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221b, 17escalones

Antes de dar el sí definitivo para compartir juntos las mismas habitaciones, Holmes y Watson decidieron, en un arranque de sincera espontaneidad, confesar en presencia de Stamford sus mutuos defectos para que luego no hubiera reproches y problemas de convivencia. Este fue un buen principio ya que los dos, salvando esporádicas y muy justificadas ausencias, iban a vivir juntos toda la vida hasta que la muerte o el matrimonio los separase, circunstancia que en ese momento ninguno de los dos contemplaba. Pasarían a ser protagonistas de una de las uniones más perfectas, largas y admiradas de toda la historia de la literatura. Cualquiera de los estudiosos y amantes del Canon hubieran dado el pulgar de su mano derecha por compartir de vez en cuando una de sus sabrosas veladas o acaso ser invitados a tomar el té en su compañía.

Holmes dijo en su cargo que fumaba un tabaco muy fuerte, que usaba productos químicos para sus experimentos, que sufría largos periodos de melancolía y que de vez en cuando tocaba el violín o se limitaba a rozar las cuerdas con el arco. Omitió confesar el sagaz detective que a veces usaba un viejo revólver para disparar contra la pared de la habitación que actualmente ocupaba en Montague Street, cerca del British Museum, para rendir homenaje con su puntería a la reina Victoria.

Watson, por su parte, confesó que fumaba ship´s, un tabaco con una mezcla de cacao muy apreciado por los marinos y que tenía un cachorro de bulldog (la existencia de este perro no se vuelve a mencionar en todo el Canon lo cual ha suscitado cantidad de hipótesis y controversias, algunas muy peregrinas. Yo creo, personalmente, que el perro nunca existió y que solo se trataba de una broma que gastó Watson a Holmes).

"¿mi querido amigo llevamos viviendo juntos en esta casa desde hace dos meses, ¿acaso me pudiera decir los escalones que hay desde la puerta de la calle a la nuestra?"

Aclarados los anteriores y espinosos aspectos quedaron para el día siguiente al mediodía para visitar la que podía ser su futura residencia. Todo fue sobre ruedas, las habitaciones del 221B eran perfectas para ser compartidas por la pareja: Dos acogedores dormitorios y una amplia sala de estar amueblados con exquisito gusto victoriano.

Los días siguientes los emplearon en trasladar sus pertenencias a la vivienda más literaria que en el mundo ha sido. Después, Watson dedicó su tiempo libre, que era mucho, en observar a su compañero y descansar de su maltrecho estado del que poco a poco se iba recuperando. No lograba entender en absoluto cuál era la profesión de Holmes y solo veía que desfilaban por la sala de estar individuos rarísimos. Uno de ellos, que le fue presentado bajo el nombre de señor Lestrade, tenía un rostro cetrino, ojos oscuros y cara ratonil; otro era cheposo y cojeaba de una manera aparatosa. Toda una galería de personajes transitaban a diario ante Watson y él tenía que ausentarse de la sala de estar y recluirse en su dormitorio para dejar sitio libre al detective.

Un día que se levantó más temprano de lo habitual y su desayuno no estaba sobre la mesa se malhumoró absurdamente (por primera y última vez contra la señora Hudson) y se puso a hojear una revista con desgana. En ella dio con un artículo que se titulaba El libro de la vida, en el que se explicaba un método para conocer mediante una atenta observación todo aquello que se cruzaba en nuestro camino. Watson hizo una reflexión en voz alta y Holmes con estudiada calma le aclaró que el artículo era suyo y todo lo que en él se decía estaba cimentado en un meticuloso estudio avalado por la ciencia, añadió que la mayoría de las personas se limitaban a mirar sin observar lo que tenían delante de la vista. Watson se irritó y le dijo a su compañero que aquel ensayo carecía de fundamento, que era un enorme disparate.

Holmes acabó la tostada de su desayuno, se acarició la boca con la punta de la servilleta, y le preguntó a Watson, sin ninguna acritud, «mi querido amigo llevamos viviendo juntos en esta casa desde hace dos meses, ¿acaso me pudiera decir los escalones que hay desde la puerta de la calle a la nuestra?». Y Watson, muy cortado, no supo que responder.

 

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