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Días de mala suerte, relato de Pedro Ugarte

Días de mala suerte, relato de Pedro Ugarte

En Nuestra historia (Páginas de Espuma), Pedro Ugarte continúa haciendo avanzar uno de los proyectos más sólidos y sugestivos de la narrativa breve reciente. En Zenda, os ofrecemos la posibilidad de leer uno de los relatos del volumen.

 

DÍAS DE MALA SUERTE

A Medardo Fraile

 

 

La comunicación decisiva debió haber sido a principios de octubre, pero el abogado tardó un tiempo en llamar. Fue un nuevo periodo de angustia, de intensa opresión sobre las sienes. Todas las noches me metía en la cama premeditadamente exhausto, de madrugada, porque solo así lograba conciliar el sueño. Dormir era el único estado en que me sabía a salvo del sufrimiento, pero aun acostándome muy tarde me despertaba con la primera luz del día y volvía a pensar en lo de siempre: en la ruina que amenazaba a mi familia, en la ejecución de las cuatro hipotecas, en los recibos bancarios que, si las cosas se torcían, ya no iba a poder pagar. Blanca sabía lo que estaba ocurriendo. Yo la había atormentado notificando día a día nuestro avance hacia el abismo, hasta que un día me confesó, llorando, que quería ocuparse de los niños y de la casa pero no oír nada más sobre ese asunto. Sí, yo había sido injusto con Blanca hablando constantemente de nuestros problemas financieros, pero ahora lo era ella conmigo obligándome a digerirlo todo en soledad. Lo cierto es que pactamos no hablar más sobre los apartamentos: hacerlo no servía de nada y había que evitar que nuestros hijos se vieran afectados por aquella atmósfera angustiosa. Ellos eran lo más importante. En realidad, ellos eran lo único importante que aún quedaba entre los dos.

Por fin la llamada que esperaba se produjo.

–Jorge, lo siento, lo siento mucho –dijo el abogado–. Han rechazado la última propuesta. No hay salida.

Cuando colgué, Blanca me interrogó con la mirada. Bajé la cabeza y permanecí en silencio. Ella siguió dando de comer a los niños.

Al día siguiente quedé con el abogado para recabar todos los detalles. Curiosamente, la reunión no fue dramática. Me había invadido una resignación tan poderosa que ni siquiera la más mínima esperanza conseguía perturbar mi corazón. Todo estaba perdido y me esperaba un horrible futuro por delante. Pero incluso en la certeza de la derrota asomaba algo de serenidad, como si desistir de la lucha fuera en sí mismo un descanso. Tampoco el abogado logró aventurar alguna alternativa. Se limitaba a acompañarme y escuchar.

–Los honorarios… –murmuré.

–No te preocupes por los honorarios, Jorge. Hablaremos dentro de unos meses, cuando las cosas mejoren.

–Las cosas no mejorarán.

–Hablaremos entonces, de todos modos. Y ahora, ¿qué vas a hacer?

–Afrontar mis deudas.

–¿Podrás hacerlo?

–Haré lo que pueda, todo lo que pueda. Hacer todo lo que pueda es lo único que puedo hacer.

Parece absurdo, pero en las situaciones desesperadas, cuando te encuentras atrapado, el recurso a la lógica verbal puede ser un consuelo. A partir de entonces me repetiría día tras día aquella sentencia: sí, yo haría todo lo que estuviera en mi mano y nadie podría exigirme más. Me lo repetía al trabajar, al lavar la vajilla, al ducharme, al atarme los zapatos. Solo cuando dormía, solo cuando el universo entero desaparecía de mi conciencia, era posible olvidarlo todo, olvidar incluso aquella máxima, olvidar que, pasara lo que pasara, yo no podía hacer más.

 

Hacía más de un año que Blanca y yo no follábamos. En la cama de nuestro dormitorio, cada uno yacía en una esquina. Conseguíamos mantenernos, a lo largo de la noche, calculadamente intactos. Yo sospechaba que Blanca se acostaba con algún hombre, pero no podía estar seguro: una astucia atávica le permitía mantener horarios regulares, atender a los niños, ocuparse de la casa. Me preguntaba hasta cuándo podría prolongarse aquella situación. Para un matrimonio destruido, el divorcio es la única salida, pero Blanca se resistía a dar el paso definitivo, quizás debido a los niños. Luis y Adela aún eran pequeños, aunque no lo suficientemente pequeños como para asistir indiferentes a una ruptura matrimonial. No sé si su edad sería la más difícil para padecer un divorcio, pero sí la más dolorosa. Los niños seguían creciendo, un día el sacrificio de Blanca llegaría a término y entonces me abandonaría, dejándome varado en la más profunda soledad.

Yo tenía presente la sentencia que ahora daba sentido a cada uno de mis días: hacer todo lo posible era lo único que podía hacer. Me quedaban un par de años de contrato en el gabinete de prensa y luego, otra vez, como tantas veces a lo largo de mi vida, la encrucijada de luchar por un nuevo contrato. Por su parte, Blanca ganaba poco dinero, pero su trabajo al menos era estable. Hice un recuento minucioso de nuestras obligaciones y comprobé que, para soportar el pago de las hipotecas, deberíamos recortar los gastos ordinarios por lo menos a la mitad. En cualquier familia organizada, recortar los gastos a la mitad supondría cambiar radicalmente de vida. Por la noche, pasaba horas ante la calculadora, realizando obsesivas operaciones y elaborando minuciosos listados de gastos y de ingresos. Lo más importante eran los niños: ellos no debían notar nada, ellos no debían pagar por mis errores, sus necesidades nunca estarían en juego. Pero en otros aspectos el ahorro iba a ser drástico: yo podía dejar de comer fuera en los días laborables, vender el coche, anular el seguro médico, incluso dejar de fumar. De pronto apareció una razón magnífica, abrumadoramente efectiva, para dejar de fumar: que no había dinero para tabaco.

En medio del silencio de la noche, cuando Blanca y los niños estaban acostados, me sentaba a la mesa de la cocina, tomaba la calculadora y empezaba a hacer operaciones. Acababa llorando, llorando sobre aquellos papeles en los que apuntaba cuentas, relacionaba cargos bancarios y sumaba el importe de giros y facturas. Repetía la misma ceremonia cada noche, pero no importaba. Me había impuesto una ley desde la última conversación con el abogado: acostarme solo cuando me sintiera completamente exhausto. Era el único modo de conciliar el sueño. A las tres o las cuatro de la madrugada estaba tan cansado que me tendía sobre la cama y los músculos, los tendones, la mente, renunciaban a interponer alguna resistencia. Ya no quedaban fuerzas para pensar un minuto más en mis problemas. Caía agotado y el sueño me absolvía del infierno.

 

Una de aquellas noches, mientras hacía operaciones con la calculadora y racionaba los cigarrillos del que sería mi último paquete de tabaco, Blanca se levantó de la cama, asomó tras la puerta de la cocina y se sentó a mi lado.

–¿Cómo van las cosas?

Era la primera vez en mucho tiempo que me preguntaba por nuestra economía. Sentí un alivio inmenso: por fin podría hablar con alguien sobre eso.

–Las cosas van muy mal. Me llamó el abogado. La inversión en los apartamentos ha sido un desastre. La empresa hotelera no va a dar más rentas. Ahora la urbanización está vacía, cayéndose a pedazos, pero nosotros tenemos que seguir pagando tres hipotecas. Y la de esta casa también.

Blanca miró la mesa donde se desplegaban los papeles: las sumas, las restas, los listados de gastos imprescindibles y de gastos prescindibles, toda una liturgia de garabatos que reconstruía cada noche y lucía ahora sobre la mesa con horrenda crueldad.

–¿Qué podemos hacer? –me preguntó.

Envié una sonrisa amarga.

–Reducir gastos. ¿Qué podemos hacer que no sea reducir gastos? Debemos vivir al límite. He hecho un estudio detallado. Mira.

Hablar con Blanca me animó un poco, describí los detalles de mi plan, le enseñé la lista que había elaborado con gastos prescindibles: el coche, el tabaco, los seguros, las comidas. Pero a pesar de todo era imposible afrontar las cuatro hipotecas a las que me encadené hace tiempo, estúpidamente, cuando el dinero caía de los bancos como fruta madura y cazaba a lazo a irresponsables como yo.

Blanca se sentó a mi lado, tomó la lista y la examinó detenidamente. Pasó unos minutos en absorto silencio.

–La peluquería –dijo entonces–. Sí, la peluquería. Apunta eso también. Voy dos o tres veces al mes, pero ya no es necesario.

–Blanca, yo…

–Y tú tampoco –subrayó–. Vas menos, pero también supone un gasto. Además –alzó la cabeza, para mirarme–, te quedan cuatro pelos.

Sonrió con tristeza y me pasó una mano sobre la frente, en algo que pareció el amago de una caricia.

–Te cortaré el pelo en casa.

Blanca tomó el bolígrafo y añadió aquel punto a mi lista. Luego siguió hablando.

–La danza. Las clases de danza de Adela.

–No quiero que esto afecte a los niños.

–Adela detesta ir a clase de danza. Cuando se lo diga será una fiesta. Deberías hablar más con tus hijos, en vez de pasarte la noche haciendo números. –Me miró a los ojos fijamente–. Ellos te necesitan, nos necesitan. Nos necesitan más que todo el dinero del mundo.

Torció el gesto, como si se arrepintiera de haber dicho aquello. Blanca siempre había sido seria, pero desde que nos distanciamos se había convertido en un témpano de hielo, al menos en su trato conmigo. Ahora había pasado una mano por mi frente y luego me había aleccionado acerca de cuánto nos necesitaban nuestros hijos. Confundida, como si se hubiera sorprendido a sí misma en un gesto de debilidad, volvió a examinar la lista y siguió añadiendo cosas.

Media hora después había aumentado la relación de gastos prescindibles en cuatro o cinco puntos. Yo ponía objeciones a cada uno de ellos, pero Blanca se mantuvo inflexible. La verdad es que eran restricciones que le afectaban sobre todo a ella, y en algún caso a los niños. De forma milagrosa, estábamos a punto de equilibrar el presupuesto. Nuestra vida iba a cambiar, sería mucho más modesta, más sencilla, pero midiendo los gastos al milímetro estaríamos a salvo de la ejecución hipotecaria.

Aquella noche, por primera vez en muchos meses, Blanca y yo nos metimos en la cama al mismo tiempo. Cada uno se acostó por un lado y nos dimos la espalda mutuamente. Luego Blanca apagó la luz. Y también por primera vez en mucho tiempo, pude dormir al menos cinco horas seguidas.

 

Hubo algo militar, algo castrense, en nuestra nueva vida. Cada día emprendíamos una movilización general. Los niños desayunaban, se vestían y partían a la escuela. Blanca y yo nos preparábamos unos envases con comida antes de salir al trabajo. Ella se mantenía permanentemente alerta y a veces encontraba nuevas oportunidades para el ahorro. En el supermercado compraba las marcas más baratas, era especialmente cuidadosa con el derroche de electricidad, disciplinó a Luis y a Adela para que fueran al baño al mismo tiempo, uno tras otro, y gastar así menos agua de la cisterna. En algunos momentos yo sonreía.

–¿No estaremos exagerando un poco?

–Esta es una economía de guerra, ¿no? –contestaba ella.

Tenía razón: era una economía de guerra. Me gustó la frase; resumía, de forma sentenciosa, todas nuestras privaciones, pero señalaba que habitaba allá al fondo una finalidad, un objetivo por el que merecía la pena seguir luchando, como la conversión a una fe revelada o la conquista de todo un continente. Nuestra vida tenía un propósito, perseguía algo muy claro. A partir de entonces, cuando alguno de nosotros iba al cuarto de baño lanzaba una voz de aviso, por si había en la familia algún otro voluntario. Corríamos los cuatro y acabábamos haciendo fila ante la puerta, uno tras otro, dispuestos por orden de llegada. Era divertido.

–Dios mío, estamos exagerando, claro que estamos exagerando –decía yo a veces, contagiado por aquel ímpetu movilizador.

Algo había dicho Blanca a los niños porque Luis y Adela adoptaron modos cuartelarios. En los pasillos, al verme pasar, se cuadraban y saludaban militarmente.

–¡Hola, mi capitán!

–Pero ¿se puede saber qué demonios os ha metido vuestra madre en la cabeza?

–Estamos jugando a soldados.

Jugar a soldados nos había llevado a restringir los gastos al mínimo. Lo curioso es que servía.

Una tarde llegué del trabajo más temprano de lo normal y capturé desde el vestíbulo los retales de una conversación telefónica. Blanca hablaba con alguien. Era su monitor de gimnasia. Esta vez se había ocultado de mi presencia para hablar con él, cosa que no hacía en otras ocasiones. Creo que hasta prefería, para humillarme, que yo fuera consciente de aquellas conversaciones, neutrales, deportivas, pero que sin duda ocultaban algo.

Ahora apenas pude oír las frases finales que iba a dedicarle antes de colgar:

–De modo que voy a dejarlo. No insistas. Te digo que no insistas. Mi familia me necesita, eso es todo.

Un murmullo siguió a aquellas palabras. Blanca estaba discutiendo con aquel tipo, pero el tono de la conversación no correspondía, como en otras ocasiones, al de un monitor con una alumna. Era otra cosa.

–He dicho que mi familia me necesita. Me da igual lo que tú pienses.

Después Blanca colgó.

De algún modo encontré fuerzas suficientes para entrar a la cocina con naturalidad e interrogarla. Blanca tenía gesto de enfado.

–¿Qué pasa? Era mi entrenador –explicó, con cierta violencia–. Habíamos quedado en que yo iba a dejar las clases de gimnasia, ¿no? Pues bien, lo he notificado al club.

–Pensé que hablabas de otra cosa.

–Lo he dejado, nada más.

 

Pasábamos los días de fiesta en casa. Era el mejor modo de ahorrar y con niños pequeños no resultaba muy difícil. Jugábamos a las cartas, a las adivinanzas. Blanca y yo resucitamos toda clase de divertimentos infantiles, aquellos que los niños de ahora habían abandonado, sepultados por los juegos electrónicos. Debíamos exprimir nuestra imaginación, pero comprobamos, con sorpresa, que Luis y Adela agradecían la inventiva, que les gustaba meterse en nuestros juegos, que hacían de cualquier historia un teatrillo lleno de aventuras increíbles y personajes pintorescos. Los niños, cuando juegan, se sienten predispuestos a la fantasía, del mismo modo que se sienten predispuestos a la risa. A veces hilábamos largas sesiones de chistes y, por malos que fueran, Adela era aún tan niña que no paraba de reír. Creo que a medida que los chistes se nos iban agotando ella se esforzaba en reír más. A nosotros nos daba la risa con sus ganas de reír. Y eso era una pescadilla que se muerde la cola, o un círculo vicioso, o una ley del eterno retorno, pero con niños y con sonrisas y con una imprevista felicidad, que había permanecido escondida en algún rincón de nuestra casa y que ahora asomaba sin querer.

A veces visitábamos los parques cercanos. Luis y Adela se colgaban de los columpios. Luis iba a cumplir doce años, de modo que empezaba a sentir cierto desapego hacia esas cosas. A pesar de todo, me dio la impresión de que se esforzaba en jugar con su hermana, acompañarla en las pequeñas aventuras que suponían para ella un tobogán o un balancín.

–¿Te siguen gustando los columpios? –le pregunté una vez.

Luis miró, con gesto concentrado, hacia otra parte.

–El otro día os oí hablar a ama y a ti.

Me estremecí.

–¿Y qué oíste?

–Dijiste que las cosas iban mal. Que no llegamos a fin de mes. Que tenemos muy mala suerte.

–Todo eso son tonterías.

–No me mientas –repuso, ofendido–. Lo dijiste y yo lo oí.

Tuve que retroceder. Como todo padre, me resistía a una de las leyes implacables de la vida: que mi hijo estaba creciendo y que, a medida que lo hacía, mi autoridad se iba desfigurando. A partir de entonces, en cada estación, Luis estaría más crecido de lo que me gustaría admitir. Me resigné a la verdad.

–Es cierto que no van bien las cosas. Pero no quería preocuparos. Hablo a veces con tu madre. Nada más. Tú ya eres mayor: debes comportarte como un hombre.

–Por eso estoy aquí, en los columpios. –Me miró fijamente, y lo que dijo entonces apuñaló mi corazón–: Estamos en los columpios porque Adela se divierte y porque así no gastamos dinero. Pero no me importa, papá, no me importa.

Le abracé, y él percibió en el abrazo cuánto valía lo que había dicho.

 

No salíamos a comer fuera de casa, nunca íbamos al cine. Los niños se distraían en los parques o jugábamos juntos al parchís. Leíamos libros infantiles o poníamos viejas cintas de vídeo. Esa era otra circunstancia favorable: cuando a Adela le gustaba una película exigía verla cientos de veces.

Solo los viernes, al atardecer, nos permitíamos entrar a un bar. La cafetería de enfrente de casa se transformó en nuestra única salida semanal. Nos sumíamos en la niebla acogedora del local y pedíamos un café para Blanca, una cerveza para mí y un paquete de patatas para los niños. Miguel era de esos taberneros avisados que ven pasar la vida desde la barra y se dedican, como por descuido, a interpretar el alma humana e investigar sus secretos accidentes. Nunca nos permitíamos una segunda ronda y quizás por eso, un día, Miguel tomó la iniciativa cuando yo me disponía a pagar.

–No te preocupes, Jorge, hoy invita la casa.

No sería la última vez. En los cumpleaños de Adela y de Luis decidimos resarcirle celebrándolos en su bar. Miguel nos ponía una pequeña mesa al fondo, y allí eran los boles con patatas fritas, cortezas de cerdo, gominolas, esas insalubres chucherías que adoran los niños. Luego había una tarta, una tarta de colores que Miguel encargaba en algún sitio. La cuenta era pequeña y a la tarta estábamos invitados. A los niños, cuyo radar oculto detecta esas señales, les gustaba Miguel. Adela empezó a llamarlo «tío». Todo discurría con una extraña y paradójica naturalidad.

Transcurrió el invierno al abrigo del bar de Miguel, y gastando los días de fiesta en casa, con juegos de mesa o elaborando en la cocina dulces, inventando fantásticas recetas. Pero con la primavera volvió el buen tiempo y debíamos saludar a la vida, saludarla de algún modo, pues aún pertenecíamos a ella. Sin coche, acudíamos andando a los parques cercanos, donde Adela jugaba a la cuerda o Luis empezaba a quedar con sus amigos. A veces llevábamos la merienda, extendíamos sobre la hierba un mantel floreado y comíamos los cuatro juntos. Ahora, paseando por los parques, Blanca y yo nos dábamos la mano, mientras los niños corrían delante de nosotros.

Al final de la primavera, hicimos el amor.

 

Aún no había llegado el mes de agosto, pero realmente no nos importaba permanecer en la ciudad. Se acercaban las fiestas patronales, con tiovivos, churrerías y fuegos artificiales. Blanca había conseguido, en la piscina municipal, un bono familiar realmente barato. Aquella tarde, como tantas veces, yo estaba tendido sobre el césped del parque. Blanca corría detrás de Adela, después de que la niña la provocara, y Luis se sumó al juego. Entonces sonó el teléfono. Era mi abogado y creo que antes de oír su voz ya se hizo presente el tono exultante, la euforia desmedida.

–Jorge, tengo buenas noticias: la empresa hotelera ha accedido a liquidar su deuda. He negociado el cobro a plazos. Y todavía mejor: este verano los apartamentos vuelven a ponerse en marcha. Habrá una renta; más reducida, pero habrá. Todo se ha arreglado, ¿me oyes, Jorge? Por fin, todo se ha arreglado.

–¿Todo se ha arreglado? –dije entonces, con una voz ahogada. Miré desesperadamente a los niños, que rodaban con Blanca sobre la hierba, entre enormes carcajadas. Y mientras los miraba empecé a llorar de alegría, o de tristeza, confundido, extraviado, sin entender muy bien lo que pasaba, y preguntándome si ahora todo volvería a cambiar.

Autor: Pedro Ugarte. Título: Nuestra historia. Editorial: Páginas de espuma. Venta: Amazon