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Desnudo y muerto

Desnudo y muerto

Me gusta atisbar el otoño cuando a finales de agosto las hojas empiezan a desprenderse de sus ramas. Pero esta vez fue un libro, durante una comida a la que acudí con el ánimo dispuesto, el que me anunció su llegada. Nuestro amigo Julio lleva una temporada muy solo y el último fin de semana de agosto nos citó a tres amigos en su casa en Ribadesella. Aquí, durante el estío, el viejo y el nuevo pijerío convive tan ricamente con una burguesía liberal y bohemia, venida de todas partes, junto a los habituales del pueblo, adquiriendo la villa ínfulas y galas. Julio se ha jubilado este año de su cátedra de Historia Antigua, pero ya venía dando síntomas de su desamparo desde que hace más de un año Claudia le dejó la casa, la biblioteca y el alma rota con su ausencia, llevándose el resto. Es decir, todo su amor y admiración, lo más importante para un hombre como él.

"La tarde se nos iba y la luz dorada y cruel que precede a la noche nos bañó el rostro, haciendo que todo fuera más bello y terrible"

Los tres amigos nos habíamos confabulado si no para hacerle olvidar, sí al menos para pasar una tarde agradable. Y él, por su parte, había encargado en un restaurante muy cercano una mariscada pantagruélica que nos trajeron puntuales y de la que dimos buena cuenta con unas botellas de Chablis que aportó Ernesto. Luego pasamos a la sobremesa bajo un roble de porte formidable. Hablamos de nuestros viajes y de algunas fiestas y conquistas —cada vez menos de casi todo— y, más centrados y divertidos, nos dejamos caer por anécdotas y algunos libros. Julio nos habló de El despertar del alma de David Hernández, Ricardo de la poeta Inger Christensen y yo alabé a Siegfried Lenz.

Fue entonces cuando Ernesto aprovechó para sacar de su bolsa un libro que regaló a Julio. Este lo desenvolvió y exclamó. ¡Bloc de Otoño, de Luis Alberto de Cuenca! A Julio siempre le ha gustado el autor de Elsinor o La caja de plata y enseguida, por lo que empezó a decirnos, destapando su particular caja de Pandora, supe que ya había leído el libro. Pasó la portada, leyó a salto de página y lo cerró. Entonces, poseído por una melancolía borgiana, nos dijo que desde que Claudia se había ido, ya nada era igual, porque todo lo que con ella hacía era como si ocurriera por primera vez y, emulando a Luis Alberto de Cuenca, acabó por confesar: «La verdad es que me aburro mortalmente sin ella». «Yo no quiero mirar al pasado más», continuó; «lo único que yo quiero es que ella regrese, porque no duermo nada por las noches, nada de nada y no sé si esto me quita minutos de vida pero os aseguro que me roba los recuerdos y me borra viajes y lecturas», dijo con un mohín de protesta; «Y los vecinos, que son unos bon vivant de Oviedo, se han vuelto locos este verano y no paran de hacer fiestas e invitarme. Hay muy buen ambiente, mucha chica mona y mujeres hermosamente oscuras. Las monas escuchan con gran interés mis apuntes sobre la historia de esta España tan correcta y aborregada, donde abundan idiotas y tarados, bobos y zafios, junto a ciudadanos cada día más desentendidos de todo; y las oscuras huelen mi hastío y se percatan de que mis pupilas son como las de un senador romano condenado al ostracismo en una villa de Amalfi o Positano, impregnadas hasta las cachas de Claudia».

"Hay que morir por la belleza de lo inútil"

Julio continuó así un par de minutos, no más, nada presuntuoso ni cenizo. Al contrario, con un tono amable que tanto le envidio y que siempre despliega con suma elegancia, haciendo que sus conocimientos sobre esto y lo otro parezcan que también los albergamos nosotros. Y de paso, dejando caer a cada poco un delicioso toque de humor tierno y compasivo sobre nuestros deseos y opiniones. «Sí, parece que de repente me he hecho mayor, queridos amigos. Pero esto ya viene de atrás. Claudia ya lo vio venir. Y, entre otras cosas, supongo que por eso se ha ido. Ya, ya sé que la vida… La vida nunca vuelve…», dijo mencionando a Luis Alberto de Cuenca, que de nuevo llegó en su ayuda.

La tarde se nos iba y la luz dorada y cruel que precede a la noche nos bañó el rostro, haciendo que todo fuera más bello y terrible. De repente se abalanzó una brisa traidora. Recuerdo que Julio dijo: «Hace frío». No, no dijo «tengo frío», sino «hace frío». Una elegancia más. Antes de darle un abrazo de despedida, le guiñé un ojo y dije: «Hay que morir por la belleza de lo inútil». Sonrió y miró el mar, ya casi ausente, con un brillo de complicidad en sus ojos, como si la vaporosa presencia de Claudia, allí a lo lejos, estuviera esperándole para volver a cabalgar juntos por la playa. Justo antes de salir de la casa, me cogió del brazo y me susurró: «Desnudo y muerto, ¿qué mejor destino / para el héroe después de la batalla?«. Entonces nos disolvimos en la noche suave y supe que el otoño había llegado.

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