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De Salinas, la juventud y el regreso

—¿Qué haces?

—Poca cosa.

—¿Lees?

—¡A ver!

—¿Ya hablas como los segovianos?

—Casi. Me gusta esa expresión.

—A mí también, personaje. ¿Lecturas?

—Pocas. O quizá demasiadas. No lo sé bien en estos tiempos de muerte y desesperanza, creador.

—Sí. Pocas cosas apetecen, pero parece que estar en casa ha provocado que la gente mire más hacia los libros y, además, los coja, los abra y los lea.

—Yo he leído y dejado algunos sin terminar, como últimamente.

—La soledad obligada es peor que la elegida.

—Lo es.

—¿Me cuentas, personaje?

—Te cuento, creador.

Visitar una biblioteca —antes del confinamiento en este caso— siempre le aporta a uno ideas o sencillamente las ve allí expuestas. Ideas de lectura, se entiende. Así, di con un libro que me ha devuelto el pasado en forma quizá más de recuerdo que de nostalgia. Aunque la juventud pasada siempre es nostálgica. A ciertas edades se odia la juventud, se odia el recuerdo, se odia la nostalgia…

—¡No me seas pesimista, personaje! Tú eres joven. Te he creado yo.

—Cierto. Además, igual ahora se dice coropesimista, que hasta el lenguaje anda de cabeza.

—¿Qué encontraste en la biblioteca?

—Te cuento.

—¡Sí, venga! Pesado…

Vi en una estantería donde se colocan las novedades Pedro Salinas, una vida de novela. Idea manida pero dado que la autora (Montserrat Escartín Gual, por cierto, gracias por existir) habla de un poeta, tiene cierta —poca— gracia. Sí la tiene, y mucha, la biografía-ensayo sobre el poeta del amor. Quizá un poco densa para un lector medio, pero claro, ¿qué es hoy un lector medio? En fin. Un estudio clásico sobre un clásico. Y si lo edita Cátedra, más sensación de clásico aún. Uno lo lee como una aventura dentro de la vida de alguien a quien se quiso de joven como poeta y cuyos poemas hasta fueron regalados a la amada de turno.

—¿Pero tú has tenido amadas juveniles, personaje?

—Alguna habré tenido, ¿no, creador? ¿O me has traído a este extraño mundo, aquí encerrado en una hoja en blanco, a su vez inexistente o virtual, lo que es lo mismo, para ni amar ni ser amado en mis años jóvenes?

—Está bien. Veremos con el tiempo si tienes amores de juventud. Pero tú no eres ni viejo ni joven, eres mi personaje.

—Anda, anda. Deja las supremacías. Sigo.

El caso es que la primera vez que vi el libro lo hojeé y me impuso un excesivo respeto. La segunda vez que lo vi, puesto que seguía en el mismo sitio días después, me lo llevé a casa. No paré de leerlo, claro. Y no sólo porque tenía dos semanas de plazo para su devolución. Es un libro que me compraré, releeré y subrayaré, porque me gusta subrayar los estudios y las biografías. No así las novelas.

—¿Y te gustó o no?

—Sigo.

Me encantó. El conocimiento que posee Escartín Gual de Salinas es descomunal. No es la suya una escritura de tesis sino literaria. Tomé algunas notas y entre otras cosas recuerdo que me enfadé mucho con Salinas. Hizo una vida convencional estando enamorado de otra. Eso no me gustó. Me pareció de escasa valentía. Y creo que un poeta, habitualmente, debe ser valiente (escribir poesía es de valientes). Vivió con quien quería pero no con quien amaba. La poesía estableció ese difícil puente entre la mentira y la verdad en el amor, o debería decir Amor. En resumen, el libro es magnífico. Lo siguiente que he hecho es desempolvar las poesías completas de Salinas, el poeta que más quise en algunos de mis años más jóvenes. Ya he leído algunos poemas. No hay duda de que los leeré todos.

—¿De nuevo?

—De nuevo.

—¿Algo más que contarme?

—¿Aparte de que odio la palabra coronavirus?

—Claro.

No sé si después leí un librito de Elias Canetti (El otro proceso de Kafka, ed. Nórdica Libros), que me regaló mi amigo Manu (o tu amigo Manu, creador, que ya no sé bien) el 7 de diciembre pasado, o leí unos ensayos de Montaigne, autor de cabecera para tanta gente y espero que para mí.

—¿A ti te gusta Montaigne, creador?

—¡Eres tú quien habla, personaje!

—Sí, perdón. Sigo.

Lo bueno de los ensayos de Montaigne es que se puede leer cada día uno y reflexionar sobre el mismo o dejar que la imaginación vuele sin tanta responsabilidad. Yo dispongo de los tres volúmenes de Cátedra, aunque Acantilado los editó magníficamente en uno solo. No tengo nada que aportar de Montaigne. Ni siquiera proponiéndomelo. Se ha escrito todo sobre su obra por gentes de alto rango literario y filosófico. Lean ustedes y verán. Si la conocen, nada nuevo les digo. Si no la conocen, igual me lo agradecen.

—¿Me dices algo del libro de Canetti?

—Ah, sí.

Es un breve ensayo sobre las cartas de Kafka a Felice. Ya sabes, creador, que yo leo todos los libros en cuyo título aparece la transparente palabra Kafka, como debe pasarle a Manuel Vilas. ¿O no te parece transparente a pesar de que a muchos les parece translúcida? Incluso he llegado a soportar 250 páginas de un libro de Murakami en cuyo título estaba la palabra Kafka. Después lo dejé, claro. El libro de Canetti alumbra un poco más sobre Kafka y todo lo que eso representa ya es bueno. ¡Queremos saber todo sobre Kafka! Pero más me ha interesado, sobremanera, diría yo, la autobiografía de Canetti (Historias de una vida, ed. Galaxia Gutenberg), lectura larga y erróneamente aplazada. ¡Una delicia! Más de 1.000 páginas. Compuesta por tres volúmenes. Voy por el primero y he dejado el libro, tocho, en la estantería para que repose otro tiempo y volver a él con más ganas aún, que estas cosas de aplazar lecturas maravillosas me pasan, creador. Así es uno…

—¿Tú me vas a decir como eres, personaje?

—Perdón, a veces elevo un poco el tono.

Ahora que no me oye mi creador, no descarto un día de éstos salir por piernas.

—Sí te oigo, personaje…

—Perdón. ¿Sigo?

—Sigue. Y ve terminando que hoy, confinado como estoy, me estás cansando más de lo habitual.

—Voy.

No mucho más, la verdad. Sólo que he regresado a Boris Vian, escritor que no ha vuelto a ponerse de moda, o quizá siempre lo esté, a pesar de haberse cumplido el centenario de su nacimiento. Un escritor de mis años jóvenes.

—¿Otra vez con tus años jóvenes?

—Bueno, es una manera de hablar…

—Vale, venga.

O quizá debo dejar a Vian para otra ocasión. Porque es obvio que me gustaría escupir sobre tu tumba.

—¿Es una forma de hablar, verdad, personaje?

—¡Claro, creador! ¿Qué puede ser si no?

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