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Del asueto al azote (Arresto domiciliario 23)

Del asueto al azote (Arresto domiciliario 23)

¿Santificar las fiestas? Nunca entendí muy bien el tercer mandamiento, ni la esencia del verbo santificar, cuyos significados pecan de divergentes y se pasan de etéreos. Por otra parte, es siempre más sencillo atender al tabú que a la exhortación. ¿A mí me hablan, perdón? ¿Que vaya y haga qué, cuándo, cómo? ¿Alguien sabe lo fácil que es pecar de omisión, sin siquiera perder la cara de inocente? ¿No les suena más claro “no matarás”?

"La gran ventaja de escribir novelas es que allí mata uno a quien es menester, sin perjuicio de su salud espiritual"

Como la mayoría de mis semejantes, ya nada más me falta quebrar un mandamiento para acabar de quedar mal con Moisés. Afortunadamente, y pese a la presión de las redes sociales, no hay un asesinato entre mis planes. La gran ventaja de escribir novelas es que allí mata uno a quien es menester, sin perjuicio de su salud espiritual. Empero, si hago caso a las pías advertencias que recién he leído en internet para dar fundamento a estas divagaciones, resulta que ellas son la prueba irrefutable de que cometo aquí un pecado mortal.

Diría que quien se arrime a las presentes líneas —pergeñadas en las primeras horas de la tarde de un Viernes Santo— asistirá a un suicidio espiritual, si fuera cuando menos la primera vez. Además, esas cosas comprometen. Sentarse a cometer un Pecado Mortal hecho y derecho supone amamantar expectativas que muy probablemente no se cumplirán. Demasiadas mayúsculas, para mi gusto, cuando lo más bonito de la omisión es pretender que no te has enterado de tus malas inacciones y seguir adelante con la aureola en su sitio.

"Gracias al catecismo y sus fantasmas experimenta uno muy temprano la acuciante aflicción del pecador. Es como si trajeras una cuenta pendiente con la justicia, que habrá de ser cobrada inexorablemente"

La verdad es que soy omiso por sistema. A saber cuántos asuntos urgentes deja uno en el camino por atender al vicio de la escritura, que asimismo tiene sus mandamientos y no admite la menor competencia. Por eso me es más fácil omitir tres comidas que un solo párrafo. Tal como los creyentes acuden a la iglesia en procura de paz espiritual, acudo cada día a este rincón ignoto del jardín para evitar que luego la culpa me flagele sin piedad. A los demás les digo que es por disciplina, pero esa señorita apenas se molesta en visitarme. La culpa, en cambio, me respira en la nuca. ¿Cómo no, si le debo todas mis regalías?

Gracias al catecismo y sus fantasmas experimenta uno muy temprano la acuciante aflicción del pecador. Es como si trajeras una cuenta pendiente con la justicia, que habrá de ser cobrada inexorablemente. La recuerdas de noche, cuando te sobra el tiempo para pensar en lo que no comprendes; sueñas luego con trinches y peroles candentes, alguno de ellos con tu nombre grabado. Hasta que llega el día de confesarte por primera vez y descubres que basta con dos tandas de Padrenuestros y Avemarías para poner tu cuenta de regreso en ceros. Pero el daño está hecho. ¿Qué hace uno, si no, trabajando con celo de monje penitente mientras el vecindario se entrega a gandulear en el nombre del tercer mandamiento? Me apuro a terminar, antes de que la culpa venga con el chicote por delante.

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