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Derechos de autor (Arresto domiciliario 10)

Derechos de autor (Arresto domiciliario 10)

—Sigo aquí como ostión —refunfuña el autor de mis días a través del cable. —¿Que cómo estoy? ¿Cómo quieres que esté? Me paso el día haciéndome viejo y haciéndome buey.

El próximo septiembre mi padre cumplirá los 97 años, de ahí que diga “buey” en vez de “güey”, con lo cual se ahorra el diéresis y al propio tiempo pinta una sana raya frente a las posteriores generaciones. Hasta hace algunos meses solía ir en su coche al supermercado y hoy sigue caminando a una velocidad que es la envidia de muchos septuagenarios. De modo que esto de la cuarentena lo tiene, como él dice, frito —o como digo yo, podrido— y peor se sentiría de no contar con la fiel escudera que lo visita lunes, miércoles y viernes.

"Por absurdo que suene, a estas alturas sigo sin entender —esto es, sin aceptar— que ni bajo tortura negocia mi papá con chantajistas, por más que se le vistan de huerfanitos"

La apodamos Alexa, mi correclusa y yo, y hasta hay días en los que me pregunto si no tendría que llamarla mamá. ¿Que si bromeo? Pues claro, soy hijo único y empleo la ironía para proveer de un mínimo decoro a mis traumas anales-retentivos. Hecha esta aclaración, reconozco que Alexa es una gran persona y una eficiente colaboradora, pero lejos está de guardar cuarentena, puesto que ir de su casa a la de mi papá supone recorrer más de veinte kilómetros en camiones y vagones del Metro.

—Es muy sana, nunca en más de diez años la he visto enfermarse —sentencia mi inmediato antecesor, que cuando joven quiso estudiar medicina y hasta la fecha siente pasión por el diagnóstico. —Además de eso, nunca nos tocamos.

—¿Y qué tal los cubiertos, la comida, las sábanas, los platos…? ¿Tampoco eso lo tocan? —fuimos por muchos años rivales de ajedrez y ahora echo los caballos por delante. —Ella tiene familia, ¿no te suena un poquito como que es peligroso para todos?

—Pues ni modo —ya puedo imaginarlo al lado del teléfono, encogiéndose de hombros y ladeando la testa con la suficiencia de quien hace valer sus derechos de autor. —Mejor eso a tener que arreglármelas solo.

—¿“Mejor eso” es morirte de una neumonía? —canto un jaque temprano, indignado e incrédulo, tal como recomienda el Manual de extorsión para hijos únicos, no sé si aún pensando en convencerlo o sólo por dejar constancia de postura.

"Vas a acabar por enterrarnos a todos, le he dicho varias veces al autor de mis días, no necesariamente en broma"

Por absurdo que suene, a estas alturas sigo sin entender —esto es, sin aceptar— que ni bajo tortura negocia mi papá con chantajistas, por más que se le vistan de huerfanitos. Me ha mandado a la mierda, but of course, como cuando de niño me le ponía al brinco y por toda respuesta preguntábase: “¿Y este moco de dónde me salió?” Puesto en otras palabras, no aprendí a hacer sarcasmos por correspondencia, y no va a haber manera de que mi sensei se deje intimidar por un pupilo con mala conciencia. Su asistente podrá ser muy Alexa, pero yo nunca voy a ser su Siri.

—Soy tu hijo y me preocupo, nada más, igual que tú por mí —pujo por enrocarme, ahora que ya mi reina y mis caballos son parte de su bolo alimenticio. —Claro que vas a hacer lo que tú quieras, pero nada te cuesta escuchar mi opinión, ni yo puedo quedarme sin decírtela, tú sabrás si te sirve.

—Muy bien, hijo —cierra él la discusión y se traga mi rey discretamente para saltar a un tema menos espinoso.

“Vas a acabar por enterrarnos a todos”, le he dicho varias veces al autor de mis días, no necesariamente en broma. Si quieren mi opinión autorizada, como no le embodeguen una estaca en el pecho seguirá por aquí, como si nada. Amén.

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