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El canto, el huerto y las lágrimas en la Odisea

El canto, el huerto y las lágrimas en la Odisea

Herbert James Draper · Calypso’s isle · (1897)

I El canto de Calipso

Odiseo es un héroe que llora, un hombre cuyas lágrimas alivian cada derrota y amargan cada falsa victoria, si es que las suyas no lo fueron todas. En la Odisea llora tres veces, sin contar la lágrima contenida al ver morir a su fiel perro Argos a su regreso, tras reconocerle y darle la bienvenida moviendo apenas el rabo y doblando las orejas. Esas tres ocasiones marcan un punto de inflexión en el poema. La aceptación de una nueva caída y una vuelta a empezar. Cada una de ellas sucede junto a un huerto y de fondo suena una melodía que acompaña la escena.

Hasta el canto V Odiseo permanece oculto en el poema. Hasta el canto V Homero no nos muestra al héroe y éste se pone en movimiento, dando así un nuevo comienzo a la Odisea. En esa primera imagen, Odiseo aparece llorando sobre un risco mirando al mar. Es la culminación de una visión coral que se ha ido sucediendo por distintos personajes desde el inicio de la obra. En el canto I, Atenea desde el monte Olimpo le ve llorando en Ogigia y pide clemencia a los dioses para que permitan su regreso. Más tarde, en el canto IV, Menelao cuenta a Telémaco cómo estando en Egipto, el viejo del mar, Proteo, le contó que Odiseo estaba llorando en una isla remota. Calipso, (Καλυψώ) significa “la que esconde, la que oculta” y Ogigia, (Ὠγυγία) significa “el ombligo del mar”. Para el mundo griego era el centro del mundo, contrapunto marino del Omphalos délfico, y a ese centro miran todos los personajes de la Odisea justo cuando él está mirando a su interior, a su pasado, a los recuerdos, junto con su esposa, añorando el humo de la chimenea de su hogar.

"En la árida Grecia antigua, los escasos bosquecillos estaban custodiados por dioses menores. Los ríos, los manantiales, los árboles y las flores todas estaban protegidas por seres divinos"

Es una aproximación cuántica. Atenea cuenta a los dioses, Proteo a Menelao y Menelao a Telémaco, justo en el mismo instante en que Homero nos lo relata a nosotros, lectores. Cuando por fin llegamos a Ogigia de la mano de Hermes, descubrimos a Calipso cantando feliz mientras teje en su cueva, rodeada de un jardín maravilloso. El inesperado paisaje idílico representa un estadio atemporal arquetípico. En la árida Grecia antigua los escasos bosquecillos estaban custodiados por dioses menores. Los ríos, los manantiales, los árboles y las flores todas estaban protegidas por seres divinos, y el disfrute de sus dones, su aroma, la sombra, el frescor de las aguas y la dulzura de sus frutos debía llevarse a cabo con respeto y veneración. Calipso reina sobre un paraíso, y eso simboliza su poder. Diosa entre las diosas, de hermosas trenzas, su dulce canturreo contrasta con el llanto del héroe.

La tradición cuenta, no Homero, que la inmortal Calipso era una diosa que reinaba en una arboleda y que había ido convirtiendo a sus amantes en chopos, olmos y erguidos cipreses. Pero a Odiseo le ofrece la inmortalidad para pasarla a su lado, este la rechaza, y prefiere morir.

Tras siete años en Ogigia, Calipso recibe de Hermes las órdenes de Zeus para que deje marchar a Odiseo, ésta le proporciona el material suficiente para que construya una pequeña embarcación y él se pone manos a la obra. Esa noche hacen el amor por última vez y a la mañana siguiente emprende el que será su penúltimo intento de alcanzar Ítaca.

N.C. Wyeth · Odysseus and Calypso · 1929

La bella ninfa Calipso alegremente cantaba

y con su huso de oro muy finas telas bordaba.

A la puerta de su cueva un gran manantial brotaba

que regaba la pradera, y paz y frescura daba.

 

El trinar de aves marinas que en el bosque se anidaban,

rumor de plumas albinas que a su canto acompañaban

la exótica agricultura de verduras llena huertos

con vides de uva madura y frutales bien cubiertos.

 

Mas triste estaba Odiseo frente al mar, y sobre un monte

consumido de deseo, mirando hacia el horizonte,

en Penélope pensaba y en Telémaco su hijo

y amargamente lloraba sin consuelo o regocijo.

 

A Ítaca volver quería y nada le consolaba,

de pena se consumía y placeres no le daba.

Por una barca él penaba para poder regresar,

pero la diosa le amaba y no le dejaba zarpar

 

De lo alto del Olimpo Hermes a Ogigia bajó,

y con apenas un brinco a Zeus obedeció,

pues a Atenea su padre una promesa le dio

y la hija de Atlante esa tarde a Odiseo liberó.

II El huerto de Alcinoo

Francesco Hayez · Ulisse alla corte di Alcinoo · 1814

Poco después de salir de Ogigia con buenos vientos auspiciados por Calipso, Neptuno le descubre y desencadena una tempestad que acaba rompiendo su pequeño esquife. Gracias a la aparición de Ino en forma de gaviota, quien le ofreció un velo mágico con el que flotar, consigue alcanzar tierra tras once días a la deriva, arribando a la escarpada isla de Esqueria por la desembocadura de un río. Agotado, se camufla entre un olivo y un acebuche y se cubre de hojas antes de quedarse dormido.

"El canto VII empieza con un canto femenino. Es el canto de Nausícaa, que desnuda dirige el coro de sus damas de compañía después del baño"

El canto VII empieza con un canto femenino. Es el canto de Nausícaa, que desnuda dirige el coro de sus damas de compañía después del baño. Si Calipso representará para la posteridad la bruja que embauca al hombre, Nausícaa será la pureza y la inocencia que pone a prueba al hombre maduro. Una Prima Eva Lolita. Ese canto despierta a Odiseo, dormido tras el naufragio.

A las puertas del palacio de Alcínoo, el rey de los feacios y padre de Nausícaa, Odiseo se deleita con la visión de su huerto. Como el de Calipso, al que ni tan siquiera miraba, tiene frutales, hortalizas y manantiales caudalosos. Pero el huerto de Alcínoo tiene la singularidad de que sus frutos se encuentran en ciclos sucesivos de maduración. Las cosechas están siempre con un fruto maduro y otro floreciendo. Es el ideal de lo que en el renacimiento se llamará hortus conclusus, un huerto divino, remedo del jardín del Paraíso que proveía al hombre de todo lo que necesitaba sin esfuerzo alguno.

Los feacios eran una raza primigenia, una civilización que vivía en la edad de oro en armonía con los dioses, que aún les visitan y compartían su mesa de tanto en tanto. Perros dorados tallados por Hefesto custodiaban la entrada al palacio, y la galería que llevaba hasta el salón de reuniones se encontraba rodeada de esculturas de unos muchachos también dorados que portaban antorchas e iluminaban el paso desde el huerto al salón. Odiseo percibe que está en una estación de tránsito entre la realidad y la ficción, entre la vuelta a casa y el seguir deambulando en una realidad daimónica ajena al tiempo, en la que vive desde que perdió a todos sus hombres.

En esa realidad liminar se está celebrando un banquete la noche de su llegada, y en ese banquete Demódoco, el aedo ciego del rey, canta acompañado de su lira las aventuras de Odiseo, y al oírlas llora por segunda vez. ¿Será de él de quien están hablando? ¿Seguirá siendo él el mismo que luchó en Troya? Debió de haber sido en otra vida. Ya no es capaz siquiera de reconocerse, como el viejo inmortal del cuento de Borges que, abrumado tras una sucesión infinita de vidas, apenas recuerda que fue Nadie. Él, Odiseo, el último héroe.

"Los héroes también destruían ciudades y bajaban a los infiernos y abandonaban princesas en islas remotas, como él, el último de su especie"

Antiguamente los héroes mataban monstruos y sometían las fuerzas de la naturaleza civilizando así la tierra, como Heracles y el león de Nemea, como Perseo y la Gorgona Medusa, como Teseo y el Minotauro. Pero él apenas había dejado ciego a un cíclope y se limitaba a sobrevivir huyendo de los Lestrigones, de Escila, de Caribdis, de las sirenas. Los héroes también destruían ciudades y bajaban a los infiernos y abandonaban princesas en islas remotas, como él, el último de su especie.

El acto heróico de las mujeres, según cuenta Calasso en Las Bodas de Cadmo y Armonía, es la traición: a su pueblo como Pentesilea, a su padre como Ariadna, a sus hijos como Medea, o a su marido como Helena. Con ese mero acto de traición Helena arrasa de héroes el mundo y termina el proceso de civilización. Él es ya un héroe sin monstruo y sin hazañas.

Los héroes que le precedieron sí realizaban gestas, y la suya es su deseo de volver, la nostalgia. Él apenas se limita a sobrevivir para contarlo. Tal vez por eso, al oír recitar sus sinsabores, Odiseo se derrumba y Alcínoo promete devolverle a su patria, no sin antes hacerle que narrase todas sus aventuras.

Jean Veber · Odysseus approaches Nausicaa · 1888

Demódoco el ciego aedo la guerra de Troya cantó

y en el palacio de Alcínoo a todos los nobles gustó

y aquel náufrago extranjero su ánimo no escondió.

Sentado a los pies de Arete su desconsuelo mostró.

 

Rememorando su historia el buen Odiseo lloró.

Sin alardear de gloria su aventura relató.

Tras abandonar Ogigia rumbo a Ítaca marchó.

Poseidón volvió de Frigia y mil vientos desató.

 

Su corazón resistía, su ánimo no doblegó.

El viento las velas rompía y su barco naufragó.

Ino de hermosos tobillos su bello manto ofreció

y envuelto en aquellos brillos hasta Esqueria se arribó.

III Las Lágrimas de Laertes

Basilius Valentinus · 1459 · Azoth

Al tercer día después de su llegada a Ítaca Odiseo acaba con los pretendientes, purifica su casa y yace por fin con Penélope, su mujer, en el lecho de olivo que él mismo talló de joven sin arrancar sus raíces y alrededor del cual edificó su palacio.

Atenea retrasa el amanecer para el deleite de los esposos amantes reencontrados, pero al final apenas se mostró, surgida del alba, la Aurora de rosáceos dedos, Odiseo se despierta y se encamina al encuentro de Laertes, su padre. El eco de los horribles chillidos de las almas en pena de los pretendientes guiados por Hermes camino del Hades resuena en la mañana.

"El último héroe tiene al fin un testigo que verifique su ardor. Medote, agradecido, inmortalizará la matanza siguiendo los pasos de Homero, como tantos otros hasta el día de hoy, como Dante, Calderón, Goethe, Tennyson, Cavafis, Borges…"

Tal vez sería apropiado recordar que al único que salvó de la matanza es a Medote, el aedo que amenizaba los banquetes de los pretendientes. Dudó si hacerlo, pero al final se apiadó de él, no tanto por compasión, sino para que cantase su gesta. El último héroe tiene al fin un testigo que verifique su ardor. Medote, agradecido, inmortalizará la matanza siguiendo los pasos de Homero, como tantos otros hasta el día de hoy, como Dante, Calderón, Goethe, Tennyson, Cavafis, Borges…

El encuentro de Odiseo con Laertes es un encuentro singular. Homero nos impone un ritmo pausando, ajeno a lo que supuestamente sería un añorado encuentro emocional paterno-filial.

Se acera poco a poco, divisa a su padre de lejos, lamenta su vejez y reniega de su descuidado aspecto. Aprecia el primor del huerto y bajo un alto peral llora por última vez.

Los versos que escribiera Edith Södergran describen la escena de manera inmejorable:

Los árboles de mi infancia se yerguen altos sobre la hierba y sacuden la cabeza:

¿qué ha sido de ti?

Más tarde se acerca, le interroga, inventa una nueva personalidad, le pone una prueba que no llegamos a comprender…

Es un proceso lento y cíclico de maduración alquímica. Como nos descubre Dom Antoine-Joseph Pernety Ulises/Odiseo representa a todos aquellos que como nosotros buscan la piedra filosofal sin ser iniciados. Un viajero errante centrífugo.

De la Calcinación como paso inicial, simbolizada por la destrucción de Troya, a la que alude el primer verso del poema, hasta la Piedra de los Filósofos hallada en el huerto de Laertes, la Odisea comparte el proceso alquímico, y en ella intervienen el Mercurio, que abre y cierra la transformación del héroe, desde su visita a Calipso, hasta la recogida y guía de las almas de los pretendientes; el Azufre, en su visita al Hades tras abandonar la isla de Circe; la Luna/Regina Penélope como objetivo y destino, enfrentada y separada siempre al Sol/Rex en el camino a la Sublimación.

"Odiseo es un héroe que llora, un hombre cuyas lágrimas alivian cada derrota y amargan cada falsa victoria, si es que las suyas no lo fueron todas"

Homero, que nos brinda el relato de Agamenón de su propia muerte y el augurio de la muerte de Odiseo en boca del adivino Tiresias, se detiene frente a la muerte de Laertes.

Laertes llora en el huerto, sus lágrimas se mezclan con las de su hijo, por fin regresado y reconocido, pero la culminación de su destino parece inminente. Simplemente le estaba esperando para partir él. Será Nikos Kazantzakis quien la relate como una armoniosa disolución con la “Tierra mujer” en un hoyo soleado protegido del viento. Huele la tierra y sonríe, acaricia la yerba, bosteza, se estira, suspira sordamente y acaba lentamente transformándose en una muerte leve, tersa y suave. Suben hormigas a sus canillas secas y las acepta como un árbol a los insectos que sobre él caminan.

Odiseo y Laertes · Fragmento de un sarcófago romano · S. II

 Encontró a su padre anciano todo en harapos envuelto

con una col en la mano, tumbado al fondo del huerto.

Un gorro de piel de cabra cubría sus pelos canos,

una túnica de sarga y manoplas en las manos.

 

Afanado rastrillaba, las malas hierbas cogía

y ni un descanso se daba, pues incluso allí dormía.

De aspecto desaliñado, plantando con una azada,

le miraba emocionado mientras al huerto llegaba.

 

Bajo un peral se detuvo a observar al buen Laertes.

Sus lágrimas no contuvo viéndose en aquellas suertes.

La vida se le escapaba, sus brazos ya no eran fuertes.

Mientras allí le observaba repasó sus otras muertes.

 

¿Para esto arrasé yo Troya? ¿Para vivir mancillado

recogiendo una cebolla en un huerto mal vallado?

 

Añorando su otra historia de un austero campesino

pasó a guerrero con gloria de pirata y asesino

cuya fama más notoria fue su arco y sus saetas,

engañando en la victoria, taimado y de muchas tretas.

 

Recordó entonces su infancia y los perales en flor,

los quesos de leche rancia, y de los higos su olor,

y siguió rememorando lo que allí él ya no vivió,

y fueron los dos hablando, y a su padre se abrazó.

 

Padre mío, padre mío, ¿por qué tuve que irme yo?

Despertó de su letargo y su historia reescribió.

Basilius Valentinus · 1459 · Azoth