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Devoraluces, de Ángel Olgoso

Devoraluces, de Ángel Olgoso

La evocadora, la fascinante irradiación de aquellas luciérnagas en las remotas noches de verano ha iluminado no sólo el cuadro de todo lo vivido sino también la soledad de cuatro décadas de escritura. Como a los mismos insectos, nos atraen las luces en la oscuridad. De hecho, igual que hacíamos linternas con aquellos gusanos de luz, las luciérnagas de lo breve, lo extraño y lo imaginativo avivaron el fuego ceremonial de los cuentos otorgándole facetas mágicas y destellos reveladores, me ayudaron a descubrir lo que la ilusoria luz del día oculta, a crear una realidad que fuera posible afrontar y a enriquecerla. Nada ha conseguido evaporar el fresco pero fulgente misterio de aquellas luminarias que me abrieron paso, en la oscuridad, a las formas móviles de lo onírico, a una literatura de imaginación que aspira a superar los lindes de lo común, a presentar enmiendas a los planes de la Creación, a poner un pie en otros mundos.

Si percibimos la brevedad —y su búsqueda de lo esencial— como una decisión estética o un modo de concebir el acto creativo, la extrañeza denota un estado, un clima, una cualidad furtiva, un halo de incertidumbre que proyecta la obra en torno suyo y permite al lector experimentar un acceso a lo inesperado, el placer de levitar, felizmente ajeno al peso de la costumbre. Ya Casanova observó que la facultad de ver la verdad sólo se aviva en los seres humanos a través de un sobresalto o convulsión. No obstante esa capacidad humana de despertar y acceder a otro nivel de conciencia puede estimularse, tal vez más eficazmente, si lo anómalo se hace soluble en lo común, si se siembra la duda en el lector sobre la verosimilitud de lo narrado y el asombro se alinea con naturalidad en el friso de lo habitual.

Otra de las señales luminosas que me han indicado el camino es el sobrepujar de la imaginación. Si la extrañeza desciende sobre el lector como una noche inacabada en que la claridad de la razón se va borrando, para que esa penumbra irreal se asiente sobre su mundo precisa del brío de la imaginación, capaz de convertir a las historias en alfombras voladoras. Y ese milagroso impulso, esa poderosa excitación, ese apremio respecto a la vida imaginaria, esa pasión creativa caudalosa y libre, tienen su fuente en la juventud. Cuando escribimos los primeros libros, cuando la mente nos hervía y se encendía como un tizón que alumbraba un lugar encantado, cuando éramos capaces de ponerle herraduras al diablo, esta intensidad, esta ebriedad de la imaginación nos hacía planear sobre las tierras y mares del tiempo, sin miedo a la gramática, la sintaxis, los anacronismos o los neologismos, nos hacía vivir febrilmente en el interior de los seductores espejismos de las ficciones. Eran los jóvenes años en que anhelábamos que lo imaginativo fuera, como en el primer Romanticismo, hermoso, loco, embelesador. Eran los años de un convencimiento absoluto: que la imaginación proporciona un sustituto soberano a la vulgar realidad de la experiencia veraz. Después, dependía de cada cual sostener esa energía para que no se agotara ni deviniera en un resplandor moribundo, en ceniza.

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Durante aquellas eternas tardes entre la vega y el secano, alborotados por la sangre joven, azuzados por la libertad del verano, corríamos de un lado para otro como trompos ligeros, dábamos saltos como gorriones que van a echar a volar, pirueteábamos como virutas despedidas de la garlopa de un carpintero, perseguíamos vilanos, vigilábamos trampas de liria, destapábamos culebras, picoteábamos zarzamoras, nos atrincherábamos en los maizales, partíamos cañas por la mitad en busca de gusanos, saltábamos acequias lanzando silbidos terribles, arrancábamos juncos para entablar ridículos duelos de espadas tiernas y cimbreantes, tirábamos chinas contra los grajos y piedras grandes como membrillos contra los secaderos de tabaco.

Perdida la noción del tiempo, embriagados de licor de sol, llevados en volandas por un aire inmóvil con fragancias de mastranzo y pajuelas secas, planeando sobre un silencio de siesta roto sólo por las chicharras y algunas esquilas de ovejas, culebreábamos en el agua verdosa de la Charca de la Viña, escalábamos riendo la Cruz de los Cigarrones, explorábamos entre bufidos el empinado Cerrillo del Tesoro y el barranco hondo del El Salado, nos tendíamos despreocupados en la umbría de las piedras romanas de la Atalaya, alcanzábamos dulzonas brevas pajareando en higueras que, como nosotros, no pertenecían a nadie.

A lo largo de la jornada, el sol había dado de plano en los pelados eriazos del secano en sus lomas y recuestos, en sus lienzos de almendros y olivos tripudos, y ahora, como si una nube de lento paso arrojara su sombra leve encima de la vega, el día empezaba a morir mansamente arropado. La luz había dorado sin clemencia la tierra, y ahora la iba velando de jugoso rojo, impregnando de manchas cárdenas las hazas, los caminos y las eras. El sopor se esfumaba, se alargaban los contornos, los plantíos aventaban una fina brisa frutal, bienoliente, el ascua del cielo se debilitaba poco a poco hasta que en aquel tránsito a lo oscuro casi no había distingos. Únicamente el sereno avance de la noche lograba detener las ínfulas de movimiento perpetuo de nuestras correrías. Con churretes de sudor en las mejillas coloradas, sentados por fin en los terrones de los balates, o de pie con las piernas bien separadas y las manos en los bolsillos descosidos, mirábamos todos hacia el lugar convenido, acechando como juramentados y sujetando una brizna de hierba entre los labios. Más allá de la Acequia Gorda, bajo del cerro que verdeaba todavía en aquella época del año, esperábamos cada tarde el milagro. Un portento que no podíamos entender y que tomaba parte en nuestras vidas, policromándolas con una emoción titilante y misteriosa.

Ahí nos quedábamos, muy quietos, en el centro del mundo, los corazones ancheados, los ojos dispuestos al asombro, como si estuviera a punto de descender sobre nosotros una estrella o fueran a abrirse, de par en par, las puertas del País de los Sueños. Entretanto, una tras otra, cientos de pequeñas linternas comenzaban a encenderse y a llenar el horizonte de la vega de delicadas señales intermitentes, como brasas de los cigarrillos de nuestros abuelos reunidos en sigiloso cónclave, como pupilas innumerables que refulgieran parpadeando en la noche. Aún no era cerrada, pero los destellos prendían puros como diminutas tulipas de cristal en la creciente oscuridad. Nos parecía que aquellos fanales de cuento de hadas cambiaban de modo fantástico, que tan pronto se aproximaban como se espaciaban de nuevo, que iniciaban un diálogo luciente, alegre, confidencial por el cual se nos arrebataba a regiones desconocidas, por el cual sentíamos nostalgia de algo que no había existido nunca, de cosas amables y frágiles, de alegrías sencillas e inocentes. El efecto, mirando absortos a través de la penumbra, era el de una cinta viviente de brillos quebrados, el de un mar abigarrado de espejuelos que se dispersaban en mil chispas, el de una lluvia de plata que levitara ante los sembrados. No acabábamos de admirarnos de esa visión que poseía algo de pátina fosfórica, de intensidad lunar. Embobados por la claridad líquida en la que hervían aquellos puntos movedizos, nuestra respiración se aquietaba y nuestros dedos se encogían, sin que lo advirtiéramos, dentro de las sandalias de goma. Aquella risueña insinuación de otra realidad que, a modo de rutilantes copos de espuma sobre las olas, atravesaba el espacio hasta nuestros ojos maravillados -donde viviría para siempre sin consumirse-, parecía anunciar una plenitud inefable, un júbilo confortador. Todos nuestros pensamientos estaban suspensos en la sensación de aquel sitio: nimbado por tenues llamitas rientes que pigmentaban la vega y la noche con su bruma lumínica, evocaba vagamente algo bello y distinto, una vida secreta de raros y efímeros instantes.

Puede que el resplandor de los gusanos de luz fuese fugaz, pero dejaba en el espíritu una especie de mágico encantamiento, de sorpresa cautivadora y latente, de paisaje de otro mundo. Puede que las luciérnagas desaparecieran, hace décadas, de la orilla hoy ciega de la vega pero, como quien pierde el rastro de un objeto precioso o una vez se abrasó de amor, como quien saborea en el recuerdo la extinguida gama de lejanos momentos felices, sus lucecitas dulces y centelleantes aún laten en la oscuridad con el ritmo de los sueños, aún hacen que el corazón se oprima con una inquietud indefinible, como si hubiera asistido a una operación prodigiosa de la naturaleza.

Ahora que se abre un profundo abismo, gélido e inacabable, ahora que la noche verdadera se acerca y las ilusiones mueren con los cuerpos, ahora que las tinieblas ya descienden, la evocadora, la fascinante irradiación de aquellas luciérnagas ilumina brevemente el cuadro de todo lo vivido, resaltando la existencia desabrida y detestable en la que ardí, y trae a mi cabeza esa convicción subyugadora: el fuego de la soledad, la amargura y la saña no ha conseguido evaporar el fresco misterio de aquellas luminarias en las remotas noches de verano.

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Autor: Ángel Olgoso. Título: Devoraluces. Editorial: Reino de Cordelia. Venta: Todostuslibros y Amazon

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