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El abogado de Judas (Arresto domiciliario 24)

El abogado de Judas (Arresto domiciliario 24)

Hasta donde recuerdo, todos los sábados solían ser de gloria, pero en el del final de la Cuaresma había una ocasión muy especial: la quema del Judas. Un festejo siniestro, en realidad, que consiste en linchar a fuego y pólvora a un muñeco de cartón, que es la efigie festiva de Judas Iscariote, pendiendo de una cuerda frente a la multitud sedienta de justicia. En mi caso, la turba vociferante no pasaba de mis padres y yo.

—Ten cuidado —prevenía mi mamá a su marido, que por defecto hacía de verdugo. —No te vaya a estallar un cuete a media cara.

—No sé si sea mejor echarle gasolina –meneaba la cabeza el ejecutor, al tiempo que soplaba sobre las dos flamitas que muy difícilmente alcanzarían para purificar el alma purulenta del escarmentado.

—¡Y luego lo atropellas con el coche! —gritaba yo, con la inocencia propia de un niño inquisidor.

"El festejo del Judas arrancaba desde que los veíamos a la venta, en los primeros días de Semana Santa"

El festejo del Judas arrancaba desde que los veíamos a la venta, en los primeros días de Semana Santa. Y como yo no sólo quería un Judas, sino El Judas, tocaba recorrer algunos cuantos puestos y mercados antes de decidirse por Mister Iscariot. Entre jueves y viernes, finalmente, ingresaba en mi cuarto el condenado (de donde no salía, según mandaba el juego, más que para asistir a La Última Cena y cerrar un negocio en Getsemaní). Habría seguramente dormido en mi cama, de no tener una hilera de cuetes amarrados al cuerpo, a la manera de un yihadista evangélico. Ya sólo despertar y verlo en lo más alto del monte de juguetes era un recordatorio del próximo festín, aunque si lo miraba con cuidado me crecían las ganas de indultarlo.

—¡Sólo eso nos faltaba! —sentenció mi mamá la última vez, al tiempo que mi padre se lavaba las manos. —Vamos para allá afuera, aquí traigo el alcohol.

Once meses después del último ritual de linchamiento, nos mudamos a una nueva colonia donde la calle bullía de niños y el ritual para el Sábado de Gloria no consistía en chamuscar a nadie, sino en librar la guerra a cubetadas de agua con mis nuevos vecinos, entre ellos una chica que nunca antes me había saludado y a la que yo miraba con languidez de oveja moribunda. No sé si disfruté más de empaparla o de ser empapado por ella, pero hasta el día de hoy mi escala de valores registra esa experiencia por encima de algunos besorrones en su momento muy avorazados. Si sumamos a tales temblorinas el hecho de que nunca, después de ese glorioso sexto día, volví a tener interacción alguna con aquella vecina cuyos muslos mojados todavía hoy deslumbran mi memoria, se entenderá que apenas extrañara el linchamiento anual del señor Iscariote.

"La traición sí que estuvo muy mal, ¿pero el beso no cuenta, por ejemplo? Con estos y otros rengos argumentos libré a mi amigo Judas de la quemazón"

Hace un año que fui a comprar un Judas, ya con la tentación de tramitarle una pronta amnistía. ¿Cuál es el caso, al fin, de comprar un muñeco para prenderle fuego, habiendo tantos émulos impunes? La traición sí que estuvo muy mal, ¿pero el beso no cuenta, por ejemplo? Con estos y otros rengos argumentos libré a mi amigo Judas de la quemazón.

—Tranquilo, ya pasó —lo reanimé de golpe, como a un niño traidor, —ten tus treinta denarios.

Y aquí está, celebrando otro Sábado de Gloria.  Amueblando el paisaje con su pinta diabólica. Recordándonos que en su humilde opinión, todos los sábados son por fuerza de gloria, y aun en cuarentena no se asemejan a ningún otro día. Le serviría otro whisky, si no le diera por repartir besos.

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