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Decimosexta sombra: Hollywood-Cannes, agosto de 1961

Decimosexta sombra: Hollywood-Cannes, agosto de 1961

«El verdadero amante es el hombre que la emociona al tocarle la cabeza, sonreír o mirarla a los ojos».

(Marilyn Monroe)

¿En qué momento dejaron de amarse, de mirarse así, de sentirse? ¿En qué momento él dejó de ser un universo enigmático y sensual, un misterio, un héroe? ¿En qué momento ella dejó de pensar en él cuando se quedaba a solas; cuando leía; cuando se masturbaba?

¿Cuándo empezó la vejez egoísta de él a adelantarse, veloz, a la juventud de ella, a aflorar la comodidad, el arrepentimiento de “haberse casado con una niña y no con una mujer”? ¿Cuándo se congelaron las risas, las llamadas telefónicas ardiendo tras el auricular, las miradas obscenas, la complicidad erótica en los lugares públicos? No sabría decirlo, pero había algo claro: el mundo construido sobre un juego de carne se pudría al sol de la desilusión.

Entonces apareció aquel periodista italiano. Y todo cambió. Como un milagro inesperado, aquel hombre goteaba, en su corazón asqueado, una transfusión de sangre fresca; de ganas; de calor de un sur desconocido. Tal vez su acento seductor le recordara la felicidad casi olvidada de su primer amor, aquel jugador de rugby alto, violento y dulce como un niño que le pidió matrimonio en el dialecto callejero de Little Italy.

"Ella sonreía con la fuerza de su inevitable juventud; a él se le iluminaron los ojos grandes, oscuros, inteligentes, cuando la vio entrar en el hall."

Antes de marcharse, con la maleta en la mano, lo miró un rato en silencio. Sólo vio un rostro con su habitual máscara de concentración en el trabajo tras la que se escondía, tal vez, la vergüenza de su propia pereza hacia todo lo que no fuese una hoja mecanografiada; una náusea de tristeza compartida, o simplemente el cansancio de envejecer junto a ella. Aquel escritor al que tanto había amado era ahora un completo desconocido. Siguió tecleando en su máquina de escribir cuando ella cerró la puerta dejando sobre la mesa su alianza de bodas: “Ahora es para siempre”. Ni siquiera se dijeron adiós.

El vuelo le pareció interminable. Pero al otro lado le esperaba un paréntesis de felicidad. El hotel Carlton de Cannes brillaba sobre el Mediterráneo como un bucentauro de piedra. Su mole de Palazzo solo le podía reservar cosas hermosas, pensó. No se equivocaba.

Ella sonreía con la fuerza de su inevitable juventud; a él se le iluminaron los ojos grandes, oscuros, inteligentes, cuando la vio entrar en el hall. Alto, bronceado, fuerte, el pelo suavemente gris en las sienes, la tomó por la cintura levantándola con facilidad unos centímetros del suelo para besarla con esa irresistible teatralidad natural que todo italiano lleva en su ADN.

Aquel impulso salvaje de comerle la boca a un hombre sin mirar con precaución a los lados; aquel abandono al calor, el deseo, la alegría feroz de reconocerse en el otro delante de los demás, afloraban después de mucho tiempo erizándole la piel con un frío abrasador. Aquel desconocido le había devuelto las ganas locas de amar; no ya de encerrarse durante días en una habitación, sino de algo que nunca había tenido: mostrar sin reservas la belleza, la pasión, la osadía seductora, las risas, la complicidad, el descaro elegante de poder presumir de su hombre en cualquier lugar.

Che bella che sei, amore mio. Sei tutto ciò che ho sempre sognato!

"Los últimos bañistas regresaban al hotel; era la hora de cambiarse para la cena y la playa, dorada, estaba casi desierta. Se miraron, divertidos. Ellos no iban a cenar"

Cogidos de la cintura esperaban, hermosos, frescos, felices, sin dejar de mirarse, los trámites interminables del check in. Él le hablaba al oído con dulzura y ella sonreía feliz frente a la indiferencia profesional del jefe de recepción y la mirada envidiosa de los que esperaban. Recordaba aquellos otros días de hotel en los que aún era la amante de un escritor famoso y casado. ¡Qué diferencia con esto! Cincuenta metros antes de llegar, tenía que bajarse del taxi (a veces con maleta, a veces sin ella) y esperar a que él cambiase la reserva hecha por su secretaria de una single room, a golpe de tarjeta de crédito de una cuenta no compartida con su mujer, a una double room donde poder follar con más comodidad. Toda precaución era poca. Mientras, ella caminaba sola por la acera con los elegantes tacones y la falda corta y las medias negras, preparada para él, tan enamorada, con el maquillaje derritiéndose al sol, o bajo la lluvia, retocado con prisas en el baño del bar más cercano, donde esperaba la señal convenida para entrar, tímida, en el lobby con el documento de identidad preparado en un bolsillo de la gabardina que le alargaba insegura a él y así poder finalizar aquella pesadilla. En dicho documento, durante años de encuentros clandestinos, la palabra “soltera” del estado civil era la clave para justificar la ceja ligeramente levantada o la sonrisilla cómplice del personal de recepción. No recordaba cuándo exactamente todo aquello dejó de dolerle.

No querían encerrarse en la suite del Carlton. Dejaron las maletas sin deshacer sobre la cama y bajaron con el traje de baño en la mano. Caía la tarde calurosa y tenían mejores planes. Nadaron hasta la plataforma agradeciendo el frescor salado y se tumbaron sobre las tablas recuperando el aliento. Los últimos bañistas regresaban al hotel; era la hora de cambiarse para la cena y la playa, dorada, estaba casi desierta. Se miraron, divertidos. Ellos no iban a cenar.

Pareces una diosa con ese bikini. Dai, ho bisogno di vedere cosa c’è sotto, fammi vedere, amore. Voglio mettere la mia mano lì, stendendoti bagnata, infilando le dita nella tua figa e poi succhiandolo di fronte a te. Necesito saciar mi sed contigo; no hay nada más dulce que el jugo de tu coño.

"Exhaustos, abrazados, felices, cubiertos por la cúpula inmensa del verano, reían divertidos intentando identificar constelaciones"

Se besaban agarrándose del pelo, mojados, abrasados en las ganas de entrar en el cuerpo del otro; él con la mano dentro del bikini, usaba con dulzura y habilidad sus dedos; ella se dejaba hacer deshecha de placer, acariciando los brazos morenos y fuertes, la espalda de nadador, apretando contra su sexo aquel culo masculino y perfecto que tanto le recordaba al de las esculturas romanas del Caesars Palace de Las Vegas.

El suave oleaje balanceaba la plataforma, y ellos acomodaban el ritmo de sus cuerpos al mar. Aquella isla de madera, en mitad de la noche azul, alejaba los gritos de placer del mundo civilizado; y en ese momento, para aquellos amantes, aún más excitados por imaginarse observados desde la lejana orilla, no había nada más. Él la penetraba con dulzura, apartando un poco la tela del bikini para chuparle las tetas, saladas de mar. Ella, loca de deseo, le tiraba del pelo mirándole a los ojos con toda la pasión y la sorpresa en los suyos, desbordada de amor, porque ese hombre la hacía sentir realmente como algo único y valiosísimo, como una diosa. Él, profundamente clavado en su cuerpo, parecía leer sus pensamientos: Tu sei veramente cualcosa di straordinario; tu sei una dea que camina in mezzo di mortali. Con las manos enlazadas se besaban con ternura rozando apenas la tentación de volverse locos devorándose como fieras, como otras veces. La noche mediterránea en esa isla cálida y artificial les invitaba a entregarse dulcemente, compartiendo con el universo aquella calma perfecta.

Exhaustos, abrazados, felices, cubiertos por la cúpula inmensa del verano, reían divertidos intentando identificar constelaciones. Ella, se volvió hacia aquellos ojos oscuros, mirándolos como si se hubiesen desprendido del cielo.

¿Sabes, una cosa, maschio? He deseado la muerte muchas veces por cansancio, por una pena infinita que llevo agarrada a la garganta y al corazón, pero la verdad es que nunca me importó demasiado cómo morir. Ahora sé que moriré una madrugada de agosto exactamente como ésta; me dormiré plácidamente y mientras se cierran mis ojos, estaré pensando en ti.

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