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Dominique Dunne, una filmografía que se quedó en el aire

Dominique Dunne, una filmografía que se quedó en el aire

Siempre que tengo que escribir sobre chicas vilmente asesinadas cuando tenían toda la vida por delante, me viene a la cabeza ese pasaje último de A sangre fría (1966), aquel en el que Truman Capote nos presenta a Susan Sue Kidwell ante la tumba de los Clutter. Allí se encuentra casualmente con Alvin Dewey, el policía que detuvo a Perry Edward Smith y Richard Hickock, los asesinos de los Clutter. La joven comenta al agente que a menudo se acerca hasta el sepulcro para evocar los proyectos de futuro que su amiga Nancy Clutter y ella hicieron: “Habíamos planeado ir juntas a la universidad. Pensábamos compartir una habitación. A veces lo recuerdo”.

Ni que decir tiene que matar a un ser humano es un crimen igual de abominable con independencia de la edad de la víctima. Pero si ésta es una persona con toda la vida por delante, su asesino también se lleva todas las cosas que el infeliz hubiera podido hacer y nunca hará.

"A veces hay coincidencias que estremecen: Dominique Dunne nació el mismo mes, y casi el mismo día, que Smith y Hickock dieron muerte a Nancy Clutter: noviembre de 1959"

Ése fue el caso de Dominique Dunne, una prometedora actriz de las dos pantallas estadounidenses de comienzos de los años 80. Hubiera podido ser otra Phoebe Cates, tal vez otra Jennifer Beals o, quizás, una nueva Lea Thompson… En fin, otra de esas actrices que integran los repartos del cine comercial estadounidense —y ya tienen admiradores sinceros que las mandan flores— hasta que un personaje en concreto las catapulta al estrellato. O, finalmente, cansada de incorporar a personajes secundarios, hubiera podido dejar el cine para buscar su realización personal en otros menesteres. Todo un mundo de posibilidades se abría para la joven Dominique. Pero su exnovio, John Thomas Sweeney, era uno de esos tipos, a cuál más despreciable, que matan a las mujeres que les rechazan y la estranguló a la puerta de su casa, tras propinarla la última paliza, cuando la actriz sólo tenía veintidós años. A veces hay coincidencias que estremecen: Dominique Dunne nació el mismo mes, y casi el mismo día, que Smith y Hickock dieron muerte a Nancy Clutter: noviembre de 1959.

En realidad, su medio principal fue la pequeña pantalla. Los televidentes con mejor memoria la recordarán en algunas de las series más populares de aquellos años —Lou Grant, Hart y Hart, Fama…— donde solía recrear a otras jóvenes de la época, sus contemporáneas. En la gran pantalla sólo nos brindó su interpretación de Dana Freeling, la hermana mayor de la familia que en Poltergeist (Tobe Hooper, 1982) comienza a verse agobiada en su casa por fenómenos extraños.

"Hay cintas de terror que, tras la cámara, parecen sometidas a una metafísica aún más sombría que la referida en su argumento"

En honor a la verdad, su personaje es el que tiene menos peso de los tres hermanos Freeling. Se va a dormir a casa de una amiga cuando en la suya empiezan los fenómenos extraños. Sin embargo, tras la entrada del filme en las nóminas de películas malditas por las desgracias que acontecieron a varios de los intervinientes en su rodaje, Dominique Dunne cobró un protagonismo que sobrepasa el que tiene en las secuencias de Hooper. Esto se debe a que tuvo la desgracia de ser la primera de las actrices que interpretaron a las hermanas Freeling muertas prematuramente.

Siendo el caso que Heather O’Rourke, la niña que incorporó a Carol Anne, murió cuando sólo tenía doce años —a consecuencia de la enfermedad de Crohn, a ella no la mató nadie— suele pensarse que, con independencia de que el novio de Dominique fuese un asesino que jamás mereció el amor de las mujeres, las muertes prematuras, que se llevaron a distintos miembros del equipo técnico y del elenco de actores, obedecen a la maldición de Poltergeist. Ya convertida en la correspondiente saga, con la que el Hollywood adocenado acostumbra a proseguir la explotación de sus éxitos, como en las sucesivas entregas también siguieron muriendo prematura y repentinamente algunos de los actores que las protagonizaron, se concluyó que sobre estas producciones pesa cierto estigma por versar sobre ciertos arcanos.

Hay cintas de terror que, tras la cámara, parecen sometidas a una metafísica aún más sombría que la referida en su argumento. Al volver sobre dichas producciones se constata, con inquietud como poco, que lo acontecido a distintos miembros de su equipo fueron hechos, terribles y luctuosos, que no miedos ni aprensiones, ante los que la razón sólo puede correr un tupido velo. Se trata de una concatenación de fatalidades, como las que acarrean, una tras otra los estigmas impuestos en la vida cotidiana a los malditos por quienes reparten las bendiciones.

"Hay quien sostiene que algunos espectadores de La casa del horror sufrieron brotes psicóticos durante su proyección, lo que llevó a los jueces de diversos estados norteamericanos y de España a prohibir su exhibición"

Si se dan las circunstancias, no hay ficción que proporcione uno de esos complacientes “todo es mentira” con los que la razón más descreída gusta de reconfortarse ante los miedos incomprensibles. Sólo sirve —por así decirlo— mirar hacia otro lado. Ya digo, correr ese tupido velo. Es como si la realidad misma quisiera advertirnos sobre ciertos asuntos sobrenaturales, que escapan a nuestro entendimiento, en los que es mejor nunca adentrarnos.

En efecto, es como si ciertos equipos de rodaje acarreasen las consecuencias de haber invocado a un dios impío cuyo nombre no debe pronunciarse. De qué otro modo se puede explicar que Claudio Guerín Hill, la gran promesa del cine español de los primeros años 70, yendo a rodar el último plano de La campana del infierno (1973), hallase la muerte al precipitarse al vacío desde lo alto del campanario de la iglesia de Noya (La Coruña). Hablamos de la Galicia de la Santa Compaña, la que dice no creer en las meigas, aunque “haberlas, haylas”. El templo en cuestión, cuenta su leyenda, está condenado a la asimetría que le confiere un solo torreón. Antes de construir el otro, el cantero encargado de la obra corrió la misma suerte que habría de aguardar al cineasta.

Hay quien sostiene que algunos espectadores de La casa del horror (Tod Browning, 1927) sufrieron brotes psicóticos durante su proyección, lo que llevó a los jueces de diversos estados norteamericanos y de España a prohibir la exhibición de la que, según la literatura de ella llegada hasta nuestros días, es una de las grandes cintas del silente. Eso de que algunos de sus intérpretes fuesen verdaderos vampiros, por lo que nunca se volvió a saber de ellos, ya es más difícil de creer.

En cualquier caso, el negativo de La casa del horror ardió, por combustión espontánea, en los almacenes de la Metro en 1967. Recuérdese que, con anterioridad al filme de seguridad, cuando la película cinematográfica era verdaderamente el celuloide de antaño, estos accidentes eran relativamente frecuentes. Pero, mediados los años 50, el safety film se había impuesto y los grandes estudios habían copiado a él todos sus negativos. Todos menos el de La casa del horror. Cuando se fue a buscar el último positivo del que se tenía noticia a la sala correspondiente, para sacar de él un internegativo y tirar nuevas copias, el positivo también ardió espontáneamente.

"Dominique Dunne era una hija de Hollywood. Su vida era maravillosa. Hasta su madrina era una de las hijas de Gary Cooper"

Más turbador es el estigma que se le atribuye a La profecía (Richard Donner, 1976). Rodada en plena eclosión del cine de endemoniados, que sucedió al estreno de El Exorcista (William Friedkin, 1976), esta historia, sobre un niño que resulta ser la encarnación del anticristo, fue objeto de un cúmulo de desgracias también preocupante. Un tigre mató al domador, justo después de rodar una de las secuencias con las fieras que había preparado, en la que los animales obedecían órdenes del anticristo. No menos extrañas fueron las circunstancias que rodearon la muerte de Liz Moore, la novia de John Richardson, uno de los responsables de los efectos especiales e integrante ella misma del equipo. Un accidente de tráfico puso fin a los días de esta joven técnica. Pero lo hizo decapitándola con una placa de vidrio. Exactamente igual que muere Jennings, el fotógrafo recreado por David Warner, uno de los más implicados en la lucha contra el Maligno. Más aún, para mayor inri, el mojón de la carretera donde tuvo lugar el siniestro indicaba que la ciudad más cercana era Ommen —como el título original de la película— y que distaban 66.6 millas de ella. El 666 está considerado el número del Diablo.

Margaret Jobeth Williams, la intérprete de Diane Freeling, en Poltergeist la madre de la familia agobiada por los fenómenos extraños, suele contestar, cuando se le pregunta, que la maldición que pesa sobre cuantos participaron en la cinta de Hooper se debe a que sacaron auténticos cadáveres de sus tumbas para rodar esa secuencia en la que, a su personaje, en la piscina en construcción, empiezan a rodearle los ataúdes que asoman a la superficie. No se debe profanar el sueño de los muertos. Dominique Dunne sigue entre ellos.

Hija del productor Dominick Dunne —que lo fue de Pánico en Needle Park (Jerry Schatzberg, 1971), una de las mejores cintas sobre yonquis; sobrina del guionista John Gregory Dunne —quien entre otros libretos escribió el de Confesiones verdaderas (Ulu Grosbard, 1981)—; hermana del actor Griffin Dunne —protagonista de Jo, ¡Qué noche! (Martin Scorsese, 1985)—, Dominique Dunne era una hija de Hollywood. Su vida era maravillosa. Hasta su madrina era una de las hijas de Gary Cooper.

"Las contusiones que muestra Cindy no son el producto del maquillaje. Son el resultado de una de las últimas palizas que le dio a Dominique su futuro asesino"

Sin embargo, el lado horrible de las cosas no tardó en serle dado. El alcoholismo y la toxicomanía de su padre provocaron la ruptura del hogar en la Santa Mónica que la había visto nacer el mismo mes que asesinaron a Nancy Clutter. Dominique aún era una niña de ocho años cuando se separaron sus padres. Tras acabar sus estudios y ese periplo europeo común a tantos jóvenes estadounidenses, que en el caso de Dominique la llevó a Italia durante un año, comenzó su actividad televisiva en el 79.

Todo iba bien hasta que en 1981 conoció en una fiesta a su futuro asesino. En aquel tiempo, Sweeney era el chef de un restaurante de moda. Empezaron a vivir juntos. Entonces él resultó ser uno de esos canallas que maltratan a las mujeres. Dominique le denunció en algunos espacios televisivos. Uno de sus últimos personajes, la Cindy de un episodio de Canción triste de Hill Street Réquiem For a Hairbag—, que dirigido por Bob Kelljan fue emitido el 22 de noviembre del 82, fue premonitorio. En sus secuencias, la actriz interpreta a una joven maltratada por el novio. Las contusiones que muestra Cindy no son el producto del maquillaje. Son el resultado de una de las últimas palizas que le dio a Dominique su futuro asesino. Al llegar al rodaje, ella quiso que se las dejaran para dar más verosimilitud al personaje.

La joven había echado de casa a Sweeney a finales del último mes de julio. Pero él volvía a visitarla cuando le enajenaban los celos. Le dio la última paliza el 30 de octubre de 1982. Ella no le dejó entrar al domicilio, estaba ensayando unas secuencias con el actor David Packer. Mientras este último llamaba a la policía, Sweeney la sacó a la calle y la molió a golpes. Cuando los agentes le detuvieron, se jactaba de haberla estrangulado. Aunque el paro cardiaco era irreversible, en el hospital la aplicaron soportes vitales. Unos días después la familia pidió que se los retirasen. Sweeney, acusado de homicidio, permaneció en prisión sólo tres años. Una vez excarcelado se cambió el nombre. La filmografía de Dominique Dunne, su vida entera, se quedaron en el aire. Acaso obedeciendo a la maldición de Poltergeist. De ser así, ese mal metafísico se valió para acabar con ella de algo tan terreno como un asesino abominable.

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