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Dostoievski en España

Fiodor Dostoievski ha cumplido 200 años, el pasado 11 de noviembre. Son sus primeros 200 años. Su obra seguirá creciendo en las próximas décadas y siglos. La interpretación de la obra de Dostoievski es uno de los grandes retos de la crítica literaria moderna. No es casual. Así sucede con todos los grandes autores literarios: desde Homero y Aristófanes a Kafka o Th. Mann, pasando por Cervantes, Shakespeare o Goethe. En la crítica eslava Shklovski, Bajtín y Meletinski son hitos en el gran debate que suscita Dostoievski. Ese gran debate encalla ante los límites de la crítica moderna. La crítica española también ha tenido un capítulo —nada despreciable— para las lecturas de Dostoievski. José Ortega y Gasset y sus herederos José Bergamín, Mariano Baquero Goyanes y José Carlos Mainer dedicaron páginas memorables al novelista ruso. Para Ortega Dostoievski fue el escritor que mejor encarna la esencia de lo moderno. Fruto de esa idea son las páginas que le dedica en Ideas sobre la novela. Dostoievski es para él el abanderado de una nueva novela. Las ideas de Ortega se fundan en una aguda interpretación de la epopeya y del simbolismo tradicional. Es significativo que el diagnóstico que Ortega hace de Esquilo, el gran poeta trágico griego, pueda ser trasladado a Dostoievski y conserve toda la eficacia de su definición: “Le acongojaron los problemas del bien y del mal, de la libertad, de la justificación, del orden del cosmos, del causante de todo. Y sus obras son una serie progresiva de acometidas a estas cuestiones divinas. Su estro parece más bien un ímpetu de reforma religiosa”. Esta sustitución de Esquilo por Dostoievski nos debe servir para constatar el profundo arraigo de la estética en que se funda la obra de Dostoievski y como indicio de que si la crítica del siglo XX europea vio en esta obra una revelación no fue algo casual sino una consecuencia de sus propiedades y de lo inadecuado de los parámetros que se le han venido aplicando a la hora de comprender su auténtica envergadura.

"El arte de Dostoievski consiste en dramatizar, teatralizar tan profundamente la novela"

Para Bergamín, Cervantes y Dostoievski constituyen las dos máximas corrientes espirituales de toda la novelería del mundo. Cervantes es un mundo clarísimo, luminoso, transparente y superficial —profundamente superficial—. Las apariencias no engañan nunca en ese mundo novelesco teatral de las novelas de Cervantes. Con su obra explica la disolución de la frontera entre prosa y poesía. Cervantes suena mal, tanto en prosa como en poesía, porque lo milagroso de su palabra no reside en la musicalidad, sino en el poder pictórico de su plasticidad imaginativa, visual. La frontera entre novela y poesía se funda en los mundos respectivos: el mundo humano, para la novela, y el mundo divino, para la poesía. «El mundo de la novela acaba donde empieza el mundo de la poesía. El fin del mundo de la novela —su revelación— es el principio del mundo de la poesía», lo que no le impide afirmar que donde acaba el Quijote empieza el Persiles, pues esta obra trasciende lo novelístico a lo poético. Y Dostoievski es para Bergamín un mundo misterioso, sombrío, oscuro y profundo —superficialmente profundo—. Dostoievski culmina la novela romántica, dejando libre el monstruo de la novelería. La gran diferencia que aprecia Bergamín entre Cervantes y Dostoievski (con Goethe en el medio) es que el novelista ruso culmina la novela moderna. La novela moderna parte de la degeneración de la novela clásica (que arranca con la novela romántica). «Se genera, monstruosa y laberíntica, por las causas que la corrompen: la historia, la psicología y la moral. Y el origen de esa corrupción está en la novela sentimental del siglo XVIII y en el «primoroso laberinto de amor… de La princesa de Clèves». Sus herederos serán Stendhal, Victor Hugo, Sue, Balzac, Dickens, Flaubert, Zola, Tolstói, Galdós… En su caracterización de la novela moderna, Bergamín constata que, para el novelista, no hay cuestión moral en la novela. Ha empezado por darle a sus personajes el vestido de bondad o de maldad que les convenía. Es Laclos en Las amistades peligrosas quien pone la semilla de la modernidad novelística, poniendo de manifiesto algo escandaloso: la mezcla del bien y del mal, la yuxtaposición del cielo y del infierno. La culminación de la novela moderna es la obra de Dostoievski. De Dostoievski le llama la atención la centralidad del suceso. «Todo sucede. Se sucede, en el tiempo, de una manera visual, espacial; teatral, en suma: dramática». El pensador ruso M. Bajtín percibió este mismo fenómeno en la obra del novelista ruso y lo llamó simultaneidad. Bergamín lo explica en estos términos: «El novelista procede con obligada libertad al cortar el tiempo en el espacio, de este modo visual, teatral, para localizar su drama».

El arte de Dostoievski consiste en dramatizar, teatralizar tan profundamente la novela: en alcanzar de toda la novelería del siglo XIX esta inesperada y magnífica conclusión.

Lo que llamaríamos la revelación de la voz, del espíritu subterráneo, puede que no haya sido más que eso: el darse cuenta Dostoievski de la situación infra-teatral en que la novela se encontraba a consecuencia de sus desviaciones estéticas.

"Mainer ha recordado la admiración de Baroja por Dostoievski en páginas que apuntan que comparte esa admiración"

Baquero es el teórico del simbolismo novelístico. Sobre este fundamento hay que situar la admiración de Baquero por Dostoievski. A propósito de Henry James escribe: «A veces Henry James, por algunos temas que trata, produce casi el efecto de un Dostoievski en tono menor, un Dostoievski anglosajón capaz de crear seres complicados y aun morbosos, pero carentes de la trágica crispación que es característica de unos Karamázov o un Raskólnikov».

Mainer ha recordado la admiración de Baroja por Dostoievski en páginas que apuntan que comparte esa admiración. Baroja, dice, reflejó muy fielmente la sensación de turbadora novedad y poder espiritual que debió dar a los lectores el conocimiento de aquella joven narrativa y cita a Baroja. “Dentro de cien años se hablará de la aparición de Dostoievski en la literatura como uno de los acontecimientos más extraordinarios del siglo XIX. En la fauna espiritual europea será algo como el diplodocus”. Y, tras reseñar los méritos de la lectura que Bajtín hace de Dostoievski, retoma una idea de Camus —que adaptó a la escena Los poseídos y relató su inspiración dostoievskiana en El mito de Sísifo—: “Si quieres ser filósofo, escribe novelas”.

"Dostoievski ha cumplido su segundo centenario. Son solo sus primeros doscientos años. Su obra sigue esperando nuevas exégesis"

Dostoievski ha cumplido su segundo centenario. Son solo sus primeros doscientos años. Su obra sigue esperando nuevas exégesis. Él mismo ofrece algunas pistas cuando escribe en Los hermanos Karamázov: “Aquí lucha el diablo contra Dios y el campo de batalla es el corazón del hombre.” O, mejor todavía, cuando escribe en El idiota: “Si alguien pidiera a la humanidad que explicara qué ha aprendido de su existencia podría responder con el Quijote”.

Mientras llegan esas exégesis nos podemos conformar con el diagnóstico de Thomas Mann: “Una obra colosal de insospechada originalidad y audacia, de borrascosa riqueza pasional y visionaria, una obra que, además del “criminal” furor cognoscitivo y confesional con el que ensancha la ciencia del hombre, encierra una asombrosa dosis de travesura, de comicidad fantástica y de «alegría de espíritu». Pues este crucificado era, entre otras cosas, un humorista muy grande”. Y las obras de los autores españoles mencionados son pistas valiosas para cumplir esa tarea.

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