Este libro nos invita a reconectar con la riqueza de la cultura europea, a resistir el avance del pensamiento superficial y a aspirar a un renacimiento que equilibre la sociedad y celebre la felicidad alcanzada mediante una ciencia y tecnología bien orientadas.
En este making of Diego Martínez Torrón explica cómo escribió El alma de los libros (Berenice).
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Traté de joven a Juan Benet, escritor y persona admirable. Le llevé a dar una conferencia a la Complutense, donde yo era profesor. Antes de ella quiso tomarse en el bar un whisky JB —era el que le gustaba, por aquello de sus iniciales—. Y, en un momento de la conversación, le espeté: “Lo importante, amigo Juan, es la posteridad”. Benet se quedó un momento en silencio, apuró un trago y contestó: “La posteridad, amigo Diego, importará un bledo, porque estaremos muertos”. ¿Es esto cierto? Porque a la hora de la verdad, aún seguimos aquí hablando y escribiendo sobre Benet, aunque nos dejara hace tiempo. Porque lo que importa, al cabo de la vida, es dejar huella. O quizás me engaño. Hacer vivir tu vida en la de muchos lectores y lectoras del futuro. O quizás me engaño. En todo caso, defender la cultura frente a la barbarie. Porque nos jugamos el futuro de nuestro modo de comprender la libertad y la vida.
En mi libro El viejo librero: Cultura del tiempo perdido (Sevilla, Renacimiento, 2025), que también mereció generosa crítica de mi buen amigo José María Merino (RAE), y un making of, ambas cosas en Zenda, indagué entre otros temas en la decadencia intelectual que vivimos, motivada por el auge de las nuevas tecnologías —tan valiosas desde otro punto de vista como fuente de información—, y el concepto importado de Estados Unidos de formas de cultura que empobrecen el más amplio y profundo sentido de la cultura que aún mantiene Europa. Defender a Europa. Y defender a los buenos escritores que aún quedan, como mi admirado Arturo Pérez-Reverte, que como dije ha sabido hacer literatura de masas pero con calidad.
Pues bien, este El alma de los libros fue la raíz, más extensa y profunda, de El viejo librero. Aunque en ambos hago una forma de ensayo lírico, como lo calificó con inteligencia José María Merino.
En ambos libros me ocupo de lo que llamé el Tiempo de la Impostura, que nos quiere colocar un arte que es puro mercantilismo vacío, aunque haya hoy a la vez páginas, como esta de Zenda, que divulgan la obra de autores jóvenes valiosos que no encuentran su espacio, precisamente porque son creadores originales y valiosos.
Hay que superar ese Tiempo de la Impostura, de las formas vacías y cosificadas de arte, que solo responden a intereses mercantiles, como digo. Y auguro que esa superación ya está en trámite, y eclosionará pronto, por la enorme vitalidad del universo cultural de nuestra vieja y sabia Europa, que es lo que queda de libertad y de cultura en este mundo a veces zafio y carente del espíritu del arte. Por ello el subtítulo de este libro: para que nos refugiemos en la cultura, y en la cultura de los clásicos, que no engañan: los clásicos que estudio en este libro, ya sin el fárrago de aparato académico, de un modo mucho más empático con el lector o lectora, intentando sugerirles que descubran un mundo.
Un mundo que aquí explayo evocando el amor de El libro de buen amor, el Cancionero de obras de burla provocantes a risa, la Roma de Torres Naharro, un estudio juvenil ahora reeditado y corregido de La lozana andaluza, la luz del cancionero popular, los encantos de Amadís y la sombra de don Quijote, Cervantes al amor de los clásicos, una adolescente con ojos de caramelo (un bonito relato mío de evocación cervantina), la pasión de Lope, el romanticismo y el límite, Quintana y los inicios, Marchena y la revolución, lord Byron y la intensidad, Larra y la libertad, el temple rebelde de Espronceda, Poe y las sombras, Georges Sand y las manos de Chopin, Nerval y las quimeras, la fuerza y la ternura de Víctor Hugo. La noche de fin de siglo: Baudelaire y el infierno del paraíso. La lucha por la realidad: Clarín y la disección de la realidad (otro estudio juvenil corregido y reeditado, mejorado). La otra orilla y el alba del siglo XX: Baroja y la memoria; Azorín con los clásicos (analizo con muchas sugerencias la obra completa de Azorín, y de modo sucesivo lo continué luego en El viejo librero); Valle y el arte; Machado y la profundidad de lo real. Destellos de un nuevo siglo: Proust en busca de un tiempo que no existe, Juan Ramón y el pensamiento puro, el ángel de Alberti, Éluard y la delicadeza de lo imaginado, Thomas Mann y los pozos sin fondo, la otra España de Manuel Azaña (con una visión heterodoxa del tema), República.
Este libro, plagado de sugerencias, es fruto de muchas lecturas, que aquí recreo con amenidad. Sugerencias y pistas para lectores avisados. Como digo, con una forma de ensayo lírico, de quien está ya de vuelta de los ensayos académicos, utilizando ahora un lenguaje directo que habla al corazón.
A lo largo de mi ya larga carrera académica he ido cimentando una metodología personal de análisis que se basa en la relación entre ideología y literatura, de un modo muy personal, aunando mi doble titulación de filósofo y filólogo. Y aquí todo ello encuentra su fruto en el análisis de pensamiento y contenidos de los autores, abordando otras formas de arte, como el cine de Rohmer, la música clásica (que es el arte actual más excelso), la obra de mi llorada amiga Bárbara Allende (Ouka Leele), etc. etc.
Todo ello se fundamenta en un planteamiento idealista, que es el que siempre me ha movido, girando en torno de una relación pagana entre arte y espíritu. Y con un concepto de nacionalismo cultural que quiere evitar que nuestra rica cultura desaparezca en los algoritmos informáticos.
El laborioso proceso de creación de este libro surge del autoanálisis de mi trabajo de investigación desde hace tantos años: siendo testigo de una época que desaparece, y en cotidiana convivencia con los fantasmas de tantos escritores y artistas de otra época, a los que aquí he rendido tributo.
En fin este El alma de los libros, y su compañero El viejo librero, quieren ser la expresión final y definitiva de un modo de entender la cultura, que precisa de una defensa y una evocación. Tan solo eso. Y no es poco.
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Autor: Diego Martínez Torrón. Título: El alma de los libros. Editorial: Berenice. Venta: Todos tus libros.


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