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Dientes de león, de Yasunari Kawabata

Dientes de león, de Yasunari Kawabata

Con motivo del 125 aniversario del nacimiento del gran escritor japonés Yasunari Kawabata, la editorial Seix Barral publica por primera vez en castellano, con traducción de Tana Oshima, su novela póstuma Dientes de león. La presente edición incluye un prólogo de Alejandra Kamiya.

En Zenda reproducimos el arranque de Dientes de león (Seix Barral), de Yasunari Kawabata.

***

Había muchos dientes de león a orillas del río Ikuta. Que hubiera tantos en la ribera decía mucho del carácter del pueblo: Ikuta era así, como una primavera llena de dientes de león. De sus 35.000 habitantes, 394 eran ancianos de más de ochenta años.

Solo había una cosa fuera de lugar en Ikuta: el manicomio. Pero quizá era lo propio de un psiquiátrico desencajar así con el entorno. Quien eligió construirlo ahí, en ese pueblo tranquilo, silencioso y gastado, debió de ser un genio, aunque, bien pensado, los males del espíritu no se curan solo porque el entorno sea pacífico. El loco vive en su propio mundo, distinto al real y específico a su locura, y eso no va a cambiar por mucho que cambie de paisaje. Era poco probable que el manicomio fuera tan eficaz como esperaban los familiares que ingresaban ahí a sus locos. La locura está más determinada por el individuo de lo que lo está la cordura, y no hay un remedio único para todos.

Sin embargo, el encanto del pueblo, tan luminoso y cálido como los dientes de león, sí ayudaba a que los familiares y allegados de los locos no sintieran que los habían abandonado y encerrado en uno de esos lugares tristes y crueles que tanto abundan. Cuando, después de haberlos dejado en el hospital en lo alto de una colina, bajaban por el camino que llevaba al pueblo bordeando el río, oían a lo lejos la campana de un templo. Era la voz de despedida de los locos que quedaron allá arriba en el hospital. Era el sonido del adiós que atravesaba el pueblo y el mar entero. Triste, pero no desquiciado. No sonaba como si fueran unos locos quienes tocaban la campana.

Así les había dicho el médico antes de que la madre de Ineko Kizaki y su novio Kuno salieran del hospital aquel día después de ingresarla:

—Cuando oiga la campana en el camino de vuelta, piense que es su hija quien la toca.

—¿Cómo? —preguntó la madre de Ineko sin entender nada.

—Las campanadas de las tres las dará hoy su hija.

—Ah…

—A los pacientes les encanta tocar la campana. Los llena de alegría. La tocan todos los días, tantas veces que no damos abasto. Aquellos que mejoran piden tocarla una última vez el día en que les damos el alta. A los que llegan nuevos les invitamos a que la toquen el primer día, si su enfermedad lo permite. Van acompañados de una enfermera, claro está, y en general es raro que estén tan graves como para verse físicamente incapacitados. En el caso de su hija, los síntomas son leves.

—Sí.

—También pensamos que quizá el hecho de tocar la campana pueda tener algún efecto terapéutico. Es algo que no podemos demostrar, porque a diferencia de los médicos de cabecera o los internistas, nosotros nos encontramos con pacientes que mejoran y después empeoran súbitamente sin que podamos saber por qué. Pero algunos de nuestros especialistas jóvenes creen poder identificar el estado de los pacientes según su forma de tocar la campana.

—Ah…

—Lo que sí sabemos con certeza es que los pacientes expresan algo a través de las campanadas, como si estas fueran su voz. Quizá sea un eco que viene de las profundidades de su corazón.

—Mmm… —Kuno asintió y miró al médico sin demasiada convicción.

—Los pacientes ingresados aquí están aislados del mundo exterior. Pero las campanadas que dan traspasan las paredes del hospital y llegan hasta el pueblo de Ikuta. Sean ellos conscientes o no, lo cierto es que se comunican con el pueblo a través del sonido de la campana. Dicho de otra manera, transmiten así su existencia.

—Qué triste —dijo la madre de Ineko.

—¿Triste? No, no tiene por qué serlo —respondió el médico—. Los habitantes de Ikuta no saben quién toca la campana, ni creo que se lo pregunten. Para ellos, las campanadas simplemente dan la hora, y como es algo que ocurre todos los días, seguramente hayan incluso olvidado que quienes la tocan están mal de la cabeza. Nadie se detiene a escuchar las fluctuaciones en las campanadas o cómo a través de ellas los pacientes intentan expresar lo que guardan en sus corazones. Al fin y al cabo, es solo un sonido que marca el tiempo. Eso sí, todo el mundo sabe que aquellas son las campanadas del Hospital Ikuta; forman parte del pueblo.

—…

—Antes, en el templo, daban las campanadas dos veces al día, a las seis de la mañana y a las seis de la tarde. Como los pacientes disfrutaban tanto tocando la campana, le pedimos al ayuntamiento permiso para tocarla cinco veces al día: a las seis y a las diez de la mañana, a las tres y a las seis de la tarde, y por último a las nueve de la noche. No creo que haya muchos pueblos en los que se dé la hora cinco veces al día. Hubo gente que se opuso a las de las nueve de la noche, pero comprendieron que no es más que una reverberación sosegada y pacífica que ayuda a los pacientes a dormir, de modo que nos lo perdonaron.

La madre y el novio de Ineko otearon el pueblo desde la entrada del hospital.

—¡Qué pueblo más tranquilo y agradable! Seguro que de un lugar así no surge nadie con esa enfermedad tan rara como es la ceguera de cuerpo —dijo la madre.

—Ciertamente, su hija tiene una enfermedad muy atípica —respondió el médico—. Es la primera vez que recibimos a una paciente con ceguera de cuerpo en este hospital.

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Autor: Yasunari Kawabata. Traducción: Tana Oshima. Título: Dientes de león. Editorial: Seix Barral. Venta: Todos tus libros.

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