Inicio > Creación > Adelantos editoriales > El otro proceso. Las cartas de Kafka a Felice, de Elias Canetti

El otro proceso. Las cartas de Kafka a Felice, de Elias Canetti

El otro proceso. Las cartas de Kafka a Felice, de Elias Canetti

Nadie mejor que el escritor y pensador búlgaro Elias Canetti, Premio Nobel de Literatura 1981, de cuya muerte se cumplen 25 años, para comentar la Cartas a Felice, un libro esencial para descubrir la parte más íntima de Franz Kafka. Entre 1912 y 1917 Kafka escribió las más de quinientas cartas que componen este libro que publica Nórdica. Fueron dirigidas a la mujer con la que, tal cual era a veces su convicción, quería casarse, con la que se prometió en dos ocasiones y con la que rompió en otras tantas. Las escribe un joven Kafka que se debate entre dos pasiones: el amor por Felice y su entrega al oficio de escritor. A lo largo de estas apasionadas y apasionantes páginas seremos testigos privilegiados del proceso de creación de sus principales obras, situando al lector, además, en un tiempo y en un espacio: la Praga de Kafka, su casa y su trabajo, su familia y, especialmente, sus lecturas.

Zenda publica dos breves extractos de estas obras fundamentales para entender una parte de la historia literaria europea de principios del siglo XX: El otro proceso, de Elias Canetti, y Cartas a Felice, de Frank Kafka.

El otro proceso

Las cartas de Kafka a Felice

Elias Canetti

Para Veza Canetti

I

Así que ahora están publicadas, esas cartas que narran cinco años de tortura, en un volumen de setecientas cincuenta páginas, y el nombre de su prometida, discretamente indicado durante muchos años con una F y un punto, como K., de modo que durante mucho tiempo ni siquiera se sabía cuál era ese nombre —a menudo se cavilaba acerca de él, y entre todos los nombres que se sopesaban jamás se daba con el correcto, habría sido imposible dar con él—, figura en grandes caracteres en la cubierta del libro. La mujer a la que iban dirigidas esas cartas lleva ocho años muerta. Cinco años antes de morir las vendió al editor de Kafka y, se piense lo que se piense, la que Kafka llamaba su «más querida mujer de negocios» demostró al final su capacidad, que significaba mucho para él, e incluso lo movía a la ternura.

Es cierto que él llevaba ya muerto cuarenta y tres años cuando esas cartas aparecieron, y sin embargo la primera reacción que se hizo notar —se le debía respeto, a él y a su desgracia— fue de embarazo y de vergüenza. Conozco personas cuya vergüenza aumentó al leer las cartas, personas que no se libraban de la sensación de que no debían entrar precisamente allí.

Las respeto mucho por eso, pero no me encuentro entre ellas. He leído esas cartas con una emoción que no experimentaba desde hacía muchos años con ninguna obra literaria. Ahora esas cartas se han sumado a la serie de esas memorias, autobiografías, correspondencias inigualables de las que el propio Kafka se alimentaba. Él, cuya suprema cualidad era el respeto, no temió leer una y otra vez las cartas de Kleist, de Flaubert, de Hebbel. En uno de los momentos más angustiosos de su vida, se agarró al hecho de que Grillparzer ya no sentía nada al tener en su regazo a Kathi Fröhlich. Solo hay un consuelo para el horror de la vida, del que por suerte la mayoría solo son conscientes a veces, pero del que algunos, erigidos por potencias interiores en testigos, lo son constantemente, y es sumarse al horror de los testigos anteriores. Así que realmente hay que estar agradecido a Felice Bauer por haber conservado y salvado las cartas de Kafka, aunque se haya atrevido a venderlas.

Hablar aquí de un documento sería demasiado poco, a no ser que se usara la misma palabra para los testimonios de la existencia de Pascal, Kierkegaard y Dostoievski. Por mi parte solo puedo decir que esas cartas han penetrado en mí como una verdadera vida, y ahora me resultan tan enigmáticas y tan familiares como si me pertenecieran desde siempre, desde que llevo intentando absorber en mi ser a las personas y entenderlas de nuevo, una y otra vez…

Kafka conoció a Felice Bauer en el domicilio de la familia Brod, entrada la tarde del 13 de agosto de 1912. Hay, de esa época, varias manifestaciones suyas acerca de ese encuentro. La primera mención se encuentra en una carta a Max Brod del 14 de agosto. Se habla en ella del manuscrito de Contemplación, que había llevado a Brod la noche antes para ordenarlo definitivamente junto con él.

«Ayer, ordenando las piececitas, estaba bajo el influjo de la señorita y es muy posible que se haya producido, por tanto, alguna estupidez, alguna secuencia que resulte misteriosamente extraña».  Ruega a Brod que eche un vistazo y le da las gracias. Al día siguiente, el 15 de agosto, se encuentra en el diario la siguiente frase: «He pensado mucho en —qué apuro me da escribir nombres— F. B.».

Luego, el 20 de agosto, una semana después del encuentro, trata de conseguir una descripción objetiva de la primera impresión. Describe su apariencia y siente que se le hace un poco extraña al «invadir así su intimidad» precisamente con esa descripción. Le ha parecido natural que ella, una desconocida, se siente en ese círculo. Enseguida se ha conformado con ella.

«Mientras me sentaba la miré por vez primera con más detenimiento; cuando estuve sentado ya tenía un juicio inquebrantable».

La anotación se interrumpe en medio de la siguiente frase. Todo lo más importante estaba por venir, y más tarde se verá cuánto habría venido.

Le escribe por vez primera el 20 de septiembre, y se presenta —al fin y al cabo, han pasado cinco semanas desde su encuentro— como la persona que en casa de Brod le pasó una fotografía tras otra por encima de la mesa y que…

… «con la mano que ahora pulsa las teclas, estrechó al final la suya, con la cual corroboró usted la promesa de estar dispuesta a emprender con quien esto escribe un viaje a Palestina el año que viene».

La rapidez de esa promesa, la seguridad con la que ella se la hizo, es lo que le produce la mayor impresión al principio. Siente ese apretón de manos como un voto, tras del que se oculta la palabra compromiso, y a él, que toma decisiones tan despacio, que en lugar de acercarse se aleja a través de mil dudas de cualquier objetivo hacia el que quiere ir, esa rapidez tiene que fascinarle. Pero el objetivo de la promesa es Palestina, y en ese momento de su vida difícilmente puede haber una palabra más esperanzadora para él, es la tierra prometida.

La situación aún se llena más de contenido si se piensa qué clase de fotos son las que él le tiende por encima de la mesa. Son las fotografías de un «Viaje a Talía». Durante los primeros días de julio, hace cinco, seis semanas, ha estado con Brod en Weimar, donde, en la casa de Goethe, han tenido lugar acontecimientos muy notables para él. La hija del administrador, una hermosa muchacha, ha llamado su atención, en la propia casa. Ha conseguido aproximarse a ella; ha conocido a su familia, la ha fotografiado en el jardín y delante de la casa, se le ha permitido regresar, y así ha podido entrar y salir de la casa de Goethe, fuera de las horas de visita habituales. Por azar, también se la ha encontrado a menudo en los callejones de la pequeña ciudad, la ha visto, preocupado, con hombres jóvenes, ha tenido una cita con ella, a la que no acudió, y pronto ha comprendido que ella se interesaba más por los estudiantes. Todo aquello ha ocurrido en pocos días, el movimiento del viaje, en el que todo ocurre más deprisa, favoreció el encuentro. Justo después, sin Brod, Kafka pasó unas semanas en el sanatorio naturista de Jungborn, en el Harz. Hay un número maravillosamente abundante de apuntes suyos de esas semanas, libres del interés por «Talía» y de la devoción por las casas de los grandes creadores. Pero también recibió amables respuestas a las postales que enviaba a la hermosa muchacha de Weimar. Una la copió por entero en una carta a Brod, y enlaza con ella la siguiente observación, esperanzada para su carácter:

«Por mucho que no le resulte desagradable, le soy tan indiferente como una cacerola. ¿Por qué escribe entonces tal y como yo lo deseo? ¡Si fuese cierto que se pudiera atar a las muchachas mediante la escritura!».

Así que ese encuentro en la casa de Goethe le insufló valor. Las imágenes del viaje son las que aquella primera tarde le tiende a Felice por encima de la mesa. El recuerdo de aquel intento de entablar una relación, de su actividad de entonces, que al fin y al cabo había conducido a las fotos que ahora podía enseñar, se traslada a la chica que ahora se sienta frente a él, a Felice.

Hay que decir también que en ese viaje, que empezó en Leipzig, Kafka había trabado conocimiento con Rowohlt, que había decidido editar su primer libro. La reunión de fragmentos de sus diarios para Contemplación dio mucho que hacer a Kafka. Titubeaba, los fragmentos no le parecían lo bastante buenos. Brod insistió, y no cejó hasta que por fin, la noche del 13 de agosto, Kafka hizo la selección definitiva y, como ya se ha comentado, quiso tratar con Brod acerca de su disposición.

Así que aquella noche llevaba consigo todo lo que podía insuflarle valor: el manuscrito de su primer libro, las imágenes del viaje a «Talía», entre las que se encontraban las fotos de aquella chica que le había contestado cortésmente, y un número de la revista Palestina.

Cartas a Felice

Correspondencia de la época del noviazgo (1912-1917)

Franz Kafka

[Membrete de la Compañía de Seguros
Contra Accidentes de Trabajo]
Praga, 20 de septiembre de 1912.

Señorita:

Ante el caso muy probable de que no pudiera usted acordarse de mí lo más mínimo, me presento de nuevo: me llamo Franz Kafka, y soy el que le saludó a usted por primera vez una tarde en casa del señor director Brod, en Praga, luego le estuvo pasando por encima de la mesa, una tras otra, fotografías de un viaje al país de Talía, y cuya mano, que en estos momentos está pulsando las teclas, acabó por coger la suya, con la cual confirmó usted la promesa de estar dispuesta a acompañarle el próximo año en un viaje a Palestina.

Si sigue usted queriendo hacer este viaje —en aquella ocasión dijo no ser veleidosa, y, en efecto, yo no advertí en usted que lo fuera ni un ápice—, será no ya conveniente sino absolutamente necesario que procedamos desde ahora mismo a procurar ponernos de acuerdo en lo concerniente a este viaje. Pues nos hará falta aprovechar al máximo nuestro tiempo de vacaciones disponible, siempre demasiado corto para un viaje a Palestina, y ello únicamente lo lograremos si nos hemos preparado lo mejor posible y nos hallamos acordes sobre todos los preparativos.

Solo que he de confesar una cosa, pese a lo mal que de por sí suena, y lo mal que casa, por añadidura, con lo que va dicho, y es que soy poco puntual en mi correspondencia. La cosa sería aún peor de lo que es, si no tuviera la máquina de escribir; pues caso de que mis humores no propiciaran la redacción de una carta, al fin y al cabo siempre están ahí las puntas de los dedos para escribir. Como contrapartida, jamás espero que las cartas me lleguen puntuales; incluso cuando día tras día aguardo con ansia la llegada de una carta, nunca me llamo a engaño si no viene, y cuando al fin llega, con frecuencia me llevo un susto. Al colocar otro papel en la máquina reparo en que quizá me haya presentado como mucho más complicado de lo que soy. Si es que he cometido tal error, me estaría absolutamente bien empleado, pues ¿por qué ponerme a escribir esta carta después de mi sexta hora de oficina y con una máquina a la que no estoy muy acostumbrado? Y sin embargo, sin embargo —el único inconveniente de escribir a máquina es que pierde uno el hilo de una manera— aun cuando cupiese poner reparos, quiero decir reparos de orden práctico, en lo tocante a llevarme a lo largo de un viaje en calidad de acompañante, guía, lastre, tirano o lo que de mí pueda buenamente resultar, lo cierto es que contra mí como corresponsal —y de esto se trataría exclusivamente por el momento— nada decisivo podría objetarse de antemano, pudiendo muy bien, por tanto, intentarlo conmigo.

Suyo affmo.
Dr. Franz Kafka
Praga, Pořič 7

[Membrete de la Compañía de Seguros
Contra Accidentes de Trabajo]
Praga, 28, IX, 12

Señorita: Discúlpeme si no escribo a máquina, pero es que tengo tan enorme cantidad de cosas que decirle, la máquina está allá en el corredor, además esta carta me parece tan urgente, y por añadidura hoy tenemos día festivo aquí en Bohemia (lo cual, por lo demás, ya no tiene tan rigurosamente que ver con la disculpa arriba mencionada), además la máquina no me escribe lo suficientemente veloz, y el tiempo es bueno, caluroso, la ventana está abierta (mis ventanas siempre están abiertas), entré en la oficina canturreando, cosa que no ocurría desde hace mucho tiempo, y en verdad que, de no haber venido a buscar su carta, no sé por qué iba a haber entrado en la oficina hoy, día de fiesta. ¿Que cómo he dado con su dirección? Seguro que no es eso lo que quiere usted saber cuando hace esa pregunta. Sus señas me las he agenciado mendigándolas, ni más ni menos. Al principio me mencionaron no sé qué sociedad anónima, pero eso no me agradó. Luego me dieron las señas de su casa, primero sin y después con el número. Satisfecho, no pasé a escribir de inmediato, pues tener la dirección era ya algo, además temía que fuese falsa, porque ¿quién era Immanuel Kirch? Y nada más triste que enviar una carta a una dirección dudosa, ya no es una carta, más bien es un suspiro. Cuando me enteré de que en su calle hay una iglesia de San Manuel recobré el bienestar por algún tiempo. Pero, aparte de sus señas, me hubiera gustado tener la indicación de un punto cardinal, ya que esto suele acompañar siempre a las direcciones berlinesas. Yo por mi parte me hubiese inclinado a situarla a usted en el norte, pese a que, según tengo entendido, es un distrito pobre.

Pero dejando de lado estas preocupaciones por lo de las señas (en Praga no se sabe con exactitud si vive usted en el 20 o en el 30), ¡lo que ha tenido que sufrir esta desdichada carta mía antes de llegar a ser escrita! Ahora que la puerta entre usted y yo comienza a abrirse, o al menos tenemos ambos la mano en el picaporte, puedo decirlo ya, aun cuando no esté obligado a hacerlo. ¡Qué humores me dominan, señorita! Una lluvia de neurastenias cae ininterrumpidamente sobre mí. Lo que quiero ahora al momento siguiente ya no lo quiero. Al acabar de subir la escalera, me quedo en el rellano sin saber jamás en qué estado me hallaré si entro en el piso. Sin que lo pueda remediar, las incertidumbres se me amontonan en mi interior, antes de que se conviertan en una pequeña certeza, o en una carta. ¡Qué de veces —para no exagerar pondré que hayan sido diez noches— habré compuesto, antes de dormirme, aquella primera carta! Por otro lado, uno de mis tormentos es el de no lograr transcribir con fluidez nada de lo que previamente había compuesto dentro de un orden. Cierto que mi memoria es muy mala, pero incluso la mejor de las memorias sería incapaz de ayudarme a transcribir con exactitud un párrafo, por pequeño que sea, pensado y retenido de antemano, pues dentro de cada frase hay transiciones que deben permanecer en suspenso con anterioridad a su redacción. Cuando me siento luego, con el fin de escribir la retenida frase, no veo sino fragmentos que están ahí y que no logro ni atravesar ni sobrepasar con la mirada. Si siguiera el dictado de mi indolencia no haría otra cosa que tirar la pluma. No obstante, aquella carta me la medité mucho, pues no estaba nada decidido a escribirla, y esta clase de meditaciones son también precisamente el mejor medio para que me inhiba de escribir. Una vez, recuerdo, llegué incluso a saltar de la cama a fin de escribir una de mis reflexiones para usted. Pero me volví a acostar enseguida reprochándome —este es el segundo de mis tormentos— lo chiflado de mi nerviosismo, y afirmándome a mí mismo que aquello exactamente que tenía en la cabeza en aquel momento igual podría escribirlo a la mañana siguiente. Tales afirmaciones siempre se abren camino hacia la medianoche.

Pero si sigo por estos derroteros no llegaré nunca a término. No hago sino parlotear sobre mi carta anterior, en lugar de ponerme a escribir las muchas cosas que tengo que decirle. Le ruego se fije en qué es lo que confiere a aquella carta la importancia que ha adquirido para mí. Es que a aquella carta me ha contestado usted con esta que tengo ahora a mi lado, con esta carta que me produce una ridícula alegría y sobre la que en este instante pongo mi mano para sentir que la poseo. Escríbame otra pronto. No se tome la molestia, toda carta produce molestias, se mire como se mire; escríbame, pues, un pequeño diario, eso es pedir menos y dar más. Naturalmente, tendrá usted que escribir en él más cosas de las que sería menester si fuese para usted sola, puesto que yo no la conozco apenas. Un día consignará, por tanto, a qué hora entra en la oficina, qué tomó en el desayuno, qué vistas se contemplan desde la ventana de la oficina, qué clase de trabajo se hace en ella, cómo se llaman sus amigos y amigas, por qué le hacen a usted regalos, quién quiere perjudicar su salud regalándole bombones, y mil cosas más de cuya existencia y posibilidad nada sé. Sí, ¿dónde se ha quedado lo del viaje a Palestina? Se hará pronto, muy pronto, seguro que la próxima primavera, o el otoño. La opereta de Max duerme por el momento, él está en Italia, pero pronto va a lanzar en Alemania un formidable almanaque literario. Mi libro, librillo, folletito, ha tenido feliz aceptación. Pero no es muy bueno, hay que escribir cosas mejores. ¡Y con esta sentencia, que le vaya bien!

Suyo. Franz Kafka

13, X, 12

Señorita:

Recibí su primera carta hace quince días, a las diez de la mañana, y unos minutos más tarde estaba ya sentado escribiéndole cuatro caras en un monstruoso formato. No lo lamento, pues no hubiese podido pasar ese rato de modo más gozoso, lo único que me cupo la- mentar fue el que, al concluir, solamente había escrito el más pequeño comienzo de lo que me proponía decir, de modo que la parte de la carta que no llegué a escribir me llenó e inquietó durante días, hasta que la esperanza de una respuesta suya y la progresiva debilitación de dicha esperanza acabaron por disipar mi inquietud.

¿Por qué no me ha escrito usted? Es posible, y probable, dada la naturaleza de aquel escrito, que en mi carta hubiera alguna estupidez que pudiese desorientarle, pero no es posible que le haya pasado a usted desapercibida la buena intención que sustenta cada una de mis palabras. ¿Que acaso se ha perdido una carta? Pero la mía fue enviada con demasiado celo como para poder pensar que haya sido rechazada, y en cuanto a la suya, es demasiado el tiempo que he estado aguardando su llegada. Y además, ¿es que suelen perderse las cartas, como no sea en la incierta espera del que no encuentra otra explicación? ¿O es que no le fue entregada mi carta como consecuencia del desaprobado viaje a Palestina? ¿Pero puede ocurrir una cosa así en el seno de una familia, y máxime tratándose de usted? Y según mis cálculos, la carta tendría que haber llegado ya el domingo por la mañana. Resta solo la triste posibilidad de que esté usted enferma. Pero no lo creo, seguro que está usted sana y alegre. No sé a qué atenerme, y si escribo esta carta no es tanto con la esperanza de una respuesta como en cumplimiento de un deber hacia mí mismo.

Si yo fuera el cartero de la Immanuelkirchstrasse que le llevara esta carta a su casa, no dejaría que ningún asombrado miembro de su familia me cortara el paso e impidiera atravesar derecho todas las habitaciones hasta llegar a usted y depositar la carta en su propia mano; o menos aún si yo mismo me plantara ante la puerta de su casa y, para placer mío, con un placer capaz de disipar toda ansiedad, me pusiera a tocar el timbre sin parar.

Suyo. Franz Kafka
Praga. Pořič 7

A la señora Sophie Friedmann (6)
14, X, 12

Querida señora:

Por azar, y sin el debido permiso —espero que esto no le hará enfadarse conmigo—, he leído esta tarde, en una carta dirigida a sus padres de usted, la observación de que la señorita Bauer mantiene conmigo una animada correspondencia. Puesto que semejante cosa solo es cierta de modo muy relativo, si bien es algo que, por otro lado, entraría de lleno en mis deseos, le ruego, querida señora, me escriba cuatro letras aclaratorias acerca de la mencionada observación, lo cual no ha de resultarle difícil, toda vez que el hecho de que se halla usted en contacto epistolar con la señorita es algo que queda fuera de toda duda.

La correspondencia que usted ha calificado de «animada», presenta, en realidad, el siguiente aspecto: transcurridos quizás dos meses desde aquella tarde en que por primera y última vez vi a la señorita en casa de sus padres de usted, le escribí una carta, cuyo contenido no vale la pena ser mencionado aquí, dado que dicha carta obtuvo una amable respuesta. No era, en modo alguno, una respuesta canceladora, antes al contrario, su tono y su contenido le otorgaban el valor de preámbulo a una ulterior correspondencia que tal vez pudiera ir haciéndose amistosa. El intervalo entre mi carta y la respuesta fue, por cierto, de diez días, lo que ahora me lleva a pensar que esta en sí no muy dilatada demora mejor hubiera hecho yo en tomarla como un consejo para mi contestación. Por diversos motivos, igualmente no merecedores de mención —muy probablemente me estoy excediendo en la mención de cosas que a usted, querida señora, es a quien no parecerán merecedoras de mención—, no lo hice así, sino que escribí mi carta después de una, hasta cierto punto, poco cuidadosa lectura de la de la señorita, logrando con esto el que, seguramente, mi carta pueda poseer a ojos de muchos el inevitablemente estúpido carácter de un arrebato. Puedo afirmar, no obstante, que aun admitiendo cualquier objeción contra aquella carta, acusarla de deshonestidad sería injusto, y esto es, en definitiva, lo que, entre personas que no albergan entre sí prejuicio hostil alguno, debería prevalecer como el elemento decisivo. Pues bien, desde esta carta han transcurrido ya dieciséis días sin que haya recibido respuesta, y, a decir verdad, no puedo imaginarme qué índole de motivaciones pudieran dar lugar todavía a una contestación tardía, toda vez que mi carta de entonces era de esas que solo las cierra uno con el fin de dar pie para una pronta respuesta. Con objeto de dejar ante usted plena constancia de mi sinceridad, le diré que en el curso de estos dieciséis días he escrito, cierto que sin expedirlas, dos cartas más a la señorita; ellas son lo único que, si estuviera de humor, me permitiría hablar de correspondencia «animada». Al principio, en efecto, hubiera podido creer que circunstancias fortuitas habían obstaculizado o hecho imposible una respuesta a aquella carta, pero las he examinado todas a fondo y no creo ya en ningún tipo de circunstancia fortuita.

De seguro, querida señora, que ni ante usted ni ante mí mismo me hubiese atrevido nunca a hacer esta pequeña confesión, de no haber sido porque aquel comentario en su carta se me clavó demasiado hondo, y también porque me consta que esta carta, cuyo contenido no está hecho precisamente para dejarse ver, va a parar a manos buenas y prudentes.

Con afectuosos saludos para usted y su amable esposo,

suyo affmo.
Franz Kafka
Praga, Pořič 7

A la señora Sophie Friedmann
[Membrete de la Compañía de Seguros
Contra Accidentes de Trabajo]
18, X, 12

Querida señora:

La oficina no puede sino quedar relegada a segundo plano ante la importancia de esta carta, con la que respondo a la suya del 16, carta que, por ser usted quien la ha escrito, es gentil y buena y clara, como me esperaba que lo fuera, mientras que el pasaje citado sigue sin querer revelar su enigma ni a la décima lectura. O sea que, entonces, lo de «animada correspondencia» fue un comentario hecho por usted no solo a la ligera y sin pruebas, tal cual yo, para mi gran vergüenza, me figuraba, si bien es verdad que no lo confesaba en mi última carta, puesto que, de haberlo hecho, la carta se hubiese tornado superflua. Y esta «animada correspondencia» habría existido ya para el 3 o, lo más temprano, el 2 de octubre, es decir, en unos momentos en que mi segunda carta, la que quedó sin respuesta, la de mis desdichas, tenía por fuerza que haber llegado ya a Berlín. Ahora bien, ¿acaso estaría ya escrita la respuesta, puesto que el pasaje citado equivale a admitir el conocimiento de aquella carta? Pero las cartas en general, ¿es que se pierden, como no sea en la incierta espera de quien no encuentra ninguna otra explicación? Tiene que reconocer, querida señora, que tuve razón en escribirle a usted, y que se trata de un asunto que precisa en sumo grado de un ángel bueno.

Mis más cordiales saludos para usted y su amable esposo. Le queda agradecido,

Franz K.

[Membrete de la Compañía de Seguros
Contra Accidentes de Trabajo]
23, X, 12

Señorita:

Aun cuando tuviera alrededor de mi mesa a mis mismísimos tres jefes con sus ojos clavados en mi pluma, tengo que contestarla en el acto, pues su carta ha caído sobre mí como desde las nubes, en la vana contemplación de las cuales se ha pasado uno tres semanas. (Acaba de cumplirse el deseo en lo tocante a mi jefe inmediato). Si he de corresponder a la descripción que hace usted de su vida durante este intervalo haciendo yo lo propio respecto de la mía, le diré que mi vida consistió, a medias, en estar esperando la llegada de una carta suya, a lo que, ciertamente, puedo añadir también las tres cartitas que le escribí en estas tres semanas (¡Dios santo, acaban de consultarme acerca de seguros para presidiarios!), de las que, en todo caso, dos podrían ser enviadas ahora, mientras que la tercera, en realidad la primera, no es posible expedirla.

O sea que su carta se ha debido de perder (nada sé acerca de un recurso ministerial Josef Wagner en Katharinaberg, he tenido que declarar en este mismo instante) y las preguntas que formulaba entonces se quedarán sin respuesta, y no obstante yo no tengo culpa alguna en la pérdida.

Estoy inquieto y no logro dominarme, me ha dado de lleno la manía de quejarme sin parar, aunque hoy ya no es ayer, pero lo acumulado se derrama y se libera en días mejores.

Lo que hoy le escribo no es una respuesta a su carta, quizá la respuesta sea la carta que escriba mañana, tal vez lo sea la de pasado mañana. Mi forma de corresponder no es, desde luego, chiflada en sí misma, sino exactamente tan chiflada como mi actual forma de vivir, la cual puede que le describa alguna vez.

¡Y que no paran de hacerle regalos! Esos libros, bombones y flores, ¿los tiene esparcidos por todo el escritorio? Sobre mi mesa no hay otra cosa que inexplicable desorden; su flor, por la que beso su mano, me he apresurado a colocarla dentro de mi cartera, donde, por otro lado, y a pesar de su carta perdida y no reemplazada, se encuentran ya dos cartas suyas, puesto que le pedí a Max que me diera la carta que usted le escribió, cosa, sin duda, un poco ridícula, pero que no debe ser tomada a mal.

Este primer tropiezo en nuestra correspondencia tal vez haya sido excelente, ahora sé que puedo escribirle incluso por encima de las cartas perdidas. Pero ni una sola carta más tiene derecho a perder- se. Adiós, y vaya pensando en un pequeño diario.

Suyo. Franz K.

[En el borde superior de la primera cuartilla] Yo que estoy tan nervioso pensando en que se puedan perder las cartas, y usted que no pone mis señas del todo correctamente: hay que escribirlas así, Pořič 7, con dos tildes sobre la r y la c, y también para mayor seguridad convendría que pusiera la referencia «Compañía de Seguros Contra Accidentes de Trabajo».

La fecha de nacimiento de la señora Sophie se la diré mañana.

—————————————

Autor: Elias Canetti. Traductor: Carlos Fortea. Título: El otro proceso. Las cartas de Kafka a Felice. Editorial: Nordica. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro.

Autor: Franz Kafka. Traductor: Pablo Sorozábal Gómez. Título: Cartas a Felice. Editorial: Nordica. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro.

5/5 (2 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)