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Cadena de presos (III)

Foto de portada: José de Ribera, «El sueño de Jacob» (1639), Museo del Prado, Madrid

36. Casi todo lo que, años o siglos después, se inventa (el teléfono, las vacunas, la lavadora, las naves espaciales, internet), antes lo ha soñado alguien y le ha parecido un delirio. Por ejemplo, el patriarca Jacob soñó con todo detalle que viajaba por el metro de París desde Pigalle a la Place d’Italie, con trasbordo incluido. Despertó muy trastornado y pensó que Dios se había vuelto loco.

37. A san Jerónimo se le representa con una piedra en la mano, pero no porque haga penitencia (como dicen los historiadores del arte) sino para tirarla a los niños que vienen a importunarlo. Si uno se queda mucho tiempo mirando su imagen en un retablo o un museo, puede recibir igualmente una pedrada. Su mal carácter es proverbial entre los santos.

38. Los santos, antes de acostarse, cometen algún pecadillo para que se les apague la luz del nimbo y puedan dormir.

39. Hay personas que, dormidas, embellecen de manera misteriosa y muestran en sus rostros rasgos insospechados de dulzura que nunca percibimos durante la vigilia.

40. Cuando estamos dormidos se adivina el cadáver que seremos.

41. Las medusas son los fantasmas de los ahogados en el mar. Son ciegas, están llenas de rencor y el poder de su furia procede directamente del Infierno.

42. Las novelas que llevamos a la playa sufren insolaciones y por eso los personajes se comportan de forma rara, como nunca lo harían si leyésemos el libro en nuestra casa.

43. Hay novelistas que quieren crear personajes complejos y lo único que consiguen es que les salgan retorcidos.

44. La vida de los acróbatas da muchas vueltas.

45. De niño pensaba que las medallas de oro que se entregan en las Olimpiadas eran monedas de chocolate, y que por eso los deportistas se ponían tan contentos y las mordían.

46. Los botones son las medallas de los pobres, pero en vez de ganarlas, las pierden.

47. Qué lucha para desabotonarme el pantalón recién estrenado aquella noche. Fue en un pinarcillo, durante las fiestas del pueblo, con el estridente ruido de la verbena al fondo, cuando, tras besarme largamente con mi mejor amigo, nuestros cuerpos reclamaban con urgencia la desnudez. Aquel botón calderoniano se empeñó entonces, él solito y contra mi voluntad, en guardar mi honra a toda costa.

48. En primavera, el himno del amor lo canta el mirlo. Su música es hermosísima, pero si se tradujera la letra nos parecería muy subida de tono.

49. Si dos palabras se gustan, hacen lo imposible por rimar.

50. Algunos poetas, cuando riman sus versos, parece que están bailando la jota y tocando las castañuelas.

51. Los semáforos son jóvenes tímidos que esperan muy seriecitos a que alguien les coja del brazo y les saque a bailar.

52. Nada sorprende más a los semáforos que la obediencia ciega de las masas.

53. Los semáforos dudan cuando parpadean. Es lo más cerca que están de la vida.

54. Aquel joven actor interpretaba con maestría al indeciso príncipe Hamlet en la función de fin de curso de la Escuela de Teatro y Danza. Cuando el sepulturero le alcanzó la calavera de atrezo en la escena del camposanto, el muchacho creyó distinguir en ella los rasgos de su amada madre, muerta una década atrás. Empezó a tartamudear, empalideció y, desvanecido, cayó redondo al foso de la orquesta.

55. Segismundo y Hamlet, para bromear, a veces intercambian sus papeles con las obras ya comenzadas. Es Segismundo quien se embarca hacia Inglaterra y luego regresa desnudo a las costas de Elsinor, mientras que Hamlet es liberado de su torre por los rebeldes y recibe el trono de Polonia. Ningún espectador se da cuenta.

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