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Efervescencia en el geriátrico

Efervescencia en el geriátrico

Nos encontramos ante una novela fabulosa y sorprendente. Sorprendente no solo porque la mejor literatura escasea sino porque no cabría esperarla de un autor como Hugo Abbati, prácticamente un desconocido en el ámbito de nuestra lengua, un escritor no exactamente inédito pero sí esquinado. Su muerte, acontecida sorpresivamente en 2019 cuando contaba setenta años, impedirá que reciba el reconocimiento que hubiera merecido.

Argentino radicado en Andalucía desde hacía más de treinta años, dejó unas pocas obras de juventud publicadas en su país —piezas narrativas y teatrales difíciles de localizar hoy—, apenas conocidas. Como médico psiquiatra desarrolló una exitosa carrera profesional —pero limitada, como correspondía a un humanista de amplio espectro— en Ronda, una ciudad de provincias y serrana. Al borde de su jubilación empezó a publicar en EDA, el exquisito sello malagueño, unos libros de impecable facturaCorrespondencias, Dos conversan, En el campo—, escorados a una cierta experimentación o a una cierta exigencia formal, que podían pasar por piruetas creativas más propias de un autor reconocido en proceso de retirada que de un escritor incipiente, lo mejor de cuya obra estaba por llegar. Dejó inéditas varias novelas. Paisajes desde el asilo es la primera que ve la luz.

"Una residencia de ancianos tiene algo de aparcamiento de camionetas herrumbrosas, en el sentido de que, vista desde fuera, parecería que sus habitantes, algo inquietos, estuvieran aguardando la visita de la muerte"

Aunque en esta novela —humorística, grotesca, descabellada, apasionante— el hilo argumental no es todo lo que brilla, hay que destacar que la historia, por sí misma, despertará el entusiasmo de los lectores. En una residencia de ancianos, como es común, conviven seres de todo pelaje, pero en este caso un escritor cuya obra desconocemos concita la atención —y las atenciones— del resto de los huéspedes. Y de la dirección. Su ascendencia es tal que habiendo animado a la lectura de El círculo de John Locke, el libro casi desconocido de un autor estadounidense, B. Wayne, se impone el hábito de releerlo colectivamente para comentarlo y de este modo se va expandiendo el círculo de los iniciados. Tanto en la ciudad —a través de los allegados y familiares de los residentes— como en sus instituciones —el Ayuntamiento, cuyo departamento de cultura pretende fagocitar el proyecto— cobra importancia el fenómeno, el libro, los análisis personales y las lecturas colectivas. El asunto llega a oídos de una Corporación estadounidense, ubicada en la localidad natal de Wayne, que a su vez había constituido una Fundación para promocionar la obra de su conspicuo paisano. La fundación se pone en contacto con la residencia para patrocinar generosamente no las lecturas de El círculo sino la decoración de la sala donde han de desarrollarse y ello dará lugar a la creación, en el seno de la residencia, de una Comisión de Evaluación de Proyectos Decorativos cuyas deliberaciones pueden llevar al lector a la carcajada, si no al delirio.

Capítulo aparte merece la narración del viaje de los Johnson —Paul y John—, representantes de la corporación, desde el medio oeste norteamericano a la residencia en cuestión, para supervisar los avances decorativos de los organizadores. Comprobaremos que su peripecia vital compartida, que había tocado infierno en la guerra de Vietnam, la batalla en la llamada Colina de la hamburguesa, cobrará sentido precisamente por su implicación en las labores y las investigaciones de la Fundación, y por la mistificación de la obra de B. Wayne, como una especie de redención.

"Si nos referimos al aspecto formal Paisajes desde el asilo tiene mucho de sumatorio de los aprendizajes que hubiera adquirido el alumno aventajado de un taller de escritura creativa del máximo nivel. Salvo que Abbati, autodidacta, fue a la vez el alumno del taller y quien lo impartía"

Una residencia de ancianos —un asilo, como se las denomina si son modestas o caritativas— tiene algo de aparcamiento de camionetas herrumbrosas, en el sentido de que, vista desde fuera, parecería que sus habitantes, algo inquietos, estuvieran aguardando la visita de la muerte (por eso recordamos Gloria Swanson en el hogar del pensionista Will never die de Romero Peche, al que de hecho llega) y a la vez intentando eludirla u olvidarla a base de hiperactividad. El payaso Momus interpreta sus parodias con frecuencia, acompañado de su perro y tocayo Momus, y entre los huéspedes ha florecido la superstición de que esas escenificaciones ahuyentan a la parca o que mientras se produzcan no les rozará. A lo largo del texto, sin abandonar el tono elegantemente humorístico, sin excesos de erudición ni abuso de tecnicismos, Abbati despliega un catálogo de lo que podríamos denominar comportamientos desviados. Y es que una institución gerontológica puede ser vista como un frenopático en el que la demencia no es vivida como una enfermedad sino como un signo común del paso del tiempo: por eso en la novela la extravagancia no parece surrealista, a lo Dalí, sino natural, no patológica.

El director de la institución mantiene una deferencia casi servil ante la sabiduría y el prestigio atribuidos al escritor. El Gordo sufre arrebatos que le llevan a esconderse, cuando no anda en diálogos con un zorro del bosque, hasta que sus coordenadas logran sintonizarse. Erlanger, hombre de negocios, directivo de grandes corporaciones, pone sus dotes de mando —y su perspicacia analítica— al servicio de las lecturas. El viejo Bürgel vive entusiasmado por la obra musical de Grillparzer, el músico austríaco, y recibe las visitas de su nieto, que la interpreta al violín. Como en una representación teatral del absurdo, entran y salen de la escena una cantante de cabaret, las nietas de los residentes, los funcionarios municipales, uno de los cuales desaparece tras su intento de asesinar al alcalde por no apoyar la cultura y la universidad. Todos ellos interesados por igual en la lectura de El Circulo de John Locke y en participar en el Comité organizador.

"Se suceden las escenas, los diálogos, las diatribas, las situaciones imposibles y los debates con suma naturalidad, todo teñido por un humor fino y nada afectado"

Si nos referimos al aspecto formal Paisajes desde el asilo tiene mucho de sumatorio de los aprendizajes que hubiera adquirido el alumno aventajado de un taller de escritura creativa del máximo nivel. Salvo que Abbati, autodidacta, fue a la vez el alumno del taller y quien lo impartía. La paleta de recursos es impresionante y lo que llama más nuestra atención es la naturalidad con la que los exhibe, la soltura, la propiedad con que maneja las variantes del diálogo, rutilantes, la descripción, las especulaciones y las reflexiones, el desvarío onírico, la zoología fantástica o el relato biográfico comprimido en pocas páginas de factura impecable. Prodigiosa nos parece la forma en que se encadenan los diálogos (el estilo directo acotado entre paréntesis) y la redacción conjunta, alternativa, narrativa, de la misiva que los componentes de la comisión remiten a la Fundación, que a su vez contrasta con la carta impersonal, corporativa, que reciben de ésta, y con el mensaje en forma de vídeo descabellado que reciben de los Johnson. Y es que la novela contiene, al menos, tres novelas: la historia del asilo y las lecturas, la propia novela de Wayne, cuya lectura se reproduce fragmentariamente, y, en cuanto a los Johnson, el relato de su vida y la novela —road movie— del desierto recorrido.

Y sin embargo no podemos contemplar esa exhibición de capacidades como una provocación o un signo de soberbia estilística porque todo transcurre con soltura liviana, con la gracia propia de un narrador relajado. Se suceden las escenas, los diálogos, las diatribas, las situaciones imposibles y los debates con suma naturalidad, todo teñido por un humor fino y nada afectado, dando al conjunto un efecto jocoso, a la vez compuesto por múltiples situaciones que, de modo aislado, podrían ser interpretadas como trágicas o angustiosas.

En la conversación pública que mantuvo Abbati con Eduardo Lago (y que se reproduce en Batman contra Beckett, el libro homenaje que se le tributó pocos meses después de su fallecimiento) como único acto de presentación en España de Walt Whitman ya no vive aquí, aquél manifestaba su interés por obtener una definición válida de realismo y, a cuenta de la famosa controversia entre Franzen y Foster Wallace, parecía esforzarse por encontrar una tercera vía entre el entretenimiento y la innovación. Precisamente a ese propósito citaba la obra de Gustave Flaubert que, culminando de algún modo, desde la provincia, el programa realista, escapa de su corsé a base de una técnica prodigiosa y de unas digresiones con base en la vida provinciana y rural.

"La relación con su padre, con las expectativas de su padre y con el valor que le daba a la literatura contiene algunos de los mejores momentos del libro, que son incuantificables"

Paisajes desde el asilo es un crisol de puestas en escenas y, precisamente por eso mismo, puede leerse como un carrusel de homenajes a los autores que Abbati veneraba. Empezando por Franz Kafka, que podría haber firmado el embrollo burocrático al que se ven abocados los organizadores de las lecturas, el intercambio epistolar y la imposibilidad de conseguir una comunicación eficaz, entre ese comité organizador y la Fundación estadounidense que pretende agraciarlo con su financiación. En los fraseos y en las acotaciones está muchas veces presente la voz de Thomas Bernhard. En algunas situaciones y, sobre todo, en los personajes homónimos del payaso y su perro que ahuyentan a la muerte, vemos la mano de Beckett. En la relación del director de la residencia con el escritor —al que se podría considerar el personajes principal de la novela, aunque no siempre— tenemos el eco de tico carpintero, de Gaddis. Durante muchas páginas la acción transcurre en la residencia de ancianos y circunstancialmente en la ciudad que la acoge. El lector podría pensar que se trata de cualquier punto del centro de Europa y, por qué no, de cualquier ciudad provinciana de la España interior. Pero cuando aterrice el avión que trae a Paul y John Johnson para afrontar su misión imposible, cuando estos se adentren en el desierto para conquistar esa ciudad, sabremos que estamos en un punto impreciso —y también interior— del cono sur. En ese viaje podríamos averiguar la mano de César Aira pero también, y sobre todo, en la presencia de los dos mensajeros, los dos amantes de El círculo de John Locke, estamos viendo permanentemente a Bouvard y Pecuchet menos desquiciados, pero no menos extravagantes.

"Parece que los editores de Eda han dado con su tesoro. Ocurra lo que ocurra, pasen los años que pasen hasta su reconocimiento, pueden darse por satisfechos y todos sus esfuerzos por bien empleados"

Si durante buena parte de la novela el discurso parece girar en torno a la figura del escritor —con continuos saltos entre su conciencia y la voz de un narrador omnisciente residencial—, que es quien ha promovido y mantiene las lecturas de El círculo de John Locke, a lo largo de ese viaje los Johnson le arrebatan el protagonismo. Pero se trata de un cetro provisional porque cuando aparezca en escena Robert Frost, el taxista que los traslada por la pampa desértica, que les abre paso entre una fauna fabulosa de animales creados para la ocasión —con su capacidad para escuchar los pensamientos de sus interlocutores y de darles respuesta— sentiremos que habíamos estado toda nuestra vida de lectores esperando encontrarnos a un personaje como ése, tan inteligente y tan humano, y no querremos que desaparezca nunca de la escena (“A Paul le inquietó más la voz intranquila de Robert que los bichos voladores. John recordó la película Los pájaros. Paul se atrevió a hacer una pregunta cuya respuesta temía. ¿Y por qué están esos…? son carroñeros, dijo Robert, que había encendido las luces del coche para ver el camino, cada vez más desdibujado, y nosotros somos su esperanza”). La relación con su padre, con las expectativas de su padre y con el valor que le daba a la literatura (a su vez contrastada con la experiencia del ventero, que fomenta la literatura vendiendo ejemplares de una inmensa biblioteca en los mercadillos) contiene algunos de los mejores momentos del libro, que son incuantificables.

Uno imagina a los promotores de pequeñas editoriales independientes como aventureros a la búsqueda de un tesoro que rara vez se cruza en su trayectoria. Y quiere imaginar la alegría con la que celebrarían un descubrimiento así, si se diera el caso. Pues parece que los editores de Eda han dado con su tesoro. Ocurra lo que ocurra, pasen los años que pasen hasta su reconocimiento, pueden darse por satisfechos y todos sus esfuerzos por bien empleados. Cuando dentro de muchos años grupos de lectores avejentados, fanatizados, sigan reuniéndose con insistencia para compartir la experiencia de Paisajes desde el asilo, podrán contemplar desde sus butacas cómo se cierra el círculo.

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Autor: Hugo Abbati. Título: Paisajes desde el asilo. Editorial: EDA Libros. Venta: Todostuslibros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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