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Doce relatos maestros

Doce relatos maestros

En los relatos que componen Doce relatos (,) maestros, publicado por la editorial La Navaja Suiza, probablemente encontraremos similitudes con alguna de las personas que han marcado nuestras vidas: un padre que es la única referencia para su hijo que crece en un mundo rural y solitario; un profesor marcado por el silencio de un alumno; un lector que pretende emular a su escritor predilecto; extraterrestres con una visión particular del tiempo; un hombre maduro inspirado por Marina Abramović; e incluso, una sitcom socrática.

En esta antología de varios autores españoles y latinoamericanos de distintas generaciones, y por tanto, con visiones diversas sobre la relación entre discípulos y maestros, analizan en doce relatos una época, la actual, en la que se asegura que hay una crisis de autoridad y en la que las tecnologías parecen haber, según algunos, socavado la influencia recíproca que antes se establecía entre estudiantes y mentores.

Los autores reunidos en esta antología son: Gonzalo Hidalgo Bayal, los miembros de Oulipo Pablo Martín Sánchez, Marta Sanz, Juan Gracia Armendáriz, Eduardo Halfon, Rodrigo Blanco Calderón, Isabel González, Javier Sáez de Ibarra, Jon Bilbao, Almudena Sánchez, Mateo de Paz y Eduardo Berti, de quien adelantamos un fragmento del cuento «Es la historia de un lector».

ES LA HISTORIA DE UN LECTOR

Es la historia de un lector que se apellida Vigneau. No, busquémosle un apellido más singular: Peyandreau. Lo importante, al fn y al cabo, es que este hombre (Payendreau, francés de pura cepa, víctima de la caspa y amante de los libros) es un ferviente lector de Marcel Aymé, el autor del Pasamurallas. Tan ferviente que, un buen día, se lanza a escribir un relato imitando a rajatabla la estética de su ídolo. Como una especie de máquina (máquina, en este caso, fotocopiadora), relee la obra de Aymé, analiza muletillas, ve patrones que se repiten. Los inicios, por ejemplo. Esos cuentos, como de pronto se percata Peyandreau, empiezan por lo común con la fórmula siguiente: «En tal ciudad existía un hombre que…». La fantasía, por ejemplo. Esos cuentos, como de pronto se percata Peyandreau, están llenos de excéntricos y de una sana y oblicua perplejidad ante lo real: un hombre al que le crece una aureola de santo, una aureola luminosa, encima de la cabeza y de noche no deja dormir a nadie por culpa de tanta luz; un hombre que pinta cuadros de escaso valor artístico, pero con la extravagante propiedad de ser «cuadros alimenticios» que dejan saciados a sus espectadores. Cosas así, ideas así que fascinan a Peyandreau.

Peyandreau tiene un empleo oscuro desde hace muchos años, digamos que es inspector de aves de corral o un castigo por el estilo, de manera que al principio no da abasto para vivir y trabajar y escribir; sin embargo, solicita una licencia, a las aves no les vendrá mal un inspector más joven y por qué no más simpático y sin caspa, y en los dos meses de la licencia que obtiene (sin goce de sueldo, claro) va empollando una palabra tras la otra, como imitando a las aves, va comiéndose los ahorros, pero eso a él no le importa, y le saca todo el partido del mundo a su faca inspiración. Lo que tiene ante sus ojos no es un cuento, todavía. No obstante, él logra trazar un esquema, algo que bautiza como «croquis». Y, cumplida la licencia, otra vez al triste ritmo de su empleo con las aves, consagra una hora nocturna, a lo largo de muchos meses, a desarrollar el cuento, a limar las incoherencias en la trama, a pulir la música y la exactitud de cada frase y, sobre todo, a no perder jamás de vista que debe parecer escrito por el gran Marcel Aymé.

De la experiencia, Peyandreau sale transformado. Ya admiraba a su maestro, ahora mira su ofcio con nuevos ojos. Cada palabra, cada punto, cada coma. Es como esos afcionados al fútbol que patean una pelota cada seis o siete años, como mucho: los días siguientes a su excepcional incursión deportiva se identifcan como nunca con las acciones de los atletas.

No sería ilógico que, entusiasmado, nuestro Peyandreau se pidiera otra licencia. Pero llegan las vacaciones y a la sombra de unos alerces, en una casa de campo que le presta un buen amigo (que le alquila un conocido, en realidad, a un precio bastante módico), termina al fn su relato, porque él no abandona el texto como quería Paul Valéry: él lo termina. Lo termina y, puesto a correr el riesgo, se lo envía al maestro Aymé. Lo mete en un sobre inmenso en el que podrían caber dos novelas, tres novelas, más que un mísero relato, y escribe con letra diminuta, cohibida: «M. Aymé, Éditions Gallimard, París». Todo el mundo sabe quién es Aymé, dónde queda Gallimard y cómo hacer para que una carta viaje hasta las manos del escritor. Si no fuera por su mezcla de inocencia y testarudez, Peyandreau no hubiese escrito ese cuento, no se lo hubiese enviado a su maestro y no hubiese tenido el arrojo de poner como broma más o menos involuntaria, bajo el título de su ardua creación («Déjà-vu»), estas otras cinco palabras: «Un cuento de Marcel Aymé».

A partir de ese momento, Peyandreau se desvanece y lo que nos ocupa es Aymé. Estamos en octubre de 1949. O, mejor, en noviembre de 1950, así podemos decir que Aymé acaba de publicar su libro En arrière. En Gallimard hay un buzón que no se aburre de recibir sobres como el de Peyandreau: A. Gide, Éditions Gallimard, París; R. Queneau, Éditions Gallimard, París; J. Paulhan, Éditions Gallimard, París. Pareciera que toda Francia vive allí, en ese lugar. Y puede que sea verdad. Metafóricamente, al menos. Lo cierto es que, una mañana de otoño, Marcel Aymé recibe el cuento del inspector de aves Peyandreau. De Peyandreau, autor de un cuento de Aymé. No es el primero ni el último cuento ajeno que le trae el correo. Lo insólito es que allí dice que ha sido escrito por él. Por eso Aymé lo lee. Únicamente por eso. ¿Únicamente por eso? ¿De qué trata el relato? Un tal Martin (no queda claro si es su nombre o su apellido) no puede ir al cine sin sentir un extraño déjà-vu y, a los diez o quince minutos de iniciada la proyección, descubre sin remedio que ya sabe cómo seguirá y terminará la historia. No es que haya visto antes la película (al contrario, Martin no frecuenta los cines porque prefere leer), sino que por alguna razón ignorada él ya conoce sobradamente el flm y unos pocos minutos iniciales le encienden un recuerdo como adormilado: escena por escena, plano por plano. A menudo hasta repite de memoria los diálogos.

El falsario, por lo visto, lo ha estudiado con obsesión de inspector. Pero ha estudiado, si se quiere, los defectos. Las muletillas que, contra los deseos del autor, resurgen libro tras libro. El resultado es, con todo, bastante satisfactorio, concluye Aymé y guarda el cuento en un cajón de su escritorio de trabajo. ¿Por qué allí? ¿Por qué allí, precisamente, en un cajón donde parecen tener la entrada prohibida los textos que no salen de su pluma o de su máquina Rooy? A lo mejor por distracción. A lo mejor porque se ha tomado en serio eso de «un cuento de Marcel Aymé». A lo mejor porque, menuda coincidencia, la máquina de escribir del inspector de aves Peyandreau es la misma máquina Rooy con la que él, Aymé, escribe sus cuentos (y también sus novelas) cuando no usa la pluma: la misma máquina que emplea, tras la pluma, para pasarlos en limpio, como reza la expresión. O a lo mejor –quién podría contradecir esto– porque el cuento le ha parecido potable y ha tenido la idea fugaz de escribirlo con sus palabras, que es otra forma de pasar, por qué no, en limpio un relato.

No sabemos cuándo muere Peyandreau. Sabemos que Aymé muere el 14 de octubre de 1967. Podríamos fantasear que el escritor y 17 es la historia de un lector a la misma hora. Pero suena descomedido y no es lo mejor, ya veremos, para la historia. Lo que importa es que, tras la muerte de Aymé, siguen saliendo libros de Aymé, siguen naciendo lectores de Aymé y siguen llegando cartas para M. Aymé, Éditions Gallimard, París, al menos por unos meses, de manera comparable a las uñas y los pelos que siguen creciendo en el cuerpo de los muertos, por inercia, si aceptamos la explicación más pedestre, o porque la vida no resulta tan fácil de matar, si nos ponemos poéticos. Si un hombre puede atravesar una pared, si un hombre puede tener una aureola luminosa sobre la cabeza, si un hombre puede pintar cuadros comestibles, ¿por qué no puede un escritor seguir publicando libros después de muerto? Para eso, que no tiene mucho de milagro, están los albaceas, los amigos, los herederos y también los expertos en la obra.

Un nuevo libro, por lo tanto, atraviesa las paredes de la tumba de Marcel Aymé años después de la muerte de su ocupante. Reúne una serie de cuentos publicados en revistas, recopilados por un joven experto que se apellida Dupond. Todos afrman que el nuevo libro está muy bien, como si Aymé siguiera vivo y el mundo se viese lleno, más que nunca, de cuentos que empiezan con «En tal ciudad existía un hombre que…».

Transcurre el tiempo, unos cuatro o cinco años más, y el mismo experto, el joven señor Dupond, el «entendido en Aymé», recibe la notoria oferta de editar los cuentos completos del maestro. Es el sueño de su vida. Con saludable ambición, Dupond emprende la pesquisa de inéditos. La familia Aymé abre una serie de puertas (de la casa, de la habitación donde escribía el maestro, de un armario donde archivaron papeles que se fueron amarilleando) y abre también los cajones: ahí está el cuento del inspector de aves Peyandreau. El joven Dupond lo acoge como un tesoro caído del cielo. Es la máquina Rooy de Aymé. Es el estilo de Aymé. No es el mejor de sus cuentos, desde luego. Pero es un texto inédito y Aymé tiró a la basura, hace más de veinte años, el sobre y la carta en la que Peyandreau, con letra diminuta, explicaba que se había tomado el atrevimiento…

Los Cuentos completos se editan con el cuento del fnado Peyandreau. Pero no, nada de fnado. Supongamos, ya que conocemos poco de este último, que Peyandreau sigue vivo. Con menos pelo y menos caspa. Pero vivo. Y que lee los Cuentos completos y se pregunta qué actitud adoptar: ¿no decir nada y morir con el inútil orgullo de ser parte de la obra literaria de otro hombre, pero no un hombre cualquiera, sino el que más ha admirado y sigue admirando aún? ¿O confesar la verdad?

Peyandreau calcula que, si sale a decir la verdad, lo tomarán por loco o, peor, por megalómano. Así que medita. Medita. No se toma otra licencia de su empleo porque lleva años jubilado. Pero pone en su rutina una especie de paréntesis comparable solamente a aquellos meses, tan inolvidables, que pasó escribiendo el cuento de Marcel Aymé. El único cuento que escribió en toda su vida, parece. Y no está mal que sea así. No está mal que él, el alumno, no haya reincidido con la escritura.

¿Qué siente Peyandreau al ver su cuento en el grueso libro con los cuentos completos de Aymé? ¿Qué siente? Desde luego, en su momento aguardó que Aymé contestara. Que le diese una señal. Una cualquiera.

Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964) es autor de más de una decena de títulos entre los que destacan La vida imposible, Todos los funes (fnalista del Premio Herralde), La mujer de Wakefeld, El país imaginado (Premio Emecé y Premio Las Américas) o su última novela Un padre extranjero. Es miembro de Oulipo (Ouvroir de Littérature Potentielle).

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Autor: Varios autores. Título: Doce relatos maestros. Editorial: La Navaja Suiza. VentaFnac y Casa del libro

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