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El adiós a una colección barojiana

Pío Baroja, por Fernando Vicente.

Con un gusto similar al de sus ilustres antecesores por la narrativa autobiográfica, Carmen Caro evoca en este relato personal la figura omnipresente de su tío abuelo Pío Baroja; la senda vital que la familia y su educación británica y liberal le marcaron en su infancia y juventud hasta llegar a la plena madurez, donde disfruta de la observación de los paisajes y personajes de las novelas barojianas, que se interconectan mágicamente con sus sueños y pesadillas laberínticas. En el epílogo y colofón de este libro (que Zenda publica a continuación), el editor de la colección Baroja & Yo, Joaquín Ciáurriz, esboza su admiración por Baroja y la sensibilidad que encierra la última parte de la novela Zalacaín el aventurero; las tres rosas, depositadas sobre la tumba del aventurero por las mujeres de su vida, sirven de imagen gráfica a la cubierta de este libro que cierra la colección, editada sin más pretensión que la de rendir un sincero elogio al escritor que se ilusionó con un país vasco-navarro, libre de connotaciones excluyentes, y garante de la universalidad, el progreso y la libertad individual.

Para Mercedes, unos días después

Cuando en abril de 2017 iniciamos el reportaje fotográfico por la geografía vasco-navarra en busca de imágenes atractivas para las cubiertas de los libros de la colección “Baroja & Yo”, mis dos jóvenes colaboradores, fotógrafo y diseñador gráfico, pusieron cara de contrariedad al ver que sacaba del maletero tres rosas, una de ellas, la negra, apañada ad hoc. Las acerqué a la estela a Pío Baroja que el escultor Jorge Oteiza realizó en 1972 por encargo de la familia, enclavada en una finca tan sólo separada de Itzea por el arroyo Shantel-erreca. Y se hizo la foto con las tres rosas: negra, roja y blanca. Para entonces, yo tenía claro que esa imagen se llevaría a la portada del libro que cerrase la colección, a modo de reconocimiento y respeto al escritor que más horas me ha hecho disfrutar y también pensar. Si yo tuviera que elegir un título personal para esta instantánea fúnebre, a modo de epitafio, sería: “Tuyo que te quiere”, frase de despedida que delicadamente cerraba muchas de las cartas escritas por Pío Baroja a sus familiares durante el exilio.

"Esa sutil sensibilidad, que Baroja traslada a las descripciones, personajes y mundos de acción de sus novelas, no hizo sino protegerla en su intimidad de hombre vascongado"

Después de salir de Vera de Bidasoa, durante el viaje al País Vasco francés, quise contarles a mis acompañantes la historia y el simbolismo de las tres rosas del final de Zalacaín el aventurero, que justificaban ese guiño que me apetecía hacer, seguramente para ellos anacrónico o estéticamente impostado. Me daba igual. El capítulo VI del Libro Tercero de esa novela, “Las tres rosas del cementerio de Zaro”, es uno de los más bellos pasajes literarios de la obra barojiana. Quien visite la localidad vasco-francesa de Zaro (Çaro, en francés), próxima a San Juan de Pie de Puerto, comprobará la exactitud de la descripción contenida en esa novela, apenas alterada por un encantador y diminuto frontón a tres caras, construido en 1958.

Al mismo tiempo, el final de dicho pasaje —que puede leerse en el reverso de la tarjeta interior encartada en este libro— encierra un simbolismo y una sensibilidad que a mí me cautivaron y me hicieron profundizar mucho en ese novelista solitario, escéptico y misántropo —cuando quería—, pero con una enorme sensibilidad, casi enfermiza, que muchos de sus coetáneos y detractores no supieron apreciar. Esa sutil sensibilidad, que Baroja traslada a las descripciones, personajes y mundos de acción de sus novelas, no hizo sino protegerla en su intimidad de hombre “vascongado”, y me recuerda, en cierta forma, a la que el cineasta italiano Paolo Sorrentino esconde del protagonista del film La Grande Bellezza, Jep Gambardella, cuya sofisticada frivolidad aparentemente neutraliza su exquisita y atormentada humanidad. Y esos rasgos ocultos son los que me gusta descubrir o excluir —no siempre con éxito— en las personas que he ido conociendo, huyendo de los tópicos adscritos a grupos o ideologías y de los estereotipos o dogmas sociales imperantes. Algún agradecido autor de la colección lo quiso ver y me calificó de “editor perspicaz y sin prejuicios”.

"En sueños me veía conversando o paseando con él, e incluso, ya despierto, me llegaba a identificar con su soltería, después de algún fracaso sentimental, cuando aún buscaba a la mujer deseada que tardaba en aparecer"

Además, en los tiempos de la Transición política, leyendo a Pío Baroja en aquel cuerpo de guardia del Mediterráneo, supe querer mejor a un país vasco —en minúscula, como lo escribía él— del que llegaban trágicas noticias. Supe entender cómo, alejado de fobias o filias políticas, uno puede agarrarse a sus raíces con la magia que ofrecen esas descripciones de personajes y paisajes vasco-navarros, escritas sólo desde la universalidad y el romanticismo, disfrutando de lo propio, pero sin sacralizar ni odiar, y aplicando cierta distancia a todo. Supe, en fin, observar y apreciar más al individuo que a la sociedad.

Durante muchos años tuve en mi dormitorio, a tamaño poster, la foto que Nicolás Muller le hizo a Baroja paseando por el parque madrileño de El Retiro. En sueños me veía conversando o paseando con él, e incluso, ya despierto, me llegaba a identificar con su soltería, después de algún fracaso sentimental, cuando aún buscaba a la mujer deseada que tardaba en aparecer.

Pero vuelvo al aventurero y a las tres rosas.

"Y, conociendo su precisión literaria, yo me pregunto: ¿por qué eligió una desconocida rosa negra y la puso en las manos de Linda?"

Nos gusta a los lectores de Baroja asociarle un nuevo alter ego o encontrar personas, parajes o influencias que hayan podido inspirar sus páginas. A veces olvidamos que la literatura es un truco, incluso una provocación. Es evidente que Baroja tuvo un ánimo o sueño aventurero que trasladó a Martín Zalacaín. Quizá este texto autobiográfico lo resuma a la perfección:

Yo siento un profundo desdén por la vida de las ciudades, por las redacciones de los periódicos, por los saloncillos de los teatros, por el público de los estrenos, por la política, por todas esas cosas que constituyen lo que se llama civilización.

En cambio, guardo dentro de mí, como una de esas piedras preciosas incrustadas en el frontal de un santo, un sueño cándido y heroico, infantil y brutal. Es un sueño guerrero, un sueño de hombre de selva. Yo me veo por los montes de Guipúzcoa o Navarra al frente de una partida, viviendo siempre en acecho, en una continua elasticidad de la voluntad, atacando, huyendo, escondiéndome entre las matas, haciendo marchas forzadas, incendiando el caserío enemigo.

Yo me veo de cabecilla, con cuarenta o cincuenta hombres, entrando en las aldeas a caballo, la boina sobre los ojos, el sable al cinto, mientras las campanas tocan en la iglesia. Y luego me figuro encontrarme en la casa del párroco o en la casa del alcalde, en la mesa, hablando amablemente, contando las peripecias de una acción. […][1]

Y, conociendo su precisión literaria, yo me pregunto: ¿por qué eligió una desconocida rosa negra y la puso en las manos de Linda? No creo que Baroja, a pesar de sus grandes conocimientos sobre Naturaleza y, en concreto, sus magistrales descripciones paisajísticas (léase, entre muchas, la del parque de Toscanelli en El laberinto de las sirenas), hubiera conocido rosas naturales de ese color, que, según mis recientes indagaciones, sólo existen en la ciudad turca de Halfeti. Más comunes, sin llegar a ser negras, son las denominadas Perla negra y las Black Baccara, de tonalidad rojo intenso o burdeos, que el guionista de la adaptación al cine de Zalacaín el aventurero, dirigida en 1955 por Juan de Orduña, debía conocer, al variar libremente la narración y escribir: “una tan roja, que parecía negra”.

"Y, en su conjunto, el pasaje de las tres rosas del cementerio de Zaro es un canto a la generosidad en el amor, al respeto a la memoria e historia de los humanos"

Estamos, pues, ante un recurso literario, lleno de simbolismo, por cuanto que el color negro representa la muerte, pero también la evocación al primer amor y a la elegancia. La muerte de la madre del niño Martín Zalacaín, poco después de haber conocido en el circo a Linda, su primer amor, “la chica haraposa del domador”; y la elegancia de ésta en su madurez, ya a punto de ser marquesa, cuando un Martín aventurero, herido en combate, se veía “dominado por ella, por su suave encanto”.

Y, en su conjunto, el pasaje de las tres rosas del cementerio de Zaro es un canto a la generosidad en el amor, al respeto a la memoria e historia de los humanos y también, sin duda, un reconocimiento a la madurez del género femenino, aunque muchos de los que nunca le leyeron bien lo podrán reconocer.

Coincidencia, casualidad, premonición o física cuántica es que Carmen Caro, sobrina nieta de Pío Baroja, muchos meses después de aquella foto en la estela de Oteiza, se haya animado a escribir el texto que precede a este epílogo y que, además, sea una amante y cuidadora de variadas rosas en su finca malagueña El Carambuco, entre las que pronto se encontrarán las rosas negras traídas de Halfeti.

Agradezco a todos los autores, lectores, libreros y demás colaboradores de la colección “Baroja & Yo” el apoyo prestado, deseando que esta dure “lozana” durante mucho tiempo, lo mismo que las tres rosas sobre la tumba de Zalacaín.

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[1] El tablado de Arlequín, «País vasco»., 2ª edición, Rafael Caro Raggio. Madrid, 1928.

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Autora: Carmen Caro. Título: El grito del capitán Chimista. Editorial: Ipso ediciones. El texto del editor Joaquín Ciáurriz corresponde al epílogo del Nº 26 y último de la colección Baroja & Yo. Enlace a la tienda online de la colección completa con su cofre.

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