo Crucificado teníamos a la Carrasca: una encina que decían que tenía más de 900 años. Hace unos pocos se puso malica y se secó. Dejaron parte del tronco para hacerse una idea de cómo era. A mí me da un sentir muy grande. La de tardes que he pasado a su sombra oyendo los pajaretes o, ya de moza, dándome el lote con algún noviete: el que te pudiera pillar alguna monja e ir con el cuento a Mama o a don Grabiel tenía su aquél. Aunque al Chache no se lo puedo decir: se pone morrúo. El Goli y sus hermanicos Ino y Miguel aprendieron a hacer navajas para que no se perdiera el arte que tan famosa hizo a la provincia de Albacete. Compraron varios lotes de la leña de la carrasca y con su madera hicieron navajas y cuchillos. Yo tengo unas cuantas y acaricio su mango: era como cuando abrazaba su tronco enorme y rugoso. Como si aún estuviera viva a mi tacto.

"Aunque lo que más me enamora de mi pueblo son sus gentes. Como en botica, hay de tó: joputas y almas benditas. Porque en Elche, pequeñico como es, cabe el mundo"

Si te gusta el agua, tienes que bajar a Villares y a Vicorto a patear sus arroyos y comerte luego un buen conejo frito anca el Antonio. O subir a Peñarrubia a ver cómo se junta el Taibilla con el Segura en un paraje que parece de película de esas románticas donde el guaperas besa a la pelirroja. Y, si luego vas a la Posada de Peñarrubia y el Delfín te prepara un arroz con ciervo y setas, un atascaburras o un ajopringue, relinchas de gusto. O baja al Puente de Gallego y báñate en el Segura. Sube aguas arriba hasta la Longuera o el Almazarán: cañones espectaculares, bosques de ribera y parajes abandonados por el hombre y reconquistados por la naturaleza. Los americanos mucho fardar con el Gran Cañón y el Río Bravo, donde el Juan Vainas va montao a caballo matando indios. Si el Jon Ford hubiera conocío los cañones que hay entre La Longuera y el Pantano de la Fuensanta, por donde Mama y la madre de Ernesto trotaron cuando eran zagaletas, se hubiera traío a tós los pistoleros aquí. De indios ya hacíamos los del pueblo. Hasta mejor lo haríamos que los indios profesionales: hay cá salvaje aquí.

Luego te tomas en los bares tan hermosos que tenemos un aperitivo con caracoles, crestas de gallo, oreja, mollejas… Te parecerá besar la Gloria.

Aunque lo que más me enamora de mi pueblo son sus gentes. Como en botica, hay de tó: joputas y almas benditas. Porque en Elche, pequeñico como es, cabe el mundo. En lo bueno y en lo malo. Los elcheños son, a primera vista, rudos, pero permeables como los suelos de caliza, que dan lugar a monumentos naturales cuales Los Chorros del Río Mundo.

En una excursión que los del instituto hicieron a Bienservida, la Ana Gema me dijo que me fuera con ellos. Yo me subí al autobús y me senté detrás del Blasi. Era profesor de latín y nos habló de un poeta griego, pero no de esos viejos que están tós muertos y en ruinas, sino de uno más joven, aunque también está muerto, parece, hace casi 100 años. Se llamaba Konstantino Kavafis. Escribió un poema a los griegos que un puñao de años o siglos antes de que Cristo echara los dientes, resistieron en Las Termópilas a los bárbaros, que al final acabaron pasando y matando hasta al apuntador. Pero los griegos murieron tan bien que el poeta les escribió

Honor a aquellos que en sus vidas
se dieron por tarea el defender Termópilas.
Que del deber nunca se apartan;
justos y rectos en todas sus acciones,
pero también con piedad y clemencia;
generosos cuando son ricos, y cuando
son pobres, a su vez en lo pequeño generosos,
que ayudan igualmente en lo que pueden;
que siempre dicen la verdad,
aunque sin odio para los que mienten.

Esos versos me se quedaron clavaos: creo que retratan muy bien a los elcheños, pues en la abundancia y en la estrechez se muestran generosos, hospitalarios, sin estridencias, con y por convicción. Basta para comprobarlo acercarte, bien en sus fiestas de septiembre, bien en las de febrero. En nuestra sangre está compartir. Pásate por cualquiera de nuestras peñas y seguro que te invitan a un quinto u dos. Al final va a ser que el Kavafis era del pueblo y no griego.

Tenemos muchos defectos, como cualquier hijo de vecino, pero entre nuestras virtudes está el saber remar todos a una. Lo podéis ver si venís a conocer nuestras Alfombras de Serrín, que se celebran el fin de semana posterior a la fiesta del Corpus. Que este año cae la noche del 5 al 6 de junio.

En 1964 Francisco Carcelén, el que tiene la tienda de ropas enfrente de la plaza de abastos, regresó de un viaje de trabajo a Cataluña. Venía impresionado de la costumbre de aquellas tierras de alfombrar calles y plazas con flores, para que sobre ellas pasara la Custodia del Corpus Christi.

Ni la climatología ni, sobre todo, la economía del pueblo permitían hacer lo mismo. Tras meditarlo largamente, ideó un sucedáneo mucho más modesto y asequible: sustituir los pétalos de flores catalanes por viruta tintada.

"En la Noche de las Alfombras acontecen muchos milagros en este pueblo. Rondando la media noche, la Magia se adueña de las calles y plazas más céntricas"

Buscó la complicidad de nueve mozos y no tan mozos, compañeros suyos de los cursos de cristiandad. Y, a escondidas del resto del vecindario, en la noche del 28 de mayo del 1964, los diez hombres alfombraron con virutas de colores el recorrido de la procesión. El pueblo se levantó maravillado al ver tal prodigio.

Desde entonces, se viene celebrando este acto, alfombrando calles y plazas, en un recorrido cercano al kilómetro.

En la Noche de las Alfombras acontecen muchos milagros en este pueblo. Rondando la media noche, la Magia se adueña de las calles y plazas más céntricas. Aquellos que de día parecían toscos vecinos, con la salida de la luna se convierten en vehículo de los dioses. Infunden vida a cenefas, motivos vegetales, animales, santos o vírgenes. Con sus manos y cernedores.

Meses antes, se juntan los “maestros alfombristas” de cada peña. Cada uno trae un diseño que ha rastreado y cree conveniente para alfombrar el tramo de calle o plaza que les haya correspondido. Una vez elegido el boceto, pasan a diseccionarlo y, como verdaderos forenses, analizan cada detalle, cada color, cada tono, cada trazo, cada matiz y estudian cómo conseguir esos colores y tonos mezclando los serrines, tintados con colores primarios.

A continuación, tras haber cuadriculado hasta la extenuación el dibujo, se lo pasan a un carpintero para que, a partir de tablés de madera, corte moldes con una precisión absoluta, que los guíe durante la confección de la alfombra. Los moldes, sobre todo si están pensados para una de las plazas, asemejan gigantescos y complicadísimos puzzles, que parecen encajar sólo en la mente de los maestros alfombristas.

La tarde anterior, tras recoger de los almacenes municipales los sacos de serrín o virutas tintados, los maestros hacen experimentos buscando conseguir los colores deseados para cada rincón del boceto. Van separando éstos en sacos debidamente etiquetados y dejando secar las mezclas.

"Maravilla verlos cuidar, hasta el más mínimo detalle, el brillo de las pupilas, las arrugas de la cara o de las manos, arrodillados durante horas o suspendidos en precario equilibrio de un listón para rematar los detalles finales"

Tras copiosa siesta y fugaz cena, la noche del sábado empiezan a eso de las 23 horas a barrer a conciencia los tramos de calle y plaza asignados. Los que comienzan a iniciarse en el arte, generalmente pandillas de niños y adolescentes, auxiliados por algunos padres ya expertos, se afanan en los tramos menos vistosos, con más pendientes y suelo más irregular: es su entrenamiento antes de bajar, en años sucesivos, a la zona adoquinada y más lucida.

Los grupos mejor clasificados en los concursos anteriores obtienen los mejores trozos, adoquinados, que hacen que las alfombras luzcan mejor si saben aprovechar —y lo saben— los relieves del pavimento. Sólo los más expertos y abnegados —todo hay que decirlo— se encargan de las 3 plazas del circuito, siendo la más vistosa y, por lo tanto, confeccionada por los que ganaron el concurso de plazas en la edición anterior, la de la Iglesia. Y la más difícil, por tener una farola con isleta en el centro, la del Ayuntamiento, ya que requiere un diseño original y arriesgado, a fin de integrar en el mismo farola e isleta.

Armados de cernedores de diferentes tamaños y formas —algunos de original elaboración artesanal—, de depósitos de agua para ir humedeciendo el serrín ya echado en el suelo y hacerlo más pesado, para que no se lo lleve el viento, y de sus propias manos, los grupos de alfombristas obran portentos.

Unos se ocupan de los bordes o marcos del diseño, otros de las figuras centrales, siendo responsabilidad de los más expertos, verdaderos genios del dibujo, las escenas donde haya rostros y manos de personas, santos o ángeles. Maravilla verlos cuidar, hasta el más mínimo detalle, el brillo de las pupilas, las arrugas  de la cara o de las manos, arrodillados durante horas o suspendidos en precario equilibrio de un listón para rematar los detalles finales.

Emociona verlos levantar con pulso firme los moldes y descubrir bajo ellos, casi como por arte de magia, una de las diferentes capas de la alfombra ya esbozada. Sorprende que sobre ésta monten otros moldes y que superpongan una y otras capas, hasta conseguir el relieve que buscan.

"A eso de las 9 de la mañana del domingo, los alfombristas van rematando las alfombras más complejas"

Casi nadie duerme en el pueblo: cerca de tres centenares de personas trabajan en las diferentes alfombras, varios miles de vecinos y visitantes asisten atónitos a los diferentes milagros artísticos que ven erigirse ante ellos, sin dar crédito a que de manos y mentes aparentemente tan toscas y rústicas de aquellos serranos nazcan diseños como aquéllos.

Participa todo el pueblo: en fechas previas, en el Colegio Público algunos profesores han hecho con sus alumnos talleres de alfombras para instruirlos en los fundamentos de las mismas. La misma mañana sabatina los ilusionados miembros de la Asociación de Alfombras de Serrín, que le han dado a la fiesta un aire nuevo y se dejan la piel dándola a conocer por doquier en Congresos y encuentros sobre Arte Efímero, imparten talleres destinados a un público infantil, nativo o foráneo. Niños y padres disfrutan como macacos dibujando sus personajes favoritos en el suelo del Paseo.

A eso de las 9 de la mañana del domingo, los alfombristas van rematando las alfombras más complejas. Atentos siempre a que ninguna inclemencia metereológica, en forma de chaparrón o ráfaga de viento, o un perro o gato que pase por allí o un paseante torpe que pise arruinen el trabajo de tantas horas.

He visto a jóvenes bragados llorar de rabia y frustración cuando un torbellino se ha llevado por delante media alfombra, inconsolables, al verla ya terminada y sin ganas ni tiempo para reiniciarla y concluirla antes de que pase la procesión.

Si se quiere disfrutar del espectáculo de calles y plazas exquisitamente engalanadas, conviene ir antes de mediodía, pues a esa hora sale de la iglesia la procesión, precedida por una custodia y escoltada por manolas y los niños que han hecho la comunión ese año. Pasan por encima de todas. ¡Cómo duele ver pisoteadas, borradas, holladas semejantes maravillas! Pero, supongo, en eso consiste su grandeza. En su fugacidad.

"Fijaos que en una alfombra a lo mejor hay 30 tonos de colores diferentes: imaginaos las mezclas que habrán hecho para sacar cada uno"

Los del Biberón llevamos casi 40 años haciéndolas y eso que vamos cincuentones y, sobre todo los hombres, tienen barriga cervecera y michelines morcillones. Suelen ser el Ernesto y el Goli los que con el Felipe, que no es de la peña, pero lo tenemos adoptao, empiezan a darle vueltas al boceto. Buscan en el internet algún cuadro de esos preciosos. El Felipe tiene que dar el visto bueno, porque él y su Mari Carmen son los que suelen hacer a mano las partes más importantes de la figura: dicen que lo más difícil son los ojos y la expresión de la boca. Que es como si fueras Velázquez pero pintando a mano o con un bote agujereao, con serrín o tierra blanca. Ernesto es quien ha de cortar con su sierra la mayoría de los moldes: es maestro carpintero y él tiene en su cabeza cómo ir encajando capa sobre capa las piezas de un puzle mágico. Cortar los moldes puede llevarles más de un mes, por eso se pasan por su taller de vez en cuando alguno de la peña para ayudar.

El Goli, el Miguel, Ernesto y el Felipe hacen de drogueros mezclando los colores que el ayuntamiento da. Ellos te entregan unos sacos con los colores básicos, pero tiene que ser cada maestro alfombrista el que vaya sacando los tonos específicos que quiere para cada zona. Fijaos que en una alfombra a lo mejor hay 30 tonos de colores diferentes: imaginaos las mezclas que habrán hecho para sacar cada uno. El Chache me ha salío muy torpón: él se encarga de que no les falte cerveza. Y de agarrar la escoba y barrer a conciencia la calle o la plaza que nos haya tocao. Ya se encargan la Esmeralda o la Mónica de que no quede una miaja de polvo allí. Luego el chiquillo carga una mochila de esas de fumigar, con agua y una pizca de cola de carpintero: con la mezcla va humedeciendo, poco, la parte terminada para que resista mejor a los soplos del viento. Allí nos ves a tós, arrodillaos o tumbaos sobre listones, echando serrín, levantando moldes con un cuidiao infinito, perfilando con pinceles. Toa la noche sin dormir, reventaos, pero con el alma saltarina: sabemos que cuando salga el sol, se deslumbrará con las maravillas que sabemos hacer: por algo somos Fiestas de Interés Turístico Nacional. Y porque aún no nos dejan ser internacionales, aunque nos han llamado para hacer alfombras en Sicilia, en el Vaticano, en Japón y en Méjico.

Y hemos organizao hasta un congreso de esos internacional y han venío aquí de todas partes de España. De Japón, del Tibet, Méjico, Italia… a hacer cada uno alfombras a su manera: unos con maíz y otras legumbres, otros con tierras volcánicas, tizas de colores raspadas y mil maravillas más.

Como para no estar orgullosa de lo que somos. De pueblo. De Elchecico de la Sierra.

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Fotos: Rodrigo García Rodríguez.

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