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El cielo es azul, la tierra blanca, de Hiromi Kawakami

El cielo es azul, la tierra blanca, de Hiromi Kawakami

Ya he contado que, después de mi viaje a Japón en julio de 2026, he sentido un fuerte impulso por leer libros de allá. Después de acercarme a Sopa de Miso (1997), de Ryu Murakami, y El Pabellón de Oro (1956), de Yukio Mishima, me he puesto con El cielo es azul, la tierra blanca (2001), de la escritora Hiromi Kawakami (Tokio, 1958). Me había llamado la atención que existen dos escritoras japonesas con el apellido Kawakami (Hiromi y Mieko), y estuve preguntando por ellas a ChatGPT, que me aseguró que la que tenía más prestigio literario era Hiromi Kawakami. Tras ver que en la biblioteca de Móstoles tenían muchas de sus obras, seguí preguntando a ChatGPT (me estoy enganchando a esto) por las que tenían más prestigio crítico y me indicó El cielo es azul, la tierra blanca (2001) y Manazura (2006). Saqué las dos de la biblioteca y empecé por la más antigua.

En principio, la obra de Hiromi Kawakami la empezó a publicar en España, a partir de 2009, la editorial Acantilado, que le sacó cinco novelas traducidas directamente del japonés por Marina Bornas Montaña. En 2017 las nuevas obras de Kawakami empiezan a salir en Alfaguara con nuevos traductores (también directamente del japonés). Alfaguara también ha republicado las antiguas ediciones de Acantilado con las traducciones de Marina Bornas. Imagino que Hiromi Kawakami empezó a vender bastante en España y Alfaguara pujó más que Acantilado por sus derechos. Me parece más elegante la portada original de Acantilado para El cielo es azul, la tierra blanca que la de Alfaguara. En la de Acantilado hay dos personas en una barca y en la de Alfaguara aparece una chica de rostro japonés con los ojos azules, algo impropio de una japonesa y que nunca se insinúa en el libro. Quiero decir con esto que si me hubiera tenido que fiar de mi intuición no me hubiera acercado de forma directa a este libro, porque su portada parece más propia de un libro comercial que de verdadera literatura. Me fie de ChatGPT. Los tiempos están cambiando. El formato de Alfaguara hace que la caja de edición, y también la letra, sea más grande, así que esto es de agradecer.

"Tsukiko empezará a sentir curiosidad por el maestro, al que percibe como un hombre muy seguro de sí mismo, aunque también parece esconder alguna historia dolorosa"

Otro hecho curioso de la edición en español es que se eligió el título El cielo es azul, la tierra blanca, cuando la traducción directa del japonés sería El maletín del maestro. «El cielo es azul, la tierra blanca» son los versos de una canción que la narradora trata de recordar y le recordará el maestro (otro de los personajes), lo que acaba de tener sentido, pero realmente «el maletín del profesor» será un objeto muy connotado en la historia y que simbolizará para el lector el misterio que supone el maestro para la narradora.

La narradora de la novela es Tsukiko Omachi, que tiene unos treinta y ocho años cuando empieza la historia. Tsukiko no está casada ni tiene hijos, en una sociedad como la japonesa que parece exigir a las mujeres que cumplan con esos roles sociales. Tsukiko, en primera persona, le contará al lector los encuentros que empieza a tener en los bares de su barrio con Hartsuna Matsumoto, que fue su profesor. «Me había dado clase de japonés en el instituto. Puesto que no fue mi tutor ni me entusiasmaban sus clases, no conservaba ningún recuerdo significativo suyo. No había vuelto a verlo desde que me gradué», nos dirá en el primer párrafo del libro (pág. 9). Tsukiko se referirá a Hartsuna como «maestro» y le llamará de usted, mientras que Hartsuna llamará a Tsukiko por su nombre y de tú. Entre Tsukiko y el maestro empezará a surgir una amistad. «Nos separaban unos treinta años, pero con él me sentía más a gusto que con algunos amigos de mi edad» (pág. 11).

Tsukiko y el maestro no quedan para verse en el bar, sino que esos encuentros van surgiendo de forma espontánea, aunque casi siempre se acaban produciendo en el mismo lugar, que será la taberna de Satoru, quien terminará siendo un personaje secundario de la novela. Ambos, además, pagarán cada uno sus cuentas, que es un detalle que parece mostrarnos que no hay ambigüedades en la amistad que han creado. En principio, la relación que establecen parece bastante alcohólica: suelen empezar bebiendo cerveza y luego se pasan al sake. En algunas ocasiones, el maestro propone a Tsukiko acompañarle a su casa para seguir bebiendo. Tsukiko empezará a sentir curiosidad por el maestro, al que percibe como un hombre muy seguro de sí mismo, aunque también parece esconder alguna historia dolorosa. Por ejemplo, Tsukiko creía que el maestro, que vive solo, es viudo, pero esto no tiene por qué ser cierto.

"Esta novela se lee con agrado y sus escenas están bien perfiladas, pero, en más de una ocasión, al atravesar las páginas he pensado que a la prosa le faltaba tensión narrativa"

Nunca sabremos qué ha estudiado o en qué trabaja Tsukiko, pero sí que acude a una oficina donde realiza una tarea indeterminada que no parece satisfacerla. «Había tenido un mes muy ajetreado en el trabajo y llevaba muchos días saliendo de la oficina a las doce de la noche. Cuando llegaba a casa ni siquiera me apetecía bañarme. Me lavaba la cara y me quedaba dormida en el acto. Además, tuve que ir a la oficina casi todos los fines de semana. Como apenas tenía tiempo para comer, estaba pálida y demacrada», leeremos en la página 81. Así que en la novela, principalmente, nos va a hablar de ese poco tiempo libre que le deja la oficina y que muchas veces consiste en ir sola al bar, donde se suele encontrar con el maestro, con el que acabará cenando y bebiendo más de la cuenta. En principio, el tono del libro es alegre; aunque tenga un trasfondo triste, como es el de la soledad de las personas en la gran ciudad. Aunque nunca se nombra «Tokio», por algunas referencias sabremos que la acción se sitúa en un barrio de esta metrópoli. La novela abunda en diálogos, en los que el maestro suele recitar algunos poemas, o nombra a veces a algunos escritores, que Tsukiko desconoce, porque no atendía mucho en las clases del maestro, aunque ahora le haya empezado a escuchar con atención. Ya digo que la novela es amable, y en este sentido se describen con profusión las comidas que toman o la escena sale de los dos personajes principales para mostrarnos algún personaje peculiar o algún detalle de las calles, por ejemplo. Estas descripciones ligeras de las calles, las personas con las que se cruzan, las estrellas o los parques hacen que los pensamientos de Tsukiko, a pesar de estar narrando en primera persona, queden desdibujados. Sin embargo, el lector que ha tomado este libro entre las manos ha leído en su cubierta un subtítulo de la novela: Una historia de amor. Así que al abrir la novela y leer la primera página ya intuye que lo que siente Tsukiko por el maestro puede que empiece a traspasar los límites de una amistad, aunque durante bastantes páginas, ella trate de engañarse a sí misma, y con ella al lector.

Como ya he dicho, la novela empieza describiendo los encuentros y los diálogos que Tsukiko tiene con el maestro en una taberna, pero en el capítulo Año nuevo (pág. 69) asistiremos a un cambio: Tsukiko va a hablar más de sí misma, de su vida fuera del trabajo y fuera de la taberna, y el lector podrá sentir la soledad y la incomunicación de su familia, de una mujer que, aunque a veces se siente como una niña, está empezando a ser una adulta solitaria.

En Kokoro (1914), la novela más famosa de Natsume Soseki, el gran renovador de las letras japonesas, se nos habla de una relación de un joven con un «maestro» o «sensei». He leído algunas interpretaciones de esta novela (que no comparto) en clave homosexual. Otro de los mitos de la literatura japonesa es el del amor y el deseo seniles, que aparece en obras como La casa de las bellas durmientes (1961) de Yasunari Kawabata y en Diario de un viejo loco (1962) de Junichiro Tanizaki. Considero que El cielo es azul, la tierra blanca conversa con estas obras clásicas de la literatura japonesa desde un punto de vista amable, ya que a pesar de mostrar algunos puntos oscuros de la sociedad japonesa —como la soledad o el exceso de trabajo alienante— su mirada sobre el mundo es positiva y ligera. En este sentido, me ha recordado al tono de La fórmula favorita del profesor (2003), de Yoko Ogawa, que fue publicada dos años más tarde que la novela de Kawakami. En más de un caso, la novela, con su profusión de diálogos, es muy cinematográfica y no escapa a algunos convencionalismos de la comedia romántica, como el hecho de que a los dos protagonistas del posible romance les surgen otros candidatos amorosos que provocarán dudas o celos. Esta novela se lee con agrado y sus escenas están bien perfiladas (rara vez rozan lo cursi), pero, en más de una ocasión, al atravesar las páginas he pensado que a la prosa le faltaba tensión narrativa. Quizás se deba a que yo, como lector, estoy acostumbrado a narrativas más duras y conflictivas y una novela que tiene la aparente ligereza de una comedia romántica (aunque puede acabar como una tragedia) me parece una propuesta más ligera que la que ofrece la que para mí sería la gran narrativa japonesa (Soseki, Tanizaki, Mishima, Oé…). En cualquier caso, la he leído con agrado y considero que ha estado bien para mí cambiar de aires literarios. Cuando escribo esta reseña ya he empezado con Manazuru (2006), donde creo que Hiromi Kawakami sí plantea una historia con más tensión y turbación. Ya hablaré de ella.

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