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Décima carta a Berta

Nueve cartas a Berta (Basilio Martín Patino, 1966)

Querido Pablo:

A veces un pequeño gesto formal es suficiente. Basilio Martín Patino resuelve con facilidad, en Nueve cartas a Berta, algo tan complicado como filmar la incapacidad del presente para desasirse del pasado. Lo hace congelando brevemente algunos de sus fotogramas, alargándolos un poco más de lo normal —como si el movimiento se pausase, como si el tiempo tuviese los mecanismos desengrasados y apenas pudiese desplazarse hacia adelante—. La frecuencia de sus fotogramas congelados se reduce a medida que las cartas que su protagonista envía a Berta —un amor del pasado, un personaje en fuera de campo— se acumulan. A medida que el metraje avanza, las imágenes comienzan a moverse con mayor naturalidad, a encontrar su ritmo.

La película arranca, de hecho, enfrentando imágenes y sonido: mientras Emilio Gutiérrez Caba escribe a Berta, leyendo en off: «quiero fijarme en todo para poder contártelo luego»; la cámara registra su nuevo idilio con otra chica, una persona que, efectivamente, no es Berta —aunque el espectador así lo asuma en un principio, porque cómo podría no serlo—. Esa otra chica es el presente tratando de ponerse en marcha, de emanciparse del pasado, de reemprender su marcha. Pero las cartas están ahí, las imágenes se congelan y todo parece más complicado de lo que debería ser.

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Perdona si no te escribo a ti esta vez, Pablo. Perdona si, a propósito, equivoco los términos.

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En Una historia de Taipei, el cineasta taiwanés Edward Yang asfixia el destino de unos personajes que viven recordando. Lung, interpretado por Hou-Hsiao Hsien, regresa a Taiwán tras una estancia en Estados Unidos —del mismo modo en que el personaje de Emilio Gutiérrez Caba regresaba a Salamanca tras enamorarse de Berta en Inglaterra—. A su regreso, trata de volver a poner en marcha su vida laboral y sentimental, pero todo es en vano: Lung no reconoce esos espacios ni a esas personas, el presente no es más que una masa incongruente. Yang posa su mirada sobre el momento histórico que sus personajes pretenden eludir, hechizados por un pasado idealizado y por la esperanza de un futuro posible —que, en el fondo, no sueña sino con ser un regreso al mismo pasado—.

Una historia de Taipei tras los cristales.

Giro bruscamente: en Palm Springs, debut del estadounidense Max Barbakow producido por la plataforma Hulu, los personajes de Andy Samberg y Cristin Millioti se encuentran encerrados en un bucle temporal, destinados a vivir eternamente el mismo día. En un momento dado de la película, ella le pregunta a él a qué se dedicaba antes de quedarse atrapado en ese lugar; él asegura no recordarlo. La primera alusión a una linealidad temporal viene dada por la primera noche que ambos pasan juntos: al día siguiente —que, una vez más, no es sino el mismo día—, ambos hacen referencia a lo sucedido la noche anterior. El hecho de cruzarse inaugura, pues, una nueva forma de comprender el tiempo, de avanzar hacia adelante.

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No afirmo que encontrarnos sea la única manera posible de hacer que el tiempo cobre sentido y que las imágenes se descongelen. Insisto: no lo afirmo. ¡Pero!

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¿Qué viene después de la novena carta a Berta? ¿Qué hay del futuro negado a los protagonistas de Una historia de Taipei?

Más allá de lo interpersonal, considero conveniente apuntar que tanto Nueve cartas a Berta como la película de Yang son dos obras profundamente preocupadas por la realidad sociopolítica de sus respectivos tiempos: Martín Patino trata, mezclando la técnica documental con su dispositivo epistolar, de describir la realidad social del tardofranquismo, de afrontar sus anacronismos éticos. En Una historia de Taipei, la arquitectura se encarga de poner de manifiesto la complejidad demográfica de una república subsumida por otra república, la china, que al mismo tiempo empieza a verse subsumida por las dinámicas acristaladas del mundo occidental. Sin embargo, a diferencia de Yang, Martín Patino no niega el futuro de su protagonista, sino que más bien se lo promete desde el comienzo: un nuevo idilio, una nueva forma de besarse, un nuevo amor. Alguien que no es Berta protagoniza las primeras imágenes de la película. El pasado se renueva y, lentamente, Berta se desvanece. Escribe y lee Gutiérrez Caba: «tendría tantas cosas que contarte si me escribieras, Berta». Pero Berta no escribe, claro, porque Berta no pertenece siquiera a esta película.

Una historia de Taipei termina con un rostro escondido tras dos cristales: el del gran ventanal de un nuevo edificio y el de las gafas de sol de la protagonista. El presente contra el que la película se rebela acaba venciendo; Yang se retira con pesimismo. Martín Patino, sin embargo, agiliza y agiliza el movimiento. El pasado se renueva y, lentamente, Berta se desvanece. El futuro no se filma, pero se insinúa. Sucede entonces lo mismo que en Palm Springs: una nueva forma de comprender el tiempo acaba por fundarse.

Tiempo inaugurado en Palm Springs.

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Este texto no es más que una doble mentira: no te escribo a ti, Pablo; tampoco escribo a Berta. Escribo a lo de después, a aquello para lo que no encuentro palabras. El futuro no se nombra, pero se insinúa.

Desde el futuro,

Adrián.

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