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Deja que tiemble

¿Puede un libro apoderarse de la trama, ser el amo y señor de cada uno de los cuentos que lo componen? A decir de lo que una experimenta tras leer Al final del miedo, de la escritora mexicana Cecilia Eudave, la respuesta no puede ser otra que una rotunda afirmación. Y es que parece que este volumen late, que respira o mide su propio tiempo como un reloj maquiavélico, ajeno a todo lo que no sea el universo peculiar, extraño, muchas veces inquietante, que surge ante los ojos del lector en cada párrafo. Se diría, además, que cuenta con la inestimable ayuda del narrador, un colaborador necesario al que quizás procede, en aras de una mayor exactitud, llamar artífice o demiurgo. Porque, me pregunto, ¿quién es, quién nos habla, quién posee tanta información, más incluso que los propios protagonistas, en cada una de esas ocho historias?

"El tejido verbal se pliega a sus designios, como un dúctil material que le permite elaborar cada atmósfera"

Lo que sí tengo claro es que sin esa voz todopoderosa, a ratos arrogante, insidiosa debido al propio control que ejerce sobre la narración, estos cuentos serían otros, o directamente no serían. El tejido verbal se pliega a sus designios, como un dúctil material que le permite elaborar cada atmósfera, todas diferentes pero hermanadas entre sí por la misma inquietud, por el mismo anhelo angustiado que envuelve a los personajes. Pero no solo por su ambientación común se relacionan las historias de Cecilia. Existe una sutil red de correspondencias, de reapariciones de personajes en cuentos distintos al que protagonizaban, de cameos que nos permiten verlos de refilón y entender que de alguna forma todos estamos relacionados por vínculos secretos, al igual que sucede en el universo personal de esta autora mexicana que, a mi juicio, es una de las voces más originales, por su humorismo ligeramente melancólico y el empleo de lo fantástico, lo siniestro, lo gore, lo grotesco, la ciencia ficción, en su muestrario de realidades. Siempre, además, sin que decaiga la precisión de sus imágenes poéticas, tan bellas, ni de la reflexión acerca del ser humano, de su esencia misma, que tanto mima esta autora en su última colección de cuentos, pero también en sus obras anteriores. Y es que ya en su novela de familias monstruosas, Bestiaria vida, o en su colección de brillantes microcuentos, Microcolapsos, que fueron editados por el sello leonés Eolas, y también en los relatos de En primera persona, que conocemos en nuestro país gracias a Amarcord, esta narradora nata mostraba su habilidad para redondear una imagen inolvidable o una sentencia serena, nada aleccionadora, a fin de mostrarnos una cicatriz más, una de esas taras del alma humana que en cierta forma nos hacen concluir que somos más bellos en nuestra imperfección y más dignos de comprensión que antes de haberla leído. No voy a desvelar ninguna de esas miradas, ninguno de los aforismos eudavianos. Bueno, solo una, solo uno, para que el lector compruebe que es bien cierto lo que afirmo. Allá va una imagen, extraída del muy inquietante “Deja que sangre”:

“[…] había un grupo compuesto por hombres y mujeres que, obsesionados, acariciaban la espalda de una muchacha tatuada con una enorme araña. Emma creyó percibir movimientos en el arácnido de tinta al recibir el contacto de las manos que con insistencia buscaban algo, estiraban la piel de la chica al grado de enrojecerla”.

Y aquí una de las meditaciones expresadas con tino, en voz alta, por  la misteriosa mujer vestida de tafeta verde de “Siete minutos”, el cuento que encabeza el libro, en la que glosa la muerte de la siguiente manera:

“Quiero que me escuches. Ahora todo me parece claro: cuando llega la muerte te cubre de orfandad y lo único que ves es el rostro de un extraño. Ni luz ni cielo ni paraíso, solo un extraño, con una vida insípida o inútil como la propia. No hay más, no habrá más”.

"Los héroes de Eudave se enfrentan al desafío de entrar en mundos distintos, que les son ajenos y encierran la amenaza de lo desconocido"

En Al final del miedo siguen dándose otras continuidades como las mencionadas respecto al estilo y el fondo de los relatos. Una de las más poderosas es la irrupción de diálogos que desdramatizan en muchas ocasiones el clima tenso, inquietante, en el que van enmarcándose los conflictos, los encuentros y desencuentros de los personajes. Se oyen, oímos, las palabras que pronuncian los desconocidos que muchas veces interactúan por primera vez y se miden con el otro, jugueteando con el extraño en esa toma de contacto inicial. El humor y la frescura sirven, en ese sentido, de contrapunto a la mirada implacable, a menudo siniestra o irónica del narrador.

Pero, a qué negarlo, la omnipotencia de la voz narradora, ya mencionada, es casi total. Para apoderarse de los relatos no duda en utilizar el espacio mismo, los lugares en los que languidecen o por los que deambulan los protagonistas, como umbrales de lo fantástico. Me interesan mucho las posibilidades del entorno como elemento narrativo, y desde luego creo que en los cuentos de Cecilia se exprime al máximo su rentabilidad. Es decir, en ellos el “dónde” ocurre algo es tan importante como la acción en sí misma. Me ha llamado la atención que la autora nos encierra a menudo con sus personajes, nos hace padecer una reclusión en determinados lugares que cooperan estrechamente en la sensación de alienación, vacío existencial, hartazgo, sufrimiento silencioso que ellos y ellas sufren. Las cárceles son tan proteicas como los rostros del miedo que nos va mostrando. Esas prisiones aparecen disfrazadas de apartamento funcional, tienda de cachivaches, antro sórdido, habitación de hotel… Las parejas, los grupos de amigos, los hermanos gemelos, sufren de puertas para adentro, se enfrentan a conflictos como la traición, el desamor, el deseo de venganza, la conciencia de las propias limitaciones, el lastre de un secreto que avergüenza y atormenta en cubículos aparentemente acogedores en su prosaica familiaridad. Sin embargo, en prácticamente todos los cuentos se materializa un traspaso de umbrales, concepto, por otra parte, muy relacionado con la poética de esta narradora de lo inusual, estudiado concienzudamente por investigadoras como la profesora Carmen Alemany Bay. Los héroes de Eudave se enfrentan al desafío de entrar en mundos distintos, que les son ajenos y encierran la amenaza de lo desconocido, sin necesidad de moverse de sus domicilios habituales, o simplemente durante un paseo por una zona de mercadillos o acudiendo al sórdido pub de moda. En todos esos recintos, siempre espiados por el ojo insolente del narrador, (¿o tal vez cabría decir “creados por él sobre la marcha”?), se asoman a otros espacios, dejan atrás los cómodos refugios de su monotonía, acceden a planos distintos separados de sus vidas tan solo por una puerta o una pantalla de ordenador. Allí les espera lo otro, en forma de revelación súbita acerca de quiénes son, de transformación en alguien distinto de aquellos que creían ser, de agujero negro que atrae y repele, que fascina y conduce a un precipicio al mismo tiempo. Y así tenemos al fotógrafo alcoholizado por su propio fracaso que encuentra en una de sus fotos antiguas y desdeñadas por un cliente poco exquisito el pasadizo secreto a otro mundo. O a la mujer que despierta en su propia casa con una herida feísima en la cabeza y la certeza, la limpieza, de que no recuerda ni un solo dato de quién era antes del golpe. O al novio aburrido que busca la tienda donde venden historias para resultar alguien más divertido en las reuniones con sus amigos, ante su propia pareja. A ellos y a todos los demás personajes los vemos adentrarse por los pasillos oscuros de sus propias vidas, por aquellos corredores que sería más sensato transitar con todas las luces encendidas, o acaso evitar del todo. Se aleja en este libro Cecilia del espacio natural, del locus amoenus que en otros textos ha constituido por ejemplo el jardín, como válvula de escape, como vínculo con el sanador elemento natural. La ciudad y sus vacíos existenciales, tan convenientemente ocultos gracias a las prisas, los agujeros negros que surgen en las calzadas, que están y vuelven a estar en sus historias, la sordidez de los tugurios y los pisos de parejas desenamoradas se imponen. Solo en “Cazando un día de campo”, uno de mis favoritos absolutos, se percibe la naturaleza como paraíso, si bien vedado, en forma de representación artística, pues cuadros que representan paisajes bucólicos son prácticamente el único objeto que el ansioso comprador de historias al que he aludido antes encuentra en el abigarrado comercio al que se ha dirigido en busca de relatos apasionantes. La vida natural apresada por obra y gracia de un pincel y un lienzo cuelga de las paredes sin orden ni concierto, se exhibe mediatizada, filtrada por la nostalgia del urbanita que ya solo la observa, que no puede o sabe disfrutar de ella, refugiarse en ella.

"Dejo conscientemente para el final, o eso creo, la mención al título del libro, que es también el del relato que cierra el volumen"

Pero de nuevo debemos referirnos al narrador, quizás porque él también es la vox cantante de la presente reseña, quien me va dictando al oído cada palabra que debo escribir. Y es que al mencionar el relato del que acabo de hablar he recordado que su discurso, el de esa instancia narrativa que construye atmósferas densas, opresoras, intercala numerosos jirones de otros libros, de otros autores, apropiándose no solo de las tramas que componen Al final del miedo, sino de nombres como el del famoso Ismael de Moby Dick o de personajes e incluso escritores de novelas y cuentos góticos en Deja que sangre, por poner dos ejemplos. De esta forma los guiños juguetones, los homenajes, se convierten en materia prima del relato, se integran con naturalidad en los argumentos sin que sea necesario que el lector los descubra, pero creando afinidades electivas con él si llega a captarlos. De alguna forma, me temo, acabamos siendo sus cómplices, nos instalamos en el mismo plano en el que él se sitúa al contemplar las tribulaciones de los personajes que, a la vez, son espejos nuestros, delegados literarios de los fracasos o incertidumbres que nos han atenazado alguna vez.

Dejo conscientemente para el final, o eso creo, la mención al título del libro, que es también el del relato que cierra el volumen. No se me ocurre sintagma que encierre mejor que el elegido por Cecilia la sensación de trayecto que aún no se ha recorrido del todo, de viaje en dirección a un punto que se observa ya cercano, pero aún no alcanzado por los protagonistas y quienes vamos leyendo. Hacia ese lugar, el que está “al final del miedo” nos encaminamos, expectantes, temerosos porque quizás allí hace más frío, se siente más miedo aún que en la propia vida diaria. Pero también, y con esa visión siempre conciliadora de la autora prefiero quedarme, esperanzados, porque tal vez el cartelito de The End anuncia nuevas realidades, giros de guion, la desaparición de los agujeros negros que podríamos pisar o que nos crecen por dentro. Ese “al final del miedo” puede ser, en ese caso, el mejor de los lugares al que podríamos llegar.

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Autora: Cecilia Eudave. Título: Al final del miedo. Editorial: Páginas de Espuma. Venta: Todostuslibros y Amazon.

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