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De toros y ballenas

El gancho, el ejecutor de metal con un filo anguloso, como de objeto demasiado bello para tener la finalidad que se le da, se clava en la carne. Traspasa el pelo, la piel, el músculo y se aloja en él. Atraviesa la piel lisa, negra, corta las fibras musculares, que ya no son parte de una misma unidad, salpica agua y sangre, y no se escucha la rotura de la tersa silueta hidrodinámica, y aún así casi se puede imaginar. El toro no muge, es noble, dicen los ignorantes, esos seres con boinas que los crían en el campo, dehesas, campo, leches, y que por ser responsables de traerlos a la vida se creen los más entendidos en el animal. Qué será eso de la testosterona, de la adrenalina, de los mecanismos de un sistema nervioso seleccionado siglo tras siglo para producir una línea de animales válidos para satisfacer las ignorancias y las rudas filias de quienes disfrazan la crueldad. Lo que sí escucho, si no es el lamento del toro, es la banderilla al clavarse. Si se está lo bastante cerca, si obvias la horda de sadismo que te rodea, puedes escucharlo, puedes incluso desear que esa cosa se te hubiera clavado a ti, porque sabrías arrancártela y metérsela bien hondo, por el culo, al energúmeno disfrazado como un candelabro.

"Esto de asaetear toros en un ruedo, de clavar cosas, afiladas o no, oxidadas, con placer, en animales indefensos, no encaja por desgracia en otra descripción"

El calderón sí se lamenta, chilla, de esa forma resonante, aguda, que abarca espectros auditivos que uno solo alcanza a sospechar. A su alrededor mueren otros tantos miembros de su familia, frente a una costa verde esmeralda, tan verde que es inevitable la comparación a través de una metáfora millones de veces manoseada. Las aguas, ese espejo de mercurio líquido el resto del año, de espuma que parece nieve, de parajes idílicos de película, se tiñen al completo por la sangre. En el mar, en la costa, hay calderones, y uno los ve a distancia rodeados por hombres armados con cualquier tipo de objeto cortante: algunos son ganchos especializados en cortar la carne de lo que llaman ballenas, otros son simples aperos de granja. El objetivo es cercenar la columna vertebral de forma que el animal muera rápido. No creo, mientras observo aquello, que un solo animal haya muerto rápido en las Islas Feroe, ni los delfínidos, ni los peces, ni siquiera las ovejas, tampoco los frailecillos a los que disfrutan quebrando el cuello, matar de forma lenta y torpe. Regar las ropas y el suelo con sangre debe de ser algún tipo de requisito no escrito para formar parte de uno de los lugares del mundo con mayor renta per capita, en el que aun así se mantiene la mentira de que es necesario masacrar cada verano a tantas manadas de delfínidos como puedan embarrancar. Pero la carne acabará más tarde regresando al mar, porque incluso los necios y los sádicos, en aquellos lares, son conscientes de las cantidades de mercurio que acumula esa carne. Nadie quiere repetir la tragedia de Minamata y encontrarse con una descendencia invadida por anomalías genéticas. No me lo pregunto entonces porque estoy demasiado ocupado conteniendo la ira que siento ante lo que veo, pero se me ocurre ahora, con la distancia, cuál habría de ser la magnitud de una enfermedad mental para que en esas personas se considerara como tal, en esos adultos que sientan niños sobre los cadáveres destripados de hembras gestantes o lactantes, los fotografían y guardan como recuerdo de infancia, a los que recurrirán cuando, asquerosos de puro viejos, quieran revivir un roce de su juventud.

"Me costó tiempo, pero logré que en mi familia se dejaran los temas laborales relacionados con el toro, y fue una libertad y un alivio para todos"

Que si la cultura, la tradición, que si imitar lo que otros hicieron durante siglos como excusa enarbolada para mantener unas costumbres barbáricas. Y me duele usar el término «bárbaro», porque para mí siempre ha sido más símbolo de lo positivo, pero esto de asaetear toros en un ruedo, de clavar cosas, afiladas o no, oxidadas, con placer, en animales indefensos, no encaja por desgracia en otra descripción. De pequeño, cuando me llevaban a las plazas de toros, para la recepción de los animales, el enchiqueramiento, la supervisión veterinaria, los caballos eran mi razón para asistir. Eso, y que era un crío tarado, sin más. Los caballos me enloquecían. Los míos, los de salto, eran gráciles y ligeros, los del rejoneo eran sólidos, elegantes, tanques con una calma que cualquiera podía percibir. Y aun así me dolía ver cómo enchiqueraban a los toros, cómo separaban a los hermanos en cuartos oscuros, minúsculos, hasta la hora de salir al ruedo. Era un proceso traumático del que nunca supe apartar la mirada. Veía con espanto cómo los toros corneaban a los mansos, pobres criaturas que no tienen más finalidad que ser la diana de los calentones de los toros bravos, para que así no se corneen entre ellos. Recuerdo una vez en que El Juli se me acercó tras el sorteo, y me dijo que si me gustaban los caballos él me invitaba a ver los suyos. Recuerdo que lo pateé, con torpeza de niño pequeño, porque odiaba con toda mi alma a los putos toreros, porque me obligaba a no cerrar los ojos cuando clavaban el estoque en un animal torturado, humillado y en las últimas, porque recordaba los cuerpos arrastrados fuera de la plaza por las mulas, porque, joder, no podía pegarle la patada a quien me llevaba a la plaza. Me costó tiempo, pero logré que en mi familia se dejaran los temas laborales relacionados con el toro, y fue una libertad y un alivio para todos. Pero los años que pasé como crío yendo a plazas de segunda categoría, y a las estrambóticas plazas portátiles ambulantes, me dotaron de legitimidad para maldecir a la industria del toro, a los políticos que nos ofenden a los artistas al ponernos al mismo nivel que estos matarifes pagados de sí mismos. No me gusta la palabra «cultura», ni siquiera la palabra «arte», pero igual que no puedo llamar «microbio» a una bacteria, no me puedo conciliar con esa relación inexacta entre una costumbre de muerte y una de creación.

"Mis acciones no conllevan la tortura de ningún ser vivo, ni validan el blanqueo de sus asesinos"

En las Feroe, ya más crecido, sin tener la libertad de aporrear a alguien y ser excusado por eso de que a los niños no se les puede hacer responsables de sus actos, veo la muerte de manadas de animales con el mismo objetivo, el de entretener a una panda de personas que quizás no sabrían abrir un libro o dedicar su tiempo libre a otra cosa. La crueldad tiene una cualidad que roza con el placer y el ocio en las mentes de algunas criaturas sin las que el mundo sería un lugar mejor. Y al igual que los toros, las cosas estas de las matanzas de ballenas, la grindadrap de las narices, está protegida por los políticos, por los mismos señores que hacen promesas para combatir el cambio climático, que se adhieren a cualquier causa de “justicia social” con el suficiente seguimiento por parte de la población, con tal de obtener votos, de conseguir más privilegios para sí mismos, de cobrar sin trabajar y de convertirse, en consecuencia, en las versiones modernas de la aristocracia.

Que no sé cómo funciona el mundo es evidente, porque me acabo de cagar en un buen porcentaje de él, porque me cago en quienes condenan los toros y piden que paren pero siguen votando a los partidos políticos que nunca los terminarán, en quienes defienden la tan dichosa diversidad y sin embargo callan y apartan la mirada cuando un acto de estrechez humana, de ranciedad perversa, amenaza la diversidad de otros organismos. Porque del niño que vio morir a los toros más veces de las que me es cómodo reconocer, mientras lloraba y gritaba insultos, al adulto que luchó por la vida en los océanos y vio otros tipos de muerte no hay mucha distancia moral, ni tampoco intelectual. Pero a pesar de sentir como un niño, dejemos que sea esa la descripción: mis acciones no conllevan la tortura de ningún ser vivo, ni validan el blanqueo de sus asesinos. Así que ojalá hubiera más críos por ahí de pensamiento dulce, en lugar de tantos niñatos aficionados a quemar hormigas.

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