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De Elvira Sastre a Carver

Lecturas atrasadas, con trama, con final, al contrario que uno de los magníficos consejos de Antón P. Chéjov a sus futuros “copiadores” de cuentos o incluso a los escritores que mirándolo a él aún tengan talento, estén al margen, con Chéjov pero sin Chéjov. Porque ¿de qué sirven las influencias? ¿No es cierto que las influencias matan? ¿O es al contrario?

—¿A qué consejo te refieres, personaje?

—¡Has tardao!

—El consejo, por favor.

—El que da título al libro de Chéjov editado por Piero Brunello: Sin trama y sin final: 99 consejos para escritores (Alba Editorial).

—Vale. Puedes continuar.

—¿Tan importante es la precisión, creador?

—Seguro que de ella habla también Chéjov.

—Sigo.

—Sigue.

Decía, venía a decir, que no sé bien a veces si abordar lecturas atrasadas o seguir el curso de la actualidad más o menos próxima. En esta ocasión no me he retrasado mucho, salvo en el caso del libro citado, que es de 2002 y en España vio la luz en 2005.

—¿Qué haces tú habitualmente, creador?

—Me dejo llevar, personaje. Leo a impulsos. Tanto por la implacable tensión de estar o creer que se puede estar al día como dando tumbos en tiempos pasados, casi siempre mejores que éstos.

—Mejores que éstos… Yo no me quejo. El bebé, que va siéndolo menos, ocupa buena parte de mi tiempo y me da buena parte de mi felicidad, que no es como la de los demás, pues cada uno tiene o busca la suya.

—¡Libros, personaje, libros!

—Bien. Entendido.

Llevo unas semanas ya, quizá meses, tratando de comprar y leer el libro de Elvira Sastre, con el que ha ganado el Biblioteca Breve, hasta hoy uno de los más prestigiosos de las letras en España. Tampoco sé cómo se llama el libro, luego lo miro. Es que Nicolás, como digo, no me deja tiempo para mucho. Miro en el móvil. El libro se titula Días sin ti. Nada nuevo bajo el sol. Yo habré escrito esas tres palabras cincuenta veces. Y ustedes, si son poetas, muchas más, aunque al final sólo las dejaran escritas una vez para no repetirse. Pero no voy a esto, que la frase no deja de ser lírica y hermosa. Voy.

—¡Ve, ve, por favor! ¡Ve ya!

—¡Creador, qué marcaje! ¡Voy!

Es ésta una de las pocas veces, si no única, en la que he leído cuatro críticas literarias que bien ponían en duda la existencia de una buena novela y si había que leerla o, las más, tres de ellas, en las que se pone a caldo la primera novela de un escritor, escritora en este caso. Incluso con saña. Se llega a decir que la novela es “muy mala”. Los críticos no me han parecido muy valientes, precisamente. Lo que han hecho era muy facilito: masacrar al escritor. O lo que es peor, a través de sus críticas a la novela, poner en cuestión la concesión del Premio Biblioteca Breve arremetiendo contra la premiada y no contra el quid de la cuestión. La editorial, Seix Barral, ha reaccionado de una manera que no veía hace años o que, de hecho, no veía: responder con una página entera de publicidad en los periódicos de tirada nacional con las elogiosas opiniones de los lectores, que son a fin de cuentas quienes marcan el camino a seguir de las editoriales con el actual objetivo de lograr grandes ventas, cuestión por otra parte de lo más legítima.

Me hubiera gustado que los críticos hubieran dejado en paz la novela de Elvira Sastre y se hubieran ensañado de la misma manera con la razón “lógica” de esta concesión si no fuera por la calidad de la obra: aprovechar que Elvira Sastre es una conocida poeta seguida por miles de lectores en internet, que es joven, que es mujer en estos tiempos necesariamente reivindicativos para ellas, y que todo ello podría formar un fenómeno literario de ventas como parece está siendo (ya lleva unas cuantas ediciones). La pregunta es: ¿sirven ya de algo los premios literarios aparte de para vender obras que de otra manera nadie leería? ¿Tienen los jóvenes escritores alguna posibilidad en estos premios donde el marketing prima sobre la calidad, aunque a veces coincidan: ni uno ni otra son buenos? Una vez conocido por todo el mundo el valor de los premios, ¿por qué la crítica literaria ataca con dispar medida a unos y a otros? ¿Todos los premios Planeta son buenos, o al menos correctos? ¿A todos los finalistas del mismo premio les ocurre igual, que son buenos o llevaderos? Por poner como ejemplo el premio más codiciado y de mayor dotación económica. Y perdón, señores de Planeta, no es nada personal.

—Menos mal que al final has sido un poco educado, personaje.

—La educación es el bastión de la verdad.

—Y menos mal que no escribes ni te vas a presentar nunca a un premio. Porque lo llevarías claro, personaje.

—Sí. ¡Menos mal!

—Y los críticos no te digo. Te iban a poner a caldo.

—Sí, como a muchos escritores que conozco y a los que han arruinado la vida. Pero ese es otro tema.

—Lo es. No me líes ya más, personaje. Háblame de libros.

—Hablaré de alguno más, sí.

Han pasado unas semanas de inconsciencia con respecto a esto que se llama “blog” y sí, he podido comprar un ejemplar de Días sin ti, de Elvira Sastre, como ya he dicho. El mío es de la tercera edición. Pregunto al librero si lo ha leído y me dice algo así como: “Me gusta más la literatura de mayores; ésta es para gente joven”. Una manera magnífica de echar balones fuera, lo que se entiende: su labor es vender libros. Empiezo a leer el libro con ganas. Las ganas me duran 58 páginas. Los críticos tal vez tengan razón. El libro, literalmente, se me cae de las manos. Tras varios intentos serios desde las primeras páginas sólo puedo llegar a la citada. ¿Me pierdo mucho hasta la página 251, última de la novela? Me temo que no. No puedo juzgar más que esas 58 páginas. Hasta ese momento, sí, es una novela mala para adolescentes. Lo peor es que no la escribe una adolescente, lo cual tendría un pase, sino alguien de 27 años. El mercado manda. También nada nuevo bajo el sol. Sólo añoro que el Biblioteca Breve lo han ganado escritores como Luis Goytisolo, Juan García Hortelano, Caballero Bonald, Vargas Llosa, Cabrera Infante, Juan Marsé, Carlos Fuentes, Juan Benet… ¿Sigo? ¿Ganarían hoy las novelas premiadas de estos autores algún premio? ¿Defendería alguna editorial con tanto ahínco a uno de estos autores por recibir malas críticas sólo para vender más y aprovechar o crear una nueva polémica editoriales-críticos? ¿Da igual hacerse estas preguntas?

—Sí, personaje. Da igual.

—¡Creador, me has robado lo mejor, la respuesta! Pero coincido contigo.

—Deja el mundo farragoso de las polémicas sobre los premios. ¡Libros!

—Sí, este tiempo he leído alguno. Pero creo que sólo comentaré uno más.

—Adelante, personaje,

—Gracias, creador.

Creo haber anotado algo así como esto en su momento: “Leo poemas de Carver, ya sí, centrado, y me gustan. Historias pequeñas de vidas no siempre grandes, pero hermosas como toda vida digna, sencilla, humilde, única. A fin de cuentas, única. Es lo poco que de verdad nos caracteriza: todos somos únicos. Es nuestro toque de distinción. Lo demás ya no está en nuestras manos…”.

—Veo que la poesía de Raymond Carver (Todos nosotros, editorial Anagrama) te ha llegado.

—Me ha llegado. Sigo con otras anotaciones espontáneas, intranscendentes, porque ni siquiera nuestras anotaciones son originales: siempre las escribió o pensó antes alguien.

“Leo poemas de Carver. Historias sencillas (ya dicho más arriba). Prosaicas realmente. Personajes de abajo. Americanos medios. Sentimientos huérfanos. Vidas rotas. Rara vez presume el lenguaje, al menos en español, en inglés no lo sé. Surge la pregunta eterna: ¿Se puede leer poesía traducida? Siendo prácticos, no nos queda otra. Están el padre, la madre, el hermano, la mujer… Poesía de su vida. Poesía de su mirada. Se parece a la prosa, rara vez sentimentaloide, rara vez cursi, nunca en realidad. Pero hay amor a primera vista. Casi más claridad que en los cuentos. Sin casi en realidad. ¿Dónde está aquí el talento? En dejarse llevar. Carver lo hace y lo encuentra. Lo tiene. Es suyo. Nadie se lo puede arrebatar. Sólo imitarlo o quererlo. Es tan duro leer para perder en el envite. Leer buena literatura es perder: no se puede igualar. Sigo leyendo a Carver”.

—Creo que está bien de anotaciones, creador.

—Sí, ya está bien, personaje.

—¿Te he aburrido?

—Sueles hacerlo, pero no te preocupes: nadie te dará un premio.

—¿Y tú?

—Conmigo estás a salvo. Te he concedido el premio de existir.

—¿Humildemente?

—Humildemente.

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